Apuntes para la historia de los cafés montevideanos

Crónica de Aníbal Barrios Pintos

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XL Nº 2078 (Montevideo, 6 de mayo de 1973)

Inédito, al 15 de octubre de 2026, en internet, escaneado, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

El café y confitería "La Giralda", antiguo centro tradicional de reunión de la sociedad montevideana. Fue demolido para levantar en su sitio el Palacio Salvo

Los investigadores e historiadores uruguayos han descuidado generalmente su contribución a la Historia Social. Quizás por inadvertencia, quizás por descuido de otros temas que no estén relacionados con la historia política, institucional o económica, quizás por no haber acumulado en sus búsquedas la suficiente base documental para realizar trabajos o interpretaciones de aspectos sociales que definen épocas de la evolución de nuestras costumbres.

La breve reseña evocativa de hoy esta referida a algunos de loa primeros cafés montevideanos, lugares tradicionales de reunión que han caracterizado la personalidad expansiva y acogedora de la Capital de la República.

La literatura ha sustituido en ocasiones estas carencias, pero fuera de las páginas escritas por Alberto Zum Pelde sobre el intelectual de café, fenómeno nuevo que apareciera en el ambiente uruguayo hacia el 1900; de la rememoración de los hechos más trascendentes del café “La Liguria" por Luis Bonavita; del estudio sobre el Tupi-Namba por José Mora Guarnido; de los capítulo» escritos por el memorialista Antonio N. Pereira e incluidos en sus obras “Cosas de antaño", "Nuevas cosas de antaño” y “Novísimas y últimas cosas de antaño"; de los recuerdos del Dr. Domingo González, que con el seudónimo “El Licenciado Peralta" narrara en sus "Crónicas de un Montevideo lejano": de los relatos de Juan Antonio y Mateo Magaríños Pittaluga, sobre el Tupi-Namba; de Juan Carlos Patrón sobre loa viejos cafés del barrio Goes y de Julio César Puppo referente al café Zunino, entre otras contadas excepciones, la mayoría de las evocaciones sobre nuestros más célebres cafés, se encuentran dispersas en las páginas de la prensa montevideana.

Cafés literarios, como el “Polo Bamba", el "Tupi-Namba", el “Británico", el “Ateneo", el “Irigoyen" en 25 de Mayo y Treinta y Tres, y el “Metro" en la Plaza de Cagancha, que fueron cenáculos de hombres de letras, de teatro y de artistas plásticos, cafés politicos, como el "Montevideo", centro de “batílistas netos”, en cuyas mesas, se ha dicho, se originaron las listas 14 y 15, el de Justino Barrucci, también lugar de reunión de animados grupos de las difusoras vecinas, que motivó una hermosa página de Luis Hierro Gambardella, y el "Jauja”, donde se reunía con sus amigos el entonces Consejero de Gobierno Eduardo Víctor Haedo; cafés deportivos, como el “Lito", del barrio del Arroyo Seco, frecuentado por cracks de nuestro fútbol, que luego fueron campeones olímpicos y mundiales, y el “Trocadero”, en la proa de la actual Rambla P. D. Roosevelt y Solís. donde naciera Rampla Juniors; cafés de billares, de ajedrez, de dominó y de “generala", como el “Británico” el “Ateneo” y el “Boston" de Andes entre Mercedes y Uruguay, con sus típicos sillones de cuero con cómodos posabrazos; cafés de palcos musicales, como "La Giralda", de 18 de Julio y Andes, donde el cuarteto de Roberto Firpo ejecutó por primera vez “La Cumparsita" de Gerardo Matos Rodríguez, el “Ateneo", el “Palace" y el "Montevideo”: cafés de periodistas, como este último y el situado en Ciudadela y Rincón: “La Noche”; cafés de bancarios, como el que se encuentra en Cerrito y Zabala; de interminables tertulias, como el concurrido Sorocabana de la Plaza de Cagancha, baluarte de parroquianos heterogéneos; cafés llenos de humo de cigarros y de rumores; cafés de estudiantes como el actual “Gran Sportman"; cafés de barrio, de ruidosas discusiones sobre el fúbol, las carreras de caballos y la política vernácula; de parroquianos que acompañan admirativamente con sus miradas las ondulantes líneas de las jóvenes montevideanos; cafés silenciosos donde se puede gozar de la soledad y mirar dentro de si mismo; de charlas animadas como aquel del Palacio Salvo, transformado hoy en cafetería, donde viejos amigos entrañables destellan todas las mañanas sus relatos de temas históricos y políticos, y también, por cierto, bares de camareras de la ciudad vieja, y cafetines de los arrabales, donde acuden quienes se hunden en la melancolía y ahogan sus penas en alcohol.

