El canto de los inmigrantes

poema de Emilio Frugoni

de "La epopeya de la ciudad"

Nuevos poemas montevideanos

 

Llega un trasatlántico,
jadeante de cruzar el mar y el viento.
Tambaleándose de fatiga
hunde su pecho
en el abrazo fraternal del puerto.
La ansiedad del arribo

arroja a su cubierta

una apretada multitud que lanza

a la costa el arpón de la esperanza!
Premura de llegar! Por las escalas

descienden hombres que traen sobre los hombros

bultos en vez de alas.
Pegado al muelle permanece quieto,

libre por fin de la inquietud humana

que le hervía por dentro.

 

                         -o0o-

Al tocar tierra quédanse medrosos

los extranjeros.
Se agrupan en el muelle

dejando sus bagajes en el suelo.
Las mujeres con mantas y refajos
de colores violentos
se sientan en los bultos
entre los asombrados pequeñuelos.
En pie los hombres buscan con los ojos

a quien ha de guiarlos urbe adentro.

Están ante la esfinge,

y sienten miedo.
Están frente al Destino

y las espaldas les doblega el peso

de lo desconocido .. .
En sus ojos el cielo de otras tierras

se desvanece en un temblor de lágrimas.

Después recogen todo nuestro cielo.
Unos son rubios como el trigo.
Vienen del septentrión con su aire ingenuo

y sus ojos muy claros y su atlético

torso de gigantes aniñados.
Otros son morenos: „
Vienen del sur de Europa

con su aire perseguido

y sus ojos de fuego ...
La miseria del mundo los empuja.
Los atrae la esperanza ¡ El mundo nuevo!
Y son los argonautas

de estos tiempos.
Son los conquistadores

que han vuelto

con distinta figura

y otro gesto.
Son los gringos que vienen a regarnos

con su sudor el suelo
y con su aspiración de «hacer la América»:

. . . y nos la hacen ¡canejo!
La Suerte va acercándose

a husmearles las plantas como un perro ..

Se apresta a darles el feroz mordisco
de sus dientes protervos
o a lamerles la mano
en muestra de rendido acatamiento.
De sus manos ansiosas de trabajo

saldrá volando la Obra, y su aleteo

dará otro impulso al ritmo de la vida.

El Porvenir anida en esos férreos

puños, en donde
la energía del mundo está en acecho.
                     


Uno dejó la huerta de Valencia,

otro las rudas costas del Cantábrico

y allí la triste aldea de Galicia

con su verde pradera, el solitario

valle que en una atmósfera de ensueño

y cual si fuese el hueco de una mano

acoge el frío chorro del torrente

que de las cumbres cae precipitado.

Otro dejó la falda de los Alpes

donde la crespa viña va trepando

con su carga de lúcidos racimos

y temblorosos pámpanos.
Otro dejó las costas legendarias

del Egeo o del Mediterráneo.
Otro las tierras donde el Po se tiende

o las que con azur besa el Adriático.
Otros la tierra ardiente de Sicilia,
o de Calabria y Nápoles el mágico
esplendor del paisaje,
fiesta de sol y azul en las alturas,
oro y nieve en los montes de naranjos.
Otros del Rhin las fértiles riberas;
otros la cumbre helada de los Cárpatos;
otros el Cuerno de Oro;
otros de Grecia el dulce ambiente diáfano.
Todos, seres queridos
allá dejaron.


Pienso con emoción inenarrable

en ese gran dolor de los ancianos

que ven partir sus hijos y sus nietos

a destinos arcanos,

sabiendo que jamás han de volverlos

a ver.
           Pienso en el llanto
silencioso y sencillamente trágico

de esas madres que abrazan a sus hijos

en el momento rápido

de la separación, de la partida

hacia el mundo lejano ...
Y luego quedan en la vieja casa

con el enjuto pecho atravesado

por el dolor constante de una ausencia

que no curan los años.


Pienso que así también nuestras abuelas
vieron salir los hijos de sus brazos,
niños aún para cruzar los mares
en despaciosos barcos,
cuando un viaje a estas playas era un viaje
del que se retornaba por milagro . ..
¡Oh abnegación sublime de esos padres

que a conquistar el porvenir lanzaron

a sus idolatradas criaturas

por sobre la barrera del espacio!
¡Oh tranquilo dolor el de esas madres

— dolor heroicamente resignado —

que en la tierra quedábanse clavadas
mientras sus hijos se iban, desgarrando

entrañas del espíritu, que luego

se iría gota a gota desangrando . . .


De ese dolor humilde
las ciudades de América brotaron.
Esas lágrimas riegan las raíces
de nuestras casas. Esas santas madres
todo un mundo alumbraron
al dejarse arrancar sus criaturas
por la ambigua Sirena de los barcos .. .

poema de Emilio Frugoni (1927)
de "La epopeya de la ciudad" - Nuevos poemas montevideanos

Editor Claudio García & Cia. Editores

Montevideo 1927

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

 

Ver, además:

 

            Emilio Frugoni en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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