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Protejamos los árboles Episodio en la serena vida de un viejo algarrobo Crónica de Atilio Cassinelli Suplemento dominical del Diario El Día Año XL Nº 2093 (Montevideo, 26 de agosto de 1973)
El hermoso algarrobo, arrogante y magnánimo señor de la Huerta Escolar de Yaguareté, departamento de Río Negro. Fraternidad de árbol, del río, del mar, de la noche estrellada... del monte, de la brisa, de la aurora; quien pasa por la Vida sin sentirla, sin escuchar en la intimidad del espíritu el llamado de su voz milenaria: ¿es acaso un hombre cabal? Cuando los fríos paralizan el movimiento jubiloso de las savias, y el espíritu se recoge un poco dentro de sí; y, también cuando los racimos de aromas cubiertas con las primeras indecisas tibiezas de julio y agosto, las acacias; cuando es penetrante el perfume del polen que embalsama los rincones del parque, vuela nuestro pensamiento hasta aquel noble amigo que dejamos hace ya muchos años en el litoral, recorriendo con la imaginación las rutas familiares de otros días sin ninguna duda, bajo el sortilegio del recuerdo que encanta y perfuma sus estancias. Junto a esos corpulentos y vigorosos árboles llevadas por el acaso a enraizarse poderosamente en el suelo, en particular aquellos que por su gran talla se yerguen dominando el grupo forestal, o que se levantan aislados y soberanos en los claros de las serranías o de las llanuras ¿no habéis recogido el estimulo silenciosa pero cierto, inequívoco, emanado de sus vidas exuberantes de cósmicas energías? Fue así que bajo su fronda fresca, en jornadas distantes, experimentamos la influencia vitalizados del lento y fecundo circular de la savia: esa ascensión secular de su sangre, extraída en alquimia de milagro de aquella tierra del litoral que margina el río epónimo y esa breve corriente que es el Yaguareté —su tributario—; que a través de su recio tronco recogimos el magnetismo de su vida proyecta y serena transmutando nuestras flaqueras y desfallecimientos del momento en saludables impulsos de fortaleza y plenitud. Armonioso, sereno y grave; exponente de un vigor y de una reciedumbre extraordinarios, con la bien plantada estructura de un tronco que luce las cicatrices de tantas intemperies y del paso ininterrumpido de los hombres que desfilaron a su vera: grácil con la arquitectura afiligranada de su fronda de encaje, mecida siempre —aun por las mínimas brisas— está allí todavía, dominando con su corpulencia el rectángulo de la escuelita de Yaguareté; viejo y docto algarrobo, un día —van corridos y vividos desde entonces acá, uno» treinta y cinco largos años; muchos en nuestra vida; instantes fugaces en la de este provecto y sapiente árbol —cuando disputamos por él una dura porfía de cuyas resultancias dependió la supervivencia de este hermoso prototipo forestal. Nos hallábamos en aquel entonces dirigiendo la enseñanza primaria en el Departamento de Río Negro y planeábamos con el excelente colaborador —en uno de los aspectos de nuestra obra— que lo era el ingeniero agrónomo XX, el deslinde del terreno que dentro de un predio de limitadas dimensiones, nos permitiera establecer la huerta escolar en el citado establecimiento. En ella debían cumplir más tarde los alumnos una buena parte —seguramente una de las más fecundas de sus actividades educativas—. Luego de destacar en el único lagar apropiado para ello la planta de la huerta, nos dimos con intervención de los alumnos y un peón, a la tarea de desbrozar y preparar tierra, señalando los caminos y canteros que habíamos proyectado. Y fue entonces que de común acuerdo dispusimos que se quitaran las malezas y los arbustos, sin lograr no obstante ese acuerdo con el profesional citado, respecto al destino que daríamos al majestuoso algarrobo que se levantaba precisamente en las inmediaciones de lo que habría de ser el centro del predio deslindado. Para XX era cuestión elemental su eliminación. No podía admitirse, a su juicio, la formación de ana huerta y el cultivo de hortalizas junto a ejemplares forestales de gran desarrollo, que perjudicarían a estas con su sombra y la acción agotadora de sus extendidas raíces; conservar nuestro árbol seria contravenir los principios más elementales de la ciencia hortícola; seria establecer un mal ejemplo que aleccionaría equivocada y permanentemente a los alumnos ... en resumen, medida tan