El autor de “Los Cafés de Buenos Aires”, Jorge A. Bossio, afirma que el primer café de Montevideo fue fundado en 1792 por el francés José Beltrán.

En la documentación existente en el Archivo General de la Nación no nos ha sido posible confirmar su aseveración, pero hemos logrado ubicar otras referencias sobre cafés de fechas anteriores.

La primera de ellas, coincide con la primera noticia que hemos ubicado de la existencia de billares en Montevideo y se refiere a una casa de fonda, café y juego de billar que abriera sus puertas el 10 de octubre de 1782.

Fueron socios del establecimiento Francisco Salinas, Ramón de los Santos, José Acevedo y José Levant. Los dos primeros constituían una de las tres partes entre las cuales debían repartirse las ganancias de dicha sociedad, que alcanzaron en los tres primeros meses la cantidad de 287 pesos plata.

José Levant era sargento 1º de una de las Compañías de Granaderos de Milicias de Montevideo, y unía a su condición de militar la de peluquero, maestro de esgrima (de espada y de florete) y "de apuntar sombreros". Tenia además una casa de billar frente al muelle, donde vivía con su mujer.

El establecimiento, cuya principal especialidad era el chocolate, tuvo corta existencia. A fines de julio de 1783 los dos primeramente nombrados iniciaron acción judicial contra José Levant, siendo acusado a su vez el mozo dependiente José Acevedo de haber jugado y perdido dinero de la sociedad, al paro y a la banca, no sólo en la fonda de la cual era socio, sino también en la casa de billar de Fulgencio Montemayor, ubicada en los cuartos de propiedad de Domingo Bauzá, que tenía dos mesitas donde tomaban café sus parroquianos.

El inventario del billar de Levant, efectuado el 9 de julio de 1784 por el maestro José Benito Crespo, con motivo de su remate a pedido de acreedores, registra la siguiente tasación: por una mesa de billar con herraje, camisa de lienzo, paño y tablillas vestidas de paño, 197 pesos; por 9 tacos (ocho a veinte reales y uno grande a 4 pesos) 24 pesos; por 6 bolas de marfil, gastadas, 18 pesos; por una taquera y su dosel, 9 pesos. Cabe recordar que los pesos de la época equivalían a 8 reales.

El billar de Levant, conjuntamente con los ya citados de Montemayor y el de la sociedad, constituyen las primeras menciones que conocemos sobre este juego, referentes a la ciudad de Montevideo. Posteriormente son citados otros cafés: los pertenecientes a Santiago Cuebas (Cuevas) luego del valenciano Luía Ten, al pulpero José Alejandro de la Cruz, a Ignacio Barañao, situado en los cuartos del vicario Juan José Ortiz, y a Antonio de la Cruz.

Sabemos también que en abril de 1783 ya existía dicho café y pulpería de Santiago Cuebas en la calle San Pedro (antes de la Cruz y actual 25 de Mayo) y en 1803, el café del Maltes, junto al muelle.

En 1807, en tiempos de la invasión inglesa, proliferaron las cafés y los billares. En las listas respectivas, correspondientes al 31 de marzo de ese año, están inscriptos los nombres de sus propietarios: en la calle San Pedro, Antonio Cosme (con billar), José Ávila y Luis Navarro en San Felipe (Misiones) José Sartori y Bernardo Trillo; en San Miguel (Piedras) Juan Samit, en San Carlos (Sarandi) Pedro Casalinos y en San Francisco (Zabala) Francisco Estrajulas (¿Estrázulas?) con billar. Al mes siguiente abrieron sus puertas otras cafés: los de Antonio Fernández, Pedro Colón y José Mino.

