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Claro de Luna a María I. Lasplaces Era una noche de verano, una hora después de comer, cuando los muchachos juegan en las veredas y las niñas cantan. La luna ascendía por el cielo puro, de un azul marino, y las estrellas, que un momento antes fulgían en toda la cúpula, perdían el esplendor, iban palideciendo, y se apagaban al fin. -Por aquí, muchachos, vengan por aquí... -dijo Sofía Martínez. Y salió del comedor, guiando a sus compañeros en dirección a la quinta. La casa que ocupaba la familia Martínez estaba edificada sobre la calle Millán, hacia afuera, cerca del Prado. Era una linda casita, de un solo piso, amplia, de construcción sencilla y que tenía en su frente una marquesina, sostenida por unas columnitas de metal, por donde subían, retorciéndose, los brazos vigorosos de una enredadera que daba flores bermejas. Entre la casa y la calle mediaba una distancia de doce metros y en este terreno, limitado por una fuerte verja de lanzas de hierro, había una cantidad de naranjos y dos palmeras. La quinta quedaba hacia el fondo, dividida en dos partes por un camino central que pasaba entre dos filas de álamos. Después, a derecha e izquierda, los árboles lo ocupaban todo, dejando apenas algunos senderos curvos, por donde nadie paseaba, solitarios, silenciosos, semi-perdidos en la vegetación que crecía sobre los flancos. -Por aquí -volvió a decir Sofía. Era una linda chicuela ele trece años de edad. Poseía un temperamento suave, cariñoso y pasaba entre sus compañeras por ser una de las mejores condiscípulas. Aquel día estaba muy contenta. Ya de tarde, a la hora del crepúsculo, había recibido, inesperadamente, la visita de los tres hermanos Alsina, un varón y dos mujeres, a quienes trataba con mucha intimidad porque, aun cuando no mediase entre ellos parentesco alguno, existía entre las dos familias una verdadera y antigua amistad. De los tres hermanos, María era la mayor, de catorce años; luego seguían: Honorato, un año menor que María, y Sylvia, de once. Cuando estuvieron en la quinta, Honorato miró el cielo, miró los árboles y dijo admirado: -¡Qué noche!... ¡Lástima que nos tengamos que ir en seguida! -¿Por qué?... -preguntó Sofía. -Porque papá vendrá a buscarnos de un momento a otro. -¡Bah!... no te preocupes. Cuando venga tu papá a buscarte se pondrá a charlar con el mío y se olvidarán de nosotros. En este instante, Sylvia, que era muy juguetona, le pegó a Sofía en un brazo, al mismo tiempo que le decía: -¡Mancha, manchita!... -Y en cuatro saltos se alejó de ella. Sofía no perdió el tiempo y dando una palmada a Honorato, huyó riendo a carcajadas. El, que en lo que menos pensaba era en jugar a la mancha, quedó algo aturdido, no sabiendo a quién correr. María había escapado, aprovechando su confusión. Permaneció un momento en el camino, mirando a sus compañeras que se burlaban de él, tirándole con piedrecillas, con ramas, llamándole por distintos nombres, ocultándose tras los árboles, cambiando a cada momento de lugar, todo esto con rapidez, sin que le dieran tiempo para nada. Sylvia era la más audaz. Se acercaba a él, hincaba una rodilla en tierra y le gritaba: -¡Bicho feo!... ¡bicho feo!... -Honorato, cuando lo creyó oportuno, dio un salto para mancharla; pero Sylvia, que era muy ágil, simuló escapar por la derecha y huyó por la izquierda, dejando a Honorato con un palmo de narices. Entonces, éste cambió de táctica. Empezó a andar lentamente, con las manos en los bolsillos y la vista en el suelo, demostrando poco interés por el juego. Pero ellas bien pronto comprendieron su intención y en vez de acercarse, como él creía, se alejaron temerosas, eligiendo sitio por donde pudieran correr fuerte en caso de ser perseguidas. Sylvia seguíale gritando: - ” ¡bicho feo, bicho feo!...” -y lo azuzaba con una caña, mientras María, que se había corrido por detrás de él, le hacía mojigangas y le tiraba terroncitos de tierra. Honorato echó a correr. Primero se dirigió hacia Sylvia, persiguiéndola por el camino, durante un buen trecho, sin darle tregua, pero cuando estaba por alcanzarla, ella, tentando un esfuerzo, dio un salto, salió del camino y se escabulló entre los árboles. La buscó un momento y como no la hallara, volvió para correr a las otras. Con gran sorpresa suya, observó en distintas direcciones sin encontrarlas: se habían escondido. Escrutó en la sombra, sonriendo. Le pareció ver a María, tras un árbol, cerca suyo. Fue hacia él, sin hacer ruido y en vez de María, halló una carretilla de mano, volcada. Se sentó sobre ella y después de un momento, como nadie diera señales de vida, llamó en voz alta: -¡Sofía, María, Sylvia!... -Nadie contestó. Un gran silencio cubría el paisaje. La luz de la luna comenzaba a pasar a través del ramaje y caía en el camino, entre los álamos que se tornaban blancos. El reloj de una iglesia cercana dio nueve campanadas. Un tranvía pasó, allá, a toda marcha por la calle Millán, hacia el centro. En seguida oyó el piar