La pedrea
Amado Canobra

Cosa más repugnante que Capón Ferreira no he conocido muchos hasta ahora. Es de esos que a fin de año no dejan dormir ni a los perros, con el bochinche que hacen.
Su primer hijo nació en el Hospital y cuando salió la mujer vivió dos días en casa de una vecina porque él se había ido para casa de los padres, en Piedra Sola. Y a los nueve meses y tres días a la mujer le pasó lo mismo, y al volver a su casa se encontró con que había otra. Anduvo a monte un tiempo, hasta que la otra se fue cansada de mantenerlo con sus limpiezas en el Centro. Después encima de eso le vendía la leche a la mujer, mientras tuvo. De la noche a la mañana apareció en el rancho una vieja chiquita de ojos grandes y surcidos, como una muñeca de trapo, que resultó ser la madre y echó a la otra pobre diciendo que ni casada con su hijo era y lo estaba fundiendo con la libreta del almacén. Y eso que está por tener familia. Los del fondo dicen que la quemó con agua caliente y hasta se habla de que un curandero le dio tierra de cementerio para que no volviera más.
A pesar de todo la mujer volvía. Con las mechas paradas y las pestañas enmarañadas llegaba todas las mañanas a traer dos litros de leche que sacaba del expendio para sus dos hijos; ahora la abuela los vestía por cuenta de ella, cortando por las rodillas los pantalones del padre, sosteniéndolos por el hombro con una cámara de bicicleta que pedía en el Taller de alonso. De lejos, parece que los gurises andan caminando adentro de un balde. Para poder verlos, la triste chorreada espiaba, escondida entre los transparentes, horas enteras; para oírlos gritar, aunque fuera. Del calor que hacía se abanicaba las piernas con un diario.
Todas las mañanas, la mujer traía religiosamente la leche que cruzaba por entre el alambre tejido y que el trompudo viejo recogía y llevaba para adentro, reboliando las nalgas y silbando.
Hasta que un día la mujer dejó de venir.
Al mes volvió. Golpeó las manos. El tipo apareció. Conversaron un ratito: él colgado del alambre de la portera y ella rascándose las pantorrillas encardidas. De repente se agacha, agarra un cascote y se lo tira con bronca. El dispara para adentro, tapándose la nuca con las manos, mientras la mujer sigue cascoteando las latas del rancho que suena a cuero seco.
Con un pañuelo en la cabeza salió la vieja que parecía una muñeca de trapo, tirándole maldiciones con su voz de corneta. La chorreada disparó calle arriba al tiempo que se golpeaba la boca mientras la suegra le gritaba:
-¡Querés hacer desgraciado a mijo, bandida!

No ví más nada. Tuve que sacar agua del pozo para mojarme la frente (me dio una pedrada y me dejo un huevo).
No se oyó más nada.
Una vecina en cuya casa la esperanzada vivía, dijo que había salido del Pereyra Rossel el otro día: una chancleta.

Amado Canobra
Arca Editorial

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