Supervielle


Monique Gerard

 

Poeta de su tiempo personal, Supervielle viene hasta nosotros desde su soledad. Su voz ha perdido el acento que traicionaba al poeta franco-uruguayo del Siglo XX, para no revelarnos más que los mares y las cumbres de su vida interior. Pero, en el momento mismo en que su más esencial originalidad se afirma con una luminosa evidencia, su obra tiende también a entrar en la armonía de la tradición poética universal. Supervielle, que no tiene ni contemporáneo, ni compatriota, ha encontrado en la progenie de los poetas nexos que lo vinculan a la gran corriente de la poesía con los más amables lazos de la fraternidad espiritual.

 

Estamos lejos, sin duda, del cándido kaleidoscopio de la tradición francesa que Paul Fort, en el linde de la vida poética de Supervielle, veía en el autor de los “Poémes de l’Humor Triste”. Cuando mucho, se atreve uno a entrever en la actualidad una gran mesa cósmica de tapiz azul, alrededor de la cual “amigos desconocidos”, salidos de su tiempo y de sus países, vendrían a testimoniar un idéntico fervor poético.

Fontanero incomparable. Supervielle ha vuelto a encontrar con naturalidad las sendas reales del arte y no ha temido valerse de ellas para llegar lo más rápidamente a su objeto personal. Es así que no se puede gustar de sus versos sin reconocer en ellos el murmullo ensordecido de voces extrañas, más preciosas por haber atravesado el tiempo y la soledad del arte para resurgir a una nueva existencia poética. De la vieja poesía francesa flota todavía en sus obras un perfume sutil, que evoca las sombras queridas del más exquisito talento y del más alto genio que conoció la Edad Media.

 

En jubón de oro avanza hacia el sitio ideal del encuentro espiritual el príncipe poeta Charles d’Orleans, ocultando su vida trágica bajo naderías imperecederas, cinceladas con el aire del tiempo en la melancolía. Llegados por caminos diferentes, que bien pronto se separarán, Charles d’Orleans y Supervielle de París y Montevideo, se vuelven a encontrar en el gusto por lo fugitivo, por el alma inasible, por el lenguaje elegante, pero sordo.

 

“Pues, lo que él buscaba no era nada menos que la expresión exacta de un largo diálogo interior, cuando su voz se esforzaba por conmover este ‘‘bosque de larga espera’’ que limita nuestro horizonte mental, tanto como nuestro horizonte sensible y que, mudo o murmurante de palabras inintelegibles, parece retener nuestro propio secreto”.

(Jean Tardieu, a propósito de las redondillas de Ch. d’Orleans).

 

Charles d’Orleans, este Supervielle miope y precioso...

 

No es sin una gran emoción que se vuelve a encontrar en el giro de un poema el nombre de François Villon, surgido allí como una fuente de agua fresca, que hace comprender de repente por qué el arte de Supervielle contenía tan rica floración.

 

“Villon, je voudrais te léguer

De quoi passer la mort á gué

Et retrouver ceux qui te suivent

En t’acclamant sur l’autre rive,

Mais eomment adoucir ton sort

De poete pris par la mort

Si tu ne viens a ma rescousse

Pour me donner un coup de pouce?”

                                      (1939 -1945)

Un poeta ha escrito:

“II (Dieu) regarde tantót par un pré sauteler

Un agneau qui toujours muet semble beller II contemple tantót les arbres d’un bocage...”

¿No es el Dios de Supervielle que surgía adelantándose bajo la pluma de Guillaume du Bartas?

Intérprete acreditado de Dios, nutrido de Biblia, de piedad y de moral, du Bartas, infatigable, minucioso sabio, relata la historia del Génesis. Del arte de este artesano probo que, se diría, compone los poemas con sus manos, surge una inexplicable poesía; su lentitud, su misma torpeza son emocionantes y hacen valorizar más las síntesis de un lenguaje a veces audaz. Ciertos rasgos de esta obra y mismo palabras precisas han saltado cuatro siglos y se vuelven a hallar del todo nuevas en Supervielle. Un ejemplo tomado al azar: du Bartas denomina a la tierra “porte-grains, porte-or, porte-humains”, y Supervielle define el hombre como “porte-mains y porte-visage”.

