Segarla es tan difícil 
cuento de Tarik Carson

    Tal vez, todo empezó un mediodía, cuando me despertaron unos golpes en la puerta. Era Gorra, como yo lo llamaba, aunque los demás, con desprecio, o por envidia no del todo consciente, lo apodaban Ygorra. Semejante mote sonaba ofensivo, y, quizá por esa pobre y secreta virtud, y su aire entre distraído y bobo, me simpatizaba. Me contó, sin preámbulos, y como si fuera poco, que lo habían echado de su casa por asuntos de holgazanería y dinero. Ahora se veía obligado a aceptar mi invitación. Yo recordé, íntimamente disgustado, la locuacidad que seguido me producían unos vasos de vino de más, por solitario o generoso que me hicieran sentir. Entonces, así nomás, Gorra, el Ygorra y su situación y actitud ruinosas pasaron estólidamente a mi cargo.

   Almorzamos poco mientras le hablé del carnaval en Punta del Este, de jóvenes bonitas y hambrientas, de posibles viajes a Europa en aviones de lujo. Y algo sobre el Dr. Dudley Poo Panoja, al que yo, como protegido y amigo íntimo, llamaba Dudú. Después reposamos hasta la seis. Observé durante largo tiempo el cielo raso descascarado. Gorra roncó con la boca abierta en la cama de mi hermano. Lo desperté y le dije que iba a lo de Dudú y que no sabía a qué hora volvería. No me preguntó si podía acompañarme. Le enseñé el gancho de la llave y le sugerí que tomara leche. No tenía que presentarlo de inmediato.

   Caminé despacio por la rambla de Pocitos y subí hacia el zoológico. En una parada de ómnibus encontré a Julito,  recostado en un palo de un refugio. Me contó que esperaba a una dama; pero renunció a la maravilla cuando lo convidé para ir al cine. Le hablé de Punta del Este, de las muchachas sin flor, y orgullosas por el hecho, de la mansión que tenía por allá el doctor Dudley Poo Panoja, mi amigo. Y algo de las peculiaridades de Dudley Poo Panoja. Eran temas atractivos, felices, nada pálidos, y yo me dejaba llevar por las facilidades de lo bueno y la inercia inveterada de mi lengua. Hubo un lapso durante el que observé a Julito y lo comparé con Gorra. Lo ordinario como ley y moda rigurosa, más la urgente avidez juvenil por secreciones y goces indiscriminados, me produjeron lástima, y luego melancolía.

   Traté de ser amable pagándole el cine. Recordé a Gorra y me sentí tranquilo; siempre imaginaba que me podían robar el departamento, imaginaba que tenía muchos valores. A la salida, le dije que iba a lo del doctor Poo, Dudú, para los amigos, y que a éste le encantaría conocerlo. Dudú era refinado, y deglutía nuevos amigos con verdadera sinceridad y elegancia. Julito era apocado, y esto le concedía una atmósfera de misterio. Y un misterio parecido  cubría a Gorra, cuando no hablaba ni entreabría la boca en demasía. Eran muchachos presentables. Además, quería ayudarlos. Sentí, al caminar y meditar, cierto estado culposo, una inquietud que pronto perdí. Julito se puso nervioso y su intuición oportuna y sorprendente me alivió.

   Dudú nos recibió jovialmente. Estaba pintando ceniceros de cerámica para los amigos del directorio. Empezó. Un doctor lo había destratado públicamente. Le dije que los doctores leguleyos eran mala cosa. Después me contó que lo habían invitado para exponer con otro pintor en una galería de Punta del Este durante el verano, creo. Pero el otro no tenía nivel, y le iba a escrachar el nombre, y eso no era tolerable. Le dije que en ese ambiente siempre había mal olor bien conservado dentro de ropas caras. El estaba tenso por el calor; vestía un pantaloncito floreado y tenía pintura en una pierna. Recordé a un promocionado pintor vestido así, en la Costa Azul, que se decía comunista y era loco por el dinero y los marchantes hebreos. Escuché otra queja en absoluto justa. Sí, le dije, el mundo se desmantelaba, si lo sabría yo. ¡Y qué pena horrorosa!

    Mientras tanto, Julito se mantenía quieto en un sofá,  nervioso y, por momentos, su cara se enrojecía. Dudú lo miraba y se reía con la risa tan rara y bonita que parecía tener y manejar como un eterno cheque certificado (hay épocas en las que somos admirablemente virtuosos en los actos de fe). Entonces pensé que podía estar calculando el grado de mi amistad con Julito, y si ese grado era superior a nuestra propia amistad. También podía estar deleitándose con la timidez de la juventud que tanto lo excitaba y le aceleraba el corazón. Dudú era un tío bueno, culto, fino, generoso. Todos lo decían. Me habló sobre una lectura y, al buscar el libro, dejó caer cerca de Julito unas revistas de desnudos eróticos de la antigüedad. Me paré y las recogí. Le comenté a Julito que eran excelentes, norteamericanas naturalmente, y le alcancé una. Dudú sirvió jerez y tomó el pincel. Yo puse un disco de música clásica y miré el cielo raso entornando los ojos. Julito casi no apreciaba las revistas que tenía en la falda, pero se empezó a reír de cualquier tontería con los pómulos muy rojos. Dudú ensayó unos pasitos de baile y aplaudimos.

   Charlamos un largo rato. Julito se atrevió a decir algo y a mirar cara a cara a Dudú, a mantenerle la mirada; y también observaba los muebles, la biblioteca, los discos, los cuadros genuinos. Después empezó a bostezar y le sugerí que se fuera si deseaba; yo me iba a quedar un rato más. Pero se fue cuando ya me aburrían  sus enrojecimientos y risitas. Dudú lo acompañó hasta la puerta, con un brazo sobre sus hombros, lentamente, y le prestó varias revistas con la condición de que se las trajera, pues eran raras e importadas. Recordé que a mí también me habían gustado mucho esas revistas. Pensé que yo ya no era como Julito o Gorra; había perdido algo para siempre, aunque tuviéramos la misma edad.

   Dudú volvió de la puerta sonriendo. Me preguntó si creía que volvería a devolver las revistas. Le dije que ya comprobaría que era un muchacho interesante. Me preguntó si hacía mucho que lo conocía, si trabajaba en algo, y le contesté que no habría problemas, que era de confianza. Bueno, le gustaba. Estuve de acuerdo, era simpático. Sirvió más bebida y abrió un cartón de cigarrillos extranjeros. Manifestó su terrible odio al excesivo calor y se quitó el pantaloncito. Yo también sentía mucho calor, tal vez por la bebida. Encendí el ventilador y puse en el tocadiscos algo lento y pegajoso. Luego me tiré en el sofá.

   Sudé demasiado. Me apretaba una carga húmeda y pesada, un jadeo incansable, de los cuales no podía escapar. Sentí unas manos engrasadas, algo que me rozaba la mejilla, y me desperté, en seguida o después, no lo sé. Despierto estuve mejor. Dudú se había ido y me dejó una nota indicándome que cerrara con cuidado la puerta y que volviera de noche. Cuando salí, la calle reverberaba y la gente empezaba a dirigirse hacia la playa, con ropas livianas y las sombrillas al hombro. El sol me indispuso aún más.

   Cuando llegué a casa serían las diez. Gorra seguía durmiendo y no me oyó entrar. Entonces aún era de los que pueden dormir bien. Me acosté y traté de descansar. Me desperté indispuesto, acalorado y con un gusto ácido en la boca. Me bañé y le di un libro a Gorra: quería estar en silencio y me molestaban sus preguntas. Tomé un libro de Oscar Wilde, que me había prestado Dudú, pero no pude aprovechar ni media página. Estuve horas fingiendo que leía, quieto, con una extraña opresión en el pecho. Después, mientras comíamos, le dije a Gorra que, si le interesaba, le podía presentar a mi amigo Dudú. Claro, nunca estaba de más conocer a gente influyente, culta y con dinero. Dudú también era o había sido funcionario de las Naciones Unidas. Gorra se alegró, y por un momento, al mirarle la boca abierta, me pregunté si no era demasiado simple para eso. Pero la tosquedad también podía ser hermosa y sugerente para algunos. ¡Los gustos son tan diversos!

   A las diez de la noche le dije que se aprestara. Cuando salíamos, nos encontramos con mi hermano que volvía de su trabajo fuera de la ciudad. Se reía, con la bolsa de la comida y la ropa al hombro.

   -¿Adónde van? -preguntó.

   -A lo de Dudú -le contestó Gorra.

   -¿Qué Dudú?

   -¿No sabés quién es Dudú? -dijo Gorra-. Cambiate de ropa y vamos.

   -No sé -mi hermano me miró.

   -Nunca le hablaste de Dudú -me dijo Gorra.

   No le contesté.

   -Vamos -repitió Gorra-. Apurate, te esperamos.

   -No -dije yo.

   -¿Por qué? -preguntó mi hermano.

   -Bueno. No lo sé. Porque se me ocurre.

   -Está bien -intercedió Gorra. -No importa.

   -Siempre lo baboso -dijo mi hermano-. Pago yo, si es por eso.

   Cada uno con sus amigos, pensé, y además, ¿con qué dinero iba a pagar?

   -Bueno -repitió Gorra-. En seguida volvemos.

   -Siempre la misma... -aseguró mi hermano mirándome a los ojos.

   Por último, dije:

   -Hay un bife en la heladera.

