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El espejo cuenta lo que pasa en la calle, mientras Casio, derrumbado en el sillón, ronca. Un ronquido grueso y tranquilo, como el sonido que hacen los zumbadores de las cometas. Y con los pies encima del cajoncito.
A un costado del localcito de chapas de amianto, la salivadera de tipo hospitalario. Una tabla con clavos sirve de perchero y adorna una de las paredes; parece un espinazo de pescado. Corta a tijera. Concienzudamente pasa la máquina podando los pelos de las orejas y de la nariz, que en el espejo la veo llena de puntitos negros. Corta a lo antiguo: los modernos te pasan la máquina por toda la cabeza y a otra cosa. Para trabajar niños tiene la delicadeza de hacerlos sentar en el respaldo y pisar en el asiento. Le da una patada al cajoncito y ata al botija con un pedazo y ata al botija con un pedazo de cable de la luz. Hace eso de atarlo desde que se le volvió un gurí y quedó al revés.
Cuando anda despierto habla poco, por ser medio sordo y sintetizar su pensamiento en frases que lo dejan a uno con dolor de cabeza, como si hubiera tomado caña al sol. Colocó un cartel, junto al que proclama que "la cortesía es costumbre de la casa", diciendo para el que está en la cosa: PINTAR UNA PALOMA ES
FÁCIL LO DIFÍCIL ES PINTARLE EL PICO Y HACERLA COMER.
Contra el espejo tiene, fotografiado, un asado de tira. Los ronquidos se acallan y su acara redonda, de pañuelo al cuello, abre los párpados de acordeón. Me gana de mano con un sobrador:
-Desde que entraste te jalbiaba por si venías de vivo...
No digo nada y cuelgo el saco (te lo llena de pelos y talco).
El espejo cuenta quienes pasan por la calle con ese aire misterioso que tiene la gente cuando no sabe que la observan.
Amado Canobra
Arca Editorial
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