En torno a la poesía
por Julio J. Casal

Para definir la poesía tendríamos, como exige Unamuno, que no hablar nada más que del espíritu.

Y entrar en el tiempo, con la palabra esencial de Antonio Machado.

La poesía para nosotros, es abrir la ventana. Frente a ella, muros y sombras y ver el mar. Un mar que existe, o no existe. Es lo mismo. Si no existe, lo creamos, para poder verlo, lo hacemos crecer por detrás del muro y de la sombra... Cuando el pensador pide “que nuestro libro sea una sombra de nosotros mismos”, nos está dando la verdad de la poesía.

Hoy pocos cantan con su voz, y menos con su vida. La mayoría de los poetas se enriquecen con donaires y trazos de los otros. Por eso estamos viviendo esta tragedia del soneto y de la exageración del verso libre. Es con profunda emoción que asistimos al nacimiento de los que aparecen desnudos, con su propio acento.

Llegan nuevos, con su éxtasis, pero pasan inadvertidos. Cantaba el artista: “Es un oro imposible de comprender. Pero no importa. El poeta continúa mirando desde sus ojos y con sus ojos. Poesía es aquel barco que está en la noche, y como cantaba Sofía Arzarello: “No es la noche”. Ella en su conversación con el alma, decía algo que hacemos nuestro, para definición de la poesía: “En la poesía no hay días, hay sólo tiempo”.

Cuando Federico García Lorca, de viva voz, se defiende de Gerardo Diego, no queriendo definir la poesía, nos acerca a su manera de pensar: “Que voy a decir de esas nubes, de ese cielo? Mirar, mirarlas, mirarlas y nada más”. Un poeta no puede decir nada de la poesía, eso déjenlo para los críticos y profesores. Pero ni tú, ni yo, ni ningún poeta, sabemos lo que es poesía”. Creemos con Lorca cuando asegura “que podemos hablar de la poesía, pero no de nuestra poesía”. Están de acuerdo todos los poetas españoles frente a la poesía. Manuel Altolaguirre: “No puedo opinar sobre lo que debo o quiero hacer en poesía”.

Bécquer escapándose tan lírica y profundamente con su “poesía eres tú”.

Dámaso Alonso: “La poesía es un fervor y una claridad”.

Jorge Guillen: “Poesía pura es todo lo que permanece en el poema, después de haber eliminado, todo lo que no es poesía”.

“La poesía existe, o no existe”, nos escribe Pedro Salinas, no definiéndola, claro está. Para él en su delicadeza, en su desnudez está la victoria. No voy a hablar de mi poesía — suponiendo que yo la tuviera — como dice el maestro de “Presagios” estaría explicada por mis poesías. Voy a decir solamente como yo la siento. Desde luego, y ante todo, como una religión. La practico diariamente, a toda hora, a cada momento. Cuando voy hacia ella, me siento crecer y sé que ya soy el único dueño de mi drama. Tengo necesidad de la poesía. Me brota como una flor, no muy bella, si queréis, pero me brota de las manos, del pensamiento, del corazón, de la soledad. Lo que he cantado, me lo dio la niebla, el otoño. Si no hubiera sido por ellos mi canción no existiría:

"Otoño me vas dando

tu mar dorado. Voy

por el acorde de tu agua

con mis señales últimas

de tierra, en tus cristales.

Tú y yo llorando.

No sé, si es de mi mar o de tus ojos,

que se derrama el verdadero llanto.

Lo perdurable para mi no existe ni en lo retórico. Todo lo que levanta la voz pierde categoría. Prefiero a lo que se dice lo que se oye en lo que apenas se ha escrito. Más que aclarar, lo esencial es sugerir. Siento los recuerdos de los primeros años. Como he dicho, no sabría definir mi poesía, pero debo mucho a mi infancia, a las lejanas memorias por donde andan los ojos de mi madre. Cuando cantamos y en nuestra voz hay poesía, es que probablemente estamos mirando al ayer. Frecuentamos y amamos lo distante.

“Eras de lluvia en el distante álamo

de lluvia que se fue por los andenes

rosados de la tarde, y en las hojas

dejó dormido un ruiseñor de aire”.