   -¿Sabés dónde lo podrías?... -preguntó mi hermano.

   -Lo sé -contesté en voz baja-. Pero no te llevo.

   Ygorra aún dijo algo, mientras me alejaba.

   Mi hermano se quedó parado, mirándome con ojos tristes, apretando la bolsa con algún resto de asado frío entre las manos, mientras a mí se me retorcía algo. Inexplicablemente. No sabía por qué nunca salía con él, ni le presentaba a nadie. Porque él también quería salir a pasear con amigos, y era permeable a comentarios sobre bebidas, películas, bailes, muchachas y lugares caros, con las manos quemadas y blanquecinas por la cal y el trabajo de peón de albañil.

   -Estoy acá, con ustedes –aún le gritó Gorra-. Desde ayer.

   Caminamos unas cuadras sin hablar. Yo no quería hablar y sentía que Gorra quería decir algo. Estaba pensando y sintiendo cosas que me causaban un revuelo adentro. Muchas cosas desordenadas se me subían a la garganta y a los ojos y me molestaban en la cara. No podía ver a nadie con una bolsa raída al hombro, las uñas destrozadas por el trabajo, y el destino en eso. Además, estaba pensando que, tal vez, iba a cometer un error con la presentación de Gorra, ya que alguien así hastiaba en seguida. Parecía cada vez más imbécil. Eso pensaba en aquel momento, y todavía me molestaba en la cara, en los ojos, la imagen de mi hermano riéndose y buscando divertirse, teniendo el pelo quemado, las manos hinchadas y rajadas como si ya fuera un viejo liquidado a los veinte  años. Todo era tan agobiante que buscaba alejar  todos esos pensamientos cuanto antes, cuando me asaltaban.

   Frente a la casa de Dudú,  Ygorra dijo:

   -Metí la pata.

   -No -le dije-. No hay problema. A él le gusta estar solo.

   Me apuré y levanté la mano para apretar el timbre.

   -Sos un buen hermano -dijo él.

   No toqué el timbre; me quedé un instante con el brazo en alto. Me di vuelta sintiendo una molestia. Pensé, "y un mal amigo", pero le dije:

   -Si querés, nos vamos... ¿Qué te pasa?

   -¿Por qué? -se rió él-. Sólo se me ocurrió eso.

   Nos miramos a los ojos,  casi ocultos en la penumbra. Me sentí, por un momento,  estúpido. Y tuve miedo de que me patearan en un portal oscuro; o quise ese castigo. Gorra me dio una palmadita en el hombro.

   -Dale. Apretá el timbre o nos van a tomar por sirvientitas indecisas.

   Y se rió. Creo que hice una mueca y levanté el brazo. Dudú comentó algo sobre mi cara demacrada, y estuve todo el tiempo sin hablar. Luego entré a un sueño de tareas opresoras y ríos de esfuerzo y sudor, sin que el nudo en el pecho me dejara tranquilo, libre de todo.

    Algo inquietante me empezaba a ocurrir.

   Desde aquella noche empecé a cambiar de una manera insólita, aunque para los demás no signifira tanto como para mí. Podría decir que me empezó a llenar una gratitud que me fue ampliando el pecho, sin que la gente se sorprendiera por el cambio, o acaso no lo percibiera. No sé si el sueño sobre el sofá trajo a mi mente esa mudanza inexplicable, o si todos los hechos causaron el desarrollo abrupto y expurgador.

   Aquella vez Dudú había ido a su dormitorio con Ygorra a jugar a las damas o a las cartas, y a mi me dieron ganas de tomar algo fuerte que me mareara. Me quedé dormido hasta que sentí unas palmadas en la cara. Gorra se iba, era de madrugada. Comentó que me veía distinto, con la nariz hinchada. Me sorprendió esto, pero no le di importancia y volví a dormirme. Cuando desperté, a la tarde siguiente, Dudú ya se había ido a su oficina.

   Al llegar a casa encontré a Gorra acostado leyendo una revista y volvió a decirme que me notaba cambiado. No le di importancia y me acosté a leer un diario viejo. Después me sentí acalorado, fui a lavarme la cara y decidí afeitarme. Al mirarme al espejo exhalé un quejido de sorpresa. La nariz se me había hinchado considerablemente. No me dolía ni sentía ninguna molestia. Lo más impresionante era que la punta se había achatado. Parecía como si me hubiera crecido una trompa y alguien la hubiera cortado con una tijera para que, con el peso, no me tirara la cabeza hacia adelante. Lo más feo era los agujeritos redondos y profundos, con unos pelos desagradables. Sentí un mareo y tuve que sentarme en el piso. Quedé apoyado contra la pared fresca de la bañera y el frío me reanimó. Me levanté y evité mirarme de nuevo. Mareado volví a la cama y observé a Gorra para ver cómo reaccionaba otra vez ante mi cara. Me miró, me dijo que me veía pálido, y siguió leyendo. Me quedé quieto un par de horas y después le pregunté por qué había dicho aquello de mi nariz allá en la casa de Dudú. Me contestó que la verdad era que yo estaba distinto y que mi nuevo aspecto me sentaba mejor. No me atreví a preguntarle más. Cuando pude levantarme más tranquilo, fui al baño y volví a mirarme la cara. El corazón se me enloqueció y la cara se me puso roja. Me manoseé la nariz un buen rato intentando convencerme de la realidad. Recién me di cuenta de que mis ojos azules se habían hundido mucho,  que mi frente se había encogido, y ya entre el pelo y las cejas no había ni dos dedos finos de distancia. También el labio superior se me había levantado dándome un aspecto  repulsivo, más que animalesco. Al fin me cansé de estar tirado en el piso del baño y me resigné a que el sueño terminara, ya que no podía despertarme. Pero lo ocurrido no fue, ni es, un sueño.

   Después de pasarme el resto del día  de la cama al espejito del baño, y de éste a la cama, me empecé a resignar a mi nuevo aspecto. Dentro de mi no se había deformado nada. Al contrario. De repente sentí necesidad de respetar más a Ygorra y dejar de llamarlo así, con desprecio. También tuve ganas de ver a Dudú y explicarle lo que me sucedía y preguntarle si su cultura universal conocía este tipo de transformaciones repentinas. También resolví decirle que lo llamaría de otra manera algo más honorable, en vez de "Dudú".

   De tardecita me afeité y me recorté el cepillo que se asomaba por el par de agujeros de mi nariz. Al anochecer salí hacia lo de Dudú. Me vio con los lentes de sol y la gorra, y se quedó apoyado sobre la puerta. Pasé rápidamente y sin preámbulos me saqué la gorra y los lentes. El cerró la puerta, tomó un vaso de ginebra de una mesita, y se puso a mirarme de nuevo. ¿Qué pasaba? Le pregunté si estaba ciego y me sorprendí más que él. ¿Pero, cómo?... Sí, admitió, yo había cambiado un poco, y eso no era nada importante. Una nariz así respiraba mejor, por el diámetro de los agujeros, y cuando tocaba otra piel era como si besara con el aliento nasal, costumbre que era una bendición para los asuntos sexuales orientales. Esta era sin duda una buena razón y yo no supe qué decir ante el argumento de su actitud, que se extendió de inmediato como un par de alas que me protegían de la vergüenza más impresentable. Le dije que nuestro nuevo amigo vendría más tarde y que yo, a él, desde aquel instante, lo iba a llamar Poo simplemente, o señor Poo, si era necesario. Y que a Ygorra lo iba a llamar Eme, también con un poquito más de gentileza. Poo no se opuso a nada de esto y me dio coraje explicándome algunos casos de mutación parecidos al mío, que siempre habían resultado ser buenos. No me pudo aclarar nada más, pero eso para mí fue suficiente.

 Al rato llegó Gorra y lo primero que le declaré, no sin algo de pompa, fue lo de su nombre. Me emocionó ver cómo él lagrimeaba ante mi decisión. "Nunca pensé -comentó- que un cristiano  pudiera superarse día a día, con tal premura." No supe qué replicarle y, enfundándome la gorra y a punto de llorar, les manifesté que me iba a casa porque necesitaba pensar seriamente en mi nueva situación.

   Cuando llegué a casa, mi hermano estaba comiendo en la cocina. Rápidamente, me metí en la cama sin encender la luz. Quería asimilar mi transformación antes de sorprender a mi familia de una mala forma. Sorpresivamente, mi hermano encendió la luz y me destapó de un golpe. Tenía en la mano un vaso de leche tibia. Me llevé la mano a la nariz y le dije que apagara la luz, que me dolían los ojos. Entonces él me dijo que no fuera estúpido. "Cada día -me aclaró- veo a más tipos con esa cara." Y agregó como algo definitivo: “No hay que preocuparse, te sienta mejor que la otra.”

   Me tapé con la almohada hasta que sentí que arrastró una silla, dejo la leche y apagó la luz. Esa noche pude respirar con la boca cerrada, observando el techo hasta el amanecer, sintiendo cómo el aire se entibiaba en mis cañerías y fluia cómodamente.

