Dueña de ti misma

poema de Pedro Salinas

De Largo lamento (1936-1939)

 

Una noche te vi tan inclinada

a abandonarte a ti
misma por unos astros,
que me brotaron voces repentinas
del pecho y te hablé así:
¿Qué van a hacer las hojas? Están presas

a las ramas del árbol;

se lloran a sí mismas,

como lágrimas verdes, cuando llueve.
Y el día que se sueltan,

como no tienen pies ni manos, son

del primer viento que las arrebata,

del punto cardinal que menos quieren.

viven atormentadas y crujiendo

si un huracán las toma por amantes.
O son felices si un adolescente

céfiro retrasado
las coge por el talle, como novias
primeras y las lleva
por el espacio en valses lentos.
Su dolor será siempre

el sentirse sin pies y sin zapatos.
Porque un amor con pies lo puede todo.
La luz no tiene manos.
Las luces rondan las cuadradas casas,

se detienen en quicios y en umbrales

esperando que alguien

abra o cierre casualmente una puerta

y las deje pasar.
A servir a los mismos ojos siempre.
Porque la luz de fuera, vasta, anónima
quiere ser luz de dentro y su gran dicha
es tener ya conciencia de sí misma
entre cuatro paredes, suelo y techo,
como la tiene el cuerpo humano
que al fin se encuentra con amantes brazos.
La pena de las luces
es que no tienen manos y no saben
si entrarán algún día bajo techo
o si la puerta en cuyo umbral están
en una de esas casas
abandonadas que jamás se abren.
¿Qué van a hacer las luces y las hojas
más que esperar a ciegas
sus destinos que nunca serán suyos?

 

Pero tú tienes pies, tienes zapatos

nuevos, quizás recuerdes

que los compramos juntos.
Tu andar tan firme enorgullece al suelo

y le deja sembrado de recuerdos,

cual si no fuera tierra.
Entonces di ¿por qué te estás tendida

en las noches de enero en tu diván

oyendo anuncios de abstracciones por la radio

y presintiendo vendavales próximos?
¿o por qué sales al jardín vestida

toda de malva,

como una hoja seca,

en busca de una brisa que te ame

despacio y con cariño?
No. Tus pasos son tuyos, sólo tuyos.
Tus pasos están llenos de caminos.
Álzate y quiere con los pies seguros

lo que has querido vacilante

hace ya muchos años con el pecho.
Sólo tu paso te hace o te deshace;

no los dioses
que fingen entre nubes vago imperio.
Yo que admiro tus piernas

tan esbeltas y claras como auroras

sé que uno de tus pasos

puede vencer a un dios antiguo.
Y que no hay fábula
más hermosa que un ser cuando camina
derecho a lo que quiere.
A veces es un tren, o es una tienda,

o es un baile de gala. A veces es

otro ser, escogido muy despacio.
 

Tú también tienes manos y conoces

la medida precisa de tus guantes.
Las cuidas lentamente

al despertar, todos los días

para que se terminen
como acaban las rosas.
Con ellas muchas veces estrechaste

sueños que parecían otras manos.
Entonces di ¿por qué miras al cielo

y deshojando las constelaciones

lucero por lucero dices

“Sí, no, sí, no”? Tu mano,

con cinco puntas como las estrellas,

marca nortes mejor que ningún astro.
Puede escribir las señas en los sobres,

abrirles los capullos a las rosas,

sacar de algún cajón algún olvido

y transformar las despedidas tanto,

diciendo adiós, que nadie se separe.
Y además de esas gracias esenciales,

tu mano firme puede
abrir la puerta al tiempo que aún no ha sido.
Lo puede si lo manda
un amor que descienda como sangre,
en donde ella ha nacido, de ella hermano,
a lo largo del brazo
que tanto admiran cuando vas de baile
entregándolo al aire,
los cisnes que te miran, melancólicos.
Y mejor que escrutar los horizontes,

sus intrincadas rayas sin sentido,

mira a tu palma y los verás allí,

horizontes de ti, líneas ciertas
que han nacido contigo.
Cierra la mano y sentirás en ella

latir, como un ave impaciente,

de vuelos en futuro,

las alas de tu suerte
 

Mírate cara a cara. No te ocultes,

no me ocultes a mí, que ya los dioses

no tienen en sus manos nada tuyo.
Por eso yo no miro
ya a las nubes olímpicas, de mármol,
ni a las cifras, sin clave, por los cielos.
Y desde hace unos años
te miro a ti a las manos, a los pies.
Te miro más arriba, donde dioses
parejos, tus luceros
pueden negarlo o entregarlo todo.
No es el azul, el pardo, el gris, el negro

el color que te viste la mirada.
El color de tus ojos es de sino.

 

poema de Pedro Salinas De Largo lamento (1936-1939)

 

Originalmente en:

Pedro Salinas
Selección y notas de Pablo Pedroche
Universidad Nacional Autónoma de México
Coordinación de Difusión Cultural Dirección de Literatura
México, 2011

 

Ver, además:

 

            Pedro Salinas en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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