Yupanqui y los Orientales

Memorial de los Caminos

por Enrique Estrázulas

Inédita, al 14 de de agosto de 2026, en internet. Escaneada,  para Letras Uruguay, por su editor

BERLÍN (Especial para La Semana de EL DIA, por Enrique Estrázulas. Dentro del marco del "Festival Horizonte 62". —dedicado íntegramente al arte latinoamericano— tal vez no hubo espectáculo más multitudinario y ovacionado que el recital ofrecido por Alahualpa Yupanqui en un inmenso teatro de la calle Budapester, en pleno centro de Berlín. El publico desbordaba la sala y no era presumible que más de la mitad fueran alemanes. Menos aun, que esa mayoría fuera tan entusiasta para recibir y aplaudir al mayor folklorista argentino como los propios rloplatenses que estábamos en la inmensa sala.

La literatura no paso a secundo plano Cuando irrumpió la voz y la guitarra de Yupanqui. porque sus coplas cantadas tienen un profundo sentido poético, a veces mayor que los a menudo ejemplos exasperantes de la mal llamada "poesía culta". El nombre bien definido alguna vez como una montaña" dentro del canto popular de estas latitudes, ha cobrado una universalidad asombrosa. Hoy en día París, Berlín, Londres o Madrid lo aplauden tanto como en Buenos Aires, Montevideo o Tucumán. Es un milagro con fundamento. Y ese fundamento no es otro que la singularidad de este interprete que ha perdido la cuenta de sus años de vida, aindiado, sin una cana y con las cuerdas cambiadas para su prodigiosa mano zurda.

El Uruguay no estuvo ausente m en su recuerdo ni en su repertorio. Lo que ahora bien se ha dado en llamar Canto popular tiene muchas páginas nuestras que “Don Ata" lleva en su maleta de errabundo y dice o canta por la tierra. Así es que habló de sus caminos andados por la Banda Oriental y cantó unos versos de Romildo Risso convertidos en una canción titulada "Pa qué”.

Memorias del Uruguay

Una vez que, ante el delirio de la platea, el veterano trovador tuvo que volver cuatro veces al escenario. lo encontrar s agotado en su camarín pero dispuesto a responder las preguntas que, en torno a nuestra tierra, parecían tocarlo hondamente.

—Si, es verdad lo que usté oyó, paisano la primera vez que fui al Uruguay llegue a los pagos de Cardona, que por ese entonces no era más que un rancherío con unas pocas casas, con la misión de domar unos potros Ya ve que no fui a cantar aunque la guitarreada con fogón en la noche se hizo inevitable Ya ni me acuerdo por qué año fue aquello. Aunque después volví, volví muchas veces.

—Dicen que fue a vivir un tiempo en las orillas del Yi, titulo de un solo de guitarra que usted compuso...?

—No. Eso fue después, en el rancho de Romildo.... Primero fui a unos campos del guitarrista Martínez Oyanguren y en adelante comencé a caminar por su patria. Podría nombrarte casi todos los pagos, los nombres de los ríos, arroyos. Hasta me acuerdo de una cañada que se llamaba "Cañada del Burro” y creo que era en Treinta y Tres.

—¿A qué respondía esa recurrencia, o mejor dicho, ese cariño por el Uruguay?

—Yo fui, no se olvide, un payador perseguido. Y el Uruguay era una tierra generosa conmigo y con todo el mundo. A veces digo, en serio y en broma, que soy tan antiguo en su tierra que el Teatro Solís se hizo conmigo adentro.

Cosas del camino

—Usted anduvo mucho por distintos pagos y dicen que le gustaba siempre seguir de largo, no detenerse en ninguna parte...

—A mi me atrajo siempre el camino Andar y andar fue una de mis vocaciones, así como lo fue la soledad. Pero en todos lados creo que dejé amigos Recuerdo a Yamandú Rodríguez, un excelente poeta, y también recuerdo los pagos de Treinta y Tres. A veces iba a un rancho con algo de boliche donde iba gente a la que le gustaba pensar y cantar. Se llamaba ”La vaca azul". Ahí conocí a Rubén Lena, hombre que todos los uruguayos conocen, y a muchos otros desconocidos, algunos queridos paisanos que eran un poco el paisaje del lugar. Recuerdo el Olimar con aquellos sarandlzales preciosos ... muchas veces íbamos a quemar un asado a la orilla de ese río.

