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Los florilegios[1]: el de la buena muerte crónica Vicente A. Salaverry (Especial para EL DIA) Suplemento dominical del Diario El Día Año XXX Nº 1490 (Montevideo, 6 de agosto mayo de 1961) pdf Inédito, al 20 de septiembre de 2026. Escaneado, para Letras Uruguay, por su editor.
En el mas teatral, y acaso más opulento cementerio del mundo, está, en tumba fastuosa, este gigantesco bronce de Monteverde que, cuando se ha visto, es muy difícil olvidar. Nuestro tema no es inquietante, como algún supersticioso ingenuo puede creer, sino sereno y grato, tal como lo vamos a encarar, luego de muchos momentos de meditación y de muy útiles lecturas. Tal vez no haya cosa en el mundo —y la muerte es bien cosa de este mundo— sobre la que los hombres de talento, y aun sin talento, pero con valor, hayan dejado más útil contribución mental. Quienes aprovechen estas lecciones pueden estar seguros de que se han libertado de uno de los tormentos que más han hecho sufrir a la humanidad. "La vida sólo es una preparación para la muerte'’, decía en su "Fedro” el gran Platón. Platón fue uno de los que presenciaron la muerte plácida de Sócrates, condenado por los jueces de Atenas a tomar la cicuta. “Sócrates, el primer mártir de la libertad”, se ha dicho. Victima si, pero mártir no, que ni lo flagelaron, ni lo quemaron como a otros apóstoles. (El fue apóstol de la verdad y murió, en apóstol, por ella). A Sócrates se le encerró en una celda carcelaria, no tan reducida que no cupieran allí Jantipa y sus hijos, y varios de los discípulos. Y así apuró, con toda tranquilidad, el amargo liquido que había en la copa, mientras disertaba dulcemente, aludiendo al juicio que soportó: “Aunque su intención no fue hacerme un bien, ningún mal me hicieron ni mis acusadores ni mis jueces. No les guardo rencor. Mi fin es obra del azar. La hora de la partida ha llegado. Quedar libre de la vida no deja de ser un bien para mí". Sin la muerte que tuvo, la memoria del padre de la filosofía no habría adquirido este esplendor que mantiene a través de las generaciones y que da la razón al Renán, que escribe: “La muerte mejora aún al hombre mejor. Lo hace perfecto ante los ojos de los que le amaron”. Antes, la sabiduría de Marco Aurelio, figura magna que tanto ensalzaba Renán, nos había dicho, envuelto en aquel manto de Emperador, al que tanta dignidad comunicara: “Si a la muerte se la considera sencillamente, separando en el pensamiento todo aquello que puso la imaginación, todo queda reducido a un simple efecto de la Naturaleza. Y a la Naturaleza sólo puede temerle un inconsciente, un niño". Pero no nos remontemos tanto. Vamos a buscar un médico, un buen médico de nuestra generación, que haya visto morir a muchos, ya sea en sus casas y o en las salas de los hospitales: Gregorio Marañon. Este es su juicio tranquilizador “La muerte, como trance inevitable de la carne, es más dulce de lo que cree la mayoría de la humanidad". Y otro buen médico contemporáneo, J. Shelton Horsley, consignó: “La muerte en si, se produce sin acompañamiento de dolor y sin grandes molestias”. José Batlle y Ordoñez está internado en el Sanatorio Italiano, y le dice a Domingo Arena, que regresa de almorzar: —Después que usted se fue, tuve un pequeño síncope. Fue una cosa dulce. Si la muerte es eso, aunque usted no lo crea, la muerte es linda, amigo Arena. Coincide con esto que dirá, acaso contemporáneamente con Batlle, un compatriota de Franklin: “Estuve en la frontera de la muerte, habiéndole dicho al médico que me interrogó, respecto a lo que sentía: ¡Nada! Me daba igual vivir que morirme, de modo que pensaba en cómo, al fin, podría dormir”. Quien así se expresa es Bruce Barton. Pero oigamos a otro hombre del Norte, a Irbin S. Cobb, que cita el publicista L. Howard Perry: “He tenido un pie en la