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Ernesto Sábato: «Abaddón el exterminador» Crónica de Luis Suñen Una de las características más claras de la narrativa de Ernesto Sabato es su carácter de enfrentamiento con las propias obsesiones. Sabato descubre sus fantasmas a través de una construcción que le incluye. Si El túnel y Sobre héroes y tumbas fueron ya una indagación en este universo sorprendente y profundamente humano del gran novelista argentino, Abaddón el exterminador [1] constituye eí punto culminante de su introspección a través de la escritura. En esta novela inmensa, discurso y ser se fundirán en una totalidad indisoluble. La aparición de Sabato como narrador y personaje, su permanencia en el relato, su intervención en él, podría explicarse por el afán de conjurar sus monstruos personales. Pero no es sólo la reflexión sobre su persona lo que lleva a Sabato por el camino de arriesgar casi quinientas páginas. Con todo lo importante que esta auto contemplación resulte para él, tal vez lo sea más el contemplar el mundo desde ella. Todas las obsesiones que le persiguen se enfrentan aquí entre sí y en conflicto con el mundo, con la existencia sin sentido de una sociedad agonizante. Por eso Abaddón... es la novela más veraz de Sabato, la más auténtica en su desoladora certeza, en su apocalíptica conclusión. Sabato está aquí vivo y entero, verdadero en esta vida que a duras penas comprende, pero que le obliga a esta forma de lanzar fuera sus pensamientos, todas sus terribles y obsesionantes reflexiones. Sabato se plantea ahora con una apabullante lucidez el qué y el cómo de su vida, el porqué y el para qué de toda su (la) literatura. La novela está llena de divagaciones en este sentido. La obsesión no crece, se recrea para responderse, para tratar de resolverse a cada paso. Una respuesta que no vendrá dada por la falsilla de una norma incumplida, sino por la contemplación de ía realidad del mundo, de la abominable presencia de las fuerzas que el hombre debe vencer para redimirse. Sabato construye una novela de una ejemplaridad y de un empuje dignos de quien afronta las primeras tormentas de la vida. Porque Abaddón ... es ejemplar no sólo en cuanto construcción, en cuanto articulación perfecta de los elementos que la constituyen, sino también como visión del mundo y del hombre. Ejemplaridad, al fin, que se suma en su unidad de obra de arte, de literatura total y, en ciertos aspectos, paradigmática. Estamos ante una de las novelas de nuestro tiempo, con sus defectos innegables —la falta de ritmo en la sucesión de planos—, pero con su gigantesca presencia de obra monstruosamente concebida, escrita para quien lee—como antes quien escribe—se vuelque en ella como buscando una remisión de la literatura y su papel en el mundo. Ya no son tan sólo las obsesiones habituales las que preocupan a Sabato, sino la pertinencia de su inclusión en la obra de arte. No es la novela únicamente una exposición de estas constantes, sino una justificación de su presencia, un certificar !a validez de la experiencia personal como pie para la creación, como origen de su carácter interrogativo. Abddón... es una novela total. En ella toda una concepción de la literatura y del mundo salta con una evidencia aplastante. Sabato, personaje y narrador, vuelca en la escritura toda la potencia de su obsesión. Nada más alejado de una concepción decorativa de la literatura. No es aquí mero pretexto para una digresión ineficaz. La actitud vital (literaria) de Sabato no deviene en conducta personal a través de su ejercicio, lo es desde el primer momento. El novelista no se pone los trajes de un modo de concebir el compromiso del escritor para ir habituando la vista a una mera apariencia. Por el contrario, a través de sus criaturas y de su propio desdoblamiento, expone el vacío de la sociedad que, ajena a la realidad subyacente, se goza en su propia —y peligrosa—nada. La muerte de Marcelo—que llevaba a César Vallejo en el bolsillo—torturado salvajemente, ejemplifica gran parte de la digresión sabatiana. Ante Marcelo, ante el hombre nuevo, ese Sabato que en el fondo de su autocrítica se acusa y se defiende, reconoce sus limitaciones y su grandeza, acaba por detener su pensamiento ante la presencia sublime de quien da la vida por la libertad. Marcelo es un espíritu puro, imitable y real, verdadero. Sabato es de 1911 y, sin embargo, vive y es capaz de reflejar la existencia de un ser que morirá defendiendo su verdad, su carácter de hombre en busca de su ser en libertad. La intercalación de historias en diversos planos o en un plano de múltiples alcances—la historia de Palito, que es parte de la historia del Comandante y punto de reflexión que incide en la conclusión total de nuestra postura ante el discurso— se integra en una historia total que se construye por y sobre el hombre. La