La canción de la guerra

poema de Jaroslav Seifert

 

Ahorquen la guerra, para que las mujeres

puedan sonreír

y no envejezcan tan rápidamente

como envejecen las armas.

 

Pero la guerra dice “¡Existo!”
Soy desde el principio,

nunca hubo un momento

en que no fuera.

 

Soy vieja como el hambre

y como la cópula.
Yo no me he creado

pero el mundo es mío.

 

Y yo lo destruiré.
Estaré presente
cuando el sangriento trapo en llamas

caiga en las sombras

 

como saliva de niños

al fondo del pozo
cuando quieren medir

su negra profundidad.

 

Pero nosotros —y eso es la esperanza-

podemos un ratito más,

un ratito más podemos

pensar en ello.


                        -o0o-

 

Si se pudiera decir al corazón:

                             ¡espera!
Si yo pudiera ordenarle: ¡arde!
Ya se apaga.
                   Sólo una zapatilla,

sólo ya una palma,
               ya sólo un dedal

antes de que gire la llave y se abran las puertas

que atravesamos llorando

por esa terrible belleza
                       que se llama vida.
No se avergüencen, Jesucristo también lloró.

Ayer las estrellas brillaron tanto.

Pero, ¿por que ha de hablar de sí una sola hoja

cuando existe la grama?
                   Yo les pido perdón

y les suplico, sólo dos palabras.


Cuando me derribaron los dolores

y la muerte ensalivaba sus dedos
                          para apagar

la roja llama de mi sangre,

llegó aquella que me era más cercana,

se arrodilló a mi lado
                  y todavía se inclinó,

para inyectar a mis pulmones con largos besos,

como a un ahogado, su dulce aliento.

 

Y el que ya partía
           abrió otra vez los ojos

y se cogió desesperadamente

de sus hombros y sus cabellos colgantes,
Tal vez sea posible incluso vivir sin amor

pero morir sin él,
               es la desesperación.

 

Sólo una hojita más,
                sólo una semillita,

sólo la punta de un alfiler!

Para poder tambalearme un ratito

en el tibio perihelio de la feminidad

que nos trae y nos lleva
                    nos busca y abandona

empuja y detiene,
                        derriba y levanta,
ata y libera,
                   acaricia y mata,
ala y ancla,
                   grillete y rayo,

rosa y garra hasta el final.

 

                -o0o-

Las estatuas de Josef Wagner
                                abrazan en su tierno regazo

la invisible cabeza de la poesía.
                                      Y cuando este escultor

terminó su obra e hizo a un lado los instrumentos,

sus estatuas quedaron como nubes
                                   cuando no sopla el viento,

tocando el suelo levemente

para no romper ni los pequeños tallos.

 

Cuando la primavera se inclinó sobre las flores

el escultor la transformó en mujer.
Y cuando la mujer también despertó

la transformó en amor.
                       Y cuando el amor sonrió

todas las cosas en su torno
estuvieron de pronto tan iluminadas con su sonrisa
                                       que no tenían sombras.


Y al final decidió
esculpir un velo, una danza y una melodía

de su propio dolor.
Se apresuró sin descanso
                      antes de que llegaran los cuervos.

Pero ya estaban cerca, estaban ya ante las ventanas

y una fría ramita de laurel
                             le cubrió los ojos.


Desde la oscuridad de la piedra, que conoce el peso
                                                       de las aguas,
brotó una resplandeciente luz,
en la desnudez del metal expiró una canción de amor.
Hasta las gotas brotaron
                     del misterioso tejido de las maderas.
Y la, estatua, tendida, sobre un costado,

perteneciendo a los poetas en todo el mundo,
                                            se levantó de pronto.


Qué pasó luego, di, piedra,

habla!
        ¿Qué pasó con el amor

que iluminaba todo lo circundante?


Se convirtió en mujer

                   y lloraba,

el llanto se hizo silencio del barro

y la nieve cubrió la tumba.


En los pliegues del abrigo de Jaroslav Vrchlicky

los pájaros nacen sus nidos.

 

                -o0o-


Hace mucho que no oigo más
                 el negativo susurro de los labios
                                                        besados,
que sonríen, si
                   Tampoco me pertenecen.
Pero quisiera encontrar todavía las palabras

amasadas
            de migajón de pan

o del aroma de los tilos.
Mas el pan enmoheció
                  y los aromas se volvieron amargos.


Y a mi alrededor, de puntillas, rondan las palabras

y me ahogan
               cuando quiero cogerlas.
Matarlas no puedo
            y ellas me matan.
¡Y los golpes de las maldiciones suenan en la
                                                            puerta!
Si les obligara a danzar para mí

seguirán mudas.
          Y además cojean.


Pero yo bien sé
que el poeta debe siempre decir más
que lo escondido en el alboroto de las palabras.
Y eso es la poesía.

 

De otra manera no podría, con la palanca del verso,

abrir el capullo de los goznes de miel,

y obligar al frío
       a pasarle a ustedes por la espalda

cuando desnuda la verdad.

poema de poema de Jaroslav Seifert
De la colección: Concierto en la Isla: Una mejilla sobre la mía

 

Publicado, originalmente, en: Aquí Poesía Nº 38 Montevideo, 1967 pdf

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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