Nuestra realidad está tejida de viejas plazas y de calles lentas. Ahí yo quisiera dejar siempre mi acento lírico, naciendo del pecho de los pájaros, del rocío de los árboles. Y no es que salgamos del sueño.

La verdad de mi corazón fue aprendida en España. Es suya mi sensibilidad, mi drama, lo que puede haber de sorpresa, de secreto en mi lenguaje. Mi madre me habrá dado la memoria, pero España me dio el barco para andar por ella. Siempre he querido dar lo invisible, la raíz, lo oculto de mi pensamiento. Tal vez por ello, a momentos me he escapado de la forma y mi estrella y mi relámpago han corrido por comarcas huidizas.

En mis versos, me ha obsesionado la idea de quemar todo lo que no es imagen. La poesía no es lo recreativo ni la anécdota. Para soñar con águilas y vírgenes hay que entrar en el paisaje sin disfraz. No es la aventura lo que ha de quedar, sino lo que se crea. Cuando Hamlet ve “una nube que tiene forma de camello”, está creando. La nube deja de ser nube, para ser lo que ve Hamlet. La poesía es lo que nosotros vemos. Desde ese rostro firme y desnudo, la poesía nos habla. Lo abstracto brotando desde lo concreto, saliendo del plano realista, para llegar a lo imaginario. No materialismo y espíritu. La poesía no es nada más que espíritu, aún sostenida en formas del todo materiales. La única realidad que nos va quedando es la poesía decía Novalis. Y he tratado de decir mi canto con palabra limpia, oscura a veces talvez, pero a fuerza de sentirla tanto. Me ha interesado más que el color del paisaje, la libertad del aire, el color del recuerdo. Hemos preferido, más que las grandes causas y los magníficos motivos, conversar con las cosas pequeñas, colaborar con lo humilde, hablar con una voz distante, íntima de infancia. Y no es que nosotros no sintamos las cosas con nuestros ojos de tierra, pero nos agrada más mirar la noche y las señales de lo misterioso que nos miran desde tan lejos, o desde tan cerca, desde nosotros mismos. La poesía es aquello que vemos por la última vez con ojos inocentes, al primer encuentro. Es no estar encadenado a la tierra, y dar vida a la tierra. Ir en verdadero, ser heroico y no con máscara de héroe. Como decíamos, en la poesía, “no hay días, hay sólo tiempo”, sentía el poeta. La nube podrá continuar siendo nube, pero es también lo soñado. La ola no se vuelve pájaro. Es pájaro también.

Mi deseo es ir por la disciplina, por lo ardiente de la disciplina y alcanzar ese sentido sobrio, esa técnica emocional, que nacen de lo español. No aspiro a la perfección fría, quiero desde luego, lo logrado, pero si lleva dentro la salud de lo “incorrecto lírico el pudor de la emoción, o lo que es lo mismo, el milagro Trato de llevar mi espíritu por secretos de luz, por climas de candor. Es así que puedo moverlo desde un aire imaginativo, tratando de rodearlo con un verdadero mundo poético. La poesía no es solamente soñar. Es lo que decimos recordando el sueño. O no lo decimos. Y saber estar solos. Recuerdo a La Bruyére: “Todo nuestro mal, viene de no poder estar solos”. Y Antonio Machado: “Converso con el hombre que siempre va conmigo, quién habla solo, espera hablar a Dios un día”. Y desde esa soledad irse dando para entrar en el verdadero reino de las voces y la distancia. Todas las cosas a las que me doy me enriquecen y me agotan”. Cantaba el húngaro trashumante, dándose y penetrando con sus sentidos por donde quiera, pájaros, en el cielo tornadizo, como exigía la acendrada experiencia de Rilke, así sentimos la poesía. El poeta — nos dice Santayana —, es el que toma un objeto y lo deja caer, lo pierde claro está, pero le queda su resonancia. La poesía no es lo concreto, ni siquiera el paisaje, es lo que esconde el paisaje.

Es el eco, la resonancia.

 

por Julio J. Casal

 

Publicado, originalmente, en: Distante álamo,  poemas de Julio J. Casal

Cuadernos Julio Herrera y Reissig, Montevideo, año 1956               

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                      Julio J. Casal en Letras Uruguay

 

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