Luz de la noche

poema de Pedro Salinas

De Fábula y signo (1931)

 

Estoy pensando, es de noche,

en el día que hará allí

donde esta noche es de día.
En las sombrillas alegres,

abiertas todas las flores,

contra ese sol, que es la luna

tenue que me alumbra a mí.

Aunque todo está tan quieto

tan en silencio en lo oscuro,

aquí alrededor,

veo a las gentes veloces

—prisa, trajes claros, risa—

consumiendo sin parar,

a pleno goce, esa luz

de ellos, la que va a ser mía

en cuanto alguien diga allí

“ya es de noche”.
La noche donde yo estoy

ahora,
donde tú estás junto a mí

tan dormida, y tan sin sol

en esa
noche y luna del dormir,

que pienso en el otro lado

de tu sueño, donde hay luz

que yo no veo.
Donde es de día y paseas

—te sonríes al dormir—

con esa sonrisa abierta,

tan alegre, tan de flores,

que la noche y yo sentimos

que no puede ser de aquí.
16
De La voz a ti debida (1933)
Amor, amor, catástrofe.
¡Qué hundimiento del mundo! Un gran horror a techos quiebra columnas, tiempos; los reemplaza por cielos intemporales. Andas, ando por entre escombros de estíos y de inviernos derrumbados. Se extinguen las normas y los pesos.
Toda hacia atrás la vida se va quitando siglos, frenética, de encima; desteje, galopando, su curso, lento antes; se desvive de ansia de borrarse la historia, de no ser más que el puro anhelo de empezarse otra vez. El futuro se llama ayer. Ayer oculto, secretísimo, que se nos olvidó y hay que reconquistar con la sangre y el alma, detrás de aquellos otros ayeres conocidos.
¡Atrás y siempre atrás! ¡Retrocesos, en vértigo, por dentro, hacia el mañana! ¡Que caiga todo! Ya lo siento apenas. Vamos, a fuerza de besar, inventando las ruinas del mundo, de la mano tú y yo
por entre el gran fracaso
17
de la flor y del orden.
Y ya siento entre tactos, entre abrazos, tu piel que me entrega el retorno al palpitar primero,
sin luz, antes del mundo, total, sin forma, caos.
Yo no puedo darte más.
No soy más que lo que soy.
¡Ay, cómo quisiera ser arena, sol, en estío!
Que te tendieses descansada a descansar.
Que me dejaras
tu cuerpo al marcharte, huella
tierna, tibia, inolvidable.
Y que contigo se fuese sobre ti, mi beso lento: color,
desde la nuca al talón, moreno.
¡Ay, cómo quisiera ser vidrio, o estofa o madera que conserva su color aquí, su perfume aquí, y nació a tres mil kilómetros! Ser
la materia que te gusta, que tocas todos los días y que ves ya sin mirar a tu alrededor, las cosas —collar, frasco, seda antigua— que cuando tú echas de menos preguntas: “¡Ay!, ¿dónde está?”
¡Y, ay, cómo quisiera ser una alegría entre todas,
18
una sola, la alegría con que te alegraras tú!
Un amor, un amor solo:
el amor del que tú te enamorases.
Pero
no soy más que lo que soy.
Horizontal, sí, te quiero.
Mírale la cara al cielo, de cara. Déjate ya de fingir un equilibrio donde lloramos tú y yo.
Ríndete
a la gran verdad final, a lo que has de ser conmigo, tendida ya, paralela, en la muerte o en el beso. Horizontal es la noche en el mar, gran masa trémula sobre la tierra acostada, vencida sobre la playa.
El estar de pie, mentira: sólo correr o tenderse.
Y lo que tú y yo queremos y el día —ya tan cansado de estar con su luz, derecho— es que nos llegue, viviendo y con temblor de morir, en lo más alto del beso, ese quedarse rendidos por el amor más ingrávido, al peso de ser de tierra, materia, carne de vida.
En la noche v la trasnoche, y el amor y el trasamor, ya cambiados en horizontes finales, tú y yo, de nosotros mismos.
19
Los cielos son iguales. Azules, grises, negros, se repiten encima del naranjo o la piedra: nos acerca mirarlos.
Las estrellas suprimen, de lejanas que son, las distancias del mundo Si queremos juntarnos, nunca mires delante: todo lleno de abismos, de fechas y de leguas.
Déjate bien flotar sobre el mar o la hierba, inmóvil, cara al cielo.
Te sentirás hundir despacio, hacia lo alto en la vida del aire.
Y nos encontraremos sobre las diferencias invencibles, arenas, rocas, años, ya solos, nadadores celestes, náufragos de los cielos.