   Pasé dos días acostado y tapado hasta el pelo para que ni Eme ni mi hermano me vieran. Después resolví enfrentarme a la vida, como se diera, y empecé a actuar con naturalidad. Eme me dijo que Poo me quería ver, pero no fui a su casa hasta una semana después. En esos días casi no comí nada y adelgacé varios kilos. Una noche me animé a salir cubriéndome la cara con una camisa de cuello largo. Me movía escurría por las paredes y cruzaba las calles con rapidez. A la vuelta me choqué con un vecino casi cara a cara y me quedé paralizado y aterrado, esperando su reacción. Pero me explicó algo sobre la luz del corredor y no le dio la menor importancia a mi nuevo aspecto. Aliviado, lo saludé con una inclinación, y me bajé audazmente el cuello alto; el hombre me dio las buenas noches y se fue hablando del tiempo. Esto me trajo un poco  de tranquilidad, y ya durante la noche pude dormir varias horas.

   Al poco tiempo se me ocurrió ir a una iglesia cercana. Me senté atrás, cerca de la puerta y observé el comportamiento de los creyentes. De repente saqué un lápiz y fui impulsado a escribir una plegaria en una pared, al lado de tantos ruegos ilegibles que no quise tratar de comprender. No sé por qué hice aquello; cuando terminé me sentí un poco estúpido. Sentí tanta lástima de mí mismo que casi me salen lágrimas. Estaba dominando esta emoción cuando se acercó una mujer de negro arrastrándose por el suelo y creí que se iba a agarrar a mis piernas. Di un salto y le abrí paso. La mujer empezó a gemir fuerte mientras se golpeaba la cabeza en el piso y se proclamaba sucia y desgraciada. Busqué un lugar alejado y me senté a pensar. Muy tarde me fui. Volví las noches siguientes y ya no rehuí la compañía de los arrastrados y solicitantes. Al contrario, dejé que me agarraran unas mujeres y que lloraran y me tiraran de la ropa a voluntad. Tenían mal olor, y me dio mucha pena una mujer joven y bonita que me llamo "hijo" y me preguntó por qué me había ido, por qué la había dejado sola a merced de tantos  hombres inmundos. Un hombre viejo y desdentado me rompió el saco tirándome de un lado hacia otro de una manera furiosa. Olía insoportablemente a ropa vieja. Yo me hacía un poco el tonto y me dejaba manosear a gusto. Estaba pensando en lo poco que me costaba aquello y el bien que tal vez significaba. Un día observé cómo los feligreses entraban al confesionario, y cuando una mujer salió  entré a la caseta. Le conté al cura lo que le pasaba a mi cara y recibí una animosa reprimenda por mi obsesiva vanidad. Yo debía pensar más en mi alma y no en la carne pecadora que tenía en la cara. Lo de la carne, así nomás,  me quedó en la mente y me tortura con lentitud cada vez que me mira una muchacha bonita y vuelvo la cara, aunque mis fotografías no recuerden a nadie el goce mucho de la comida. Cuando salí del confesionario, aquella y otros veces, me sentí casi integrado a la iglesia -o más bien, a un tipo casi inexistente de iglesia- y a la multitud que continuamente se arrastraba de un lado a otro, gimiendo y castigándose por las persistencia de las iniquidades y apetitos de la carne propia y ajena.

   Al fin de la primera semana, estuve un día reflexionando sobre el cambio de mi vida. Era muy inquietante, y no sabía hacia dónde me iba a conducir tal contingencia. Desde esa época empecé a ver imágenes que se paraban a los pies de mi cama cuando me ponía a meditar en la vida y sus despliegues sorprendentes. Estas imágenes siempre han sido mi secreto máximo, pues es inútil que lo divulgue por ahí. Pero tienen forma humana, y aparecen y se van como una reverberación temblorosa y potente. Casi sin transparencia. Supongo que me vienen a ver justamente por mi transformación acelerada e insólita, por lo que me está ocurriendo, por mis costumbres pasadas, o por una razón que que no se me da ni se me ocurre.

   Un día le confesé a Eme que yo había encontrado una especie rara de ente que dirigía mi vida y que por eso no frecuentaba más al buen Poo. La respuesta de Eme me hizo dudar de todo. Me dijo que Dios, en todo caso, no iba a la iglesia que yo frecuentaba. El era de otra iglesia que nadie veía, ni consideraba, y esto era lo peor. Bien, no entendí esto, ni lo discutí, pero me molestó y aún me molesta cuando lo pienso.

   Después visité al buenazo de Poo. Me recibió jocosamente y con alegría y cuando le dije que no me sentía bien por lo que me estaba pasando, él me agarró la cara y me la  acarició. Se alejó un metro y me dijo, con un ademán radical, que me encontraba mejor y que para él no había diferencia. Nos apoltronamos a tomar un te, pero cuando me convidó a jugar al ludo y a las damas en su dormitorio, le dije que no, por asuntos de religión. De todas maneras, estaba por llegar Eme, que había resultado, según su criterio,  un player en absoluto entregado. Poo opinó que yo era un tonto, y que pronto se me pasaría todo. Le pedí permiso para dormirtar en el sofá y al rato empecé a soñar con unos pordioseros harapientos que me perseguían apoyándose en unos bastones retorcidos. Me desperté unas dos o tres veces para detener la  persecución de esa gentuza hedionda que me atormentaba en el sueño, y siempre oía el sugestivo ruido de risitas, y el suave golpeteo del cubilete y las fichas en el dormitorio, y eso me volvía a adormecer calmadamente.

   De esta manera recuerdo los primeros momentos de mi transformación manifestada ante la sociedad. (Lo otro había estado en relación con lo inmanifestado, que convocaba tanta humanidad en los templos claroscuros de la fe.)

Entonces, desde que me dormí en el sofá de Poo, dejando a este que se ocupara de Eme, hasta que días más tarde desperté en el mismo sofá, sufrí otra transformación, la de  miembro de la sociedad humana convencional. Podría pensar en un sueño largo como días, noches de sueño y de insomnio, con iglesias y mujeres prendidas de mi ropa, y con mi trompa misteriosa perdida por ahí, etcétera. Y entonces me sentía integrado, haciéndole caso a la mayoría. Pero el hecho es que ya no salí del sueño de la realidad, y me parece que a veces sueño con jugar al cubilete sobre la cama gigante del buen Poo cuando me despierta el hombre con un taparrabo y me llama con una voz quejumbrosa. Despierto y de inmediato me persigno y evoco a unos santos y a otras entidades de posible existencia, ignorando en absoluto qué hacer ante tal horrososa contingencia.

   Poo, sin esfuerzo ni pena, ante estos hechos confesados por mí, se resignó a mi nueva situación. Presumo que Eme le consiguió otro contrincante, y Poo, con dos buenos luchadores sin tanto peso en la cabeza, ya estuvo tranquilo y seguro de su ración de placer. Porque es aún un hombre de los que no soportan vivir sin placer un solo día (fuera estomacal, genital o mental). Y entonces, ante la firmeza de mi posición, se resignó y me propuso un trabajo que nos mantendría hermanados y nos beneficiaría a ambos. Naturalmente, dijo, él ya no podría ayudarme a vivir; pero yo no pretendía dinero, ni lo aceptaba ya. Me sentí bastante feliz con la posibilidad de trabajar, y lo reconozco, un hecho tremendo y temerario en extremo.

   En esta época empecé a variar con una sinagoga, porque Eme me había vuelto a asegurar que Dios iba a otra iglesia, sin decirme a cuál, y que él estaba absolutamente seguro de ello. Era un muchacho que no sabía mentir, y no tuve motivos para no creerle. Aunque me causaba algo de escozor que supiera tanto de esas inmanifestaciones etéreas, sí, pero con tanto público. Fue entonces cuando tuve un pequeño enredo carnal con una muchacha judía. Pero una noche me dijo que no podía continuar la relación por  cuestiones de religión, aunque en sus ojos ví que había otra “cuestión” de por medio. Aquello me aburrió sobremanera y decidí que allí no iba a encontrar nada que no tuviera límites demasiado pequeños para la mirada de mis ojos. Recuerdo ahora a esta muchacha dulce porque tenía la costumbre de calentarse los dedos fortándolos en la parte frontal de mi nariz, mientras estábamos en la sinagoga bajo los bancos o detrás de una columna oscura. Un día me llamó "lechoncito lindo", y a mi me salieron dos lágrimones que me avergonzaron mucho. Pero le dije -para que no me creyera un sentimental al que se podía dañar fácilmente- que había sentido la fuerza que esparcía su Dios y su religión. Tuve la cautela de mantener en reserva prácticas sensuales de mi existencia, ya que era visitado asiduamente por una imagen, que presuponía la limpieza de cualquier existencia escabrosa, por lo menos.

   Después honré a otras iglesias, hasta que un día Poo me llamó. Había planeado y conseguido lo necesario para el negocio. Me alegré, pues estaba comiendo de la comida de mi hermano, y eso era dividir un sueldo de hambre entre dos, aparte del cargo de conciencia que padecía al sentirme observado todas las noches por el hombre de la imagen, en guardia misteriosa y ya plantado con los brazos cruzados a los pies de mi cama. El se presentaba entonces con un taparrabos rojo, adornado con hilos de oro, contra su piel renegrida, posiblemente de hindú itinerante. Parecía decirme algo desagradable con la mirada y la postura tensa, y diría, reprobatoria. (Y creo que tal fenómeno surgió como corolario de mis actuaciones ruidosas, y los quejidos descontrolados de ella y su actitud muy poco respetuosa, detrás de las columnas oscuras de la sinagoga.)