—El río Olimar ha sido motivo de muchas canciones, de muchísimos versos.

—Se los merece. Yo recorrí mucho el Olimar. Allí oí muy buenos guitarreros. En Treinta y Tres yo actuaba gratis en El Ateneo y cobraba lo que podía por ahí, en Vergara y en otros pueblos chicos. Eran épocas de mucha reunión y pocos pesos. Pero donde comía uno comían tres, de modo que no había problema en seguir la huella.

—¿Recuerda, aproximadamente, el ano en que recorrió Uruguay?

—El año exacto no, pero fue antes del año cincuenta, en tiempos de Perón. Todos esos caminos andados me hicieron conocer mejor la milonga oriental, más florida que la nuestra, que cambia de ritmo cada pocas leguas.

—¿Esos viajes por mi tierra los hizo a caballo?

—A veces a caballo, a veces en ferrocarril. Según las distancias. Yo era joven y no tenia miedo a las distancias, pero usaba casi siempre caballos ajenos.

—Yo lo conocí a usted en Montevideo, en un garaje que una mujer habla convertido en restaurante nocturno. Se llamaba “María Luisa".

—María Luisa... ¿Qué es de la vida de María Luisa? Era una mujer estilizada, alta, de unos ojos rasgados y negros. Era muy sacrificada. Yo siempre iba por las noches a comer después de tirarme algunas bolas en la ruleta del Parque Hotel. Ese restaurante era en el Parque Rodó. ¿Existe todavía?

—No, ya no existe. Y María Luisa no sé si existe. Nunca más la vi, le respondo.

—Cosas que pasan como todo pasa —medita Yupanqui.

Hotel Cervantes

—Cierta vez, buscando la ficha de alguien que paraba en el Cervantes me encontré con la suya. Muchas celebridades argentinas pararon en ese hotel. ¿Qué misterio tenia el Cervantes?

—El silencio, paisano. Era más que nada el silencio. Recuerdo haber escrito algo en ese hotel. Era un rinconcito de soledad y el silencio era apenas interrumpido por los tranvías que pasaban por la calle Soriano. Ahí vivía permanentemente un poeta, Emilio Oribe. Creo que vivió hasta el día de su muerte.

—¿Y usted Iba siempre a actuar a Montevideo o simplemente se apartaba un poco de Buenos Aires?

—Las dos cosas, pero para salir de la gran ciudad casi siempre elegía Tucumán. Tal como digo en la canción "siempre vuelvo a Tucumán". Pero en Montevideo actuaba mucho en el auditorio de Carve, el de 18 de Julio, el primero, donde cantó Gardel. Después actué en el de la calle Tacuarembó. Y bueno... siempre en el Solís. La gente uruguaya me seguía mucho. Esa gente es un grato recuerdo. Creo que les debo una visita más antes de "irme"...

—¿Actualmente esté radicado en París o viaja constantemente?

—Voy y vengo. Decir "estoy radicado" no es para mi. La gente mía es la del sur. Ando por el mundo con el mensaje de ellos. Los míos son el alimento para crear canciones, siempre lo fueron.

Agotado, un poco mareado por los flashes de los fotógrafos alemanes, por preguntas cruzadas que lo sacaban del tema, Atahualpa Yupanqui se disculpó, metió su guitarra en el estuche, y se fue Dejó un halo de admiración, un aire sureño en la silenciada acústica del teatro. Se fue solo, con sus pasos que dan. inequívocamente, al campesino de estas latitudes

La sombra de un hombre y su guitarra alelaron de ese modo, tomando por alguna anónima calle de Berlín, las que también son "caminos".

por Enrique Estrázulas

 

Publicado, originalmente, en: La Semana de "El Día" - Montevideo, 17 de Julio de 1982 • Año IV - N°184 pdf

La Semana de "El Día" fue una publicación del Departamento de Investigaciones y Estudios del Diario EL DIA

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

Inédita, al 14 de de agosto de 2026, en internet. Escaneada,  para Letras Uruguay por su editor

 

Ver, además:

 

                      Atahualpa Yupanqui en Letras Uruguay

                    

                                              Enrique Estrázulas en Letras Uruguay

 

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