Tú no las puedes ver; yo, sí.
Claras, redondas, tibias. Despacio
se van a su destino; despacio, por marcharse más tarde de tu carne.
Se van a nada; son eso no más, su curso.
Y una huella, a lo largo, que se borra en seguida. ¿Astros?
20
Tú.
No las puedes besar.
Las beso yo por ti.
Saben; tienen sabor a los zumos del mundo. ¡Qué gusto negro y denso a tierra, a sol, a mar!
Se quedan un momento en el beso, indecisas entre tu carne fría y mis labios; por fin las arranco. Y no sé si es que eran para mí. Porque yo no sé nada. ¿Son estrellas, son signos, son condenas o auroras? Ni en mirar ni en besar aprendí lo que eran.
Lo que quieren se queda allá atrás, todo incógnito.
Y su nombre también.
(Si las llamara lágrimas nadie me entendería.)
De Razón de amor (1936)
Antes vivías por el aire, el agua,
ligera, sin dolor, vivir de ala,
de quilla, de canción, gustos sin rastros.
Pero has vivido un día
todo el gran peso de la vida en mí.
Y ahora,
sobre la eternidad blanda del tiempo —contorno irrevocable, lo que hiciste— marcada está la seña de tu ser, cuando encontró su dicha.
Y tu huella te sigue;
21
es huella de un vivir todo transido de querer vivir más como fue ella.
No se está quieta, no, no se conforma con su sino de ser señal de vida que vivió y ya no vive.
Corre tras ti, anhelosa
de existir otra vez, siente la trágica
fatalidad de ser no más que marca
de un cuerpo que se huyó, busca su cuerpo.
Sabes ya que no eres,
hoy, aquí, en tu presente
sino el recuerdo de tu planta un día
sobre la arena que llamamos tiempo.
Tú misma, que la hiciste,
eres hoy sólo huella de tu huella,
de aquella que marcaste entre mis brazos.
Ya nuestra realidad, los cuerpos estos,
son menos de verdad que lo que hicieron
aquel día, y si viven
sólo es para esperar que les retorne
el don de imprimir marcas sobre el mundo.
Su anhelado futuro
tiene la forma exacta de una huella.
¿Acompañan las almas? ¿Se las siente?
¿o lo que te acompañan son dedales minúsculos, de vidrio, cárceles de las puntas, de las fugas, rosadas, de los dedos?
¿Acompañan las ansias? ¿Y los “más”, los “más”, los “más” no te acompañan?
¿o tienes junto a ti sólo la música tan mártir, destrozada de chocar contra todas las esquinas del mundo, la que tocan desesperadamente, sin besar, espectros, por la radio?
¿Acompañan las alas, o están lejos?
Y dime, ¿te acompaña
ese inmenso querer estar contigo
22
que se llama el amor o el telegrama?
¿o estás sola, sin otra compañía que mirar muy despacio, con los ojos arrasados de llanto, estampas viejas de modas anticuadas, y sentirte desnuda, sola, con tu desnudo prometido?
Mundo de lo prometido, agua.
Todo es posible en el agua.
Apoyado en la baranda, el mundo que está detrás en el agua se me aclara, y lo busco
en el agua, con los ojos, con el alma, por el agua.
La montaña, cuerpo en rosa desnuda, dura de siglos, se me enternece en lo verde líquido, rompe cadenas, se escapa,
dejando atrás su esqueleto, ella fluyente, en el agua.
Los troncos rectos del árbol entregan
su rectitud, ya cansada, a las curvas tentaciones de su reflejo en las ondas.
Y a las ramas, en enero,
—rebrillos de sol y espuma—, les nacen hojas de agua.
Porque en el alma del río no hay inviernos: de su fondo le florecen cada mañana, a la orilla tiernas primaveras blandas.
Los vastos fondos del tiempo, de las distancias, se alisan
23
y se olvidan de su drama: separar.
Todo se junta y se aplana.
El cielo más alto vive confundido con la yerba, como en el amor de Dios.
Y el que tiene amor remoto mira en el agua, a su alcance, imagen, voz, fabulosas presencias de lo que ama.
Las órdenes terrenales
su filo embotan en ondas, se olvidan de que nos mandan podemos, libres, querer lo querido, por el agua. Oscilan los imposibles, tan trémulos como cañas en la orilla, y a la rosa y a la vida se le pierden espinas que se clavaban.
De recta que va, de alegre, el agua hacia su destino, el terror de lo futuro en su ejemplo se desarma: si ella llega, llegaremos, ella, nosotros, los dos, al gran término del ansia.
