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Un extraño caso de sugestión colectiva
El combate de Las Piedras en 1863 por José María Fernández Saldaña Suplemento dominical del Diario El Día Año II Nº 63 (Montevideo, 10 de diciembre de 1933) .pdf
Vista de Las Piedras . Acuarela de Besnes Irigoyen 18 de mayo de 1856 |
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Se refiere Carlos Maria Ramírez, que estaba con sus padres en el campo, a cien leguas de Montevideo (en 1868) cuando fue apuñalado allí, en plena calle y a luz del mediodía, el General D. Venancio Flores. "Siguiéronse de ahí, continúa diciendo, algunas abominables represalias. ‘‘El mayoral de diligencia que nos llevó la noticia, aseguraba que, uno vez sofocado el movimiento revolucionario, los amigos del general Flores se habían entregado a tales excesos de venganza que las calles quedaron bañadas de sangre, como si con ella se hubiera jugado en un tercer día de carnaval!". Poca experiencia de las revolucionen basta para conocer esos extraños desvaríos de la imaginación colectiva, comenta Ramírez. Durante la revolución nacionalista de 1897, la prensa argentina simpática al movimiento, relató con lujosa copia de detalles una victoria de Saravia, obtenida en cierta supuesta batalla de Corrales. El caso de alucinación colectiva que voy a narrar, configura un suceso sin paralelo en los anales del pasado uruguayo y dista mucho de los casos — no raros — como aquel que citó Ramírez o el de la revolución del 97. Se trata, electivamente, de un fenómeno de sugestión contra el cual conspiraban de consuno la corta distancia que mediaba entre los sitios radicales del fenómeno psíquico, y la calidad de una parte considerable de la masa sugestionable. De Las Piedras a Montevideo no hay más que veinte kilómetros. |
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La sugestión cundió en una masa de relativa cultura y alcanzó hasta las esferas oficiales más altas, presentándolas como verdad un hecho fundamentalmente incierto, del que se sacaron las más exageradas consecuencias. -o0o- |
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Fue en el año 1863 cuando la república se hallaba conmovida por el movimiento revolucionario del general Venancio Flores en armas contra el gobierno de Bernardo Berro. Eran aquellos afiebrados días de mitad de septiembre cuando por primera vez el general rebelde osaba acercarse a Montevideo "a insultar con su presencia la capital de la República”. El 15 las descubiertas floristas trayendo en sus lanzas las banderolas de la cruz punzó tomaban contacto con las avanzadas del general gubernamental Lucas Moreno, al sud del Santa Lucia entre Pando y Sauce. Flores con el grueso del “Ejercito Libertador" bajaba a la capital por el camino de Las Piedras y al día siguiente, 16, estableció su campo en la llanada del arroyito del Molino. Ante esa maniobra. Moreno aceleró sus pasos rumbo al Sur para interponerse entro Montevideo y el invasor obligando a dar batalla en tierras de labradío como las tierras circundantes a Las Piedras donde la caballería florista se vería imposibilitada para maniobrar. Eran jinetes la mayoría de los soldados de Flores, mientras Moreno contaba con excelente infantería y algunas piezas de cañón. Adivinó el jefe revolucionario los propósitos de Moreno y rehuyendo la batalla formal cargó sobre la derecha gubernista con una columna de más o menos hombres, trabándose inmediatamente combate. |
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Esto sucedía el día 16 y en las primeras horas de la tarde el Gobierno recibió el parte del General Moreno, fechado en Las Piedras dando cuenta de la derrota de Flores y de la dispersión y fuga de los restos de su ejército. “En este momento V. E. comprende; que no me es posible dar un porte detallado, pero según los anuncios que me dan los jefes en el campo se hallan más de 200 entre muertos y heridos”. El diario "La Nación" adelantó la noticia en “Ultima hora’'. ¡Una ola de entusiasmo delirante pareció barrer literalmente la capital! El alborto y los transportes de