   Al fin, el negocio que instaló Poo en la rambla fue una gran idea, no vista en otro lugar. Había elegido una casa moderna y grande, con amplias ventanas hacia el mar y bastante lujo en todos los rincones. Me llevó a verla y me comunicó que yo sería el jefe, y que me ayudarían los muchachos que él tuviera como amigos de confianza. Esperaba que Eme me sustituyera en su favoritismo, y colaborara conmigo a discresión en el negocio. Al cabo, esto fue así a medias, pero no hubo trabas, porque seguido cambiaban las amistades de Poo (lo había ido poseyendo el ansia de conocer la infinita variedad de instrumentos sexuales humanos, y no era esto sorprendente en un paladar internacional tan exigente como el suyo).

   En el fondo de la casa frente al mar, en la piecita del servidor, ubiqué un catre y una mesita de luz de un remate. Muchas noches me quedé allí, porque perdí el gusto por las salidas, sobre todo diurnas. De noche a veces salía y me sentía a gusto. En verano me bañaba de noche en la playa, cuando nadie me podía ver, y el mar y el cielo tomaban un cariz negro y frío como una muerte temida.

   Durante el día tenía que recibir a los clientes que el buen Poo se encargaba de conseguir con los amigos adinerados, abogados, camaradas de la diplomacia, políticos, y hasta algunos escritores y pintores que habían dado el batacazo y vivían mucho en el extranjero. Hasta ahora me sorprendo por la cantidad de gente importante que venía al negocio a satisfacerse de forma tan sutil y, aparentemente, inexplicable y estúpida y absolutamente genial y elitista a la vez, al mejor estilo de la televisión (debo anotar que eran personas que vivían la mitad del año en Paris o en Nueva York, titireteaban unas semanas en Montevideo, y titireteaban y liquidaban el resto del verano en Punta del Este). Y esto de la televisión, bien, lo confieso, les caía a todos “regio”.

    Yo había ideado un estilo único. Siempre abría la puerta vestido de librea roja y hacía pasar a los visitantes con una reverencia de matiz servil, aunque evitando la exageración. Luego nos podíamos sentar a escuchar la música sinfónica, o pasear mirando los cuadros de Poo o sus obras de cerámica con dibujos eróticos inspirados en el arte grecorromano, hindú o chino. Eran imágenes de catálogos casi extintos, altamente sugestivas.

   Pero lo que más brillaba en el negocio era el servicio, al noble estilo “estrellas”. He aclarado que el servidor principal era yo. Al entrar, además, los visitantes eran regalados con mi pequeñez y mi anuencia a sus deseos de aristocracia. Poo había hecho construir un canal paralelo al camino alfombrado  y  único de la casa o del negocio. Yo caminaba por el canal y mi nariz llegaba a la cintura de los visitantes. Con ello lográbamos que todos se sintieran alegres ya al entrar, y algo admirados desde abajo. Alguno hasta podía tirar la ceniza del mejor habano sobre mi librea nueva, o limpiarse un zapato sobre las charreteras de mi hombro. Yo no hacía más que sacudir la mugre y, con una inclinación y la infaltable y necesaria frase: "Por favor, no faltaba más", indicarles algún rincón extraordinario o algo mejor aún. Luego que se sentaban, yo los acompañaba, pero en un banquito muy bajo, como el de los enanos lustradores de zapatos de la calle.

   Todos los clientes -con mucho dinero, y, por este hecho, indudable y superior inteligencia- venían acompañados de muchachas o muchachos jóvenes y espigados, de pelo largo y ojos claros. Yo tenía que empezar a hablar mencionando viajes y lugares lejanos de altísimo costo. En determinado momento en que ellos ya se sentían describiendo sus viajes y goces formidables con expresiones satisfechas en extremo, yo tenía que declamar, en lágrimas, que no había viajado a ninguna parte, que no conocía nada y me moría, o me desangraba, por formar parte de lo que hacían ellos y de lo que eran ellos. Luego, los interrogaba amistosamente, admirado de sus safaris en Paris, Nueva York o Roma. A veces cambiaba la solicitud porque el visitante era aficionado a los automóviles, por ejemplo. Yo tenía que hablar de autos finos e inmejorables, y luego confesar, avergonzado y humillado, que no podía comprarme ni el más barato y vulgar, por asuntos del destino (y, a veces, concluir confesando el hecho de que ni siquiera sabía conducir un bólido). También hablaba de propiedades y de valiosas obras, que luego resultaba que no podía tener, contrariamente a lo que tenían ellos de sobra, y para lo cual vivían acumulando. A veces debía esforzarme mucho alabando o llamando de genios a fulanos conocidos. Si presentía que no había envidia por un personaje, sino admiración, entonces usaba palabras terribles, como "genio", "barbaridad", "fenómeno de la naturaleza", "monstruo sagrado", “grito glorioso” salido de un “cementerio de elefantes  blancos”, etc. Llegué al extremo de lustrarles los zapatos a algunos con el faldón de la librea. Pues hay hombres y mujeres que han desarrollado muy bien este tipo de gustos. Y debía convencer a todos de que el negocio era inmejorable y que invirtiendo en él daría ganancias formidables. Algunos días concluía mis frases con la confesión apoteótica de que todo acababaría para ellos con un glorioso “grito sagrado” que se incrustaría por los tiempos de los tiempos en la historia de la nobleza humana y sus más notables logros.

   Al paso de los meses fui atesorando una considerable habilidad en conocer a los señores de visita. Veía una cara y ya sabía que tenía que llamar a todo lo que le gustaba de "genial", por ejemplo, o hablarle de inmediato en viajes trasatlánticos, o en la compra de su última  propiedades,  o del último Chablis del tal bodega famosa.  Vi de todo, menos algún cliente que me pidiera que caminara a su lado, porque no le gustaba mirar hacia abajo.

   Asímismo, el trabajo me obligó a aumentar mi cultura, ya que recibía a diario a personajes que estaban deseando oír sobre sus obras o sus nombres, de los cuales yo veía asombrado que estaban real y decididamente enamorados. A veces, hacía un rebuscado pase de manos y mencionaba en voz baja la palabra "maestro". Agregaba a esta palabra la importancia de las obras que se donaban para la cultura universal (la cultura nacional era algo arriesgado, y, salvo indicación del buen Poo, no la presentaba). Todos se permitían unas lágrimas, una mirada seria y un comentario profundamente halagüeño sobre el ser y la obra, que sin excepciones estaba ante todo interesada por el bienestar del hombre, inspirada en los grandes ideales de la humanidad, y siempre encendida con el fuego sagrado.

   Una madrugada, en mi cuarto, el hombre del taparrabos rojo se presentó frente a mí, y lo convidé a sentarse, y por primera vez en voz alta. No lo hizo, e igual le hablé de mis dudas y temores al mirar los rostros de los compatriotas, y recibir por sus expresiones los efectos de mi imagen elefantina. Hasta le conté que temía mirarme en el espejo y que por ello no sabía ya que aspecto presentaba al público. Además, para afeitarme me cubría la nariz con un paño que guardaba en el botiquín,  así solamente me veía la barba. Pensé que el hombre se reía, pero después vi que era apenas una mueca entre cómica y dolorosa. Al fin, le pregunté qué hacía parado allí tantas noches y si el motivo tenía alguna vinculación con las ubicuas tareas que llevaba a cabo Dios. Pero el hombre se estiró, como si fuera de goma transparente, y se desvaneció.

   Ya hacía seis meses que no veía a mi madre. Y un día, justo en horas de trabajo, ella apareció. La hice pasar, disculpándome sorprendido, y noté que miraba alarmada mi nariz. Cuando empecé a caminar a su lado, pero dentro del canal, se agachó y me quiso levantar. Se me prendió de la librea con fuerza, pero no pudo alzarme; entonces se tiró a mi lado adentro del canal y estalló en un llanto descontrolado abrazada a mí. Yo le acaricié el pelo reseco y blanquecino hasta que al fin volvió a mirarme. Me preguntó si me pagaban bien por todo aquello. Y en seguida, si me sentía bien, si era feliz... Le dije que era muy feliz y, tras unos segundos, pareció aliviada. "Y con casa y comida", le agregué. Ella me empezó a estirar la piel de la cara con las manos, como para planchármela, y le dije que lamentablemente tenía que irse porque era hora de trabajar, y que pronto llegarían los clientes. Eran personajes de la televisión, agregué para que se alegrara algo. Dije: Zutano, Mengano, Perengano, muy famosísimos todos, y claro, de su conocimiento.  Había que apurarse. La fui arrastrando fuera del canal y la acompañé a la salida. Ella empezó a llorar de nuevo mirándome la nariz, y sacudía la cabeza fregándome con una mano la frente, como si me la quisiera estirar definitivamente de cualquier manera. Tuve que desprenderla de mí, tomándola de las muñecas y agachando la cabeza la fui empujando hacia la puerta. Y así  me las arreglé para no ver que se iba. El resto de la noche no estuve sirviendo con dedicación, trabuqué algunas palabras básicas e hice incorrectamente unos pases de manos, y hubo una manifiesta insatisfacción en los clientes.