sepultura, y puedo decir que se cae en la muerte sin experimentar miedo ni dolor, sin rebelarnos y sin quejarnos, notando que el tránsito, que cuando gozábamos de buena salud nos inquietaba, se efectúa dulcemente”. No un hombre con catadura de filósofo, sino una persona bien corriente, un industrial uruguayo, don Quinto Bonomi, hace medio siglo, reunió a sus hijos cerca del lecho y les dijo serenamente: “Me pasé toda la vida temiendo a la muerte. Y ahora, cuando noto que ya me tiene asido, vean con que tranquilidad la aguanto”. Poco después cerraba los ojos para siempre. Pero vamos a ahondar más. Vamos a pedir que nos ilustre sobre la muerte alguien que se había visto morir del modo más trágico y que siguiera viviendo por un simple azar. Aquí está Hein, cuyo testimonio recoge para un libro muy interesante Henry de Marigni: “No sentí dolores, sino una hora después —dice ese Hein, hombre que se despeñó, rodando largamente hasta quedar en el fondo del precipicio—. Me haría falta mucho tiempo para contar todo lo que pensé en los contados momentos de mi caída. Todo parecía iluminado en el consciente. No sentía angustia ni pena”. Nosotros podemos hablar con conocimiento de causa, que con poco más de 30 años, caímos con un caballo en el torrente de un arroyo desbordado, junto a un pequeña puente del ferrocarril. El agua tenia allí la fuerza de una tromba. El instinto nos hizo cerrar la boca al caer. Pero al faltarnos el aire, desunimos los labios y tragamos el liquido que podía ocupar dos dedos de agua en un vaso. Nueva clausura instintiva de la boca y nuevo abir forzado, volviendo a tragar otro poco de agua. Y así siete, ocho, diez o más veces. Nuestro cuerpo, sumergido, se deslizó acaso más de 70 metros. ¡Las cosas que pasaron, en ramalazos, tal destellos, relampagueando en la mente! Y nada pavoroso. Todo sereno, grato. Nada de asaltarnos la idea trágica de que dejábamos una mujer y tres hijos muy pequeños. Pensábamos, sí, deleitándonos casi, en la resonancia que, al conocerse aquella muerte dramática, iba a lograr “Este era un país", la novela que acababa de publicarnos, con su editorial, Manuel Gálvez en Buenos Aires. Rodó pone en su parábola de Gorgias las palabras del sofista, que al igual de Sócrates fue condenado a tomar la cicuta: “Mi vida es una guirnalda a la que vamos a ajustar la última rosa". ¿Cabe más bella expresión ante la muerte? Séneca, como siempre, da la idea justa: “Es menos doloroso morir que temer la muerte". Y ya más modernamente, Montaigne, el ensayista, consignara: “Quien aprende a morir deja de ser esclavo”. No es que se deba desear la muerte, claro está. Es que se debe de saber lo de Maeterlinc: que "la muerte se nutre de temores”. Tal vez Hermann Heisse haya dicho esto mejor que nadie: “El camino más seguro para la muerte es el desesperado no querer morir”. “Perdiendo el miedo a la muerte —escribe Dorothy Thompson—, nada habrá ya que nos arredre. Será entonces, recién, cuando empecemos a vivir intensa, honda y largamente nuestras alegrías y nuestros dolores, a vivir en perfecta gratitud lo que cada momento nos traiga. A vivirlo intensamente, plenamente.” En ese párrafo está contenida toda la esencia de lo que nos puede salvar. Bellamente expresado, no difiere de la genuina filosofía estoica. Y se le puede poner a todo mucha poesía, como cuando cierto contemporáneo —un profesor sencillo— dice: “La muerte, cuando nos viene a visitar, se humaniza. La vemos acercarse con paso suave y expresión amiga". El almirante Brown, de tan rico historial en el Río de la Plata, presiente su fin y lo espera en marino, sereno y gracioso: "Comprendo que pronto mi cuerpo va a cambiar de fondeadero. Ya tengo el práctico a bordo”. A Brown no tenían que irle los médicos con consuelos y mentiras. Pero miren que Epicteto es grande haciendo su máxima: “Llévame, Júpiter, a donde