Leyenda del fondo del mar

por Agustina Maragnano

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLIII Nº 2224 (Montevideo, 11 de abril de 1976) pdf

Inédito en internet al 13 de mayo de 2026 (Conste)

Digitalizado, para Letras Uruguay, por su editor.

Un día entre un montón de cosas viejas que encerraban todos los recuerdos de mi adolescencia vivida hace ya mucho tiempo, descubrí una carta.

Una carta sin destino. No era para nadie y sin embargo estaba dirigida a alguien. Pero ¿a quién?

Quizá al fantasma rebelde de mi fantasía; quizás al amigo que halle o al ser a quien consideré un dios.

Pero lo probable es que la haya escrito para mi soledad.

Decía así:

"Te escribo para contarte algo maravilloso; para confiarte un misterio que creía insondable.

Me halle sentada en lo alto de un acantilada que el mar golpeo implacable, con los pies colgando en el vacío. Varios metros hacia abajo, el hado marino lloraba y rugía alternativamente en aquella tarde otoñal.

El cielo estaba empadrado de nubes rosadas y el sol mostraba su aureola de sangre en el poniente, mientras se hundía mas y mas a cada segundo que transcurría.

Recliné la cabeza unos instantes; dejé de respirar.

Habia un grandioso silencio

Me sentí atraída hacía mi mar. Como en éxtasis, sentí que unos brazos yertos me rodeaban y me hundían... más, cada vez más.

Penetre suavemente en el milenario acero del mar.

Lentamente fui cayendo hasta acostarme en un lecho de algas.

¡Era tanta la paz!

Había perfume de flor y de silencio. Había una rosa entre el coral. Blanca.. extrañamente blanca.

Levanté la mano para tocarla. Era suave.

Había una dama dama vestida de salitre y de espuma que tendía su mano hacia la nada.

¡El destino! ¡Mi destino!

Había una dama vestida de negro montada en un fogoso corcel blanco.

¡La muerte! ¡Mi muerte!

Las algas dejaron de apresarme. Me fui incorporando en el lecho verde y yerto.

La dama a caballo vino hacia mi. Me  ayudó a montar y me llevó lejos. A otro extremo del mar, donde no descansaría ... a un lugar sin paz.

Había un niño. Lloraba.

Cada lágrima caía dentro del estuche plateado de una ostra, y se transformaba en una perla...gris... helada... muerta.

¡Sonríe! Pero el niño no me oía.

¡Sonríe!... ¡sonríe!... ¡sonríe!

El niño continuaba su llanto. Cada sollozo llegaba a la tierra con el batir de las olas.

Estiré mi mano hacia el, para tocarlo. Era fría.

¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!

Levantó su frente de hielo. Me miró.

¡Amor!

¡Grítalo!, ¡Amor!

Abrió sus ojos de mar y comenzó a dibujarse en sus labios una tenue sonrisa.

¡Amor! ¡Amor!

Todo estalló. El llanto fue haciéndose blanca espuma ... El hielo se hizo remolino...

Me descubrí sentada en el acantilado.

El sol ya no estaba más. La noche extendió su manto bordado, por la inmensidad celeste.

Pero el mar estaba embravecido. Había mucha espuma coronando sus olas. Se oía rumor de llanto.

Desde el légano profundo ha surgido una rosa blanca que perfuma el oscuro misterio nocturno...

Leyenda de Agustina Maragnano

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLIII Nº 2224 (Montevideo, 11 de abril de 1976) pdf

Inédito en internet al 13 de mayo de 2026 (Conste)

Digitalizado, para Letras Uruguay, por su editor.

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                      Leyendas varias en Letras Uruguay y Anónimo    

                    

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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