La visita (año 1976)
Amado Canobra

Estaba por escribir algo gracioso que me sucedió ayer, pero justo cuando estaba pensando como iniciar el cuento, me topo con la mujer de un detenido. La Marta estaba contenta después de tantos meses de zozobras y esperanzas vanas. Y silencio. Al mes golpearon las manos en la portera y al asomarse dos soldados tiraron las ropas del Flaco, sucias de excrementos y orines y se fueron en un camión del Ejército. Primero permitieron escribirle y mandarle tabaco y frazadas. Después de largas golas bajo el frío, donde se hacen más altos los paquetes que apilan los soldados, y también más largas las colas de los familiares, llega el permiso para verse. Ya no era la nebulosa presunción de que se encontraba lejos, en el interior del país, quién sabe dónde.
Y la mujer del preso se acicala en un rincón de la oficina. Se ha puesto un buzo rojo, el mismo que llevaba cuando el Flaco se bajó de la bicicleta y le dijo ¿me permite una palabra? Y ella contestó que ya la había tomado y que era un atrevido al hablarle en la calle sin que le diera motivos. El se sacó el palillo que le apretaba el bajo del pantalón y contestó creo que a usted le pasa lo mismo que a mí. Flor de caradura el Flaco. A ella le gustó por eso y porque tenía una mirada triste de muchacho huérfano. Más tarde descubrió que esa tristeza que parecía hija del color del mundo era porque la leche le pateaba el hígado. Después que se casaron se pelearon dos por tres debido a la costumbre del Flaco de usar pantalones de fútbol como calzoncillos, hábito que adquirió cuando trabajó en las barracas de lana. No le sacó la costumbre. Y después el Flaco se compró una motoneta y hacían paseos a La Barra y hasta Piriápolis. Iban a besarse y tomar mate y llenarse de bichos colorados y volver corriéndole carreras a los colachatas en la carretera que se reían de ellos y les hacían con la mano. Y armaban ilusiones de tener una casita frente al mar para descansar en atardeceres rojizos, cuando el océano queda blanquecino. Y después vender la moto y comprar un autito color crema. Pero dejaron de hacerse ilusiones cuando se les fundió el motor y no pudieron ir ni a la esquina y vinieron tiempos revueltos y se llevaron al Flaco una madrugada, en que diez tipos rompieron todo a patadas y robaron lo que era de valor.
Entre las manos de Marta el espejo va y viene, girando en torno a su cabecita. Los ojos llenos de claridad alegre se oscurecen de pronto por una evidente pena. Cuando llega la hora sale apurada, temerosa de llegar tarde. Pero siempre es temprano en ese lugar donde nadie tiene apuro y el tiempo se arrastra como una babosa. De pronto oye su nombre y enrejado de alambre por medio, se encuentra como en un sueño con el Flaco. Quieren contarse en un minuto ochocientas mil cosas de la casa y los nenes. Había apuntado las preguntas que iban a hacerse y no pudieron. Hasta iba a decir que el perro se sienta a esperarlo todas las tardes. Otra vez le arrancaron ese pedazo de cariño y vuelve cansada, con los ojos llorosos y la pintura chorreada en su cara de payaso triste.
Iba a escribir algo gracioso pero sucedió esto. Disculpen.

Amado Canobra
Arca Editorial

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