Lo difícil en la tierra, por la tierra,
triunfa gozoso en el agua.
Y mientras se están negando —no constante, terrenal— besos, auroras, mañanas, aquí sobre el suelo firme,
el río seguro canta los imposibles posibles, de onda en onda, las promesas de las dichas desatadas.
Todo lo niega la tierra, pero todo se me da en el agua, por el agua.
24
Dame tu libertad.
No quiero tu fatiga, no, ni tus hojas secas, tu sueño, ojos cerrados. ven a mí desde ti, no desde tu cansancio de ti. Quiero sentirla.
Tu libertad me trae, igual que un viento universal, un olor de maderas remotas de tus muebles, una bandada de visiones que tú veías
cuando en el colmo de tu libertad cerrabas ya los ojos.
¡Qué hermosa tú libre y en pie!
Si tú me das tu libertad me das tus años blancos, limpios y agudos como dientes, me das el tiempo en que tú la gozabas. Quiero sentirla como siente el agua del puerto, pensativa, en las quillas inmóviles el alta mar, la turbulencia sacra.
Sentirla, vuelo parado,
igual que en sosegado soto
siente la rama
donde el ave se posa,
el ardor de volar, la lucha terca
contra las dimensiones en azul.
Descánsala hoy en mí: la gozaré
con un temblor de hoja en que se paran
gotas del cielo al suelo.
La quiero
para soltarla, solamente.
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo, por el mar, por el tiempo,
25
veré cómo se marcha hacia su sino. Si su sino soy yo, te está esperando.
Entre el trino del pájaro y el son grave del agua.
El trino se tenía en la frágil garganta; la garganta en un bulto de plumas, en la rama; y la rama en el aire, y el aire, en cielo, en nada.
El agua iba rompiéndose entre piedras. Quebrado su fluir misterioso en los guijos, clavada a su lecho, apoyada en la tierra, tocándola lloraba
de tener que tocarla.
Tu vacilaste: era la luz de la mañana.
Y yo, entre los dos cantos, tu elección aguardaba.
¿Qué irías a escoger, entre el trino del pájaro, fugitivo capricho,
—escaparse, volarse—, o los destinos fieles, hacia su mar, del agua?
De Largo lamento (1936-1939) Dueña de ti misma
Una noche te vi tan inclinada a abandonarte a ti
26
misma por unos astros,
que me brotaron voces repentinas
del pecho y te hablé así:
¿Qué van a hacer las hojas? Están presas a las ramas del árbol; se lloran a sí mismas, como lágrimas verdes, cuando llueve.
Y el día que se sueltan, como no tienen pies ni manos, son del primer viento que las arrebata, del punto cardinal que menos quieren. viven atormentadas y crujiendo si un huracán las toma por amantes.
O son felices si un adolescente céfiro retrasado
las coge por el talle, como novias
primeras y las lleva
por el espacio en valses lentos.
Su dolor será siempre el sentirse sin pies y sin zapatos.
Porque un amor con pies lo puede todo.
La luz no tiene manos.
Las luces rondan las cuadradas casas, se detienen en quicios y en umbrales esperando que alguien abra o cierre casualmente una puerta y las deje pasar.
A servir a los mismos ojos siempre.
Porque la luz de fuera, vasta, anónima
quiere ser luz de dentro y su gran dicha
es tener ya conciencia de sí misma
entre cuatro paredes, suelo y techo,
como la tiene el cuerpo humano
que al fin se encuentra con amantes brazos.
La pena de las luces
es que no tienen manos y no saben
si entrarán algún día bajo techo
o si la puerta en cuyo umbral están
en una de esas casas
abandonadas que jamás se abren.
¿Qué van a hacer las luces y las hojas
27
más que esperar a ciegas
sus destinos que nunca serán suyos?
Pero tú tienes pies, tienes zapatos nuevos, quizás recuerdes que los compramos juntos.
Tu andar tan firme enorgullece al suelo y le deja sembrado de recuerdos, cual si no fuera tierra.
Entonces di ¿por qué te estás tendida en las noches de enero en tu diván oyendo anuncios de abstracciones por la radio y presintiendo vendavales próximos?
¿o por qué sales al jardín vestida toda de malva, como una hoja seca, en busca de una brisa que te ame despacio y con cariño?
