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La leyenda del talismán de zafir
autor
Gastón Figueira Suplemento dominical del Diario El Día Año XLIV, Nº 2255 Montevideo, 21 de noviembre de 1976 .pdf Inédito en Internet al 23 de mayo de 2026 fue escaneado, para Letras Uruguay, por su editor. Conste |
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Aquella sucurijú (serpiente boa) que había sido vista cerca de la tribu, enroscada a los grandes árboles de la margen del río, llenaba de temor a los indios, desde el cacique a los niños: no venía, aquella sucurijú en busca de los pécaris guardados en el corral, ni tampoco había tocado ninguna de las pacas ni de los mytús. ¿Qué buscaba? ¿Qué quería? Había que exterminarla. Y Jaguarary fue el elegido para la lucha. El era fuerte y valiente. No temería las fauces terriblemente abiertas, ni el fuego voraz de los ojos. Su flecha agudísima, dirigida a la cabeza del ofidio, no fallaría. No falló, realmente. Y lo más asombroso fue que, de la destrozada testa de la sucurijú no salió sangre, sino que rodó un inmenso, luminosísimo zafiro, del más puro azul. ¡Un talismán, sin duda! ¡El talismán que vendría a traer salud y felicidad a aquella tribu! Salud y felicidad trajo a la tribu. No hubo más pestes, ni más hambrunas, ni más inundaciones, ni más tempestades. El maíz y la mandioca crecían opulentos y la caza y la pesca eran abundantísimas. Todos los indios agradecían a Tupá el don del talismán, cuya posesión adjudicaban en parte —pero que Tupá no lo sepa— al valor de Jaguarary. Cuando una tribu vecina quiso apoderarse de las tierras de estos indios dichosos, fue inútil la porfiada lucha que sostuvieron con gran heroísmo: todos los hostiles vecinos cayeron muertos fácilmente, por obra y gracia del talismán de zafir. ¡Ah, pero un día —cuando el mburuvichá está durmiendo en su oga, un hombre blanco —sabio o aventurero— que había oído hablar del talismán y que, por aventurero o por sabio, creyó en su existencia, pudo acercarse al dueño del zafir y robárselo! El mburuvichá despertó inmediatamente y lo persiguió blandiendo el tacape, mientras el extranjero no descuidaba su revólver. No llegaron sin embargo a usar sus armas. En la feroz lucha cuerpo a cuerpo, el zafiro mágico rodó por la pendiente del río. Y se lo tragó el Xingú. Cuando irrumpe la aurora, leopardo de luz, yo escucho la canción de esta selva. Porque en ti, selva magnifica, canta y canta la joven América. Pero un día, tú también, selva taumaturga, perderás tu pureza, tu belleza, tu ardor. Los hombres arrancarán tus árboles con nidos y herirán tu carne verde. Soplará violento sobre tu alegría el huracán de la civilización. Y tus glaucas soledades se irán llenando de luchas mezquinas, de fútiles ambiciones, de cansancio. ¡Selva de América, selva tropical, que hoy veo tan hermosa, tan pura en tu gracia prístina, en tu íntegro encanto! Vengo de escuchar el gorjeo de tus cascadas y camino cantando por tus senderos. Y dialogo contigo, selva ideal. ¡Qué lindo nuestro diálogo! ¡Qué dulces nuestros besos! Es como si te tuviera, selva, entre mis brazos. Poseo tu adolescencia, tu pureza. Así me gustas, con tu rostro auroral, sin una sola arruga de civilización. Así me gustas, en tu salvaje magnificencia, en tu misterio, con tu majestuosidad agreste, selva taumaturga... |
autor Gastón Figueira
Suplemento dominical del Diario El Día
Año XLIV, Nº 2255 Montevideo, 21 de noviembre de 1976 .pdf
Inédito en Internet al 23 de mayo de 2026 fue escaneado, para Letras Uruguay, por su editor. Conste
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
Ver, además:
Gastón Figueira en Letras Uruguay
Leyendas varias en Letras Uruguay y Anónimo
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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