Un viaje en carro
Amado Canobra

Íbamos tres mujeres, el japonés Techera y yo. En carro. Resulta que Techera invitó a las gallegas a dar una vuelta. Por no ir solo me llamó a mí; parece que la más grande, aquella que fundió al panadero, anda con miedo que la vean sola y acompañada. Se habla que el tipo dijo que la última bala iba a ser para ella. El japonés se acomodó en el pescante, con las dos, y en la culata, con los pies colgando, nos sentamos, la grande y yo. Medio apretados, porque ella es muy gorda y la caja del carro un poco estrecha. Íbamos de lo más lindo, mirando para atrás, cuando al dar vuelta por Las Cadenas, unos vivillos que estaban sentados en el cordón de la vereda, fumando, empezaron a gritar: ¡Hopa huijaja! Me hice el desentendido y seguí escuchando a la Grande, que se cubrió las rodillas con la pollera. Me venía contando que de ella se decía lo que no tiene nombre, que si ella se había separado del gallego era porque estaba fundido y no por otra cosa y que la plata de la panadería te la debo. Entonces me quise arreglar por la cuestión casorio que a mi me pica que está forrada, aunque el japonés crea que no. Ella, medio en risa me dijo que no quería saber nada con hombres, que lo que le había pasado le bastaba y ahora está dedicada a la más chica que quiere casarla bien, que el atorrante del marido se le fue con los muebles y la dejó de mano extendida.
Cruzábamos los rancheríos de La Paloma. En una esquina, un grupo de guarangos, que nunca faltan, nos gritaron:
-¡Juera bichos!
No contesté porque lo decían por las mujeres. No era cosa de hacerse masacrar por lujo. El japonés se acordó de la caña que traía. Las mujeres habían comprado pan y empezamos a comer pan y caña. A la grande le había dado por tomar agarrándose de mí, porque si no, del traqueteo, volcaba. Ibamos lindo nomás, cuando nos enfrentamos a un camión. Las gallegas entraron por atemorizarse y gritar en qué lío nos metimos y en pedir para bajarse. El camión se había parado y por la cabina asomaba la cabeza pelada de don Pancho. La Grande se descolgó y me dijo, a modo de despedida:
-Quedate tranquilo es el hermano del Finado...
Cuando arrancó el camión, nos hicieron con las manitos. Durante un rato quedamos sin saber qué hacer, en medio del camino. De repente, el japonés me convidó para tomar mate, en una isla de eucalitos, que se veían cerca. Entre unas chilcas hicimos fuego. Estábamos en otoño y el paisaje trasmitía a nuestros sentidos, una dulce calma. Nos tomamos la caña, sin pesares, porque como dijo el japonés, las mujeres son pan de hoy y hambre de mañana. Arrancamos de vuelta. Solos y contentos. A las parejas, hombres y mujeres, que encontrábamos por el camino le gritábamos ocurrencias inofensivas. En la esquina donde nos relajaron había solo un tipo, recostado. Nos paramos y todo, para ver si nos decía algo. Empezamos a desafiar, que no fueran maulas, pero una pedrada que nos largaron, le pegó a la yegua, que arrancó de golpe y casi nos tira.
Volvíamos lindo, sin esa atadura que son las mujeres, piropeando a grito pelado con lo que halláramos en el camino. Sin respeto. A un guardia civil solitario, Techera le gritó, de pasada:
-¡Vos, milico chorro, te la dejé paga!
El botón corrió a buscar la bicicleta. Se dio en perseguirnos. Las patas de la yegua sacaban chispas del hormigón. El agente venía cabeza gacha y metiendo pedal. Desde el carro yo le hacía la pantomima de que venía sobre un caballo, a rienda corta y castigando... No sé que le pasó, que bajó de la bicicleta y se puso a revisarla. Lo perdimos de vista. Al fin llegamos, sanos y salvos. Paramos frente a la Cantina y bajamos a lamer unas cañas y jugar un casincito, para despuntar el vicio.
El crepúsculo teñía de rojo, unas nubes que semejaban pinceladas dispersas contra el cielo claro...

Amado Canobra
Arca Editorial

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