No. Tus pasos son tuyos, sólo tuyos.
Tus pasos están llenos de caminos.
Álzate y quiere con los pies seguros lo que has querido vacilante hace ya muchos años con el pecho.
Sólo tu paso te hace o te deshace; no los dioses
que fingen entre nubes vago imperio.
Yo que admiro tus piernas tan esbeltas y claras como auroras sé que uno de tus pasos puede vencer a un dios antiguo.
Y que no hay fábula
más hermosa que un ser cuando camina
derecho a lo que quiere.
A veces es un tren, o es una tienda, o es un baile de gala. A veces es otro ser, escogido muy despacio.
Tú también tienes manos y conoces la medida precisa de tus guantes.
Las cuidas lentamente al despertar, todos los días para que se terminen
28
como acaban las rosas.
Con ellas muchas veces estrechaste sueños que parecían otras manos.
Entonces di ¿por qué miras al cielo y deshojando las constelaciones lucero por lucero dices “Sí, no, sí, no”? Tu mano, con cinco puntas como las estrellas, marca nortes mejor que ningún astro.
Puede escribir las señas en los sobres, abrirles los capullos a las rosas, sacar de algún cajón algún olvido y transformar las despedidas tanto, diciendo adiós, que nadie se separe.
Y además de esas gracias esenciales, tu mano firme puede
abrir la puerta al tiempo que aún no ha sido.
Lo puede si lo manda
un amor que descienda como sangre,
en donde ella ha nacido, de ella hermano,
a lo largo del brazo
que tanto admiran cuando vas de baile
entregándolo al aire,
los cisnes que te miran, melancólicos.
Y mejor que escrutar los horizontes, sus intrincadas rayas sin sentido, mira a tu palma y los verás allí, horizontes de ti, líneas ciertas
que han nacido contigo.
Cierra la mano y sentirás en ella latir, como un ave impaciente, de vuelos en futuro, las alas de tu suerte
Mírate cara a cara. No te ocultes, no me ocultes a mí, que ya los dioses no tienen en sus manos nada tuyo.
Por eso yo no miro
ya a las nubes olímpicas, de mármol,
ni a las cifras, sin clave, por los cielos.
Y desde hace unos años
29
te miro a ti a las manos, a los pies.
Te miro más arriba, donde dioses
parejos, tus luceros
pueden negarlo o entregarlo todo.
No es el azul, el pardo, el gris, el negro el color que te viste la mirada.
El color de tus ojos es de sino.
[¡Qué olvidadas están ya las sortijas !]
¡Qué olvidadas están ya las sortijas en los dedos de antes! Si soplara la pena con el ímpetu del aire se llenaría el suelo de amarillas sortijas desprendidas de las ramas más altas de los sueños.
Una sortija, una promesa, son lo mismo: inspiran la ilusión, por ser redondas, de que no tienen fin. Pero muchas promesas se mueren en octubre, allí en los dedos donde las colocamos confiados. Y se alfombran los caminos del mundo de oro triste.
Porque hay manos que nunca se dejan oprimir: quieren ser libres.
Y una promesa aprieta más que anillos.
¡Qué olvidadas se sienten las palabras que decían que nunca olvidaríamos!
Cuando me olvidas, di:
¿te acuerdas, por lo menos, del olvido? Recordar el olvido,
aunque no tenga rostro, nombre, cuerpo, es casi no olvidar lo que se olvida.
No te puedo pedir que te acuerdes de mí como yo era —una cara, unos ojos, unas lágrimas— sólo que me recuerdes como a algo que uno recuerda que se le ha olvidado
30
y sin saber qué es, muy vagamente lo eche de menos cada cinco días.
¡Qué olvidadas se sienten
las distancias, su número, su forma!
Mientras que se perciban no hay ausencia.
El mar, las tierras y las leguas,
contadas y nombradas
—yo en California, tú en Escandinavia,
y entre los dos los mapas abiertos, tan precisos—
aseguran que existe, allí en un punto
exacto del espacio de los sueños
y acaso de la tierra, el que está lejos
por muy lejos que esté. Mientras sepamos
exactamente lo que nos separa
no habrá separación. La muerte es
la niebla, allí en las almas, sí la niebla,
abolición de todos los confines,
gran naufragio de números y nombres,
y un ansia a ciegas que recorre el mundo
clamando: “¿En dónde, en dónde
está lo que tan lejos me quería?”
