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El Gallo Blanco y el
Gallo Negro a Sebastián Morey El gallo negro había nacido en el corral, de huevos de gallinas del corral. Era un espléndido cara-manchada, esbelto, ágil, de gran plumaje profundamente negro, de cresta muy roja y erecta como ángulo agudo. Desde la muerte de su padre, el cara-manchada se había convertido en amo y señor. Era el primero a salir del gallinero para soltar su canto en la semi luz del alba, un canto especial, incompleto, bronco, desplegando sus alas en un gesto soberbio, mientras las gallinas y los polluelos se diseminaban por el terreno de la finca, picoteando en el césped o escarbando en la tierra. Una tarde, una de las muchachas de la casa trajo un gallo blanco y lo largó en el corral. Era un Leghorn muy joven aún, sin formas definidas, alto y escuálido. Se quedó como un papanatas, gacha la cola, sin animarse a dar un paso. Los demás animales, agrupados en un extremo del corral, empezaron a observarlo curiosamente. El primero en acercarse fue una gallina oscura, muy comadrona, que cacareaba espantosamente cada vez que ponía un huevo. El gallo blanco la vio venir y alargó el cuello, no sabiendo si disparar o estarse quedo. Pero ella no dejaba traslucir su intención y fue llegando con mucho disimulo, picando en el suelo o volviéndose para mirar a otra parte. Cuando estuvo junto a él se detuvo para mirarlo detenidamente y cuando todo hacía suponer que aquello no pasaría de un saludo, la gallina le largó un picotazo feroz y se le prendió de la cresta. El gallo dio un grito de dolor o miedo cuando rodaron él y la gallina. Pero pronto logró desprenderse, se armó de valor y atropelló a su vez. Quizá hubiese vencido, porque, a pesar de todo era gallo; pero la llegada de otras gallinas complicó la situación. Era una gresca en toda regla. Pasaban unos sobre otros, caían en pelotón, oyéndose el ruido de las alas que se abrían y se cerraban con violencia. Era tal el enardecimiento que algunas, confundidas, se peleaban entre sí. El Leghorn se sostenía con coraje. Recibía golpes de todas partes, pero también los daba. Una gallina gris, aturdida, huyó cacareando y se metió en el gallinero. Le siguió una blanca, copetuda y donairosa, parecida a esas muchachas coquetuelas que, para hacerse la boca chiquita, mantienen los labios plegados contra los dientes. Los combatientes disminuían por segundos. Sólo tres gallinas seguían luchando: la comadrona y dos más que, extenuadas, recibían los golpes sin atinar a pararlos. Estando así y cuando al Leghorn le sonreía el éxito, ocurrió algo fulminante que puso fin a la contienda. El gallo negro, que hasta entonces había estado en el gallinero, salió al corral y se echó sobre el blanco, a toda carrera, con las alas abiertas, pisando apenas, como un pequeño aeroplano que aterrizara. Cayó de firme sobre su rival y de un fuerte golpe lo largó contra un cerc, patas arriba. Cloquearon las aves asombradas. El Leghorn, maravillado, herido, chorreando sangre dio un gran salto y huyó hacia el fondo, seguido de cerca por el cara-manchada. Era una persecución tenaz que no daba tregua. Corrían los dos, formando líneas onduladas, quebradas de pronto por alguna gambeta rigurosa. El blanco desfallecía, gritando a veces, manifestando espanto y confusión. Durante un momento logró guarecerse entre una lata y el cerco, pero asediado con encarnizamiento, tuvo que escapar, pasando por entre las gallinas. Estas, que contemplaban la escena con interés, gritaron entonces, corriendo para cualquier parte, no faltando algunas que, para ayudar al señor del gallinero, tiraron al blanco fuertes picotazos. Era tal el alboroto que la muchacha volvió de nuevo. -¡Eh!... ¿qué es este escándalo?...