júbilo alzaban sus gritos al cielo. El fuerte de San José hizo tres salvas, las banderas flameaban en todas partes, los cohetes hendían el aire, las campanas de todas las iglesias fueron echadas a vuelo. En las imprentas se abandonó el trabajo: algunos diarios salieron sin corregir. En todos los cuarteles de la guardia nacional y de los batallones de línea se organizaron clamorosas demostraciones de júbilo. Uno de los cuerpos cívicos salió a la calle con la bandera nacional y una banda de música a saludar al Ministro de la Guerra Coronel Luís de Herrera. Otros manifestaron ante el Presidente Berro que hubo de dirigirles la palabra contagiado de regocijo y emocionado por el triunfo. Después de honrar a las autoridades recorrieron las calles y visitaron los cuarteles, entre vivas y mueras expresivos. En el Cabildo se expuso al homenaje nacional el cadáver del teniente Marcos Pérez, primera víctima que se había traído del campo de la victoria: la multitud desfilo ante aquel cuerpo, haciendo un respetuoso paréntesis al entusiasmo. Pero en medio de tanta conmoción patriótica los sentimientos humanitarios y cristianos no quedaron insensibles. El teatro del triunfo estaba lleno de victimas, ya lo decía Moreno; Flores solamente, según palabras de un diario gubernista, dejaba el campo cubierto de muertos y heridos “abandonados a la piedad de nuestros valientes”. Necesario era entonces proveer al cuidado de tantos heridos, a la salvación de muchas almas, a la obra misericordiosa de enterrar a los muertos y a tales fines alistose con toda presteza una expedición mixta de asistencia temporal y espiritual. No cabe siquiera sospecharse la satisfacción y el júbilo que dominaba en las esferas del gobierno blanco ante aquella inesperada y decisiva victoria que venia providencialmente a bascular los sucesos haciéndole ganar la guerra. La suspirada ocasión había llegado: había sonado la hora de venganza. Justo era entonces que a los peores enemigos mal disimulados del otro lado del Río, los porteños unitarios, mitristas simpatizantes y protectores del rebelde Flores, se les refregara por las narices lo antes posible la noticia del desastre irremediable de su amigo. Dispusose, a tales efectos, por intermedio del Ministerio de Guerra y Marina que uno de los barcos de la escuadrilla levantase vapor y dispusiera lo necesario para zarpar de inmediato. Entonces no existía el telégrafo. Listo ya, se le entregó al comandante esta comunicación dirigida al Ministro Plenipotenciario de la República en Buenos Aires, doctor Andrés Lamas; Ministerio de Relaciones Exteriores. Montevideo, setiembre 16 del 1863 10h. noche Señor Ministro: Hago zarpar con destino a ese puerto al vapor de Guerra Nacional “Villa del Salto”, con el único objeto de poner en conocimiento de los Representantes del Gobierno de la República en Buenos Aires la fausta nueva de la completa derrota que las armas nacionales han hecho sufrir hoy en la capital a las hordas de vándalos que osaron insultar con su presencia al frente de Montevideo la majestad de la ley y los altos respetos que se deben a un pueblo heroico y patriótico. Presento a Vd. amigo y buen servidor de este país y de su gobierno muy sinceras felicitaciones. — (Firmado): Juan José de Herrera. Para que resalte todavía más la tremenda influencia de aquella sugestión múltiple de estar en presencia de una completa y aplastante victoria, añadiré que por esos días las relaciones entre el Ministro de Relaciones Exteriores Herrera y el plenipotenciario Andrés Lamas eran tan melindrosas, debido a causas complejas que no vienen al caso, que la correspondencia entre ambos, sea de Canciller a Ministro o de individuo a individuo estaba interrumpida. Pues bien, insisto, en ese mal tren la fuerza de la sugestión se sobrepuso a todo y quebró el hielo. Léase como probanza de lo que digo la esquela privada conque el Canciller acompañó la nota protocolaria, esquela que tengo por rigurosamente desconocida hasta hoy y que yo mismo he copiado la letra del original en el Archivo General de la Nación. Sobre el valor probatorio que le atribuyo tiene algún párrafo que acaso la actualice un tanto... Sr. Dn. Andrés Lamas Mi querido amigo: Rompo todo silencio oficial y particular, y le escribo a Vd. mi nota ahora mismo y estos dos renglones. El gaucho Flores ha tenido en la jornada de hoy duro escarmiento y las instituciones han alcanzado gran victoria. Si éstas esta vez al embate brutal del salvajismo, tendremos patria. Este es el trabajo que tenemos entre manos y no el sacrílego que algunos atribuyen de levantar partidos personales. Montevideo, septiembre 16 de 1863. Suyo afmo. amigo. — Juan J. de Herrera. -o0o-
