|
En los adoquines de la calle portuaria, hay reflejos de luces. Por la puerta del café salen risas chillonas. Dos por tres, cuando alguien pasa por la vereda, se asoma a la puerta una mujer renga, que tiene un gorro de plástico y repite como cotorra.
-¡Güenas, adelante, Ave María Purísima!
Arriba, en el letrero iluminado que anuncia el café, está escrito, en los respectivos idiomas:
Se habla inglés, se habla francés.
De repente se siente un ruido de sillas que caen. Hay lío. Entonces, sobre el teclado del viejo piano, aletean furiosas las manos de Pichón, rajando el aire con El Entrerriano. Asomó las narices. Toscano saca a prepo a los peleadores. Pichón vuelve su cara peluda y nariguda, como preguntando ¿se acabó? Tenés cancha. Mirá si hubiéramos tomado leche desde el principio. Seríamos famosos. Pero la fiaca nos hizo yugar desde chicos. A buscar el mando, como a estas muchachas de tierra dentro. Tomar leche y estudiar. Y que los viejos nuestros fueran de plata, ¡casi nada! Ahora estaríamos en un restaurante para bacanes. Vos, allá en el palco, rodeado de flores. Serías el Príncipe Pichoné. Tendrías un frac negro y una rosa blanca sobre la peluca. Agradecerías nuestros aplausos con leve caída de ojos. Te sentarías nuevamente, todo pulido, y antes de tocar el opio de una creación tuya, te escarbarías las narices, para no perder la costumbre. Yo en una mesa, de etiqueta y lentes, en compañía de la renga, que llena de collares y joyas, estaría frunciéndose toda, para hacerse la indiferente. Los cronistas dirían: "asistió a la velada el distinguido jurisconsulto Dr. Juan Tarugones y su bella esposa". Y estaríamos llenos de oro, viviendo a lo pashá.
Pero ahí tenés... estamos pasando este sábado pobre, en un café de marineros y minas amargadas, donde la única diversión es tirarse con chapitas de cerveza...
Para un reo manso como yo, sos grande Pichón. Y grande fue el que te puso el apodo: con ese cráneo oval, medio pelado, sos un pichón cualquiera, a medio emplumar.
Imagínate si viniera la Gloria, personificada en la florista chueca y te dijera: Mesié Pichón, de aquí a cien años no estará Toscano detrás del mostrador, ni vos ni el señor (por mí). El piano sí. Hablarán distintas mujeres y distintos marineros borrachos, pero tu nombre será recordado en letras de oro.
¿Vos que harías? Le dirías, como yo, si cuadra: mire doña, con eso no voy a llenar de kerosene el primus, ni voy a comprar el puchero de mañana.
Ya estamos hechos a los barquinazos de andar hoy regular, mañana peor y pasado al garete. Después de todo Pichón ¿esto es un velorio o qué? Tomate una grapita y mandate La Cumparsita, algo glorioso, hermano...
Como la Herminia me mira, la invito gentilmente:
-Escuchad oh Sílfide...
-¡Eso tendrás vos, que yo bien sana ché!
Desde la mesa donde bebe cerveza, la renga le grita a dos marineros coreanos que pasan:
-¡Güenas, adelante, Ave María Purísima!
Amado Canobra
Arca Editorial
|