- Después, cuando hubo logrado interponerse entre los dos gallos, arrojó un puñado de maíz. Se hizo la calma. De un lado, el gallo negro con las gallinas; del otro, el gallo blanco, solo. Así se pasó el resto del día. De vez en cuando, nueva corridita, nuevo alboroto, pero sólo era cuestión de segundos. Luego no se acordaban de él. Llegaba la noche. Los animales fueron ganando el gallinero. En poco tiempo, las aves se hallaron acurrucadas sobre los palos, en formación rectilínea, dispuestas para dormir. En el corral quedaba el gallo blanco. Estaba en la soledad, parado sobre una pata, caviloso, doliente, con su aspecto de Quijote triste, velado por la penumbra del crepúsculo. -II- A la mañana siguiente el Leghorn tuvo que sufrir una nueva arremetida del cara-manchada. Fue alcanzado dos veces. Luego, cansado quizá, el gallo negro lo dejó, poniéndose a cantar. Empezó para el pobre una vida de continua zozobra. Recelaba de todos y no se acercaba a nadie. Vivía con la preocupación de escapar, abrumado por un miedo invencible. Cualquier gallina lo corría. Hasta un polluelo, tuerto y enfermizo, se le animó una tarde, causando el asombro entre sus compañeros. El menor ruido le impresionaba y echaba a correr, dando saltos, aun cuando nadie le persiguiera. Era un alma en pena, en aquel corral tan lindo, que tenía arbolitos y enredaderas en el cercado. El hambre y la sed lo mortificaban cruelmente. Merodeaba como un bandido. Paso a paso, igual que si quisiera medir la distancia, avanzaba hacia el lugar donde dejaban la comida, cauteloso, recogiendo las alas, suspicaz en el alerta hasta la exageración. En estas circunstancias, cualquier movimiento de las aves le hacía retroceder espantado. Al anochecer, y cuando todos los animales estaban en el gallinero, él se armaba de valor y llegaba hasta la puerta. Desde allí miraba hacia adentro. ¿Pasaré? ¿No pasaré? Se decidía al fin y a favor de lo oscuro, ganaba uno de los palos. Nadie parecía sospechar su presencia y, no obstante, cuando el sueño cerraba sus párpados, recibía un picotazo de una de sus vecinas. Entonces se separaba, corriéndose sin pararse, con lo cual lograba empeorar la situación, porque despertando a las otras gallinas le picaban todas, de abajo, por los costados, de arriba, hasta que, despavorido y queriendo huir, rodaba desde lo alto, arrastrando a los animales que encontraba en su caída. Mientras tanto, el gallo negro, columpiándose en el palo superior, cómodo como un rey en su trono, tenía el aire inconfundible de la amenaza. Esta hostilidad desesperante no alcanzó a durar una semana. Para suerte suya se fueron olvidando de él y sólo lo corrían a la hora de comer o cuando pasaban por su lado. Su vida transcurría en la soledad, igual que un desterrado. Generalmente estaba en el fondo del corral, horas y horas, mirando en torno suyo como un melancólico, y observando la vida de los demás animales que a cierta distancia, disputaban por la comida, corrían alborotando, cantaban y reían. Una tarde, el gallo blanco descubrió un gusano y se puso a llamar a las gallinas. Ninguna hizo caso. Llamó más fuerte: nada. Se disponía quizá a tragarse el bichito, cuando notó que la blanca, aquella copetuda parecida a las muchachas que hacen chica la boca, se acercaba a él, con bastante prisa. Le sobrecogió el terror y se aprestó para huir. Sin embargo, ella debió inspirarle confianza, porque no escapó como hacía siempre. Cuando estuvieron juntos, frente a frente, alargaron los cuellos y quedáronse mirando largo tiempo, fijos, cual si se hubieran momificado. Después, la gallina, muy suavemente, hizo: -iKoó!... ¡ koó!... El Leghorn contestó en el mismo tono y mientras ella picaba en el gusanito que yacía entre las patas del gallo, éste continuó mirando en el mismo sentido, como si aun estuviese