Arboleya

Cuento de Juan Jose Morosoli

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XXVII Nº 1306 (Montevideo, 26 de enero de 1958)

No es aventurado suponer que este evento de Morosoli sea lo último gire salió de la pluma privilegiada del gran escritor nacional, intérprete de los sufridos personajes, “vivientes” los llamaba, que formaban su mundo circundante, a los que recreaba con amor fraternal de solidaria ternura para sus resignadas vidas opacas. Llegado a nuestras manos dos o tres días antes de su muerte inesperada, y nunca lo bastante sentida, significa la última pagina que cierra la larga serie de sus publicaciones en nuestro Suplemento, ilustradas por Sifredi, que tan felizmente lo ha estado interpretando y que han constituido uno de los galardones de que se siente orgulloso nuestro semanario.

Cuando viene el carro de Arboleya hay que ponerse contra el viento...

— Mismo. Sentís el olor antes de verlo. ..

Era así. Cierto que él no era “muy cuidadoso de su persona”, pero hay que comprender que ni él ni el carro podían oler bien. “Le pertenecía'’ al oficio oler mal. El carro estaba toldado con bolsones de lana viejos, medio quemados de remedio de curar ovejas. La grasa lo había como encerado. Y en él ponía todo lo que compraba, que eran los deshechos de las estancias. Cueros de epidemia, tajeados o mal curados, garras, descascarreo. Sobrantes de grasa que las peonas iban echando, colada a colaba, en latas pringosas, derrites que ranciaban. Huesos, bolsitas de yel para los curanderos... Vestía unas bombachas sujetadas con un cinto, ancho de un geme, que le bajaba desde los riñones al nacimiento del vientre, con lamparones de grasa y manchas de toda lava. Calzaba alpargatas tajeadas en el empeine redondo como una galleta.

Algún curioso, observando la carga, preguntaba a veces:

—¿Pero dónde colocas eso, Arboleya?

Y él respondía:

—En el pueblo... El pueblo es como el chancho, aprovecha todo...

—¿Pero en qué?

—Si te digo que ¡os güesos van a parar al azúcar y de las garras hacen “vernís”, te reirás...

Entraban a conversar y entonces el curioso aceptaba que el negocio de Arboleya seria sucio pero era bueno.

*****

En un cajoncito ponía lo de vender o cambiar. Prefería el trueque a la compraventa. Las cosas de vender se las proporcionaba el Turco Navidad. Eran cosas para mujeres casi todas. Prendedores, guardapelos. Polvos y cremas para la cara. Santitos.

En la orilla del pueblo tenia el rancho y un galpón de latas abiertas para guardar el carro.

En el campo, en verano, acampaba en cualquier lado. En invierno, en los galpones de las estancias o en el depósito del almacén de Alves, término de su viaje.

Hasta el día que resolvió cambiar de recorrido, para no “limpiar” muy seguido a sus proveedores.

Fue cuando llegó por el camino viejo de Carapé a lo de Rosas, que tenía almacén y ‘‘compra de frutos”. Allí encontró el rastro de Méndez. Dio con él y esto le trajo cambios grandes en su vida.

*****

Con Méndez eran más que amigos. Se consideraban hermanos. Un día, sembrados por la vida lejos uno del otro, se perdieron Ahora, después de veinte años, se encontraron.

Hijos de peona los dos. Juntos habían crecido mientras las madres lomeaban en las cocinas de las estancias o lavaban en el arroyo. Un día la madre de Arboleya se fue con un contrabandista y no se supo nunca más de ellos. El quedó con la madre de Méndez hasta que a la pobre la llevaron al camposanto. Méndez fue a dar con un herrero vasco más bueno que el pan. De aprendiz, de cocinero y “hasta de asistente" porque el vasco, una vez al mes, iba al boliche y hasta que no estaba “borracho neto”, de caerse al suelo, no dejaba de tomar Entonces Méndez, ayudado por el bolichero, lo cargaba en el  carrito de pértigo y tocaba para la herrería.

Arboleya quedó solo en la estancia. Y como “no era responsable de nadie y nadie de él”, se fue al pueblo. Hizo de todo. Hasta dar con el negocio que tenía ahora.

Méndez cambió de pago y ya no se encontraron más. Hasta ahora.

*****

Méndez se había casado. Era dueño de una herrería, una chacrita y padre de un niño. Estaba afirmado en la vida.

Después del encuentro empezó una nueva vida para Arboleya.

Llegaba al almacén, dejaba el carro, se ponía en manos del barbero, levantaba una muda nueva y vestía un traje de sastrería que depositaba allí cuando regresaba. En invierno se bañaba en un viejo baño de ovejas. En verano partía hacia el arroyo. Se cambiaba y regresaba que era “un tendero o un violinista de bien vestido*' Entonces se iba a lo de Méndez. Pasaba allí cinco o seis días.

La felicidad de Méndez, la amistad caliente que le demostraba, aquellos “hermano” con que llenaba su conversaron le conmovían. La mujer le había despertado una ternura que nunca conociera v “el machito” cuando él llegaba lo seguía por todos lados como un perro.

—Estando yo, no tiene ni padre ni madre — decía Arboleya feliz.

Lo paseaba a caballo, lo sentaba en la falda y le contaba cuentos de animales, inventaba aventuras y viajes por lugares extraños para entretenerlo. A veces le llevaba al almacén y lo vestía de pies a cabeza. Una vez le compró un traje de marinero Fue cuando le tuvo que explicar lo que era el mar.

—Se lo expliqué... Y eso que nunca lo había visto. ¡Tava obligao!. . .

*****

Si le preguntaban por qué no se casaba, respondía:

—¿Pa’ qué?

—Pa’ tener casa, familia.

—¿Quiere mejor familia que la de Méndez?

—Bueno, pero ...

—    ¡Esa es mi familia! Ella es buenísima, él es un hombre especial y el niño no le digo nada... Me caso y a lo mejor me sale una quiebrafrenos y de hijo un pasmao... Pa’ mí esa gente es todo...

Estaba al término del viaje cuando supo que Méndez “era muerto” hacía días. Fue una noticia que lo dejó sin habla. Saltó al carro y empezó a castigar los caballos como un loco. Al anochecer llegó a las casas.

Frente al rancho vio la mancha negra que formaban la madre y el hijo. La ropa negra, el silencio y la inmovilidad les fundían en una sola figura que iba juntándose con la noche.

Arboleya bajó del carro, con su olor a grasa rancia, a creolina, su barba He veinte días, las alpargatas deshechas, los dedos pisando tierra.

Ya sobre la mujer y el niño se quedó sin saber qué decir, abrumado por aquellas presencias que tenían sobre sí la muerte del amigo.

La mujer se levantó lentamente, le estiró la mano muerta y se puso a llorar suavemente. El niño se apretaba contra ella, la cara fundida en el merino negro de la pollera. Luego se dio vuelta hacia la casa.

—Voy a buscarle el mate —dijo.

Y va sobre la puerta:

—No lo hago dentrar porque estoy sola...

Arboleya se acercó al carro. Se apoyó sobre las varas y se puso a llorar. Tenía la seguridad de que Méndez al irse se había llevado la mujer y el hijo y lo había dejado solo...

Más solo que antes, cuando era solo y no lo sabía...

 

Cuento de Juan Jose Morosoli (Especial para EL DIA)

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XXVII Nº 1306 (Montevideo, 26 de enero de 1958)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

                      Juan José Morosoli en Letras Uruguay

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce 

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