La estructura social en Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias

ponencia de Raquel Thiercelin Mejías

Si bien todos los comentaristas están de acuerdo en afirmar que, en la trayectoria de Miguel Ángel Asturias, Hombres de maíz, obra de la madurez del autor, abre el ciclo del «realismo mágico», y si bien muchos de ellos la estudian bajo el enfoque de la magia, pocos son los que se ocupan de la otra cara del binomio, o sea, del elemento real que funda la trama —o una de las tramas— de este libro complejo y muchas veces desconcertante.

Lejos de toda polémica, ya que el problema del compromiso de la novelística asturiana se ha debatido hasta la saciedad, quisiera tratar de indagar cuál es el tipo de realidad social sobre el que se asienta la novela y hasta qué punto es inherente a ella. Además mi impresión es que, no siendo ni mucho menos el tema primordial de Hombres de maíz, la evocación de la realidad ha de ser tanto más significativa de un estado de cosas objetivo. Así pues, lo que este estudio pretende llevar a cabo es poner de manifiesto las diversas facetas de la estructura social que la novela refleja o deja vislumbrar y ponderar en lo que cabe su valor de impacto o simplemente de testimonio.

El tema de Hombres de maíz, que da el título a la novela, es seguramente bien conocido. Se trata, en pocas palabras, del conflicto que opone a aquellos de los indicios del occidente de Guatemala que, aun compenetrados con la mitología de los antepasados mayas, tienen sacralizado al maíz, a los que no ven en este cereal sino uno de tantos productos de la industria humana y, por ende, explotable y comercializable. Así es como se define el maíz en las primeras páginas del libro:

Sembrado para comer es sagrado sustento del hombre que fue hecho de maíz.

Sembrado por negocio es hambre del hombre que fue hecho de maíz (p. 12)[1],

A este tema fundamental se añade el de la locura ambulatoria de la mujer, de la María Tecún, legendaria y real a la vez, y de sus secuaces; huida que tiene como consecuencia su desesperada búsqueda por el abandonado e inconsolable amante.

Esta carencia de unidad en la temática muchas veces desconcierta, pues los dos temas no tienen entre sí otro vínculo que el de la maldición echada por los «brujos de las luciérnagas» contra todos aquellos que quebrantaran la ley sagrada que impone venerar el alimento del hombre. Pero la unidad del libro reside en que se trata de un conflicto (tanto socioeconómico como metafísico) y de sus consecuencias, maldición y castigo que se propagan de generación en generación —aquí de capítulo a capítulo— sin llegar a resolverse, al menos que se considere la reunión final del esposo con María Tecún y el hijo de ambos como una esperanza de salvación, aunque, fuerza es subrayarlo, salvación de carácter puramente individual.

Así definido, el conflicto se desenvuelve a lo largo de seis capítulos o  episodios que enlazan entre sí del siguiente modo:

Hay un primer tiempo de cuatro capítulos titulados respectivamente: Gaspar Ilóm, Machojón, El venado de las siete rozas, Chalo Godoy. Corresponden a la muerte por traición del cacique indio Gaspar Uóm y al cumplimiento de la maldición sobre los que de cerca o lejos fueron los agentes del desastre. Cumplida la profecía, hay como un salto en el tiempo que corresponde al desplazamiento temático. La maldición que sigue pesando, sobre las mujeres esta vez, es también obra de los «brujos de las luciérnagas», aunque sin vinculación directa ni con la comercialización del maíz ni con la muerte de Gaspar. La causa de esta maldición no está muy claramente definida; se presenta más bien como una fatalidad, un sino incomprensible, aun cuando, al final de la novela, María Tecün de vuelta de sus andanzas pretenda que se dejó al marido por no tener demasiados hijos —argumento que no convence a nadie.

Estas consideraciones acerca de la composición de Hombres de maíz no eran del todo inútiles a nuestro propósito, pues la visión social que nos da el autor dista mucho de ser uniforme. Limitada al principio (en los cuatro episodios del primer grupo), se va ensanchando poco a poco hasta componer, en el último capítulo titulado «Correo Coyote», que es también el más extenso pues cubre por sí solo la mitad de la obra, un cuadro mucho más completo abarcando tipos sociales cada vez más diversificados. Así, la doble historia de la mujer que «tecunea», en los capítulos finales María Tecún y Correo Coyote, se presenta en íntima imbricación con episodios y anécdotas diversos por los que circula gran número de personajes que de ningún modo se pueden calificar de secundarios. La visión social de Hombres de maíz es, pues, la de una pirámide al revés, y creo que es oportuno preguntarse cuál es el significado de tal composición. Indudablemente, el presente estudio tenía que seguir el orden de la progresión misma del drama, el más indicado para llegar a una clarificación y a un mejor entendimiento del sentido profundo de esta obra tan compleja y tan rica.

