Amor, amor, catástrofe

poema de Pedro Salinas

De La voz a ti debida (1933)

 

Amor, amor, catástrofe.
¡Qué hundimiento del mundo!

Un gran horror a techos

quiebra columnas, tiempos;

los reemplaza por cielos

intemporales. Andas, ando

por entre escombros

de estíos y de inviernos

derrumbados. Se extinguen

las normas y los pesos.
Toda hacia atrás la vida

se va quitando siglos,

frenética, de encima;

desteje, galopando,

su curso, lento antes;

se desvive de ansia

de borrarse la historia,

de no ser más que el puro

anhelo de empezarse

otra vez. El futuro

se llama ayer. Ayer

oculto, secretísimo,

que se nos olvidó

y hay que reconquistar

con la sangre y el alma,

detrás de aquellos otros

ayeres conocidos.
¡Atrás y siempre atrás!

¡Retrocesos, en vértigo,

por dentro, hacia el mañana!

¡Que caiga todo! Ya

lo siento apenas. Vamos,

a fuerza de besar,

inventando las ruinas

del mundo, de la mano

tú y yo
por entre el gran fracaso
de la flor y del orden.
Y ya siento entre tactos,

entre abrazos, tu piel

que me entrega el retorno

al palpitar primero,
sin luz, antes del mundo,

total, sin forma, caos.

 

Yo no puedo darte más.
No soy más que lo que soy.

 

¡Ay, cómo quisiera ser

arena, sol, en estío!
Que te tendieses

descansada a descansar.
Que me dejaras
tu cuerpo al marcharte, huella
tierna, tibia, inolvidable.
Y que contigo se fuese

sobre ti, mi beso lento:

color,
desde la nuca al talón,

moreno.

 

¡Ay, cómo quisiera ser

vidrio, o estofa o madera

que conserva su color

aquí, su perfume aquí,

y nació a tres mil kilómetros!

Ser
la materia que te gusta,

que tocas todos los días

y que ves ya sin mirar

a tu alrededor, las cosas

—collar, frasco, seda antigua—

que cuando tú echas de menos

preguntas: “¡Ay!, ¿dónde está?”

 

¡Y, ay, cómo quisiera ser

una alegría entre todas,
una sola, la alegría

con que te alegraras tú!
Un amor, un amor solo:
el amor del que tú te enamorases.
Pero
no soy más que lo que soy.

 

Horizontal, sí, te quiero.
Mírale la cara al cielo,

de cara. Déjate ya

de fingir un equilibrio

donde lloramos tú y yo.
Ríndete
a la gran verdad final,

a lo que has de ser conmigo,

tendida ya, paralela,

en la muerte o en el beso.

Horizontal es la noche

en el mar, gran masa trémula

sobre la tierra acostada,

vencida sobre la playa.
El estar de pie, mentira:

sólo correr o tenderse.
Y lo que tú y yo queremos

y el día —ya tan cansado

de estar con su luz, derecho—

es que nos llegue, viviendo

y con temblor de morir,

en lo más alto del beso,

ese quedarse rendidos

por el amor más ingrávido,

al peso de ser de tierra,

materia, carne de vida.
En la noche y la trasnoche,

y el amor y el trasamor, 

ya cambiados

en horizontes finales,

tú y yo, de nosotros mismos.

Los cielos son iguales.

Azules, grises, negros,

se repiten encima

del naranjo o la piedra:

nos acerca mirarlos.
Las estrellas suprimen,

de lejanas que son,

las distancias del mundo

Si queremos juntarnos,

nunca mires delante:

todo lleno de abismos,

de fechas y de leguas.

 

Déjate bien flotar

sobre el mar o la hierba,

inmóvil, cara al cielo.
Te sentirás hundir

despacio, hacia lo alto

en la vida del aire.
Y nos encontraremos

sobre las diferencias

invencibles, arenas,

rocas, años, ya solos,

nadadores celestes,

náufragos de los cielos.

 

Tú no las puedes ver;

yo, sí.
Claras, redondas, tibias.

Despacio
se van a su destino;

despacio, por marcharse

más tarde de tu carne.
Se van a nada; son

eso no más, su curso.
Y una huella, a lo largo,

que se borra en seguida.

¿Astros?

Tú.
No las puedes besar.
Las beso yo por ti.
Saben; tienen sabor

a los zumos del mundo.

¡Qué gusto negro y denso

a tierra, a sol, a mar!
Se quedan un momento

en el beso, indecisas

entre tu carne fría

y mis labios; por fin

las arranco. Y no sé

si es que eran para mí.

Porque yo no sé nada.

¿Son estrellas, son signos,

son condenas o auroras?

Ni en mirar ni en besar

aprendí lo que eran.

 

Lo que quieren se queda

allá atrás, todo incógnito.
Y su nombre también.
(Si las llamara lágrimas

nadie me entendería.)

 

poema de Pedro Salinas De La voz a ti debida (1933)

 

Originalmente en:

Pedro Salinas
Selección y notas de Pablo Pedroche
Universidad Nacional Autónoma de México
Coordinación de Difusión Cultural Dirección de Literatura
México, 2011

 

Ver, además:

 

            Pedro Salinas en Letras Uruguay

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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