de un pájaro, luego un trino dulce, quedo, misterioso. Después le pareció qué muchas voces, desde muy lejos, cantaban una canción que no había oído nunca. -¡Qué noche!... -Mirando hacia la superficie abrupta de la quinta se apercibía una claridad, algo así como un humo blanco, muy transparente, que parecía emerger de la tierra. Honorato se mantuvo aún sentado sobre la carretilla y mirando en derredor. Después volvió a acordarse de sus hermanas y de Sofía. Se sonrió. ¡Vaya un chasco!... Sin duda ellas estarían escondidas, en la creencia, quizá, de que él las buscaba. Pero mientras pensaba en esto, le pareció oír la voz de Sofía, apagada por la distancia. Se puso de pie, escudriñó entre los troncos de los árboles y descubrió a sus compañeras en la semi-oscuridad. Entonces se acercó a ellas, andando lentamente. -Ahí viene Honorato -dijo Sylvia. Encontró a las tres sentadas sobre un banco de piedra, bajo el ramaje colosal de un álamo de la Carolina. ¿Dónde estabas? -preguntó Sofía. Allá, donde hay una carretilla. ¿Nos buscaste?... No; me pasó una cosa muy rara. Al principio las hubiese buscado, pero después, te lo juro, me olvidé de que estábamos jugando. A nosotras nos pasó más o menos lo mismo -dijo Sofía. Cuando tú corriste a Sylvia nos escondimos. Así esperamos un ratito, calladas, para no descubrirnos. Después nos fuimos acercando, sin saber para qué, pero deseábamos estar juntas. María llegó diciendo: ¡Qué noche, qué noche!.. ” Luego nos sentamos en este banco. Ahora nos acordábamos de ti. ¿Quieres sentarte?... -y le hizo un sitio su lado. Honorato se sentó j unto a ella, en un extremo del banco, estuvieron un momento silenciosos. Sylvia dijo: -¿Oyen? -¿Qué?. . -preguntó Sofía. -¿No oyen cómo cantan?... Es cierto -afirmó Honorato. Las mismas voces que oí hace un momento. -María agregó: ¡Qué lejos cantan!...¡parece un sueño!...-y después de una pausa prosiguió, encarándose con sus compañeros: -Nunca los he querido tanto como esta noche, nunca he sentido tanto cariño por todo, tanto bienestar... Quisiera que estuvieran aquí papá, mama... ¡Yo no sé si ustedes sienten como yo!... ¡Es algo desconocido, es un amor triste que me hace llorar!... -y se cubrió la cara con las manos. -¿Lloras?... -preguntó Honorato, inquieto y poniéndose de pie. -¿Qué tienes?... -dijo Sofía. Sylvia también se paró y los tres la rodearon. Entonces, María, descubriendo su cara humedecida por las lágrimas, contestó: -¡Oh!... no se asusten... lloro, sí, pero lloro de dicha, lloro de felicidad... ¡Miren, miren!... nunca había visto!... -e indicó el lugar, abriendo los brazos. El aspecto general de la quinta parecía cambiar, insensiblemente. La claridad era cada vez más intensa. Ya no era sólo el camino blanco, interpuesto en la sombra como un muro de plata. Todo el paisaje se iluminaba. La luz caía entre el follaje, corría sobre el césped, penetraba en la maleza. Se mostraban los troncos de los árboles, erguidos, jibosos, rudos, saliendo de la oscuridad. Un pequeño sendero, cubierto por una bóveda de ramas, tenía una expresión fantástica. La luz bordeábala entrada y penetraba difundiéndose en el suelo, en pequeñas manchas color nácar, mientras el ramaje que lo cubría permanecía negro, ciñendo el caminito. Parecía la bóveda una de esas galerías misteriosas que se internan en las grutas. -Nunca había visto -volvió a decir María. Cerca de ellos, en un surco, un objeto de vidrio quizá, brillaba con ese fulgor inquieto y agudo de la estrella. Se oyó de nuevo el trino de un pájaro. -¿Oíste?... -preguntó Sofía a Honorato en voz baja. -¡Pobrecito!... -dijo Sylvia. Honorato, pensativo, habló a su vez: -¡Qué voz tan distinta tienen de día!... ¿Qué sentirán ahora?... ¿Qué pensarán ahora?... -Empezó a soplar una brisa, suave como un plumón, que dejaba tras su onda el murmullo interminable de las hojas. Y el aire se cargó de perfumes: olor a rosa, a jazmín, a madreselva, olor a verde. Se habían vuelto a sentar y los cuatro se mantenían callados, atentos a la luz y a la sombra. Sofía, abandonando su cabeza sobre un hombro de María, dijo a media voz: -Paréceme como si todo esto no fuera verdad. En este instante, un claror vivísimo bajó de lo alto del álamo de la Carolina y llegó hasta el banco de piedra, dejando a Sylvia repentinamente en la luz. Esta, sorprendida, exclamó alborozada: -¡Oh!... ¡miren!... -y buscó hacia arriba, en el ramaje. Honorato se acercó. Sofía y María hicieron lo mismo. Y el claro de luna caía sobre el grupo. Era una corriente blanca, pura, tranquila, un destello de la inmensidad que llegaba, iluminando las cuatro cabecitas, resplandeciendo en los ojos, imprimiendo en el alma la voz del infinito. |
cuento de
José Pedro Bellán
Los dos gallos y otros cuentos
Editorial AMAUTA
Imprimió Talleres Gráficos de Editorial SIGNOS, Sarandí 690, Montevideo,
en el mes de noviembre de 1990.
Ver, además:
José Pedro Bellán en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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