   A los seis meses los trucos del trabajo se fueron demacrando un poco y hubo que renovarlos. Poo me dio libertad para crear nuevas ideas sobre la satisfacción y el arte de la adulonería maestra. Muy pronto afloró algo, todo enriquecido por alguna treta actoral que desarrollaba como forzado por una inexplicable devoción con mucho de magia. Una de las reformas fue la simulación  de una mala caída en el momento en que empezaba a apabullar al visitante y  a su novia con el relato de viajes fantásticos y estadías en los mejores hoteles del mundo. En general, las personas estaban pensando ya en la ilusión miserable que me hacía y en mi intolerable descaro de lacayo (pienso, digno de las más severas reprimendas). Y, de súbito, algo invisble me castigaba y yo caía con mucho estrépito, fingía un pequeño desmayo y algunos quejidos, y empezaba a sangrar bastante de una pierna, o de una mano, por ejemplo. Para esto conseguí vejigas muy finitas que llevaba adheridas con una tintura especial. También puse en acción el truco de la humillación más cruel. Yo me ponía a hacer turbias confesiones acerca de los negocios de Poo, y sus cuantiosas pérdidas, u otros papelones de índole sexual, sin percibir que Poo había llegado y estaba detrás de mí con los brazos cruzados y la mirada furiosa.                                    

El propósito general era recibir una lluvia de reprimendas humillantes, que me dejaran con la cara como un tomate maduro y los ojos como charcos sucios llenos de lágrimas cobardes y viles. Algo así como: “Eres un lacayo inmundo y te hemos puesto en tu lugar”.

Otro recurso que ideé fue el del pañuelo sucio, que sacaba vistosamente, creyendo que estaba limpio. Porque yo siempre llevaba un gran pañuelo blanco prendido en una alianza en el meñique (originalidad genial de los grandes cantores de ópera). Y había una variación de esto; era hablar de mi exquisitez para elegir artículos exóticos y carísimos y beber vinos importados de Francia, solamente, o mi gusto por los perfumes hindúes terminados en Francia, o la joyería italiana de última moda, teniendo siempre un tremendo pedazo  de moco colgando de la trompa. Agregaba además otras sutilezas ridiculizantes como andar con un pantalón roto en las nalgas por donde se veía un calzoncillo escandalosamente sucio; o hacer que un mandadero de repente abriera una puerta y gritara que me había traído la mortadela. O perder un mocasín de factura italiana y dejar al descubierto un calcetín trabajado por la polilla y los olores del zapato del atleta, o simplemente unos pies en guerra con la más elemental higiene. Estas simulaciones realizadas en el momento preciso -cuando yo me regodeaba hablando de manjares aristocráticos o asuntos culturales que nadie había oído mencionar- producían un resultado perfecto. A los camaradas clientes se les iluminaba el espíritu, los ojos adquirían un brillo violento, daban una vueltita y pasaban a la ofensiva, seguros de tener por lo menos el resto de la velada llena de felicidad y de raros sentimientos difíciles de explicar. Una visión así, de grandeza y perfección, era lo que les podíamos ofrecer, y ellos desconocían que fuera posible tal servicio. Y de pronto nosotros se lo dábamos, y le colmábamos muchas de sus necesidades.

    Quiero decir, al fin, que esto era otra “cosa”, ni siquiera vista o imaginada en la televisión.

   Meditando sobre mi trabajo pensé a veces que no tenía lógica, y a veces hasta me engañé con un gran futuro. Si los hombres podían matar por una eyaculación y dedicarse a vivir por un sabor, por ejemplo, también podían dedicarse periódicamente al tipo de programas ideados por Poo, con sus sorpresas y satisfacciones psicológicas inesperadas. Poco a poco podría transformarse en una moda aristocrática, y Poo pasaría a la categoría de genio del entretenimiento lúdico único en América. Una especie de psicodrama magistral para millonarios y famosos solamente. Y yo estaba adentro, en la acción, en la existencia por lo menos.

   Asimismo a veces me sentía un poco triste por la necesidad de trabajar. Pero había elegido, supongo, y no es fácil saber la verdad a medias y seguir viviendo.

   En las madrugadas, cuando los últimos visitantes  se iban, trataba de distraerme de cualquier manera lícita para mí. A mi casa iba a veces a dormir unas horas. Y salía a caminar por la rambla y tomaba el ruido del mar como si fuera un sedante. Después, si tenía ganas de ver a alguien, buscaba alguna iglesia de cualquier religión que estuviera abierta.                                                              

   Hubo meses en que frecuenté todas las iglesias de la ciudad, una por noche. En algunas solamente me quedaba sentado y en otras me arrodillaba o reptaba un poco hasta que no soportaba más el olor o el frío del piso. Me gustaba tocar a voluntad a las mujeres que se arrastraban, y a veces dejaba que me tocaran a discreción y que me confundieran amorosamente con hijos y padres que faltaban o se habían ido con mujeres indecentes. Una noche llegué a presentir que la muerte era algo que no debía temer ni tomar tan a la tremenda –pasaba por un período en que no me quitaba la muerte de la cabeza-. Pero más tarde, cuando quise saber el argumento que usé para descubrir tal revelación, no recordé ni pude explicar por qué no debía temer horriblemente una cuestión tan perversa e insoportable.

   Muchas veces Poo me invitaba para que fuera a su casa, pues recibía a tal o cual personaje famoso que aparecía en la televisión y quería mostrármelo y presentarme. Siempre usaba esta jugada porque creía que yo seguía siendo como él, y que conocer a gente de esta clase era casi todo. Pero yo debía cumplir con las iglesias y entretenido me olvidaba de aquella complicada y difundida necesidad. El buen Poo tampoco veía nada interesante en lo que no podía contarse, sumarse y ponerse bajo llave, o en lo que no apabulla a la gente. Pero, descansadamente para mí, parecía tenía respeto por lo que yo hacía, ya que nunca lo había perjudicado y siempre sacaba cuentas exactas cuando me examinaba la bolsa. Supongo que me estimaba por esto, no era por nuestra relación pasada. Yo estaba conforme por tener libertad para estar solo conmigo mismo, y cuando tenía que arrostrar a cuanto camarada existiera, empezaba a girar mi  pericia para ocultar mi verdadera naturaleza, un poco de ignoto trompudo vergonzante.  

   Veía muy poco a mi hermano y trataba de evitar a mi madre. No quería que me vieran haciendo actuaciones que no podrían entender. Tampoco podía irme a vivir con ella y cambiar mi camino, o mi trabajo. Además, me daban ganas de llorar cada vez que los veía y notaba cómo me miraban llenos de lástima, como si yo estuviera perdido en un mundo caótico e irremediable. Yo siempre trataba de cambiar el tono de las pocas visitas fabulando sobre lo bien que me pagaban, o en los estudios de idiomas que iba a comenzar muy pronto. Seguido enviaba dinero a mi madre e insistía en que iba a estudiar medicina como complemento, que iba a ser un doctor, porque las cosas me iban bien, muy, pero muy bien.

   En ese tiempo agregué a mi conocimiento la amistad de algunos pordioseros con clientela en las iglesias. Deliberaba con ellos y me dejaba tocar por sus manos inmundas, agachado a su lado en las solemnes puertas o en los gastados escalones de mármol helado. Durante un tiempo les llevé galletitas o vino y todos me fueron conociendo y apreciando. Siempre me creyeron bastante loco y yo me fijaba en sus reacciones a veces indiferentes y a veces de burla, de asco y de odio. El odio no era hacia mí, sino a mi imagen de hombre, y no me hacía mal. Y siempre que me retiraba, oía sus desaforadas risitas y gestos obscenos.

   La relación con los mendigos al fin hizo que mi camino se desviara hacia otra dirección. No hacia atrás, creo, porque me despegó de Poo y hasta de Eme, pues ya no pude ver lo que ellos veían en cosas iguales. Era demasiado. O ellos no veían (caminando por la vida a mi lado) las piedras que yo buscaba para golpear. Empezaron a creer, tal vez, que yo estaba perdido, aferrado al borde de un abismo, y que no podrían sostenerme más sin hundirse conmigo.

   Durante muchos viernes, sin razón particular, frecuenté una iglesia, al anochecer, y pasaba unas horas acuclillado con un par de inválidos  mendigos. Una noche pasó frente a nosotros mi amigo Julito y me reconoció. Me llamó, sorprendido y avergonzado, y lo acompañé unas cuadras hablando de las lluvias escasas y de cuanto hacía que no nos veíamos. De repente, le dije que  lo llamaría Jota en vez de Julito, pues había cambiado y necesitaba con urgencia respetar más a la gente. Me dijo que no lo embromara y se rió.  Entonces le contesté que me dirigía a él sin nombrarlo, si le molestaba lo de su nuevo nombre. Al fin me preguntó por Poo. Le conté que no lo veía como antes, pero que trabajaba para él. Nos despedimos y después supe que Jota seguía sirviendo a Poo una vez a la semana.