allí la copetuda. ¡Pero qué sorpresa!... ¡lo que menos esperaba!... Se vio levantado en el aire por un pico de macho; ¡horror!... ¡era el gallo negro!... Soltó un grito de espanto y dando un salto descomunal comenzó a correr, llevándose por delante a todas las gallinas. El gallo negro lo perseguía con bríos y en una voltereta, logró alcanzar a la víctima, hiriéndola en la cresta. Nuevo grito de espanto y volvió a escapar el Leghorn, refugiándose en la copa de un naranjo, hermoso arbolito que daba unas tangerinas muy dulces. El cara-manchada no se quedó corto y también subió, con lo cual obligó a su contrario a que se encaramase por las ramas superiores, que empezaron a balancearse y donde el animal, ayudado por las alas, se sostenía con dificultad. Pero el cara-manchada siguió subiendo y la situación se empeoró para los dos. Que me caigo, que no me caigo; que ahora sí, que ahora no... y de pronto, ¡crac!... la rama vencida por un peso superior a su resistencia se doblegó tronchada, dando con los gallos en el suelo desde una altura de dos metros. Mas a partir de entonces, el gallo blanco tuvo a su lado una buena compañera que hacía más amables las horas de su vida. La copetuda seguía al solitario, desdeñando, al parecer, la opinión general de los demás animales. Este hecho tuvo grandes consecuencias. Fortaleció el espíritu del Leghorn, bastante decaído, y le valió un poco de consideración. En efecto: los polluelos audaces ya no se atrevieron a correrlo y muchas gallinas dudaban, no sabiendo si decidirse por la guerra o por la paz. Sin embargo, la comadrona terca y endiablada, aquella que había sido la primera en hostilizar al gallo, persistía en sus ataques, como animada por un antiguo rencor. Una tarde, en el gallinero se encontraron los dos. La gallina, hecha una furia, se le prendió de una pluma, pero esta vez, el Leghorn no recogió las alas. La atacó, impetuoso y, en pleno combate, alcanzó a picarla varias veces, y la pateó al fin, tumbándola en un tacho de agua. Amedrentada, cacareando de susto, la comadrona huyó al corral, no parando hasta que estuvo junto al gallo negro. Durante la lucha, bien por casualidad, bien por inteligencia, la copetuda permaneció apostada a la puerta del gallinero, como una guardia. Desde entonces, todas las gallinas respetaron al gallo blanco y solicitaron su amistad. Sólo tenía que cuidarse de su temible rival: el gallo negro. Este era su pesadilla. De mañana, cuando la muchacha de la casa arrojaba el maíz, su enemigo parecía especialmente preocupado en no dejarlo comer. Apenas se inclinaba para recoger un grano, el cara-manchada caía sobre él como una furia. Tenía que tragar corriendo y había adquirido tal habilidad para este género de maniobras que, aun cuando fuese huyendo, recogía los granos que hallaba a su paso. Así pasaron dos meses. El gallo negro siempre fiero, el gallo blanco siempre tímido. No obstante, un nuevo aspecto parecía que iba modificando las relaciones de estos dos amos del corral. A veces, el Leghorn, se acercaba al cara-manchada, lento, sigiloso, como llevado por un pensamiento secreto, pero de pronto se detenía, agitaba las alas, alargaba el cuello y toda su voluntad parecía disiparse. Sin embargo, bien claros eran sus designios. “¡Si yo me animara, si fuera capaz de atacarlo! ¿Por qué no pruebo?” Mas, al tenerlo cerca, lo veía en toda su indomable fiereza, muy feo, con las manchas blancas en las mejillas, terrible, con sus espolones agudos y el pico férreo como de ave de rapiña. No, no... no podía: él era el más fuerte y se retiraba, avergonzado quizá de su cobardía. Una tarde, mientras el cara-manchada corría a un polluelo, el Leghorn no pudo reprimirse y se echó tras él. Anduvieron así un buen trecho hasta que el negro, percatándose de que