reñida con la lógica, importaría a su criterio incurrir en herejía profesional, a lo que él no estaba dispuesto. Contrapusimos a tan atinados argumentos otros de nuestra cosecha, con el decidido propósito de conservar la vida del venerable algarrobo cuya copa —ajena a nuestras discordancias— se elevaba protectora y ecuánime como una ofrenda de belleza, de paz y de bondad, dentro del predio aquel aún inculto. Dijimos del respeto que deben merecemos las obras de la Naturaleza tales como aquella, para cuyo ¡ogro transcurrieron los siglos, siempre que no mediaran intereses superiores y justificadísimos que exigieran su destrucción: obras como aquélla que ningún ser humano sería capaz de reproducir sino a través de varias generaciones ... con encendido fervor pretendimos demostrar a nuestro ocasional oponente, que la conservación del árbol y el cuidado que por parte de los alumnos se le prodigase, constituiría una elocuente y provechosa lección de amor y de respeto hacia la Naturaleza, cuando ella, como en el caso del viejo árbol, se traducía en belleza, en inesperada expresión de amor y de bondad: que ante los valores utilitarios de la enseñanza y de la Vida, también debíamos exaltar los otros, y, como en el caso del punto cuestionado, concederles preminente jerarquía; que además, como no se trataba de organizar una huerta de exclusivo aprovechamiento utilitario, sino de experimentación y de enseñanza, los resultados negativos que se pudieran apreciar en los rendimientos —como ocasionados por la presencia y cercanía del algarrobo— escaso desarrollo en las hortalizas, lentitud y bajo porcentaje en la germinación: cosechas pobres; etc., tendrían el valor de una experiencia más, asimismo elocuente y positiva. -o0o- Y allí quedó, silencioso y grave, con su bella y protectora fronda, mecida siempre, aun por el alado impulso de las brisas más leves; testigo desapasionado de tiempos pretéritos, aquellos que precipitaron las profundas transformaciones sociales, políticas y económicas de nuestro pueblo; tiempos que se inmortalizaron cuando la gesta heroica; que recordarán siempre la augural clarinada del Rincón —acaecida en sus inmediaciones— tiempos pasados, testigos de tantas generaciones que se fueron sucediendo a su vera en el decurso de las épocas; testigo entonces y hoy, del bullir anheloso del enjambre escolar; del soñar inquietante de los que pisan la adolescencia; de esa prodigiosa e intensa actividad del pensar y del hacer de los alumnos que hoy frecuentan su bondadosa compañía, hijos muchos de ellos de quienes junto a nosotros se iniciaron en la vida escolar hace ya tantos años. -o0o- En una carta de Artigas Giustti —alumno que fue de tercer año— hallamos espontáneas expresiones de admiración y cariño por el árbol que señoreaba la huerta; de la predilección que por el experimentaban sus compañeros, que escogían su reparo para organizar sus juegos o protegerse de los rigores de la intemperie. Ya es bastante que el niño —como el ex alumno citado— forme conciencia en su mundo egocentrista, de quiénes son sus benefactores y que de ese conocimiento vayan surgiendo la simpatía y el amor hacia la Naturaleza que lo envuelve y educa. Formas más desinteresadas del querer no son propias de la infancia: no obstante desde ella debemos ir preparando su advenimiento. De ondas raíces en nuestro espíritu, es el sentimiento naturalista que nos impulsó en ocasión de los hechos que narramos, en aquel instante crucial de la existencia del venerable y magnánimo algarrobo a defender con fervoroso empeño su preciosa existencia; y, tenemos para nosotros que el supervive allá en el litoral entre la labor afanosa, las canciones y los juegos de los alumnos de la escuelita de Yaguareté, ofreciéndoles permanentemente con la gracia de su flexible y armoniosa copa, el noble ejemplo de su existencia de belleza y santidad, en virtud de aquella impremeditada y amistosa intervención nuestra. Sentimos entonces que en el viejo algarrobo hemos dejado un amigo leal, cuya amistad nos reconforta, no obstante la distancia y el tiempo transcurrido. |
Crónica de Atilio Cassinelli
(Especial para EL DIA)
Suplemento dominical del Diario El Día
Año XL Nº 2093 (Montevideo, 26 de agosto de 1973)
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Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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