 

El Génesis, aún cuando en du Bartas sea más teológico, está dicho con la preciosa admiración de Supervielle y presentado como las alegres bodas de Dios con su creación:

 

“Ivresse de créer, de tout voir aboutir,

De n’avoir pas a commencer et de finir,

De délivrer soudain les fleuves et les pierres,

les coeurs battants, les yeux, les ames prison¡niéres.” (La Fable du Monde).

 

Al lado del sólido galán del Renacimiento, se desliza, sonriente, Jean de la Fontaine, ‘‘un poeta que Supervielle ama mucho y en quien, por raro que esto pueda parecer, hace pensar de una manera extraña”.

                                                                                                                                                                                                                                                              (Jean Cassou).

¿Por qué se piensa en él? Evidentemente, debido al gusto por las fábulas, los cuentos, los relatos alegres, pero la verdadera respuesta es más esencial: la aproximación entre Supervielle y La Fontaine se produce en el secreto de la alquimia verbal. La misma simplicidad, la misma evidencia de imágenes nuevas, la misma poesía al ras de la prosa, de colores más vivos en el fabulista, de tono más fluido en Supervielle.

 

Heredero de los escritores más originales de la tradición clásica, Supervielle ha vuelto a encontrar en el calor de una experiencia vivida en común a los maestros más delicados de la poesía actual. Muy consciente del arte en el que nuestra época se ha internado, él reconoce con gusto a sus compañeros de aventura y de sueño. Se resiste poco al placer de aproximarlo, en primer lugar, a un poeta que puede parecernos como actuando en un clima poético extraño al suyo: Paul Valéry; cuya obra fue tan felizmente definida por Supervielle mismo con estas palabras:

 

                                                                                                                                                                                “Poesía rica en versos inolvidables que no terminan nunca en darse”.

 

Bajo los resplandecientes poemas de “Charmes'’ y de “La Jeune Parque” se vuelven a hallar los temas y las difíciles conquistas que Supervielle ha traducido con los ojos verdes del sueño. Por parte de ambos, se trata de decir lo indecible, esto es, lo que atraviesa el lenguaje sin poder ser explicado por él. Supervielle, sin embargo, permanece en un plano más concreto; sin negar el aspecto humano y afectivo, quiere hacer participar todas las formas del mundo en la recreación espiritual. Si las maneras de pensar de Valéry y Supervielle son paralelas, su consecuencia es opuesta: Valéry se limita voluntariamente al yo más íntimo, es decir, a la forma de la inteligencia; Supervielle sólo se siente seguro en la extensión de su yo a un grado cósmico. Es la concepción moral de la obra que separa a los dos poetas y sitúa al Supervielle cósmico en los antípodas del Valéry narcisista. No contento de mirarse, como Valéry, en las aguas de “las bellas fuentes”, Supervielle las habita y, desde allí, hace grandes gestos para mostrar a los humanos que existe un clima insospechado del otro lado de todo espejo.

 

“Héroe de la perfección adquirida”, Valéry no es el único gran señor en el clima poético de Supervielle. También se encuentran en él los nombres prestigiosos de Larbaud, Fargue, Milosz y Rilke.

 

“Mi admiración por Valéry Larbaud nace, sobre todo, del hecho de que este gran artista ha sabido salvaguardar la profundidad, las riquezas y los matices de su simplicidad natural. Una tal admiración, una tal confianza en un escritor no se pueden tener sin recibir alguna influencia que soy feliz en reconocer aquí”.

 

Lo que Supervielle escribe de Larbaud, se podría decir también de Léon Paul Fargue, cuya poesía es toda de matices, de sensaciones imponderables, de armonías entre el mundo íntimo y la visión del exterior. Poemas en prosa, a menudo más brillantes, de vocabulario más rico, de placer verbal más sostenido que los poemas de Supervielle, pero que, como ellos, tienden a captar lo inasible “detrás del silencio”, los fantasmas familiares.

