|
Ahora está vacía la casa. El pozo de agua sin la cadena ni el balde de plástico negro. Los altos plátanos vecinos, agregan tristeza a esa soledad, con las ramas peladas y la alfombra marrón de sus hojas caídas. De noche se extraña más, porque el letrero, encima de la puerta, se iluminaba con una lamparilla y uno se guiaba en la oscuridad para bajarse del ómnibus. Como ya no la vemos en su andar, entrando y saliendo, parece que una soledad triste se ha coagulado sobre el lugar.
Durante el día trajinaba, del comercio a la casa y al pozo de agua con las gallinas que dormían en el despacho. Me quedaba más cerca para traer el kerosén y el alcohol para el primus; harina y yerba o fideos. Ahora hay que caminar 15 cuadras. Por eso la extraño. Y la grapa de botella. Su mirada fija y seria cuando decía: ¿qué se sirve? Llenaba la copa y se iba para la cocina. Estallaba el aceite caliente del sartén y llegaba el aroma de la cebolla frita.
Uno tomaba solito en el rincón, entre ese olor agradable de los almacenes, mirando los árboles y hablando del tiempo que hace. Un otoño largo y seco y el comienzo de un invierno húmedo, da para hablar un rato. Llegaba el Pocho arrastrando su pierna y saludando con su voz profunda de trueno y sueño. Y quedaba mirando el techo con sus ojos de nube lejana. Cuando uno mira el techo para ver la arañita que parece señalar, se rasca la nuca sin quitarse la gorra y pregunta si hay alguna novedad.
Doña Blanca, con toda la seriedad que tiene, con sus cachetes traslúcidos que parecen pintados con jugo de tomate, le sirve un vino y se va de nuevo, mostrando un relleno macizo y bien modelado bajo el vestido claro estampado en azul.
Cada vez que el mayorista subía el precio de una cosa dejaba de comprarla porque la ganancia no le alcanzaba. Dejó de fiar. No trajo más querosén.
Los gurises pedigüeños le tienen respeto y Pescuezo fue desterrado por golpearle la puerta a media noche, sin saber a qué. Llegan gurises de pata en el suelo, pantorrillas moradas y mirar medroso. Los acobarda de entrada.
-A qué vienen!
-Cuarto kilo de arroz bueno.
-No hay.
-Veinte pesos de yerba.
-No queda.
-Mamá manda esto. Le estiran un papelito arrugado y al devolverlo dice Blanca:
-Decile que no cobré la pensión.
Y así. Esto era poco antes de cerrar, cuando realmente no había nada.
Amado Canobra
Arca Editorial
|