   En aquellos días Poo ideó otra nueva variante para el negocio. No lo consultó conmigo y no le di mi opinión. Una vez por semana habría cenas y yo debía actuar de dueño  de casa, cocinero y experto en vinos, además de otras cuestiones que surgirían y que yo debía improvisar lo mejor que pudiera. Empleó a un cocinero que preparaba la cena y seleccionaba la bebida; después yo servía la mesa como si fuera creación mía. Siempre aparecían caracteres de tipos ricos, y famosos, con mujeres nuevas o muchachitos alargados, casi siempre de ojos verdes o azules. Yo los asombraba a la llegada sirviéndoles bebidas de nombres y sabores exóticos que nunca habían degustado. Luego les hablaba de los viajes geniales que hice y de las bebidas que se toman antes de cenar en ciudades remotas y realmente extraordinarias. Lo mismo ocurría con las comidas. Estaban hechas de huevos de golondrinas de tres días, oriundos de los acantilados de Escocia, o de la costa norte de Australia, o de alas de pichones de perdiz africana moteada criados en Madagascar. Y cosas así. Algo después se largaba la carrera de la autosatisfacción. Alguien había comprado por una fortuna un auto impresionante que marcaba un hito en la historia de la humanidad: podía pasar en tres segundos de su condición estática a condición de bólido inclasificable. Otro amigo, bueno, justamente había almorzado con el presidente el otro día. El siguiente había recibido un premio del gobierno por su genialidad plástica  y, de paso, el ofrecimiento de una embajada en Europa. Y la de al lado, tal vez, salía hacia el Japón dentro de unas horas a comprar aletas de tiburón para engrosar una buena sopa el cumpleaños de su hijo que, dicho sea de paso, se estaba manifestando cada día más como un verdadero genio, cosa que la tenía totalmente loca, y no lo podía creer (todo esto seguido de una alargada risita de disculpa). De pronto, yo, con precisión, debía caer y volcarme en la cara una fuente de crema caliente, o hacer que me explotara en la nariz una botella de vino espumante, o una fuente de espaguetis. Debía hacerlo cuando estaba superando a todos -con una sonrisita de disculpa- en posesiones o conquistas o viajes. El corte sorpresivo y fatal a mis hazañas les producía una impresión insuperable. Cuando yo estaba en el suelo, o directamente despatarrado en el fondo del canal ridiculizado por la sopa crema en el frac, entraba Poo, también de frac, con un pequeño chino  vestido de carbonero. En el clímax de esa escena, Poo hacía una seña despectiva y diplomática (imitando a un director de orquesta) y el chino me arrastraba por los pies hasta el canal y, lanzando un grito espantoso, me tiraba brutalmente hasta hacerme desaparecer de la vista de los invitados. Los efectos, bien coordinados y con una actuación seria y natural, producían una impresión fulminante. Sobrevenía un silencio de muerte en la sala, hasta que Poo declaraba algo con autoridad y maduro aplomo, y todos seguían masticando con energía, entre sarcásticas sonrisitas satisfechas. Después se sentirían aún mejor y contándolo podrían desgañitarse de risa del imbécil. Mientras tanto, me quedaba muy quieto en el extremo del canal, hasta que todos se retiraban a las dos o tres de la mañana. Poo los despedía en la puerta, uno a uno, y les preguntaba con una inclinación si habían quedado “plenamente” satisfechos.

   Durante estas incómodas esperas siempre me auxiliaba la imagen del hombre que se detenía a los pies de mi cama. También en el canal se paraba a mis pies hasta que yo le hacía una señal y él se acuclillaba cerca de mi y hacía figuras en el piso de tierra con un dedo. Yo tenía ganas de hablarle y preguntarle en un cuchicheo qué hacía allí a esa hora y por qué no venía últimamente cuando yo estaba solo y tranquilo en la piecita del fondo. Pero él no podía hablar ni hacer ruido, y tampoco creo que me fuera a contestar. Alguna vez extendí mi mano para tocarlo al verlo brillante en la penumbra del canal; mi mano lo atravesaba y él levantaba la cabeza suavemente y me miraba a los ojos con cierto reproche hasta que yo desistía. Si no fuera por él, creo que no hubiera soportado estar tirado allí oliendo a pescado frito y oyendo las risitas y destilerias de los comensales.

    Por ese tiempo empecé a darme cuenta de que mi resistencia interior expresaba mi necesidad de cambiar nuevamente mi vida. No había un juicio o un prejuicio dentro de mí, sino esa nueva necesidad.

   En la última cena, creo que intervino la imagen obligándome a algo drástico de una manera que me contrarió mucho. Aquella noche la imagen había aparecido entre los invitados, y les examinaba la cara muy de cerca,  como si buscara vellos indecentes o si tratara de ver a través de los maquillajes las verrugas y bigotes de las mujeres. No di importancia a su presencia, y cumplí mi trabajo con eficacia haciéndome el tonto. De pronto, mientras explicaba y servía, volqué una fuente entera de sopa de mariscos de Java sobre la  cabeza  del invitado principal, que era un famoso embajador y poeta que hablaba dieciocho idiomas y veintidós dialectos y que había aprovechado la cena para reflexionar sobre su vida y recitar sus poemas en varios idiomas. Hasta allí, todos estábamos maravillados con su personalidad y su voz potente y expresiva. El embajador pesaba más de cien kilos,  pero dio un salto ágil y al caer golpeó la silla y la desarticuló en un periquete. El cuerpo cayó hacia atrás, se dio  vuelta y, como una bola de sebo,  rodó estruendosamente hacia dentro del canal. Por suerte cayó donde yo caía siempre. Había allí una colchoneta esperando y al desdichado no le pasó nada. Al instante, saltó Poo de entre el cortinado, y a su lado el chino con una inmensa pala en la mano. Sin más, los tres nos pusimos a tirar al embajador hacia arriba. Al fin, el chino trajo una escalerita y el hombre pudo subir tirado sólo por Poo, que se deshilachaba la ropa para compensar en algo el accidente. Poo se abrazó al hombre y fingió que lloraba mientras se fregaba contra el cuerpo sucio de sopa. Cuando se separó del cuerpo, resoplaba colorado y me miró de una manera siniestra, dio un respingo bien estudiado y se observó el frac. Entonces todos se rieron y hubo una distensión, a mi entender, favorable. Yo no sabía qué hacer, paralizado, hasta que el chino, totalmente inspirado,  me dio un palazo en las nalgas y lanzó el terrible grito. Caí con estrépito sobre una mesita que sostenía un lechón asado. Me deslicé hacia el suelo arrastrando el mantel, y el lechón saltó sobre mí, tapándome la cara. No pude sacarme el lechón de encima y lancé unos quejidos de sufrimiento hasta que sentí que alguien me arrastraba por los pies. Al fin me dieron unos zapatazos y me arranqué el lechón de la cara con bastante dificultad. Ya estábamos en la cocina y el chino me miraba con una expresión violenta que me perturbó más aún. Preparamos nuevamente el lechón sobre otra fuente, sustituimos las zanahorias por rábanos y le agregamos unas remolachas y unos pepinos, lo rocié con abundante mayonesa para disimular la tierra adherida, y de nuevo el animal marchó a la mesa con una aspecto impecable y ricamente colorido. Después me retiré  a mi cuarto y esperé en el catre hasta que todos se fueron, y se me pasó el dolor de cabeza. La imagen apareció por un instante y al mirarle los ojos sospeché que, de alguna manera invisible, había causado el papelón. Tal vez, todo era para mi bien, pero no lo sentí en el momento y cerré los ojos para no verlo más y reprimir unos lagrimones. Cuando todo se silenció en la casa, volví al comedor y me puse a limpiar el salón.  Apareció Poo y me miró un rato sin decirme nada. Seguí con el trabajo y más tarde sentí que se fue sin saludarme. Al ir a limpiar el colchoncito y el canal, donde había caído el embajador, vi que había excrementos. Busqué la pala del chino y los retiré fácilmente porque no parecían humanos, sino comida para perros excretada en bolitas secas e higiénicas. Por último,  me bañe con agua caliente y mucho jabón.

   Presentí que tras aquel accidente tal vez Poo resolviera darme otras tareas, o echarme sin dilaciones. No creería, naturalmente, que yo  había empujado la sopera sobre el pelo blanco del hombre. Cambiar la mala impresión del cliente solo se lograría con mi muerte sangrienta frente al mismo embajador. La cabriola del lechón sobre mi cara, el palazo recibido, y mi salida vergonzosa de la sala no compensaban el papelón frente a la concurrencia. Esa clase de clientes con vinculaciones internacionales no se podían perder así nomás. Y yo estaba cansado. Por eso, cuando Poo volvió a conversar, unos días después, yo estaba preparado a presentarle mi renuncia.  Entonces me sorprendió que hablara de Jota y que éste me veía seguido con los pordioseros de la iglesia. Como yo no podía seguir así, debía definirme por una clase de conducta. Allí tenía un puesto respetable, un buen sueldo y otras ventajas, además de poder vincularme con la gente que tenía las llaves que importaban. Era un juego verdadero en las ligas mayores. Lo demás dependía de mi habilidad para subir los escalones hacia donde todos miraban. Pero dicho lugar no era donde mendigaban los perdedores, me dijo. "Si te pispan allí, se derrumban los negocios." Le dije que comprendía y que no sabía lo que me pasaba. Me dijo que tenía tiempo para pensarlo. Pero ésta ya no era una relación de buenos amigos, como antes. En ese momento, no era el buen Poo. Era otra persona.

   Por ese entonces empecé a frecuentar una iglesia budista, e ignoro si esperaba que invirtiera el azar. También me sentaba a mirar a la gente y me relacioné con una mujer que había perdido el marido en el mar. Me gustaba esa iglesia porque no tenía imágenes de ningún tipo que me perturbaran con formas materiales. Al principio, me sentaba en el suelo, sobre un petate, y a veces se me acercaba alguien, me tomaba de un brazo y empezaba a llorar. Yo iba a las nueve de la noche, más o menos, y siempre estaba la misma gente. Un día, al entrar, un hombre viejo me aplicó el tema del abrazo y no me soltó hasta que se acercó una mujer y le dijo algo al oído. El viejo me zarandeó a voluntad un rato más, me tomó un bolsillo de la camisa y me lo arrancó. Luego se fue sacudiéndolo y mirándome con cara risueña. Inquieto, temí que el viejo estuviera loco y me agrediera a la salida. La mujer que me ayudó me dijo que no me preocupara, y luego me pidió para quedarse a mi lado en el suelo.