Al retirarse las tropas británicas, en septiembre de ese año, hay algunas deserciones y otras incorporaciones: Antonio Cosme, Miguel Carrero y Luis Navarro se hallaban establecidos en la calle San Pedro: José Sartori y Antonio Vázquez, en San Felipe, Juan Samit, en San Miguel; Antonio Fernández y Juan Bautista San Román, en San Joaquín (Treinta y Tres); Pedro Casalinos y Pedro Colón, en San Carlos, José Mino y Ramón Marino, en San Gabriel (Rincón): Francisco Estrajulas, en San Francisco y Benito Silva en la calle Santo Tomás (actual Maciel).

Según el diario de un oficial de la expedición del brigadier general Craufurd, por la noche era de rigor asistir a las cafés, que se veían atestados de gente en todas las direcciones.

“All¡ —dice dicho oficial anónimo— se juega con furor toda la noche y los doblones arcillan con profusión.

“A través del juego se percibe su conducta liberal, pues son leales en él. Algunos de mis paisanos introdujeron el cubilete de dados, ocasión que sirvió para juntar a los parroquianos, quienes adoptaron el sistema con entusiasmo, lo cual dio pie a que fueran asaltados con avidez por la mayoría de loa mercaderes, quienes habiendo dejado Inglaterra con fines de especulación, determinaron entonces quedarse para arriesgar su suerte al azar de los dados. Enormes provechos obtuvieron, llenando de dinero sus bolsillos, sin que hubiera uno que no quedase satisfecho por haber el negocio colmado las exigencias de grande y espléndido porcentaje".

Otro testigo de la época se expresa en los siguientes términos sobre otros aspectos de los cafés montevideanos: “Hay varias cafeterías en este lugar, pero en general mediocres. El chocolate que venden es muy dulce, hecho muy espeso, y servido en un vaso con un plato de tostadas. Estas casas son frecuentadas por muchos de los habitantes, quienes de vez en cuando se permiten un desayuno más sustancial que el mate. Los españoles son naturalmente sobrios, y lo que para un inglés constituye un moderado desayuno sería considerado por ellos como una abundante colación para tres o cuatro de sus paisanos. Un pequeño pocillo de chocolate, en el cual embebe su solitaria tostada, es lo más que cualquiera suele consumir. Parecieron contemplar con asombro la voracidad de un inglés, que no siempre estaba satisfecho antes de haber visto el fondo de dos o tres vasos y devorado una cantidad proporcional de tostadas y huevos".

Agrega el autor: "Hay aquí un gran número de billares, y los habitantes son muy adictos al juego. Es muy corriente al entrar a un comercio, ver a un cliente que arregla sus cuentas sobre el mostrador con un mazo de naipes".

En próximo número nos referiremos al “Café del Comercio" ya existente en 1808.

-o0o-

Año XL Nº 2079 (Montevideo, 13 de mayo de 1973)

La zona portuaria de Montevideo captada por Augusto Earle hacia 1836,

época del Café de comercio, el de Adrián el tuerto y el de la Alianza

Hay un café montevideano vinculado al Cabildo Abierto del 21 de setiembre de 1808, cuya principal resolución fue, como es sabido, la instalación de una Junta similar a las de España, en rebeldía contra la autoridad del virrey del Río de la Plata, Santiago Liniers.

Luego de conocerse la abdicación de Carlos IV en favor de Fernando VII y la posterior sustitución de éste por el hermano de Napoleón, José Bonaparte, este episodio revolucionario encendió las aspiraciones políticas de los criollos, constituyéndose en señalado antecedente de la conciencia autonomista de los orientales, que culminó en 1811 con la insurrección contra las autoridades montevideanas.

Un día antes, el 20 de setiembre, había llegado a Montevideo el capitán de navío Juan Angel Michelena para sustituir en el cargo de gobernador, por orden de Liniers, a Francisco Javier de Elio.

Luego de haberse realizado una entrevista entre ambos, penetró en el Café de Comercio “bastante sobresaltado” el subteniente de Infantería de Buenos Aires, Matías de Larraya, quien tomó del contador de la Real Armada José Villegas, su sombrero redondo y de otro parroquiano su capote y así embozado inició una algarada popular que se dirigió a la Casa de Gobierno a solicitar Cabildo Abierto.