¿Y las alas, las alas?
¿Cómo pudimos olvidarlas? Di.
De tanto ir por las calles a comprar trajes, humo o violetas, o a buscar un empleo en una estrella; de tanto ir sobre ruedas, matando, por matar, paisajes verdes que se quedan atrás como cadáveres, creíste que el andar era tu modo de atravesar la vida, o algún coche color de primavera que comienza.
Se te olvidan las alas que te he dado y no usas.
Y al mirar a los pájaros o a ángeles, criaturas extrañas te parecen y no puedes venir adonde espero por no tener ya fe en lo que te dije: que lo que tiene vuelo siempre vuela.
31
¡Qué olvidados se quedan los desnudos! Hay tantas floraciones en las telas que los escaparates te derrotan lo más bello de ti, con sus ficciones. Convertida en silueta verde y blanca, color de tierno mar adolescente, o envuelta en terciopelo todo rojo igual que una tragedia que se acerca, en tus vestidos vives y te olvidas de lo que puedes dar a ciertos ojos de asombro y maravilla si te quitas lo que el mundo te pone sobre el alma para que te confundas con las otras. Porque el desnudo tuyo no es tu cuerpo, ese otro traje más, color de vida, con que siempre te quedas por las noches, sino lo que detrás está, desnudo.
¡Qué olvidado el espejo, sí, el espejo,
en donde nos miramos una tarde
con nuestras caras juntas,
tan semejantes a los dos soñados,
que un deseo común nos subió al alma!:
no salir nunca de él, allí quedarnos,
igual que en una tumba,
mas tumba de vivir,
tumba clara, de azogue
donde dos seres vivos que la buscan,
la eternidad alcanzan de los muertos.
Tú te marchaste de él: era mi vida.
Y mientras yo contemplo en su vacío poblado de fantasmas de reflejos, la soledad que es siempre mi cara si la veo sin la tuya, tú, antes de ir a algún baile, en otro espejo, sola, te miras a ti misma con los ojos que un día prometieron que sólo te verías en los míos.
32
[¡Cuántas veces te has vuelto !]
¡Cuántas veces te has vuelto!
Recuerdo que una noche te pusiste de espalda a mí, como si me olvidaras.
¿Es la espalda el olvido?
Tu espalda, ancha, espaciosa era un olvido
por donde mi recuerdo iba buscando
delicias de tu cuerpo frente a frente,
como otras veces me lo diste;
igual que la mirada
se pasea tristísima
de lucero en lucero,
por las estrellas de la noche, de esa
gran espalda, la noche,
del gran cuerpo del mundo, luz y día.
Me faltaba
la luz total, tu frente, tú de frente, pero mis ojos
por el ámbito quieto de tu espalda encontraban las señas milagrosas del otro lado, sí, los restos de tu luz.
Y a esa luz de tu luna, de tu dorso, del resplandor de ti que aún me quedaba, supe esperar a que volviese el día: de un reflejo viví de lo vivido.
Te volviste por fin, al despertar.
¡Cuántas veces me has dado
la espalda más terrible, que es la ausencia!
¿Por qué no despedirse
de frente, sí, de frente,
ir paso a paso atrás, pero mirándose,
de modo que la última
imagen de nosotros fuera siempre
la de unos ojos que aunque ya no ven
siguen mirando siempre a lo que quieren?
una mirada
que traspasase vanas apariencias:
33
paredes, seres, cielos, años, que esa casualidad llamada vida se encapriche en poner entre los dos destinos que llevan nuestras iniciales.
Dos seres no se apartan más que cuando engañados: porque ya no se ven se creen que están solos y dej an de mirarse,
sin tomar la lección del mar y el cielo, que vencen sus distancias contemplándose. Si tú te equivocaste alguna noche bailando con algunas realidades tan sólo porque estaban a tu lado es por no serme fiel con la mirada.
Yo estaba allí.
Ninguna soledad me dolió tanto como esta de los ojos sin respuesta.
Y también el silencio es una espalda. ¡Cuántas veces he estado esperando tu voz, como esperando un movimiento de tu ser entero, un volverte total hacia mi alma!
Hablar siempre es volverse.
Si tu voz viene a mí
es que tu cara está frente a mi cara.
Al hablarnos nos vemos. El silencio
por inmenso que sea se quebranta
echando en él un nombre de persona;
lo mismo que una vasta
