|
Apuntes para una teoría del café |
|
El café como ámbito singular, diferenciado del mesón y la taberna, variantes propicias al beber y dialogar más antiguas, es una invención europea del siglo XVIII (más allá de su prehistoria, en el Oriente cercano). También en esa época nace el particular imaginario del café como categoría filosófica y ámbito mágico y poético, lo que se fue agudizando en etapas más contemporáneas. En su versión más clásica siempre fue algo más que un comercio. El café, centrado en la bebida aromática que le dio el nombre, se justifica por la oportunidad de reunirse, de estar con otros, e incluso de permanecer solitarios aunque rodeados de vibración humana. La aparición del café posibilitó el surgimiento de una “zona de nadie” con rasgos del ágora griega, del foro romano y del mercado oriental; que los sincretiza en un salón cerrado poblado de pequeñas mesas. No ha existido en las ciudades modernas, imantadas de complejidad y vértigo, otro lugar que se asemeje al café. El estadio deportivo –heredero del antiguo circo romano– posibilitó la descarga de emociones y agresividad; pero está muy lejos de lo dialogal, pues las personas tienden en él a perder sus perfiles, pasando a formar parte de esa entidad llamada multitud . El cine fue el templo de la fantasía colectiva, donde cada espectador –en actitud casi autista, salvo en su relación con la pantalla– daba rienda suelta a sus ansiedades en el proceso de identificación con las criaturas surgidas fantasmáticamente en el celuloide. El acto político, por su parte, es el escenario donde suele engendrarse otra creación moderna: la masa, menos virulenta que la multitud pero igualmente ciega y manejable. Aunque para muchos suene a herejía, hay que enfatizar que ha sido el café –desde mediados del siglo XIX– el único representante del ceremonial colectivo de las ciudades que le ha permitido al hombre concreto y anónimo mantener una relativa autonomía estando entre decenas de personas. Y dialogar en ese espacio privilegiado con muchos otros. Y al mismo tiempo contemplar –desde una postura estática que no lo compromete y en la que poco arriesga– el ”gran teatro del mundo”, el ”carnaval de la vida”, la ”caravana que pasa”. Al tratarse además de una zona esencialmente neutra, el habitué no se sentía atado por sus roles cotidianos y podía desplegar una máscara, un personaje que frente a ese auditorio eventual –formado por mozos y parroquianos– lo compensaba de la medianía de su existencia. El café tuvo siempre algo intemporal, o más bien atemporal. Ha sido un espacio mítico –de acuerdo a la concepción de Mircea Eliade– porque el ritual que allí cristalizaba trascendía de alguna manera la peripecia convencional de la calle. Y cuando además de esto, el café aglutinaba individuos de muy diversos grupos e intereses , tendía a transformarse en un centro, en un microcosmos, síntesis reducida pero fiel de la ciudad que lo albergaba. En estos casos el adicto al café comenzaba a reinterpretar la ciudad, a explicársela a partir del código que le había servido para ir conociendo el ámbito más reducido con sus mesas, sus ventanales, sus rumores. Un elevado ejemplo de lo expresado lo constituye el escritor Claudio Magris en relación al legendario café de Trieste del que era y es habitué (tal como brillantemente lo describe en el ensayo titulado justamente Café San Marcos; Cuadernos Hispanoamericanos Nº 582, diciembre de 1998). El café, entonces, opera muchas veces como versión esencial de la ciudad. Y también como metáfora encarnada de la misma. E incluso a modo de mandala. A partir de estos elementos se pueden comenzar a vislumbrar algunos de los por qués de la fascinación que han ejercido tales espacios aglutinantes en tantos millares de personas a lo largo y lo ancho del mundo. Fueron verdaderos templos; lugares a donde los fieles asistían añorando aquel religare (que forma parte de la esencia de toda religiosidad genuina); encontrándolo en esa ceremonia sutilmente hedonista, a través de la cual beber una humeante taza del aromático líquido oscuro es mucho más que eso, algo así como la versión occidental y simplificada de la ceremonia del té japonesa. Pero el café no fue solamente microcosmos, lo que daría una sensación de orden y de equilibrio. Además tuvo la condición de laberinto, con todas las connotaciones que el término pueda sugerir. El café fue un genuino laberinto pero sin tener apariencia de tal. Al punto que en sus arteras sinuosidades y puntos muertos se han perdido muchos de sus fieles. El simétrico conjunto de mesas –que muchas veces ni siquiera materialmente lo era tanto– se transformaba, para quien lo frecuentara a través de los meses y los años, en un mar profundo en el cual las mesas oficiaban cual barcos sin timón. Los anónimos navegantes encallaban muchas veces allí, quedando en uno de los ángulos invisibles del laberinto, aferrándose al joven que alguna vez entró al lugar con ambiciones de realizar y anhelos de ser, reiterándolo hasta el cansancio –como caricatura de sí mismos– para un público demasiado aleatorio y que también era víctima en mayor o menor grado de esos senderos tortuosos sin hilo de ariadna. He aquí el sentido