   Al día siguiente llegué casi a media noche y la mujer estaba sola en el medio de la iglesia, en la penumbra. Extendió una mano sin volverse y supe que me esperaba, o que esperaba algo con mi forma. Me tomó del brazo y me empezó a acariciar la cara y la frente. Sentí vergüenza y le pregunté si mi rostro le resultaba muy raro. Me observó un rato y me mostró una fotografia que apretaba en la mano. Vi a un hombre rubio con una trompa gruesa y pulposa. Me sorprendí y por instinto me toqué la nariz, y la abracé como si tomara un vaso, y le toqué la cara a la mujer con la punta. La mujer se rió humildemente y dijo que aquel había sido su marido. No retiró la cara ante la caricia y yo fui perdiendo el temor. Nos quedamos allí hasta el amanecer tomados de la mano, observando el humo de los inciensos. Después, una ráfaga de viento abrió un ventanal y apagó unas velas que iluminaban tenuemente el salón. La mujer me tiró de la mano y fuimos hasta su casa. Me contó en el camino  que su marido era un marinero que se había perdido. Y ella soñaba todas las  noches, luego de orar en la iglesia, que él volvía y seguía dándole vida intensa y viril, haciéndola llorar de tanto amor. Empezaba a clarear cuando dejé el parloteo en la puerta de su casa.

   Durante una semana visité otras iglesia y llevé sobras de comida a algunos cirujas conocidos. Cuando estaba acuclillado entre ellos, pensaba en mi trabajo y en mis andanzas, y también en la mujer. Hasta que quise volver a verla, pues me pareció que algo en ella me llamaba. Fui a medianoche y ella estaba en el centro de la iglesia. Alrededor había algunas personas arrodilladas, alejadas unas de otras. Me acerqué y ella no se dio vuelta, pero me tomó la mano con los ojos cerrados. "Una presencia me dijo que vendrías -dijo-, ¿no lo creerías, eh?" No le contesté, pero tomé mi nariz como si fuera un lápiz monstruoso, y le fregué con la punta la mejilla, que olía a perfume de jabón costoso. Giró la cabeza para mirarme y me preguntó mi edad. Luego se puso a estirarme la frente con las dos manos. "Mi marido, dijo, tenía la frente más amplia." Miré hacia otro lado y estuve a punto de levantarme y dejarla. Ella lo notó, me tomó la nariz con toda la mano y me atrajo hacia su cara. "Pero tú tienes una mejor", dijo y se rió. Su risa cristalina golpeó contra las paredes y volvió e hizo brillar su mirada y sus perfectos dientes. Una persona se dio vuelta para castigarnos con la mirada, y nos callamos. Le miré el perfil y vi pequeños poros en su piel limpia y tersa. Me pregunté si sería difícil luchar contra los recuerdos de un muerto paciente y gentil.

   Después del accidente del embajador y de la aparición de la mujer, las ruedas de mi vida fueron buscando otra dirección. Cuando Poo me dijo que había encontrado a una persona que se encargaría de todo, me alegré. La persona nueva era Jota y no me sorprendió. En  pocos días lo amaestré en todos los trucos que habíamos ideado. Hasta le comenté sobre la importancia del estilo. Además, vi que se iba a destacar más que yo, aunque no en mi estilo, diría, clásico. Le pregunté por qué no había venido Eme y me dijo que Eme prefería seguir como antes. No quería complicaciones. No tenía ambiciones ni quería ser famoso; tenía vergüenza de su cara y se ponía rojo cuando mucha gente lo miraba. No era como él, el hombre del destino.

   Una noche, después de estar en la iglesia, la mujer me invitó a  conocer su casa. Antes, había llegado sólo a su puerta. Dudé porque no me sentía capacitado para competir con la fuerza del marinero perdido. Pero sentí una curiosidad compulsiva por su cuerpo fuerte, siempre cubierto de negro pero sugestivo. Acepté y al fin nos acostamos en su cama para conocer la casa cómodamente. Frente a la cama, en la pared, estaba la fotografía del marinero junto a ella, vestida de novia blanca en una iglesia. Ella me agarró la nariz y dijo que ahora podía ver mejor la diferencia entre nosotros. A mi, esto me cayó mal. No nos habíamos sacado ni los zapatos. Simplemente nos habíamos tirado sobre la cama porque no había ninguna silla a mano y estábamos cansados de caminar. Cerré los ojos para evitar la mirada penetrante del marinero. Entonces ella se levantó riéndose y, sacándose la pollera negra, la colgó sobre la foto. Cerré los ojos y se acercó a mí por el otro lado. Se sentó en el borde de la cama, tocando mi cuerpo, y me volvió a tomar la nariz con toda la mano, como si fuera a ordeñarla. Le gustaba tomarla así, pensé. "Qué tonto", dijo y se rió besándome la punta de la nariz. La aparté un poco y entonces vi a los pies de la cama la imagen del taparrabo que nos miraba atentamente. No le dije nada a ella, pues por un instante creí que ella también lo veía, ya que iba a una iglesia y parecía igual que yo, o por lo menos era de carne como yo. Pero, no tardé en percibir que no veía la imagen. Me besó nuevamente y me acarició los ojos, y me quede quieto sin saber qué hacer. Miraba al hombre del taparrabo y éste no me quitaba la mirada con una insistencia intolerable. Me puse nervioso y molesto, me levanté de golpe y abrí la puerta. Le dije que la vería después, en la iglesia.

   Luego de unos días, volví a la iglesia a la una de la mañana. No deseaba ver a nadie más que a ella. Había estado con los mendigos desde el atardecer y tuve que aceptar algunas monedas para poder mantenerme con ellos. Si no aceptaba el dinero y se los daba a ellos, no podía visitarlos, y esta condición me deprimió. Me fui a mi casa y me bañé con mucho jabón. Luego entré a la iglesia con la esperanza de que ella me animara y me diera alguna fuerza para seguir desplazándome por ahí. La forma en que la mujer me podía ayudar era desconocida. Eran mis ilusiones las que borraban mi tristeza, y yo no las iba a reprimir. Cuando la vi sola en medio de la amplia y silenciosa sala, esas ilusiones empezaron a moverse. Antes habían querido moverse, pero yo no las dejé hacerlo porque son muy animosas, totalmente ciegas, y como globos de jabón se revientan en lo que tocan. Ahora me podían hacer feliz por unos momentos o días y no estaba mal. Ella se echó en la esterilla y me tocó la cara con las manos húmedas. Después me tomó la cabeza con las dos manos y refregó su nariz contra la mía. Su respiración anhelante, cálida, me excitó y empecé a olvidar el resto de la existencia que nos rodeaba. Al rato me dijo que había soñado que el marido volvía en otro cuerpo para hacerla llorar de amor intensamente. "Tal vez soy yo el cuerpo" -dije. Me besó en los ojos y dio un gemido. La acompañé a su casa y le conté que debía irme de donde vivía y trabajaba, y que tampoco volvería a vivir con mi hermano. Ella no dijo nada, pero al llegar a su puerta sacó de su ropa una llave y me la metió en un bolsillo. Quise impedirlo, pero me tapó la boca con una mano, apretándome el bolsillo con la otra. Me dijo algo horroroso: "Si no eres tú, será otro; no importa quién. Y tú no quieres que me tome el mal, pues no tienes avidez por nada." Me quedé pensando en estas palabras y la puerta la guardó en silencio. Pero yo no había vivido demasiado y en ese momento no entendí el sentido de estas palabras.

   Aún me quedé unas semanas más en la piecita del fondo del negocio y continuamente oía a Jota en sus tareas. Yo comía los restos de los banquetes, que entonces se hacían dos o tres veces por semana. Al atardecer me entristecía, no sabía qué hacer, no tenía sueño, y salía a visitar a los pordioseros. Un día iba a una iglesia, otro día a otra. Me empezaron a conocer y todos me hacían un lugarcito. Lo aceptaba con gusto porque no veía nada mejor para mí. Al rato me empezaban a tirar limosnas y yo debía guardarlas algo avergonzado y después repartirlas entre los mendigos. Al principio aclaré mi lugar allí como visitante, y me emocionó ver las protestas de todos. Aunque seguidamente oí las risitas burlonas. No tuve más remedio que aceptar lo que daban. Durante los primeros días no conté el dinero, pero cuando se me terminaron los ahorros me rendí y me empecé a quedar con algo. Creo que a la semana de esta aceptación se me presentó la imagen del hombre del taparrabos y me dio a entender que debía dejar la piecita del negocio. El se desplazaba de un lado a otro nervioso, como si no soportara más aquel antro, y su imagen fuera y viniera movida por el mar.

   De repente, un día que caminaba sin rumbo por calles oscuras, resolví volver a la iglesia, a media noche, a buscarla. En el camino tuve un presentimiento fuertísimo de que era demasiado tarde, aunque tenía su llave aún. Para dármela debió sentir algo auténtico, y no se me ocurrió que podía ser algo pasajero y urgente. No era necesario que estuviera enamorada, pero habían pasado varios días y me sentí anhelante e inseguro. Me entristecí al no encontrarla y la esperé tirado en un petate hasta la madrugada, sospechando que no iba a aparecer, temiendo terriblemente que se me hubiera escurrido como arena entre los dedos.

