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Las mujeres creyeron que guardaba cosas de valor. Siempre habló de una cama con respaldo de oro que comprara durante uno de los viajes que hiciera en un viejo barco alemán después de la guerra. Mientras andaba por el Puerto, al llegar de Capilla Farruco y no poder entrar en la Metro por falta de vacantes y sobra de agregados, le decían El Gaucho, y cuando bajó del barco SS MALONE, con dólares y la fanfarronería de haberse emborrachado en Dakar y comido jamón y bebido la apestosa cerveza negra y caliente en Inglaterra, le llamaban King Kong. Al poco tiempo su mujer lituana del Cerro se hizo Finada y sus dos hijos se casaron con mujeres de cabellos lacios. Siguió con intenciones de hacer vida de soltero, pero quedó en eso, cuando una rubia teñida le afanó una radio japonesa y doscientos dólares que guardaba debajo del colchón. Decía que los franceses se preocupan por la calidad y comodidad de sus camas y que él había adquirido una cama con adornos de oro (dos angelitos llevando rosas) para descansar los viajes y realizar sus amores trashumantes. Y creyeron porque el respaldo brillaba y uno al mirarlo pensaba en el oro puro.
Sus hijos quedaron enconados desde la Navidad en que una de las mujeres dijo: hay algunas que disimulan muy bien (por la otra). Y se armó. Fue cuando el Finado guardó los cuchillos y el vino y dijo: quiero armonía. Y los echó. Pasaron años y supieron que el Viejo estaba internado en el Maciel. Para no encontrarse averiguaban si estaba la otra en la sala. La suficiencia yanqui de King Kong dio paso al Gaucho que volvía a decir bromas con la desfachatez de umentiroso de Capilla Farruco. Y cuando una noche el viento batía con sus olas la escollera, murió, nada más.
Casi nadie se acordó de King Kong, el que se había emborrachado con mujeres de dos Continentes, probado platos extraños y comprado una cama maciza. Las mujeres pelearon a los maridos diciéndoles que no fueran bobos y trajeran lo que había de valor antes de que se lo llevara la otra. Los maridos agacharon las cabezas y pensaron "tiene razón la patrona". Uno de mañana, obligado por la mujer que había argumentado la noche del entierro, y el otro de tarde, porque la mujer lo había convencido de que con cuatro muchachos no podían darse el lujo de despreciar las sábanas del Viejo, fueron por separado al ranchito herrumbroso escondido en un tartagal. Desataron el alambre que aseguraba la puerta, entraron y lo que encontraron fue un respaldo de cama pintada de amarillo y un colchón de estopa sobre cuatro cajones. Nada más que eso y unos papeles de diarios triturados por las ratas.
Pegado en la pared de madera, oscurecido por las moscas y el hollín del primus, un afiche del tiempo de la guerra, con un marinero rubio muerto en una playa, dice: cuidado con dar información.
Amado Canobra
Arca Editorial
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