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El sordo Fedulo salió apurado, golpeando el portoncito de calle. No era para menos: dejaba la canchada de hormigón mojada y debía pedir su nivel a la Viuda, que se lo tenía hacía un mes.
Unas nubes grises perla enfrían el mediodía otoñal acolchonado de hojas marrones. Tachuela, que tomaba mate en la vereda, esperando un candidato para conversar, le gritó si la patrona iba a tener familia, por lo apurado que iba. Le hizo con la mano y siguió viaje. Al llevar a Tomkinson se topó con Eufrades, que iba en carro. Se detuvo para levantarlo diciendo que lo arrimaba, cuando El Sordo le dijo que iba a buscar su nivel. Eufrades preguntó si pensaba hacer el relleno de hormigón solo y al recibir contestación afirmativa declaró que estaba loco y no podía permitir que se rematara, ofreciendo ayudarlo con los muñones si se le caían las manos. Y en eso llegaron. Eufrades le dijo que lo esperara en el boliche mientras entregaba una reja de arado, enfrente. El Sordo entró al boliche. En la puerta se dio vuelta para mirar el carro, intrigado por el comportamiento de una rueda que rengueaba. Saludó y le dijo a la Viuda:
-Doña Otilia, ¿no me daría el nivelcito que le presté?
-Lo tiene el Cacho, con su autorización.
En eso entró el Eufrades, que se ofreció eufórico.
-Te llevo hermano... pa eso estamos. Tomamos algo y salimos.
-¿Ta loco hermano? Haga lo que andaba por hacer. ¿Llevarme al Rincón? ¡Ta loco!
-Aunque sea de rodillas llego con usté. ¿Una grapita doña Otilia? Y sírvale...
Cuando la Viuda cierra suben al carro. El cielo de la tarde está velado por nubes desgarradas. El ómnibus 135 que pasa junto a ellos les hace viento. Es el de las cuatro. El sordo pide que lo deje en la carretera y se vuelva. Eufrades recuerda el viaje quehizo De Los Santos, el soldado de Artigas, para llevar los patacones a Lavalleja, que estaba en cana. Y él, Eufrades Perdomo, nacido en el Departamento de Rocha, no dejará a nadie, jamás, de a pie en una carretera.
Cruzaron el boliche de Delgado.
-¿Le gustaría bajar?
-¡Se me seca la canchada!
No habían andado dos cuadras cuando el eje se quebró en una punta. Deben saber que el carro de Eufrades es un cajón montado sobre un eje de automóvil. Le sacaron el caballo y ahí quedó, levantando al cielo los brazos flacos de las varas.
Una luna rojiza ascendía entre las humedades del horizonte por sobre los plátanos centenarios del parque. Por el camino vienen dos hombres y un caballo, hablando sobre las cosas que pueden pasar y pasan.
-¿Quién aguanta a mi mujer con lo caro que está el porlan?
-Pero pasamos una tarde linda, ¿no es cierto?
La luna parecía una tajada de sandía.
Amado Canobra
Arca Editorial
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