 

Como ya se ha dicho, Hombres de maíz es la historia de un conflicto, y el libro empieza en son de guerra. Una guerra sin cuartel entre dos grupos sociales, los indios de Ilóm, capitaneados por el Gaspar, y los «maiceros» que están talando las selvas para sembrar cada vez más maíz por afán de lucro. Así es como resume la situación el cacique de Ilóm:

Hay que limpiar la tierra de Ilóm de los que botan los árboles con hacha, de los que chamuscan el monte con las quemas, de los que atajan el agua del río que corriendo duerme y en las pozas abre los ojos (...) los maiceros, esos que han acabado con la sombra (...).

Y si fuera por comer. Por negocio. Y si fuera por cuenta propia, pero a medias en la ganancia con el patrón y a veces ni siquiera a medias. El maíz empobrece la tierra y no enriquece a ninguno. Ni al patrón ni al mediero (p. 12).

Envenenado Gaspar por arte y maña de Machojón y de su esposa la Vaca Manuela, diezmadas las indiadas, se acaba la guerra de Ilóm y el desaparecido cacique pasa a ser héroe de leyenda en la imaginación popular. Y esta traición, engendradora de la maldición que va a pesar sobre el destino de los hombres, toma el carácter de mito pero también de origen y principio tanto del drama como de los dramas. La destrucción de la tribu de Ilóm sirve de punto de partida para el cómputo del tiempo: «Fue cuando la guerra de Ilóm» (...) «fue cuando usted le pudo al cacique de Ilóm» (p. 175), repetirá seis años más tarde, o sea en vísperas de la séptima roza, el subteniente Musús al malogrado coronel Chalo Godoy.

Es que la guerra de Ilóm representa algo más que un dramático episodio de la novela. La guerra de Ilóm, o mejor dicho la derrota de Ilóm, es el último acto de resistencia del pueblo indio, el ocaso de un estatuto económico, social y cultural a la vez, el final del sentimiento de pertenencia a una comunidad, a un orden social. Es, en resumidas cuentas, una verdadera disgregación social. Con la derrota de Ilóm «se apagó la luz de las tribus» (p. 249).

A partir de entonces, en ningún momento de la novela vuelven los indios a aparecer como grupo organizado. Cuando aparecen es individualmente, como seres inferiores, humillados, más indefensos aún que los demás:

Los cuatreros no nos quieren a los indios, somos razas de chuchos miedosos dicen,

así se expresa el indio carguero que lleva a cuestas el cajón de muerto para el Curandero (p. 78). En adelante, salvo alguna alusión de este tipo, la base de la sociedad está compuesta por una masa indistinta de indios y mestizos. Para las clases altas, la asimilación entre ambos grupos es absoluta, así lo da a entender la blanca esposa de don Deferio, el rico alemán, compositor de música a sus horas:

Doña Elda aceptaba que las leyendas de Alemania eran verdaderas; pero no las de aquel pobre lugar de indios chuj y ladinos calzados y piojosos (p. 173).

Cuando los vemos existir como grupo es para observar que están en plena represión como los cincuenta mil indios de la parroquia codiciada por don Casualidón, el quijotesco cura español:

Los cincuenta mil habitantes, repartidos en hondonadas y riscos, extraños al mundo que parpadeaba fuera, bajo las estrellas, dormían su cansancio de raza vencida (p. 229).

Los nativos eran indios pobres, llenos de necesidades por sus familias numerosas. La riqueza que pasaba por sus manos en los lavaderos de oro y en los trabajos de campo, no era de ellos. Salarios de miseria para vivir enfermos, raquíticos, alcoholizados (p. 230).

El indio se encierra en sí mismo, se envuelve de misterio como aquel santero que

se desaparecía cuando tenía encargo de alguna imagen, y así oculto le daba forma con sus fierros y hasta que el santo estaba edificado lo mostraba entre flores y rezos (p. 191).

