Aire de mar

-¿Me sirve una?
-Una para mí, doble para usted.
-Sírvame una copa chica...
-Costumbre de la casa, señor.
Estoy e la situación del boxeador que debe cubrirse y retroceder. Me callo. A mi lado se alza un indio e bigotes hirsutos, la visera de la gorra sobre los ojos y un escarbadiente en la boca. Está tomando vino. El vaso le queda chico entre su mano ancha, tarjeada por el trabajo de la tierra. Con la mitad de la cara me hace un guiño. Más allá dos hombres corpulentos y un muchacho de pelo largo y ondulado, hablan. Veo sus perfiles rudos de hombres quemados por el salitre de los mares. Han mirado el viento y lo han desafiado en sus barcazas mientras las olas quieren alejarlos de la costa. De ellos emana esa fuerza natural y serena que distingue a los que trabajan con sus manos el metal, la tierra y el mar. El bolichero achica los ojos en una sonrisa sobradora y sirve de nuevo, conocedeor de la coquetería masculina de tomo una y me voy. Decorando las paredes de bloques hay cañas de tacuaras, anzuelos de distintos tamaños, flotadores, y una enorme red, encardida por el humo de los cigarros, colgando del cielo raso. Detrás de los estantes con botellas, han pintado a un hombre, que en vez de darle una puñalada al tiburón que abre la boca para devorarlo, le pregunta si probó el vino de la casa. Se abre la puerta y entra un flaco con gorro de lana. El viento aprovecha para colarse en una ráfaga de frío que sube los pantalones. Se espera oir un dramático ¡la balandra Isabel no entró a puerto! Pero le dice al bolichero, en cuya cara se transparenta un ¿qué tomás?:
-Ché, cangrejo viudo, mañana traigo el trator pa cambiar las baterías, ¿tamos?
El indio que está a mi lado dice:
-Este año viene esencial pa la quinta. El año pasau sacaron cada papa grande como cabeza de bobo.
Levanta el vaso y bebe dulcemente un buche, después se atusa el bigote. Aprovecho para preguntarle la clase de pescado que se está dando. No sabe. Nunca ha ido a pescar. Queda lejos la costa, unos ocho kilómetros. De los que vienen nadie pesca y si pescó fue una mamúa. ¿Y por qué afuera dice Club de Pesca?
-Por la patente... Cantina de clú paga casi nada...
Al rato me tuteaba con todos. En los ojos del cantinero leía: ¿vistes como te gusta?
-Dame una... y serví ahí.
-¿Y pa mí no mandás, Papucho no toma?
Por la puerta entra el frío con color a salitre que el viento trae de los hielos del sur.

Amado Canobra
Arca Editorial

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