era perseguido, se volvió hacia el blanco y le obligó a escapar vergonzosamente. Esta tiranía duró dos meses más. Las humillaciones se repetían para el Leghorn diariamente. Además, éste se había resignado, convencido de que nada podía tentar contra su terrible adversario. Pero una mañana, ocurrió una escena inesperada que produjo entre los animales una emoción honda. El gallo blanco escarbaba, muy empeñado en buscar gusanitos y a su lado, la comadrona picaba en la tierra removida, cada vez que el gallo se quedaba quieto. Todo estaba tranquilo. Un ambiente de primavera, tibio y suave, luminoso y cargado de aromas. Algunas flores tempranas aparecían entre el verde, como sonrisas infantiles. El gallo negro salió del gallinero, andando sobre las uñas, chocarrero y matón: -¡Ko... koó... ko, ko, kó!... ¡Ko, koó!... -Al ver a su víctima, se fue hacia ella, arrastrando las alas como si fueran un manto. Fue entonces cuando se produjo el milagro. El gallo blanco no dio su grito de espanto, ni saltó despavorido. Retrocedió, eso sí, pero dando el frente, parapetándose en una guardia agresiva. Aquello fue asombroso y las aves del corral formaron un corro, cerrado en tomo a los combatientes. Algo raro debió ocurrir en la mente del cara-manchada. Era visible su sorpresa. Mas, repuesto de inmediato, atacó con rabia. Quiso pegar, pero fracasó. El gallo blanco se deslizó por abajo y volvió presto, siempre en guardia. Empezaron a buscarse, frente a frente, pico a pico, en una tal uniformidad de movimientos que, a no ser por la diferencia del color, se les tomaría por un solo animal reflejado en un espejo. El negro atacó tres o cuatro veces consecutivas. Las alas cortaban el aire, produciendo un chasquido áspero y filoso. Las gallinas observaban estupefactas. Una de ellas, con el cuello alargado, parecía decir: ¡Dios mío! ¿qué es lo que veo?”... El gallo blanco esperaba el momento propicio y cuando lo creyó oportuno, atacó sin reservas. Fue certero, armonioso, matemático. El cara-manchada, tomado por la cresta, recibió un par de patadas de boleo y cayó sin guardia, indefenso. Entonces cacareó y esquivando con torpeza una nueva carga del Leghorn, saltó sobre las gallinas y escapó atontado. ¡Cómo!... ¿y todo era eso?... ¿De modo que él había sufrido durante tres meses las persecuciones de aquel fiero avechucho que ahora se rendía a la primera embestida?... ¿A quién había tenido miedo?... ¿Por qué no se aventuró antes?... ¿Se creía incapaz para el triunfo?... La duda de sí mismo le había hecho parecer lo que no era. Se mostró torpe, siendo diestro; se mostró cobarde, siendo valeroso. A muchos hombres les ocurre igual. En la lucha por la vida, se detienen ante la acción abrumados por una timidez invencible. “Salta sobre ese caballete” -dijo un amigo a otro-. “No puedo” -contestó el aludido-. “Intenta, al menos”. “No”. “Prueba”. Obligado por la insistencia el tímido tomó impulso y saltó bien.- “¿Viste?” -Entonces, sorprendido de lo que había hecho, se volvió diciendo: -”Nunca creí que fuera tan fácil”. Era tal el estupor del gallo blanco que no atinó a perseguir a su rival. Quedó en medio del círculo, entre todas las gallinas que lo contemplaban, admiradas. Indagó en torno, como si quisiera descubrir a su enemigo. Luego bajó las alas, se irguió con donaire hacia atrás, y dejó oír por primera vez su canto de confianza y alegría: ¡Ko... korocó!... El gallo negro forcejeaba para pasar a través del alambrado. |
cuento de
José Pedro Bellán
Los dos gallos y otros cuentos
Editorial AMAUTA
Imprimió Talleres Gráficos de Editorial SIGNOS, Sarandí 690, Montevideo,
en el mes de noviembre de 1990.
Ver, además:
José Pedro Bellán en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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