Deuda

cuento / narrativa de Ángel María LUNA

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVI Nº 2315 (Montevideo, 26 de febrero de 1978)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Inédito, al 21 de agosto de 2026, en internet, escaneado, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

Segundo Bienvenido Viera murió casi de repente, tres días solamente estuvo enfermo y eso que parecía "que no era nada de cuidado". Don Bienvenido fue un hombre esencialmente bueno, comprensivo, honrado, trabajador, su palabra era "una escritura", de espíritu amplio y generoso y siempre muy bien dispuesto a servir. Su muerte. —por eso,— produjo en el pago, una tremenda congoja y casi un descreimiento de una vida considerada imposible. La noticia salió hacia todos los rumbos, entre sollozos y palabras entrecortadas. Y la gente empezó a acudir, con algo de temor y mucho de esperanza de que no fuera cierto, al rancho de don Segundo Bienvenido Viera. Gente a pie, en carros, en carruajes, a caballo El patio se fue llenando. Patio que también parecía asombrado, de hojas marchitas, de voces bajas, de flores mustias. Algunos llegaban ya con ramitos apretados y temblorosos. Las mujeres, —las más allegadas a las casas,— se cruzaban en corridas entre la puerta del rancho y la de la cocina; y las tizanas de cedrón y toronjil perfumaban el trayecto. Mientras iba llegando más gente, el patio iba teniendo aspecto de velorio y todas las conversaciones giraban alrededor del mismo y doloroso tema.

—Pero ¿de qué fue?

—Dicen que de repente

—Era enemigo de ver dolores y nunca está demás verlos pa eso están.

Mucha gente les arisquea.

Muy mal hecho, es un engaño porque al fin de cuentas el engañao es uno mismo.

—¿Tendría mucha impresión a la sangre?

—Nunca se la quiso medir. A veces andaba bastante colorao de cara

—A lo mejor ¿quién le dice!!!

La gente seguía llegando. La noticia había recorrido muchos caminos con su pregón de lamento. Al pago, con la muerte de don Bienvenido se le habían cortado las alas de la confianza. Estaba tullido, imposibilitado, de luto.

—Era un gauchazo!!!

—Si será cierto!!! Recuerdo que una vez interrumpió el diálogo una mujer que salió de la pieza y entre agitación y llanto, pidió una aspirina para la viuda "está deshecha esa pobre cristiana".

—Déasela con un taza de tilo —Y que el mujererío no le prosé mucho al final de cuentas no le dan consuelo.

Las agujas finitas y frías de una garúa, corrió a la gente para detrás de las casas y para abajo de la enramada y se empezaron a tejer comentarios sobre el tiempo.

—¿Ve?, esto es lo que mata a las personas tan de repente.

—Y... claro, el cuerpo humano tiene que sentir los cambios.

—Capaz que esta garúa se formalice en agua.

—Parece que hasta el tiempo nos acompañará

—Mismo!!!

Ya sobre la tardecita, el patio, la cocina, la enramada, el galpón, estaban llenos de gente Llegaron casi simultáneamente Ormalino Silva y Cipriano Condesa. Tenían una deuda pendiente. En una ocasión Silva le había prestado "de apuro" a Condesa, cuatrocientos pesos, porque tenía que llevar a su mujer al pueblo "pa que saliera de cuidao". Todo salió bien y tan bien, que el gurí ya andaba por cumplir tres años. Condesa tenia su mala fama, siempre jugó a lo sucio, embrollón, tramposo. Pedía una copa y recibía una negativa "Ta bien!!', criá fama y échate a dormir".

En cambio Silva era un hombre trabajador, servicial, limpio, gaucho Condesa esperó el momento menos apropiado, pero el que más le convenía para entablar la conversación referente a la deuda. Entraron en la salita; se hicieron la señal sagrada frente al muerto y quedaron en silencio. De la otra pieza salían sollozos y palabras en confusión de suspiros. Los dos hombres, —Ormalino y Cipriano.— como postes de silencio sosteniendo un misterio. Firmes Con las miradas fijas en el muerto.

—Aunque el lugar no es muy aparente que se diga, tengo que arreglarle esos doscientos pesos que le debo no vaya a creer que me he olvidao

—Son cuatrocientos

—Mire que no!!!, tue un par de cientos que le pedí.

—Fueron cuatrocientos

—¿Estaré loco? Lástima que don Bienvenido, que en paz descanse, no pueda hablar; él sabia que eran doscientos y usté sabe que este hombre era como un escribano una pena que no pueda hablar!

—No carece

El diálogo era cortado de vez en cuando por peí sonas que se acercaban para ver al finado o arrimar alguna flor.

El acreedor y el deudor salieron a tomar un poco de aire y ya afuera se mezclaron con otros vecinos que hablaban de cosas diversas el tiempo, los caminos, las enfermedades, la hora del entierro, "quién se haría cargo de todo aquéllo"!!

Sobre la madrugada Condesa vio que Silva iba a hacer "compañía al difunto" Esperó un momento y se decidió a entrar, suspirando. Se le puso al costado, volvió a suspirar y quedó en silencio y como murmurando con una pena que lo mortificara.

—Parece hasta mentira!!! Está como hablandolll Uno. que no sirve para nada en la vida, se queda en la tierra.

Y tocándole la pierna con el ala del sombrero, le dijo al oido

—Estuve pensando Son doscientos

—Cuatrocientos

Mire, si este finao hablara, sé cierto que decía que eran doscientos; no fue nunca un hombre de mentir.

Un viento anduvo dando vueltas alrededor de rancho; esos vientecitos de las madrugadas que hacen ruido de hojas en medio del silencio del sueño y golpea alguna ventana o despierta al perro que duerme contra la puerta; ese viento duende que embarulla los árboles y los vuelve fantasmas, se levantó en ese madrugada de velorio en el rancho del tinado Segundo Bienvenido Viera.

En ese mismo momento en que el deudor afirmaba que eran doscientos y no cuatrocientos pesos, el viento entreabrió la puerta, cruzó hacia la otra habitación y a su paso sopló las dos velas que ardían a los pies del muerto. El olor a sebo llenó la pieza. Condesa aprovechó para mirar de frente a su acreedor y asombrado le dijo:

—"¿Qué me cuenta ahora? El pobre no pudo hablar, pero mandó una seña de la verdad... "

Silva miró las dos velas que seguían echando humito. El asombro lo llenó de terror; hizo girar el sombrero entre las manos; miró de reojo al muerto y casi en voz llorosa le dijo a su deudor: "Está bien .. son dos. Deme un par de cientos y queda chancelada la cuenta."

Cuento de Ángel María LUNA (Especial para EL DIA)

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XLVI Nº 2315 (Montevideo, 26 de febrero de 1978)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                     Ángel María LUNA en Letras Uruguay                      

                                                         

                                                 Eduardo Vernazza en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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