Frente a frente

cuento / narrativa de Ángel María LUNA

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVI Nº 2315 (Montevideo, 26 de febrero de 1978)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Inédito, al 21 de agosto de 2026, en internet, escaneado, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

Se santiguó y dijo: "este arroyo es mio. Lo conozco como a mis manos y el no me va a fallar. Más de una vez le corté el paso y ahora no es quién, para atajarme. No lo creo capaz de hacer semejante cosa"

Se volvió a santiguar. Apretó la cincha al moro. Montó. Respiró hondo. Se rascó la nuca y taloneó. El morlto bajó la barranca, resbalándose. Escarceó el empuje. Jinete y matungo eran una misma pieza, una misma postura, una misma arma. El arroyo no conocía a nadie. Era un crecido que pasaba inflado de agua, rumoroso, cantor, dueño de una distancia nueva empujada por el cerro. El moro parecía de bronce frente a aquella barranca que se agrietaba Ermeregildo Saldivia aparecía asomándose al escenario, como un jinete del aire. De ceño fruncido, observador, bajando hacia el agua que bramaba llena de ramas y olas y flores y ruidos.

"Lahh maula, que te has crecido de verdá!!!. ¡¡¡Quién te ha visto y quién te ve!!!; te he cruzao con carga pesada y nunca te tuve miedo y ahora, arroyito de mis andanzas, ¿te voy a temer?".

El arroyo estaba sordo por el ruido que lo empujaba y seguía indiferente, turbulendo, barroso, frente a las palabras de Ermeregildo Saldlvia. Los sarandíes habían desaparecido de las orillas y sólo algunas ramas asustadas se balanceaban en la corriente, un ceibo se desangraba sumiso, sin queja, ante el viento que le clavaba el cuchillo y los cuajarones marchaban manchando el agua. Una crucera pasó haciéndose "torta" en la corriente, entre una indecisión de las ondas, pero iba como un manojo de hojas, en medio de la turbulencia. Remolinos de aquí y de allá; fuerza de la vida y de la muerte en un empuje de contrapuntos redoblados por el rumor del viento y del agua; nidos que se desprendían con lamentos de píos y sonar de ramas; garúa que cambiaba de rumbo y pespunteaba el viento; corriente ruidosa y marrón, clara, espumosa, cambiante, saltarina y loca, en un atardecer de grises fugaces.

Ya no tolneaba al moro Ermeregildo Saldivia. Solamente esperaba. El matungo le sacaba "jugo" al freno y las coscojas eran el sonajero para la tarde. Jinete y caballo, en la espera. En una espera dudosa y fría. Tambaleante. De interrogantes perversos. Lacerantes. La animosidad primitiva se habla aplacado. El arroyo, con sus ímpetus, sofocó la ira de Ermeregildo Saldivia. Allí estaba el hombre de espaldas al monte y a un campo lleno de agua y frente a un coloso que engordó en todo: en ramas, en barullo, en agua y hasta en conciencia de ser arroyo, Algún día tenía que ser. Siempre manso, hubiera muerto como cañada, como estanque, como zanja. Le tocaron el amor propio y se puso en arroyo de veras, el cerro aplaudió la idea y lo largó de golpe para que se hiciera el gusto. Los mansos también crecen cuando "les tocan la oreja" y ya estaba aburrido de sentirse llamar con indiferencia, "el arroyito". Y allí estaba mostrándose en toda su potencia, con correntada cabeceadora, con una fuerza extraña, avasalladora, potente.

"Quién te ha visto!!!; hasta corcoveador te has puesto!!!, éramos hermanos en todo y en un dos por tres, te me volviste enemigo, pero hermano y todo, yo te voy a enseñar cómo hay que tratar a los hombres".

Estaba en esa postura Ermeregildo Saldivia, cuando desde atrás, junto con el viento y la garúa cruzada, apareció la voz de la policía; "a vos mismo; estás acorralao; metete ahora; vadiá pal otro lao largate o das vuelta con nosotros; no saques arma, porque te quemamos".

Se bajó del moro; le palmeó las cruces en una despedida de secretos "vos te quedás, hermano, yo me voy perdóname"

Y casi en balanceo de barranca, greda, ramas, agua, troncos, se dirigió hacia la corriente. Se enfrentó al arroyo que seguía bramando sin intervalos, amenazador. embarullado, hondo. Los policías, alertas, esperaban en aguda observación. Todo en el secreto del monte erizado de miedo. Duda. Humedad. Llovizna. Asombro. Rumor de hojas. Crujir de cáscaras. El moro escarceó una despedida espumosa, de coscoja herida. Saldivia entró en la corriente. Lentamente, con cierta dignidad, con prestancia. Tiró el arma que quedó resbalándose en la greda. Entregamiento Sin mirar nada fue entrando: "me entrego a ti, hermano, si puedo cruzar, me salvo, si me llevas bueno, sí me llevas en tu viaje de señor arroyo... "

Y enredado en unas ramas, agitando una despedida, marchaba en la corriente rumbo a la nada. Ermeregildo Saldivia, a quien la policía buscaba desde hacia un año.

Cuento de Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVI Nº 2315 (Montevideo, 26 de febrero de 1978)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                     Ángel María LUNA en Letras Uruguay                      

                                                         

                                                 Eduardo Vernazza en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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