 

Así como Fargue se libra de la indiferencia o, más bien, de la cualidad de olvido de Supervielle con respecto a las ideas y a los hechos bien definidos, mediante una larga meditación sobre un corazón o sobre una ciudad, Milosz escapa a la disponibilidad natural de la poesía de Supervielle por una búsqueda precisa de Dios y una entrega de su obra a lo místico.

 

Milosz une lo cósmico de Supervielle al catolicismo universal. Poéticamente, la separación no es neta; sólo se manifiesta en una tendencia de Milosz hacia un pensamiento más riguroso que no se deja distraer por las mil fantasías del sueño; mientras que Supervielle se mantiene más naturalmente al nivel de la sensación poética.

 

Milosz. por ejemplo, escribe estos versos:

 

“Sovez la bienvenue, vous qui venez á ma

[rencontre

Dans l’écho de mes propres pas, du fond du [corridor obscur et fx’oid du temps.

Soyez la bienvenue, solitude, ma mere... ’'

 

El último verso se bifurca; el lituano toma el camino de lo abstracto.

 

En este verso todavía, que expresa una idea latente en la obra de Supervielle, el tono de Milosz adquiere una dureza trágica, de la que Supervielle escapa naturalmente:

 

“Les morts, les morts sont au fond moins

[morts que moi...” (Toutes les Morts son ivres).

Muerte, sensación universal de lo irreal, matices del corazón, soledad; este clima es también el de Rilke. Y es precisamente Rainer María Rilke el visitante más importante, más seguro, más amado de nuestra asamblea.

 

Tanto en las poesías, como en “Brigges” o en las “Cartas a un Joven Poeta”, la obra de Rilke explica la de Supervielle de manera conmovedora. (El problema de la influencia no se plantea aquí, ya que Supervielle conoció a Rilke en 1925, cuando su propia obra había madurado en él.)

 

Por ejemplo: ‘'Utilizad para expresaros las cosas que os rodean, las imágenes de vuestros sueños, los objetos de vuestro recuerdo ...”

                                                                                                                                                                     (Cartas a un Joven Poeta).
 

La publicación reciente de su “Art Poétique” determina la influencia difusa que su obra ejerce sobre el arte actual. Supervielle da allí a la poesía y a los poetas la lección más desinteresada; lejos de ser un conjunto de preceptos o de profecías, el "Art Poétique” reconoce con una destacada limpidez espiritual las altas exigencias artísticas, a las cuales la obra de Supervielle ha sido siempre fiel. Por su buena voluntad, su acogida generosa a todas las formas del arte, Supervielle ha dado a las posibilidades poéticas actuales una profusión de medios inaudita y ha mostrado con una perfecta simplicidad y un grano de humorismo el camino de la libertad.

 

Por haber sabido vivir según las únicas leyes de su experiencia íntima, Supervielle, el venido de afuera, ha pasado a ser el guía y el amigo para numerosos poetas recién iniciados en el arte de la palabra. Han bebido en la fuente de Supervielle. tanto Patrice de la Tour du Pin, como Claude Roy; Jean Tardieu, como Voronca; Robert Ganzo, como René Lacote, Fombeuxe o Rousselot.

 

De todos los rincones del mundo, tanto de Asia, como de América o Europa, los servidores de la poesía tratan de alcanzar, mediante estudios más o menos profundizados sobre la estilística, la poesía, el teatro y los cuentos, el espíritu de una fuerza que ha lanzado a la poesía moderna hacia nuevos caminos de verdad.

 

Por las críticas y los estudios que ha hecho nacer, por sus obras y por su presencia, Supervielle está por algo en la conciencia poética de nuestro mundo.

 

Louis Chaigne ha reconocido bellamente en él al nadador que dirige con una mano firme la joven poesía francesa sobre extraños océanos.

 

¿Dirige? Sí, pero soñando con poemas inimitables ...

 

Monique Gerard (Versión de Juan Carlos Weigle)
Revista "Alfar" Nº 91 - año XXXII marzo de 1956

Montevideo año 1954 / 1955

 

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