   La noche siguiente volví a la iglesia y tampoco la encontré. Pensé en sus últimas palabras y sentí un temor desagradable sumado a una extraña y triste falta de confianza. Regresé a la piecita, levanté la valija que ya estaba preparada, y salí sin mirar atrás ni escuchar los ruidos de los cubiertos y el golpear de los platos del banquete de esa noche. Me dirigí hacia su casa apurado y nervioso sintiendo el peso de la valija, y llegué como a las tres de la mañana. Esperaba que nadie me viera y subí sigilosamente. Todo estaba oscuro y silencioso. Metí la llave y entré sin el menor ruido. Pretendía, engañándome, darle una sorpresa agradable cuando despertara. Oí su respiración pesada y estuve un instante dudando, hasta que resolví sentarme a esperar que amaneciera. Como no veía nada, me acomodé en un rincón, sentado sobre la valija. Dormité oyendo el ritmo de la respiración, mirando por momentos el bulto negro sobre la cama en la penumbra. De repente, no del todo despierto, oí los resortes de la cama, leves gemidos, y unas palabras entrecortadas. Sin poder contenerme, me levanté aterrado, la luz del amanecer me golpeó la cara y caí hacia atrás. Se irguieron, asustados. Oí su voz desesperada. "¿Quién es? -gritó- Por Dios, ¿Quién es?" Oí esto tirado como un fardo sobre la valija y el suelo, sin poder reaccionar normalmente o pensar algo que resolviera mi situación. Me sacudió un escalofrío y  se me entumecíeron los nervios a la vez que mi corazón latía sin fuerzas, sin la menor voluntad de vivir. Creo que al sentir esto me cubrió un sudor helado y me desvanecí.

    No sé cuánto tiempo después sentí un paño húmedo en la frente; abrí los ojos y la vi mirándome con los ojos asustados. Erguí la cabeza, pero no lo vi. Quise levantarme y desaparecer. Me venían horribles náuseas y evitaba mirarla a la cara. Y en eso vi que la imagen del hombre del taparrabo se formaba a mi lado y extendía una mano para tocarme la frente. Lo miré avergonzado y él se acuclilló a mi lado y me sonrió levemente. Nunca antes lo vi tan  dispuesto y creí recibir un alivio, perdonado, como si hubiera estado atravesado por un hierro y de repente me viera librado de él y de todo, incluso de la noción de toda la existencia. La totalidad de las vicisitudes de mi vida quedaron sin peso o importancia y pude mirarla a los ojos sin rencor. Traté de sonreírle para expresar la pena que sentía por mi imperdonable  estupidez. Ella me dijo: "Tonto, te lo advertí." Moviendo la cabeza me saqué de la frente el paño húmedo, sin contestarle nada. Su cara tenía un rictus de dolor ahora, como si algo se hubiera estropeado sin remedio y oliera muy mal. Me levanté sin marearme y ella me ofreció un café. "Había venido a completar tu sueño" -le dije, como una broma falsa. Me reí mirando la imagen que me observaba con atención. "Si conocieras más a las mujeres –me contestó-, esto no hubiera pasado." No podíamos cambiar la naturaleza de las cosas, y las cosas no tenían la culpa si la gente  estallaba  al no tomarlas como eran. Cerré mis oídos y vi que atropellaba a la imagen, que me seguía de cerca, interponiéndose frente a la mujer. Sonreía socarronamente, distrayéndome de las palabras de ella, y ésta, aun en aquel momento a través de la imagen, parecía no menos dulce y amable. Pero todos los sentimientos quedaron encerrados en mi. "¿Y tu amigo?", le pregunté. "Se fue", me contestó con un gesto vago que quiso dar de baja de inmediato mi recuerdo. Como para enfatizar sus palabras, tiró de la sábana, que cubría su fotografía de casamiento, hizo una bola con ella y la lanzó encima de la cama. Tenía el aire de quien le da muy poca importancia a ciertas cosas. Hubo un largo silencio y después se fue a hacer café. Le dije que antes de irme quería estar quieto un rato allí, pues no me sentía bien. Me contestó que me quedara el tiempo que quisiera. Me miraba fijamente a los ojos, enfrentándome y casi pidiéndome algo excepcional que no quise entender. Luego se vistió y antes de salir a trabajar me besó en la boca suavemente. Apoyado de costado sobre mi valija, me quedé confundido por la naturaleza  de las personas, y, a mi pesar, se me escaparon unas intenciones lacrimosas.

   La imagen del hombre seguía a mi lado y me sentí borroso como su manifestación. Me desentendí de todo y dormí recostado en la pared. Estaba tremendamente cansado y sentía que la sangre fluía perezosa por mis venas. Me desperté de tarde y estuve observando y palpando el dormitorio, la cocinita, el baño, y la tristeza del atardecer se acentuó.  Todo era pobre y prolijo. No había polvo en ningún lado y el baño olía a jabones. Sentí una lástima horrible, sin buscarle explicaciones. Me lavé las manos y me puse a mirar la cara del marinero de la foto de casamiento. Tenía la nariz en forma de trompa, sí, más parecida a la de un cerdo, pero era muy distinto a mí en lo demás. Al fin, levanté la valija y, al abrir la puerta para irme, me choqué con ella. No vestía de negro, como cuando iba a la iglesia, sino de rojo. Tenía algo de tristeza en los ojos y me abrumó. Me preguntó si me iba y por qué no me quedaba. Le dije que no lo sabía, ya que todo ahora no era como antes y nada lo podría cambiar jamás. A la vez, temí por estas palabras. "En todo caso, daré una vuelta por ahí", agregué. “Esta noche iré a la iglesia”, me dijo.

   Anduve hasta tarde por sitios cercanos a la iglesia, pero no pude entrar para verla arrodillada orando o meditando. Esperé hasta que la vi volver por las calles oscuras, y le hablé. Le dije directamente que no tenía adónde ir, ni dinero para una pensión. Ella me quiso tomar del brazo, pero le aparté la mano. Estaba bien así, si me permitía quedarme unos días en su casa; después conseguiría adónde irme. Me preguntó por qué no había ido a la iglesia como antes. "Es terrible que seamos distintos -le contesté-. Y que vayamos a un mismo lugar no nos iguala." "No me perdonarás jamás", me dijo. Y caminamos sin hablar. En su casa, me senté en un rincón, sobre la valija, y ella me alcanzó una frazada. Después me trajo té y un pedazo de  pan con fiambre. Antes de acostarse, se sentó en la cama y me miró comer. "No significa nada -dijo, de repente, en voz baja-. Me habló esa noche. Unas tonterías. No lo vas a creer, pero no sé como se llama." Luego se acostó lentamente y se acomodó de costado a mirar una pared. Muy tarde apagó la luz.

   Al día siguiente me puse a escribir todo la historieta mientras ella estaba en el trabajo.

   A veces levanto la cabeza y veo la imagen del taparrabo, que me mira con atención, fíjamente. Ha empezado a traer en la mano un tamiz pequeño y bonito con el borde de arabescos. A veces me lo levanta y mueve, sin que yo pueda comprender qué significa. Veo una dulce simpatía en sus gestos tranquilos, y he intentado hablarle nuevamente, pero, apenas abro la boca, él desaparece extendiendo una mano con el tamiz hacia mí. Supongo que piensa que mientras me acompañe me salvará de mi mismo, antes de que mis prejuicios acaben con todas las idas y venidas.

   Durante algunas  noches me siento con mis únicos amigos ahora, y he recibido limosnas sin contemplaciones. Compro la comida para no recargar a la mujer. Y he pensado qué hacer en el futuro, sin encontrar ningún rumbo aceptable.

   La mujer me ha abierto las sábanas de su cama (“Por comodidad”, dijo.) o a sus pies, en la misma cama, pero percibo que teme algo, tal vez. Le tengo lástima. No quisiera hacerlo por lástima, ni para que pierda el recelo, o alguna forma de culpa o vergüenza inconsciente. Temo, resignado, a que el instrumento del amor (otrora tan ágil para el placer y la lubricada felicidad) ya no me funcione. Es el peor y más terrible cambio.

    A veces, llega temprano del trabajo y me pregunta sobre mi vida o mi familia. Fantaseo un poco para ser gentil, o tomo sendas en conflicto con la verdad verdadera. Luego, como retribución,  intenta contarme su vida y veo que su boca se mueve sin llegar a mi, que estoy concentrado en las cosas más allá de la ventana, anhelando angustiado un mundo distinto, porque el mundo real se quebró como un cristal irremediable. Después, espero, temblando secretamente, a que llegue por sorpresa la imagen del taparrabos y ponga entre nosotros la pesadilla. Presiento que pronto ya no soportaré nada de todo esto y podré demoler la mirada de la mujer, todavía ansiosa de amor o, quizá, cualquier amable cercanía. Quizás entonces la náusea de todas las relaciones de amor se hará soportable. La mujer  acariciará con pericia la desmesurada trompa, integrará en sí el aroma de la retorcida inevitabilidad  humana, y se me abrirá con felicidad, al fin, la dimensión donde las diferencias no existen, donde todo da lo mismo, y nada -pero nada- es afligente, intolerable, o conlleva un abismo terminal.

 

cuento de Tarik Carson

 

 

Ver, además:

 

 

                   

               Tarik Carson en Letras Uruguay

 

 

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