aparición de personajes de otras novelas de Sabato, su incidencia en las cuestiones que el novelista se plantea, no son al fin—con toda la importancia que en un análisis profundo de su obra se les debe conceder—, sino criaturas que se empequeñecen ante la reflexión total, ante la soledad del autor que contempla la extensión de su obra, la materialidad de su saberse humanamente. Así, el desbordamiento de la novela, su ordenación en una aparatosidad sobrecogedora, abarca todo él material que los ríos interiores del relato van arrastrando. La «extrañeza en la tierra» no es al fin, sino un permanecer en ella, al borde de un abismo que amenaza con sorber toda intención, pero resistiendo siempre. La lucidez de contemplarse ahora y exponerse a los propios fantasmas y a las reservas de los propios personajes. No se trata de adaptarse una imagen o una apariencia. Desde el principio el novelista se muestra en su ser más verdadero. Se desdobla para observarse y ser observado. Personaje y narrador se confunden y se diferencian en un ejercicio esclarecedor y aglutinante. La identidad que Sabato trata de averiguar para sí mismo se convierte a lo largo de la novela en una digresión mucho más amplia, en una contemplación de la existencia, tarea a la que suma como un elemento más del mundo la concepción—e incluso la construcción material—de la literatura. Abaddón... es una novela cuya lectura ofrece una amplia perspectiva de análisis. Se trata de una triple toma de posiciones —o de un triple desasimiento, de una desazón inabarcable— ante el mundo, la literatura y el ser propio reflejado en la obra que es espejo de obsesiones. La dimensión enormemente abierta de la novela se extiende a tres posibilidades fundamentales de lectura: la poética, la psicológica y la política. Lecturas que al fin se entrecruzan como fruto de la condición de obra de arte que posee su objeto. Carácter que tiene en esta multiplicidad de lecturas y en el aspecto abarcador de la obra total que las sugiere, su confirmación más plena. Porque quien pone en su escritura la crispación del yo ante la terrible realidad del mundo es aquí, al mismo tiempo, capaz de crear un lenguaje en el que, en ocasiones, la belleza de ia expresión acrecienta la capacidad de sugerencia. Hay en Sabato algo que ahora—tantas veces abocados a un distanciamiento peligroso—puede parecer quimérico: el escritor como capaz de recoger los anhelos de «la humanidad entera». Quien escribe se hace un personaje más «para ver si así podemos penetrar en ese gran misterio». Paralelamente al desvelamiento de ese gran misterio, el personaje Sabato va introduciéndose en su propia ficción que es su propia realidad. Narrador y personaje complementarán su acción, se reconstruirán a sí mismos y el uno al otra en esa indagación que sobre su persona y su mundo—el exterior a la novela y el creado en ella—es toda la narración, El desdoblamiento va construyendo el relato y mostrando sus materiales. AI tiempo que éste se articula, descubre su estructura. La novela es muestra de su fisonomía y construcción de un mundo propio. Las posibilidades de lectura se amplían, la totalidad del intento desborda sus propios límites. La desesperanza es, sin embargo, una conclusión que nos desazona. Pero, al mismo tiempo, nos hace pensar en la no inutilidad del sacrificio de hombres como Marcelo o Palito, de la desilusión de quienes, como Nacho, buscan la pureza absoluta. ¿Creerá el propio Sabato que la tenue presencia de Ulrike, su dedicatoria de una literatura «esperando que le sea útil» no habrá servido para nada? ¿Recurre el propio Sabato a sus «fantasmas», los saca a la luz pública para una conclusión entristecida? Sabato habla de eternizar a través del arte «esos momentos de amor o de éxtasis» que la vida ofrece. Y su arte tratará, además, de eternizar la belleza trágica de la actitud decidida ante ia existencia. La verdad de las palabras finales de Sabato, ¿cómo reconocerla cuando la vida, certificándolas, no hace sino que pensemos —quién sabe hasta cuando podremos resistir— en cambiarla? ¿Por qué al terminar la lectura de Abaddón... uno no desea sino que el final de esta pesadilla se precipite? El pesimismo de Sabato no es, al cabo, sino lección de ardor ante la existencia. El mismo, en su discurso apasionado, y gigantesco, justifica de continuo el oficio de escritor, la utilidad, la validez de la palabra ante el mundo. [1] Ernesto Sabato: Abaddón el exterminador, Alianza Editorial, Madrid, 1975, 489 pp. |
Crónica de Luis Suñen
Publicado, originalmente, en: Cuadernos Hispanoamericanos Número 308 Madrid, Febrero de 1976
Cuadernos Hispanoamericanos es una publicación de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID)
Ver, además:
Ernesto Sábato en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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