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Trampa de agua |
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Retumba el trueno, a lo lejos, y el aire se hace denso y caliente. -Viejo, se viene el agua. La mujer lo dice como si hubiera hecho un descubrimiento extraordinario. ROBERTO S.A. como consta en la espalda del mameluco de trabajo, apenas saca la cabeza del pozo que está abriendo frente al portoncito de salida y escupe sobre los terrones. Está abocado a terminar el pozo negro porque la Nena cumple quince el año que viene y si tiene novio hoy o mañana y pregunta, no lo van a mandar a los tártagos. Además quiere cambiar de lugar la portera y hacer el camino de cemento.
Un relámpago que parece un latigazo precede al trueno que va rodando hacia el mar. Sosa sale de mala gana, limpia de greda la pala y se cambia de alpargatas para que la mujer no lo rezongue. Cuando llueve los rezonga a él y al perro. Y le revienta que siempre tenga razón. Por eso, con las primeras gotas entre en la casa. La lluvia se descarga de pronto sobre el techo de la casilla y se generaliza en forma torrencial. La mujer busca el impermeable en el ropero. No está. Vuelve a la cocina y se quema con el mango del sartén de aluminio. Un gesto le tajea la cara. Eso no es nada: Sosa entra muy campante, dejando la marca de las zapatillas embarradas, en el caminero de plástico. Ahora uno se da cuenta que todo empezó cuando ella dijo, con dulzura provocativa: ¡pero mi viejo...! Siguieron otros pormenores que sería para largo y no agregarían nada al conocimiento que ustedes tienen de este matrimonio con 16 años de antigüedad. Sosa busca el impermeable y no lo encuentra, entre el silencio espectante de la respetada. Todos los hombres sabemos que los impermeables están destinados a ser olvidados en el boliche, uno de tantos, que los exhibe con sus rajaduras y manchas por un tiempo y después lo archiva en el techo de la casilla del perro. La señora le dijo, dulcemente, que pasaba lo de siempre. Sosa dijo que no comía, se iba al trabajo y chau. La mujer le aconsejó que se pusiera un pedazo de nailon por arriba, que se iba a mojar. Sosa dio el portazo, pero no cerró porque el pestillo no funciona. Tampoco se acordó que oculta por el mar de lluvia estaba la boca del pozo. Cuando la señora miró por el vidrio, estaba escupiendo agua sucia. La mujer le había dicho: primero cambiá la portera y después hacé el pozo. Para evitar reproches, sale a la calle como un perro mojado, con la ropa adherida al cuero y el nombre Roberto S.A. embarrado y tenso. |
Amado Canobra
Arca Editorial
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