Cosa de chiquilines
Amado Canobra

La madre es una rubia de ojos marrones que, con ésta que ya tiene 13 años, son seis los garrones sucios que dio al barrio Buena Vista. Ricardo, el Grande, ya usa un carrito de mano y junta cosas por cuenta de él. Y uno chico, que trabaja como lazarillo con Pedro el guitarrista. A esta la enfermera le puso de nombre Yaquelin, cuando murió Onassis. Es una gurisita esquelética y barrigona; parece una olla con patas. Ya, siendo chica, se empachó con barro que le hicieron comer los hijos de un cuidador de caballos. Suelen hacer excursiones hasta más allá de Camino de las Tropas, para pelar lo que olvidan distraídos. Salen cinco o seis arrastrando un carrito de mano, tirándose manotones, corriéndose unos a otros, insultándose, barriendo lo que encuentran a su paso.
De esa época viene esto de Yaquelín. Doña Leoncia, la viejecita del rancho colorado, le quebró lo que había diagnosticado como empacho levantando el cuerito del espinazo. Pero la cosa seguía y doña Leoncia, viendo que sus conocimientos no descubrían la causa de la hinchazón, aconsejó a la madre que fuera a ver el médico de la Asistencia. Doña Leoncia estaba por dejar el mate dulce del mediodía, cuando vio por el caminito aquellos dos cuerpos. Les salió al encuentro con nerviosa curiosidad. Sentada sobre una lata la esperó la madre, con Yaquelín, que se rascaba el garrón con la punta de la alpargata, bajo un sol despiadado que arranca bahos calientes al bañado vecino.
-¿Sabe lo qué? Está encinta, la revisaron y todo.
-¿Porqué no va y habla con el Comisario?
-Y... ¿qué denuncia voy a hacer? ¿No ve que son cosas entre chiquilines?

Amado Canobra
Arca Editorial

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