Testigos de la época confirman que los principales protagonistas del episodio salieron del Café de Comercio y que a eso de las diez de la noche se dirigieron al Fuerte (residencia de los gobernadores españoles, situado en la época en la actual plaza Zabala) donde se escucharon fuertes gritos de ¡Muera Liniers! ¡Muera Michelena! ¡Viva Elio!

Luego “los alborotadores", en cuyas filas se encontraban gente de color y varios oficiales de los Cuerpos comandados por Juan Balbin y Prudencio Murguiondo discurrieron por las calles montevideanas “con la música del primero", advirtiendo la realización de un Cabildo Abierto para la mañana siguiente, cuya petición fue hecha por el comerciante llamado Cerma, yerno del administrador de Correos, siendo éste el que más agitaba la conmoción popular a cara descubierta, junto con muchos otros que por estar “disfrazados” no pudieron ser individualizados.

El Café de Comercio, que se encontraba junto al Fuerte, y cuyo propietario era Ramón Marino, era tertulia diana en la época, de oficiales de Marina, Ejército y paisanaje, como también de oficiales de los cuerpos del Murguiondo y de Juan Balbin Vallejo. Muchos de ellos se divertían cotidianamente jugando a las cartas.

Allí fue donde se comento vivamente la proclama del virrey Liniers, que fue la chispa que encendió los hechos que hemos reseñado.

Cuarenta y cuatro año después, más puntualmente el 12 de octubre de 1852, en horas de la noche, luego de la función de la ópera, se reunía en el mismo Café de Comercio un crecido número de distinguidos ciudadanos uruguayos, quienes acompañados con una banda de música fueron a rendir homenaje al brigadier general Juan Antonio Lavalleja, con motivo del 27 aniversario de la batalla del Sarandi. Recibidos por el anciano Libertador, quien se encontraba rodeado de algunos de los soldados que le acompañaron en aquella memorable acción, hizo uso de la palabra Luis de Herrera.

Posteriormente Lavalleja recordó algunos episodio: en los cuales había participado y presentó a la reunión la bandera de los Treinta y Tres, cribada de balas, instante de gran emoción sobre todo para los jóvenes participantes.

Durante dicha visita, uno de los asistentes sugirió ir a cumplimentar al Presidente de la República Juan Francisco Giró, y otro de los ciudadanos a su vez propuso la idea de que dicha bandera fuera llevada por el héroe del Sarandi, cubriendo su pecho, hasta la Casa de Gobierno. Así se hizo y después de haber estado algunos momentos con el primer mandatario, quienes formaban la reunión acompañaron a Lavalleja hasta su residencia de la actual calle Zabala, retirándose luego al Café de Comercio, donde tuvo lugar un banquete, al cual no pudo asistir el brigadier general “por sus habitúales indisposiciones”

En el centro de la mesa, fue colocado el pabellón tricolor de la Cruzada. Durante el banquete se pronunciaron múltiples brindis y discursos patrióticos entre ellos los de Luis de Herrera y del coronel Gomensoro, actor en la jornada triunfal del Sarandi.

Se convino también solicitar del poeta Francisco Acuña de Figueroa una canción a la bandera que presidía la fiesta, a la cual pondría música el joven artista ciego, asistente al acto. Miguel Hines.

La reunión se prolongó hasta las 4 horas de la mañana siguiente, dentro del marco de cordialidad y de sentimientos patrióticos con que había comenzado.

Ese mismo día, en el Café de Comercio, en un almuerzo que se realizó como una prolongación del banquete de la noche anterior, Acuña de Figueroa pronunció unos versos improvisados dedicados al triunfo del Sarandi. Día en que el poeta mayor del Uruguay de aquellos tiempos, dio término también a su himno a la bandera del Sarandi, el cual no se ajustó a la idea primitiva, pues fue arreglado a la música del Himno Nacional. Para quienes no conocen su texto, lo transcribimos aquí:

                   CORO

A la antigua bandera, Orientales

Saludemos del mundo a la fax;

Y en las aras del Numen hagamos

Juramento de unión y de paz.