A la misma hora que el Ministro Herrera escribía
su correspondencia para Lamas, los redactores de los diarios gubernistas
montevideanos preparaban sus editoriales para el día siguiente. “Triunfo obtenido sobre la chusma más inmunda y nociva que se cobija en este suelo’’ diría otro papel público... -o0o- Mientras tanto comenzaba a amanecer para el día y la expedición de socorros iba en marcha hacia Las Piedras, campo del encuentro. Formaban en ella, ademán de conspicuos particulares Monseñor Vera, vicario apostólico, el sesudo cura Yéreguy y el exaltado cura Martín Pérez, el párroco de Las Piedras, Moreno, 4 hermanas de caridad y varios facultativos y enfermeros con el material que correspondía. “Su chasco fue grande" — dice honradamente el historiador colega Aureliano G. Berro — pues las bajas de ambos combatientes podían contarse con los dedos!" Por lo pronto menos muertos que el otro día en el suceso de los pistoleros del Paso del Molino! Es que la victoria fantástica de Las Piedras había sido también una batalla fantástica, en punto a tal batalla. Un rapidísimo entrevero y nada, más. Y el jefe revolucionario — tomo las palabras del recién nombrado compañero del instituto — se retiraba con su ejército hecho, para volver a sus canchas del Norte, perdiendo muy pronto las avanzadas legales el contacto con la retaguardia rebelde”. -o0o- Todo aquel alborozo, aquellos festejos, aquéllas dianas, aquel delirio, aquel triunfo aplastador, el "Villa del Salto’' cortando jadeante las aguas del estuario para adelantar a los unitarios mitristas la nota trascendental de Don Juan José de Herrera, eran tan sólo el extraño fruto de una sugestión colectiva tanto más inexplicable y absurda, ciando se producía —según ya dije — no a cien leguas del epicentro del acontecimiento y entre gentes de campaña como en el del mayoral de Carlos María Ramírez, sino que radicaba en suceso acaecido a cuatro leguas de la capital, en un campo que podía verse desde las torres de la Matriz y cuya sugestión contagió a Montevideo gubernista de Presidenta de la República abajo. -o0o- El estado de espíritu que sobrevino inmediatamente es dable imaginárselo: trasunta exacto de la lectura de los diarios adictos al gobierno — que vaya dicho corno entre paréntesis — eran los únicos que existían tanto en Montevideo como en el resto del país. Un mutismo completo sobre los sucesos de la víspera los unifica, y no era para menos. ¡Como si no hubiera habido nada! -o0o- El general Moreno que con su famoso parte de victoria había hecho saltar la chispa excitadora no pudo nunca explicar bien como tejió su nota con tal certeza del triunfo. Tampoco lo pretendió, limitándose, más tarde, a justificar a su modo, porque el jefe de la Cruzada Libertadora se le halla ido de entre las manos, trasladando una parte de la responsabilidad a las suspicacias que caracterizaban el modo de ser del Presidente Berro. Pero estas cosas se encuentran ya fuera del marco de mi tema, que era subrayar el caso espiritual nacido del combate de “Las Piedras" que hasta ahora escapaba, sin el valioso comentario que pide, en el gran montón de los sucesos de una contienda civil que como la de 1863-65 está esperando al historiador, que la saque del limbo de la crónica, del fragmento y de la leyenda filtrada de inverdades. |
por José María Fernández Saldaña

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Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
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