Consecuencia del vino malo
Amado Canobra

El cielo mostraba la hilacha de una luna nueva cuando salía del rancho que Güesito levantó con deshechos de cementerio. Hoy es bravo para hacerse techo con latas de aceite. No todos pueden comprar. ¿Y la madera? Preguntale a un carpintero cuánto vale la pulgada. Tanto que ni te contesta y dice ¡ufa! ¿Dónde se encuentran latas o cajones tirados como en otros tiempos? La basura sirve.
El frío parece coagular el aire. Los pinos estilizados del cementerio son unos friolentos de sobretodo, con las luces de los barrios distantes que se extienden en la hondonada.
Convido al Güesito para entrar en el boliche, cuya luz se derrama hacia la calle. Imagino que habrá dicho sí (no escucharán una sola palabra de su boca; le cuesta). Al entrar doy las buenas noches a tres encardidos de caras coloradas que me miran como si hubiera dicho una palabra prohibida. Un gordo que camina con las piernas abiertas, juega al casín con el viejo rengo que calza chancletas.
El paso del menjunge oscuro deja la garganta endurecida. Pedir otra vuelta es de por sí violento. El gallego se hace el sordo para dar a entender que no le gustan los forasteros. Si uno es porfiado y vuelve a pedir lo mira de manera ofensiva, levantando la nariz arremangada y mostrando unos dientes chiquitos, de pescado.
Así empiezan los líos; después resulta que al otro día te pisó un ómnibus, de madrugada. Son unos tramposos. Detrás de la ventanita abierta en el rincón, aparece los días de pago una linda muchacha, que llama con un dedito y dice si querés algo con ella. No puede salir por ser menor de edad. Pide el pago por adelantado y que pasés por la vuelta, para despistar a don Jesús. (Don Jesús es el gallego que habla como tirando pedradas y ante cualquier insinuación dice que en su casa la decencia es lo primero.) Vas por el otro lado y entrás por una puertita entreabierta. Oís la misma voz que te dice en la oscuridad... pasá... Después que uno tantea y pasa lo que tiene que pasar, encienden la luz y ves una veterana flaca que te mira riéndose con su boca desportillada. Bronqueas en voz alta y todo. En eso levantan la cortina de nailon con rosas granates y aparece un encardido grande como un ropero, que dice significativamente: ¿qué relajo es éste, pasa algo? Instintivamente uno se tapa las vergüenzas, como Eva en el paraíso. Y el esqueleto de pelo amarillo, responde, mimosa: nada papá, nada.
Entonces salís de apuro, prendiéndote el cinturón, por la puerta de umbral verduzco por las escupidas con mate.
Por eso digo: el vino de boliche es malo para las personas de estómago delicado.

Amado Canobra
Arca Editorial

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