específicamente “laberíntico” del café, donde se aunaban los encantos de Circe y de las sirenas para que el incauto perdiera pie, y se transformara a la postre en una cariátide más que los nuevos aventureros del recinto observarían con curiosidad, como se contempla una estatua descabellada o una delirante arquitectura. Fueron muchos los perdidos –entre tazas y mesas, lambrices y columnas– que lo ignoraron creyéndose libres porque podían abandonar el café de tres dimensiones para retornar al otro día. Y esto que decimos, que puede sonar como una imagen, fue una cruda realidad: en el ámbito del café –en cualquier latitud o momento– han zozobrado innumerables proyectos de vida, infinidad de vocaciones interesantes; e incontables son las obras artísticas que languidecieron allí, empantanadas entre el humo y el palabrear sin forma. Laberinto
entonces el café. Porque eran muchos los que llegaban a él plenos de energía, pero pocos
lograban emerger, habiendo libado la magia y especial vibración de ese ámbito
para luego seguir adelante. Pocos comprendían que el café no podía ser
–para el que hace, para el que busca, para el que crea– un objetivo,
sino apenas una estación en el camino. Calando un poco más en la topografía profunda del café, podremos contemplarlo como un sitio de pesares. Los que allí recalaban tarde a tarde, semana a semana, eran como enfermos de un sanatorio kafkiano donde nadie se cura pero tampoco desmejora, donde todo permanece estático. Alguien comparó alguna vez a los mozos con enfermeros, y el símil no era desacertado. Pero además los mozos siempre fueron los oficiantes del templo; aquellos intermediarios a quienes se recurría para pedir otro café, fuego, dinero, consejo. Casi todos ellos eran comprensivos, y en algunos casos estaban nimbados con un aura de genuina sabiduría. Zigzagueaban entre los dolientes, erguidos y distantes, con el blanco simbólico de sus chaquetas como túnica ritual. De haber vivido Dante en el siglo XX, le hubiera dado a alguno de sus círculos infernales las características del café. Sobre todo en las horas nocturnas los cafés recibían demasiada desolación, miseria y sordidez. Risotadas, carcajeos, máscaras grotescas, soledades que se sospechaban irremediables, un aire denso y cargado de efluvios que invitaba a la extrema languidez. Eran lo más parecido a la Nada en estado sólido. Esos
seres a medias, esas sombras en pena, huían con espanto cuando las sillas
se subían a las mesas y comenzaban los baldazos de agua jabonosa
limpiando el amplio recinto. Pero retornaban, puntuales cada día y
recuperados, a ese salón de espejos deformantes donde cada uno se veía
únicamente a sí mismo, y donde los posibles puentes hacia el otro
estaban cortados en medio de tanto egocentrismo. Pese a todo lo recién analizado, el café arquetípico –que de modo similar a El Aleph borgiano encierra en sí mismo el universo– ha sido también un gran catalizador, un punto de apoyo, un laboratorio fecundo para infinidad de audacias y realizaciones en materia cultural. El pensador francés Jean Guitton –en su libro El trabajo intelectual (Ediciones Criterio, Buenos Aires, 1961)– da ejemplos de conocidos escritores que necesitaron de la atmósfera de café para elaborar sus obras; que sin el sonido peculiar y la atmósfera algo nerviosa del café no se inspiraban, y tampoco lograban desplegar su creatividad. En aquel fermental Paris de comienzos del siglo pasado, los cafés se constituyeron en verdaderas centrales de energía artística a través de los fecundos intercambios de ideas, de libros y de experiencias. Allí confluyeron pintores, músicos, escritores, pensadores, provenientes de todos los confines. Y algo similar aconteció por la misma época en Madrid y Barcelona, en Berlín y Viena, en Ciudad de México y Buenos Aires. En el presente, cuando la revolución de las comunicaciones ha superado el paradigma de Mc Luhan de “la aldea global”, los cafés han perdido su lugar. Desaparecen directamente en ciudades como la nuestra –con un clima social indiferente, cuando no profundamente equivocado y errático a la hora de rescatar sus “identidades”– mientras que en las grandes ciudades, como la cercana Buenos Aires o la más lejana Paris, perviven –los más emblemáticos y clásicos– transformados en sitios de peregrinación turística. Valgan entonces estas líneas como un aporte a la comprensión de un fenómeno que tuvo importancia decisiva en la estructuración del “clima espiritual” de la modernidad. |
ensayo de Alejandro Michelena
Este ensayo formó parte del libro Los
cafés montevideanos (Ed. Arca; dos ediciones: 1987 y 1994). La versión que
ahora se difunde ha sido sometida a un minucioso trabajo de pulido, ajuste y
actualización del texto.
Ver, además:
Alejandro Michelena en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
Email: echinope@gmail.com
Twitter: https://twitter.com/echinope
facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce
instagram: https://www.instagram.com/cechinope/
Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/
Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay
|
Ir a índice de Ensayo |
Ir a índice de Alejandro Michelena |
Ir a página inicio |
Ir a índice de autores |
|