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Las Previas MANOLO durmió mal durante el transcurso de toda la semana. Esa perturbación adquiere en esta época una cierta gravedad, ya que Manolo debe mantener su mente en óptimas condiciones. A mediados de julio va a rendir su último examen para culminar su carrera de escribano. Su problema no se tradujo en un insomnio negro ni en trastornos digestivos que le provocaran ácidas incomodidades. Su angustia era distinta. Durante esas noches, Cristina, su esposa, le escuchó balbucear cifras, nombrar ríos, explicar el significado del complemento directo, dictar fórmulas químicas y conjugar verbos en francés. Su discreción y recato la llevaron a no interrumpir el descanso de su cónyuge. Ese fue su error. Si apenas lo hubiera movido, si apenas hubiese hecho rozar el dedo mayor de su pie derecho sobre la rodilla de su amado, con seguridad que Manolo se hubiera despertado. Y, al hacerlo, terminaría con su martirio, ya que en todas esas noches ese hombre se veía enfrentado a su última mesa examinadora. Siempre el sueño era el mismo. El secretario del tribunal extraía, de un cajón del escritorio, su ficha de estudiante. De ella surgía que había materias que él aún no había aprobado. Una noche le restaba rendir examen de matemática de segundo año de liceo, otra, geografía de primer año, la tercera, idioma español, la última, química y física de cuarto. Lo peor que, en esos momentos, se veía con cabeza de hombre y uniforme de adolescente. También le angustiaba compartir bancos liceales junto a sus dos hijos que levantaban sus manos cuando la profesora interrogaba a la clase sobre las características del Período Terciario. Al tercer día de haber experimentado esos bochornos frente a jóvenes que lo miraban extrañados y a profesores que lo vapuleaban con sus preguntas, Manolo resolvió ingerir, antes de dormirse, dos pastillas para suprimir a esos diabólicos fantasmas. Fue la noche que tuvo que soportar su mayor indignidad, ya que el secretario del tribunal abrió el cajón de siempre para comunicarle, después de analizar su ficha de estudiante, que debía, aún, rendir los exámenes de química y francés correspondientes al último año de liceo. Sus estertores fueron tales, que Cristina encendió la luz de la veladora y presionando su brazo con la mano derecha, logró despertarlo. Manolo al ver ese rostro rubio y atractivo, que lo había liberado de su desasosiego, lo tomó entre sus manos y lo besó, cuando la separó de su lado, mirándola a los ojos, le manifestó: —¡Amor... qué horrible! —¿Qué te pasa tesoro? —Que tengo que dar química y francés de cuarto año. —iCállate!... vos siempre el mismo... siempre tenés un pretexto. |
crónica de Carlos Mendive
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