 

             1er. ESTROFA

 

Del antiguo estandarte la gloria

Recordemos con júbilo fiel:

Orientales, y solo Orientales,

Nuestros padres vencieron con el

Detestando lucha fratricida.

Hoy juramos unión fraternal.

Para un acto tan noble y hermoso

Es preciso nacer Oriental

 

                CORO

 

A la antiguo bandera, etc.

 

             2da. ESTROFA

 

Compatriotas, la antigua bandera.

Que gloriosa miró Sarandi.

Tres colores ostenta divinos

De zafiro, diamante y rubí.

LIBERTAD! orientales, o MUERTE

Nos anuncia: Letrero inmortal!

Que inspirando sagrado heroísmo,

Dio a los libres el lauro triunfal.

 

                CORO

 

A la antigua bandera, etc.

 

             3ra. ESTROFA

 

TREINTA Y TRES orientales oyeron

De la patria cautiva la prez;

Y en sus playas la hermosa bandera

Desplegaron con noble altivez

Esos bravos rompieron el yugo,

Alcanzando dignísimo pró,

LAVALLEJA, guerrero indomable.

La falange gloriosa guió.

 

                CORO

 

A la antigua bandera, etc

 

             4ta ESTROFA

 

Sarandí la victoria sublime

Nos recuerda del bravo campeón;

El Rincón e Ituzaingó gloriosos

Son reflejos del patrio pendón

Su letrero, sus bellos colores,

Ya ha cambiado la enseña oriental;

Mas, conserva la heroica grandeza

De su origen ... su gloria es igual

 

             CORO

 

A la antigua bandera, etc.

 

           5ta. y ULTIMA ESTROFA

 

De gigantes grandiosa progenie.

Orientales, su ejemplo seguid!

Si olvidareis su gloria y virtudes,

A su antigua bandera acudid!

 

Ante el mundo la Patria os aclame

Siempre libres, esclavos jamás!

Ella goce la gloría en su fama.

Y en sus hijos la unión y la paz!

 

            CORO FINAL

 

A la antigua bandera, etc.


En un capitulo de su "Montevideo Antiguo" sobre usos y costumbres entre los años 1808 y 1830, dice el memorialista Isidoro De María que además del Café del Comercio, el de Adrián el tuerto, donde concurrían los tenderos españoles de las inmediaciones a tomar una buena jicara de chocolate, y especialmente el de la Alianza, eran “puntos de reunión y de tertulia de los de más copete, que iban a la comedia, o a jugar a la malilla, al penche, o al truco hasta más tarde (del toque de queda) dejando el burro y la biscambra para la familia después de rezar el rosario”.

El toque de queda, a la hora 20 en invierno y a las 21 en verano, se fue modificando en tiempos de la Cisplatina —afirma De María— alargándose las visitas y las tertulias hasta las 10 de la noche. Y agrega: “Las diez era la hora de cerrada general de las casas de trato, so pena que la patrulla las hiciese cerrar; salvo uno que otro “engaña pichanga" en el Café de la Gallega o del Agua sucia, de no muy buena fama, que entornaban la puerta quedando dentro los parroquianos de la baraja a desplumarse. En eso de desplume hasta prima noche o amanecer, tenía nombre el del Agua sucia, contándose más de un caso de desaparecidos".

Fueron tertulianos del Café de la Alianza, Santiago Vázquez, Miguel Barreiro, el general Gabriel Velazco, Nicolás Herrera, Simón del Pino, Roque Graseras, Melitón González, Feliz Buxareo, Jaime Illa y Viamont, Agustín de Castro, Juan José Aguiar y Samuel Laffone. Pero esa es otra historia, que ha sido muy bien relatada por dos memorialistas recordados escasamente: Antonio N. Pereira y el Dr. Domingo González, que publicara sus evocaciones en los últimos años de su existencia con el seudónimo “El licenciado Peralta".

 

Crónica de Aníbal Barrios Pintos

 

Inéditos, al 15 de octubre de 2026, en internet, escaneados, para Letras Uruguay, por su editor (conste)

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XL Nº 2078 (Montevideo, 6 de mayo de 1973) y Año XL Nº 2079 (Montevideo, 13 de mayo de 1973)

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                         Aníbal Barrios Pintos en Letras Uruguay
                  

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