deba ir. Te seguiré de todo corazón y sin tardanza". Mas, para quitar miedos, está la lógica de Epicuro, estoico también y no comilón y sensual como lo presentan los fabricantes de pastas y escritores indocumentados: “La muerte no debe inquietarnos, ya que cuando existimos no existe la muerte y cuando existe la muerte no existimos nosotros”. Marco Aurelio le dice natural y elegantemente a los que lo rodean afligidos, al tiempo que él está expirando: “No es que os deje, es que os precedo". Al “¡Dios mío, y qué solos se quedan los muertos!”, de Bécquer, siempre flébil, Ortega y Gasset, oponía: “¡No: los que nos quedamos solos somos nosotros, los que vivimos!”. El problema es sencillo: estáis fatigados y os acostáis, pidiendo que no os despierten, pues que nada os interesa tanto como descansar, ya que la jornada os resultó fatigante. Ese sueño que apetecéis, un poco más largo, eso es la muerte. ¡Cómo se reía Lord Byron de la torpeza humana!: “La muerte —escribía— suele horrorizar a ese hombre que se pasa un tercio de la vida durmiendo". Y todavía hay más: la mayor parte de esos seres afrontan existencias que son verdaderas agonías, sin salud en el cuerpo y, lo que es infinitamente peor, sin nada saludable en el alma. Decía con gran perspicacia Virgil Geoghin en aquel libro que se hizo famoso al final de la última gran guerra: ‘'Los hombres mueren muchas veces antes de poder probar su muerte con su cadáver”. Seres éstos, "separados de los vivos, pero no admitidos aún entre los muertos”, como sarcásticamente señalaba Hanthorne. Confesamos que, en la relación corriente, solemos aludir con mucha frecuencia a nuestra muerte. Pero es que creemos de buen agüero mentar a la señora Pálida sin zozobra alguna, pues hemos visto, a lo largo de nuestra existencia, que esa enlutada dama (Diosa Letal, le decía Ariosto), donde acude más presto es a donde se la silencia a causa del miedo que inspira. Oigamos a Napoleón frente a sus legiones: “Muchachos: no tengáis miedo; cuando los soldados se atreven con la muerte, la llevan al enemigo". La tranquilidad ante la muerte no es ni siquiera característica de los hombres sanos y fuertes. La logra cualquier ser inteligente. Marcel Proust, tan débil y enfermizo, presintió su última hora, aprovechando la penúltima en retocar la página de un libro donde describía momentos agónicos, aquellos momentos por los que él estaba pasando. En nutrido repertorio de esta clase no debe faltar alguna cita francamente burlesca. Y, para hacernos reír, tenemos a un peregrino clown del ingenio: Ramón Gómez de la Serna, que va a traemos su estilo burlón y lapidario: “Los cementerios son más bien dormitorios, hasta donde, por fin, no llegan los líos de familia". Para quienes más han luchado y sobresalido, y conocen bien el agridulce de lis inevitables competencias, está la tranquila filosofía del suizo Zimmermann: “Sólo podemos dejar la obra detrás de nosotros. Con la muerte la envidia cesa de morder nuestro nombre. Los adversarios callan. La maledicencia busca presa en los que viven". Nosotros decimos siempre que no está en morir el mal, sino en vivir mal. Por lo que nos identificamos con Axel Munthe en su apetencia: “Quiera el destino que la historia de mi vida frustrada termine entre el canto de los pájaros ante mi ventana y bajo un cielo brillante de luz”. Es bastante. Nota: [1] Un florilegio (en plural, florilegios) es una colección de fragmentos o textos literarios selectos de uno o varios autores. (El editor de Letras Uruguay) |
crónica Vicente A. Salaverry
(Especial para EL DIA)
Suplemento dominical del Diario El Día
Año XXX Nº 1490 (Montevideo, 6 de agosto mayo de 1961) pdf
Inédito, al 20 de septiembre de 2026. Escaneado, para Letras Uruguay, por su editor.
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
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