superficie de agua vibra toda
y cambia su dureza cristalina
por un temblor de pecho palpitante,
respiración concéntrica de ondas,
si alguien en ella arroja
una piedra, y su peso, como un hombre.
una palabra puede
salvarlo todo si se la echa allí
en el agua del alma que la espera.
34
Una noche yo mismo,
por darme tú la espalda del silencio,
me sentí vidrio, hielo,
sin hondura detrás, y yo vacío,
que iba a hacerse pedazos
en cuanto lo tocara algún azar.
Y de pronto tu voz, tu voz cayendo en el centro de mí
me hizo sentir la vida
como un crecer de amor y amor y amor
dentro de amor, en infinitas ondas
que llenaron mi ser hasta los bordes
donde se acaba el ser y empieza el mundo.
Es porque te volviste, con tu voz.
Siempre te volverás; es tu promesa.
Y aunque un día
no me hables, ni me mires, ni estés cerca, aunque parezca que no existes ya, esperaré que vuelvas, que te vuelvas.
Por ti creo
en la vida que está siempre queriendo volverse hacia sí misma, hacia la vida.
Por ti creo
en la resurrección, más que en la muerte.
[¡Cuánto sabe la flor! sabe ser blanca]
¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca cuando es jazmín, morada cuando es lirio. Sabe abrir el capullo sin reservar dulzuras para ella, a la mirada o a la abeja.
Permite sonriendo
que con su alma se haga miel.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe dejarse coger por ti, para que tú la lleves,
35
ascendida, en tu pecho alguna noche. Sabe fingir, cuando al siguiente día la separas de ti, que no es la pena por tu abandono lo que la marchita. ¡Cuánto sabe la flor! Sabe el silencio; y teniendo unos labios tan hermosos sabe callar el “¡ay!” y el “no”, e ignora la negativa y el sollozo.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe entregarse, dar, dar todo lo suyo al que la quiere, sin pedir más que eso: que la quiera. Sabe, sencillamente sabe, amor.
De El Contemplado (1946) El contemplado
Tema
De mirarte tanto y tanto, del horizonte a la arena, despacio,
del caracol al celaje, brillo a brillo, pasmo a pasmo, te he dado nombre; los ojos te lo encontraron, mirándote.
Por las noches,
soñando que te miraba,
al abrigo de los párpados
maduró, sin yo saberlo,
este nombre tan redondo
que hoy me descendió a los labios.
Y lo dicen asombrados de lo tarde que lo dicen.
¡Si era fatal el llamártelo!
¡ Si antes de la voz, ya estaba en el silencio tan claro!
¡ Si tú has sido para mí,
36
desde el día
que mis ojos te estrenaron, el contemplado, el constante Contemplado!
Variación I
Azules
Variaciones que enseñaban en la escuela: Egeo, Atlántico, Indico, Caribe, Mármara, mar de la Sonda, mar Blanco.
Todos sois uno a mis ojos: el azul del Contemplado.
En los atlas,
un azul te finge, falso.
Pero a mí no me engañó ese engaño.
Te busqué el azul verdad; un ángel, azul celeste, me llevaba de la mano.
Y allí en tu azul te encontré jugando con tus azules,
a encenderlos, a apagarlos.
¿Eras como te pensaba?
Más azul. Se queda pálido el color del pensamiento frente al que miran los ojos, en más azul extasiados.
Eres lo que queda, azul; lo que sirve
de fondo a todos los pasos, que da lo que pasa, olas, espumas, vidas y pájaros, velas que vienen y van.
Pasa lo blanco, mortal.
Y tú estás siempre llenando,
37
como llena un alma un cuerpo, las formas de tus espacios. Cada vez que fui en tu busca, allí te encontré, en tu gloria, la que nunca me ha fallado.
Tu azul por azul se explica: color azul, paraíso; y

 

poema de Pedro Salinas De Fábula y signo (1931)

 

Originalmente en:

Pedro Salinas
Selección y notas de Pablo Pedroche
Universidad Nacional Autónoma de México
Coordinación de Difusión Cultural Dirección de Literatura
México, 2011

 

Ver, además:

 

            Pedro Salinas en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

instagram: https://www.instagram.com/cechinope/

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

Ir a índice de poesía

Ir a índice de Pedro Salinas

Ir a página inicio

Ir a mapa del índice de autores