La derrota de Gaspar Ilóm, que significa la desaparición de los indios como entidad social, como grupo de presión, va a ser también, por la fatalidad que pesa sobre todos los hombres, el principio de una disgregación general.

A partir del segundo capítulo, titulado Machojón, empieza a actuar la maldición, se desencadenan las calamidades. Primero, con el trágico final del hijo de Machojón, que se aparece como jinete de fuego ante los horrorizados maiceros, seguido de la muerte suicida del padre que cobra un carácter de apoteosis al internarse en sus propios maizales después de prenderles fuego; el tercer capítulo ve la venganza de los hermanos Tecún que cortan las cabezas de los ocho Zacatón, hijos y nietos del farmacéutico que vendió el brebaje de la traición. Y sigue la maldición con la muerte del coronel Chalo Godoy, enloquecido por la proximidad de los «brujos de las luciérnagas» y con la huida de María Tecún y más tarde la esposa del correo de Pisigüilito, Señor Nicho Aquino, quien se convierte en coyote perdiéndose para siempre para la sociedad de los hombres.

Y es que la existencia que esta sociedad ofrece a la inmensa mayoría no tiene, que digamos, mucho aliciente. Viven en pueblos lóbregos, «un encumbramiento de casas feas, con una iglesia triste» (p. 237) o en ranchos miserables perdidos en los rincones olvidados de las montañas (p. 149), a grandes distancias de la capital a la que se accede por caminos que no son ni buenos ni seguros. De la capital, el autor sólo nos da una visión rápida y como infantil, por los ojos de un arriero despachado en busca del extraviado correo. La capital es un mundo aparte, misterioso, incomprensible.

En los pueblos reside una minoría de proceres, ricos o asimilables. Algún comerciante, alemán o chino, «con comercio en la capital», el alcalde, el Mayor de plaza, el coronel Chalo Godoy (que morirá víctima de la maldición), el padre Valentín Urdáñez que entretiene sus ocios escribiendo largos informes seudoantropológicos acerca de las costumbres y creencias de sus parroquianos (p. 144). Muchos de ellos son anónimos: el juez, el administrador de correos, el Mayor de Plaza; su estatuto de funcionarios parece ser envidiable y en cierto lugar se recalca irónicamente que «funcionario quiere decir persona que siempre tiene razón» (p. 172), y por eso Nicho Aquino se considera «un nadie desde que dejó de ser correo» (página 266). Su holgura es la del pueblo, Pisigüilito o San Miguel de Acatan, simbolizada por cierto tipo de edificios: la botica, la administración de correos, la mayoría de plaza, algunas tiendas y... la luz eléctrica.

El oficio de las armas es más ambiguo, más peliagudo y, por ende, menos envidiable. Así piensa el subteniente Musús en plena campaña de «la expedicionaria»:

Al subteniente le zumbaban los oídos como con la quinina (...). Oficio detrastornados ese de los cuatreros o ese de ellos de andar matando gente (p. 69).

La indumentaria misma de los soldados revela que tampoco ellos están exentos de necesidades:

Descalzos, vestidos al desigual, pero todos con correajes de soldados (p. 80). Y se sabe que a su paso peligran las reses y las gallinas... cuando no las mujeres. Así y todo, representan un rango, si bien no muy elevado, en la sociedad, y, en las fondas, suelen lucir modales sui generis «para no desacreditarse» (p. 155).

De paso hay que mencionar a algún aventurero de profesión, a algún extraño viajante de comercio como el famoso don Nelo y sus máquinas de coser capaces de traer la perturbación en los espíritus femeninos:

Pero los numerosos personajes que forman la trama de la novela pertenecen a las clases más humildes de la hociedad y desempeñan esos oficios que según decía Larra «son medios de vivir que no dan de vivir». Son los arrieros, los cargueros (así el que llevaba a cuestas el cajón de muerto a través del Tembladero); las mujeres son tortilleras y en el mejor de los casos fonderas, entre ellas la Ña Monchita, que era a la vez partera, curandera y casamentera, o la eterna novia del hijo de Machomojón, que tiene una venta de carne de marrano a orilla del camino: «Su vida era el camino», dice el autor para definirla (p. 212).

Y, lo que resalta, es que esa «inmensa mayoría» (a la que pertenecen los dos héroes finales: Goyo Yic, el mendigo ciego y Nicho Aquino, el pedestre correo) vive totalmente al margen de las riquezas del país y de los circuitos comerciales y sin entender siquiera el mecanismo sobre el que se asienta el bienestar de los pueblos «como si la tenencia y propiedad de las cosas fueran combinaciones de la suerte puramente ficticias», piensa Hilario el arriero al ver rodar los dados con que se está jugando las muías (p. 223). Prueba de ello también es la aventura o tragicomedia de Goyo Yic y de su compinche Mingo Revolorio con el garrafón de aguardiente que, comprado con sus últimos recursos, llevan a vender a la ciudad y que a tanto el trago debe producirles una bonita suma. El cansancio, el calor y lo largo del camino hace que, con el peso que les sobró, se van vendiendo uno a otro, a peso el trago y al contado, el contenido íntegro del garrafón... (p. 118). Nunca llegaron a entender cómo es posible que al final se encuentren sin los mil doscientos pesos y... sin el aguardiente, y, para colmo, terminarán en presidio, pues de tan borrachos que estaban perdieron la guía... «Sin la guía, contrabandistas, con la guía personas honradas». Tal será su conclusión amarga» (p. 133).

En resumidas cuentas, la sociedad que sirve de telón de fondo al drama es hostil, brutal, incomprensible al pobre. Este último vive en ella una existencia precaria, movido por intereses ciegos y por fuerzas que no alcanza a entender; así lo vive Nicho Aquino, por ejemplo, al hablar de sus deberes como «muñeco correo» (p. 241). El sentimiento más generalmente experimentado es el de la soledad, soledad absoluta y que, simbolizada en la búsqueda desesperada de la mujer amada, llega a momentos de paroxismo que rayan en la locura o en el suicidio y que compagina con la sensación de una carencia («los hombres sueñan con paraísos que tuvieron y que perdieron») y con la nostalgia de la unidad. Todos sueñan con esa unión original ,ahora perdida y que sólo en alguna fiesta religiosa o en los lugares de reunión: «zaguanes de recuas, y arrieros, fondas, posadas y velorios» (p. 161), se tiene la ilusión de recobrar. También es esta carencia fundamental la que engendra las leyendas, esos mitos, esas creencias poéticas de la conciencia común que a veces justifican un destino o hacen, al menos, que la vida sea llevadera. Y es aquí donde se verifica la unidad de la obra, en esa añoranza general de una comunidad de destino. Aquí es donde enlazan los dos temas, el de la profanación del maíz y el de las esposas que «tecunean».

Se ha dicho de Hombres de maíz que era una reflexión acerca de la soledad existencial del hombre frente al misterio de sus orígenes y de su destino. Pero también hay algo más, y es que Asturias ha sabido, logrado, hacer patentes, mediante la íntima imbricación de los aportes socioculturales del pueblo maya y del reflejo de una realidad social determinada, ese profundo desgarro que aqueja a tantos pueblos de nuestro universo. A través de la dramática añoranza de un destino común propia de los pueblos indios, Miguel Ángel Asturias aboga por un mundo justo y digno y muestra que la miseria material acarrea como consecuencia obligada el aniquilamiento espiritual y moral de los pueblos oprimidos.

Este aspecto de auténtica protesta social, añadido a la extraordinaria actualización del légamo cultural del pueblo de Guatemala, hace de Hombres de maíz uno de los libros más impresionantes y más importantes de lo que va de siglo.

Nota:

[1]. La paginación de las referencias corresponde a la de la Edición Losada, sexta edición, Buenos Aires 1968.

 

Ensayo de Raquel Thiercelin Mejías

 

Publicado, originalmente, en: Actas del cuarto Congreso Internacional de Hispanistas Salamanca, agosto de 1971

Notas de reproducción original: Edición digital a partir de Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982

Link: https://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/04/aih_04_2_067.pdf

 

Ver, además: 

 

                       Miguel Ángel Asturias en Letras Uruguay

                      

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

instagram: https://www.instagram.com/cechinope/

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

 

Ir a índice de ensayo

Ir a índice de Raquel Thiercelin Mejías

Ir a página inicio

Ir a índice de autores