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Dialogo con mi poesía por Orfila Bardesio Pienso qué la Poesía no es el Mar. Pienso que la Poesía no es el Aire. No es la Tierra. Es el Fuego. Sí. Fuego, como toda la Creación, como el Universo. En el principio de la Poesía fue el fuego. Pienso que es un Amor ardiente. Una luz intensa, no de fuera, sale afuera, ilumina, quema ciertos objetos, con un arrebato que no puede sostenerse mucho tiempo. Las cosas iluminadas quedan escritas en el alma con la fuerza y la intensidad de ese fuego, y empiezan a vivir de él en nosotros hasta salir al mundo iluminadas por el mismo fuego que las encendió. Sólo cuando nosotros nos oponemos con nuestros ojos fríos, salen muertas, como niños que nacen muertos, y entonces somos padres para siempre de criaturas frías por las que nunca lloraremos bastante. Yo quisiera formular esta invitación simbólica: que los poetas verdaderos del mundo se reunieran no a cantar sus poemas, sino a llorar en un gran coro, en un templo, los poemas que hemos muerto por nuestras imperfecciones humanas, llorar por las perfecciones que vimos con nuestros ojos, y que se desvanecieron cuando las realizamos con nuestras manos humanas. Yo quisiera invitarlos a llorar por las obras que han dado y que viven en el mundo sin el ardor del fuego que las engendró. Sería una contrición regeneradora de la conciencia artística del hombre, el llanto de los artistas del mundo arrepentidos de sus heridas al Templo de las Proporciones, al Número misterioso de la Belleza, de sus ingratitudes para con la Creación. Un Miserere de los artistas del mundo, conscientes de sus limitaciones, una gran fiesta del Espíritu. Los artistas lloran las muertes de sus criaturas separados en el espacio y en el tiempo, y este llanto silencioso es muy difícil que sea oído por algunos críticos fríos que tocan sus obras como encargados expresamente de martirizarlos. En cambio, para que un hombre se arrodille ante algo que otro, dando su vida, ofrece de sí mismo, sin esperar nada, se necesitan muchos siglos a veces, y sobre todo, mucho silencio y crueldad. Por eso, gran defensa sería que se reunieran a llorar, los artistas de todo el mundo, así como se reúnen congresos internacionales de Derecho y de Ciencias. El fin de este llanto no podría ser otro que la Alegría bien ganada, que el canto y la danza, porque, con el dolor de la perfección imposible y el amor a la perfección, se construye el gozo propicio a la creación. Pienso que la Poesía es obediencia. El Fuego quema e ilumina, rapta el alma a un estado, la voluntad y la inteligencia obedecen a la vida que ese fuego despierta en nosotros. El que tiene la felicidad de llevar esta llama, posee la Alegría más viva de la Tierra: la de conocer en sí mismo la creación, es decir, la de tener en su alma la vida de las cosas, y experimentar la extensión incontenible de su poder difusivo, pues amalla creación, vivirla y darla, irresistiblemente, son elementos coexistentes. No hay poeta que no se desvele por dar su obra, con riesgo de perder su vida por algo cuyo valor ignora. El poeta sabe del Océano, lo que el Océano no sabe de sí mismo. Sabe del Aire lo que el Aire no sabe de sí mismo. Sabe de la Tierra, lo que la Tierra no sabe de sí misma. Es tan grande la vida que posee, que ella no puede disminuir sin que él muera. Gloria de tener tanta vida! ¡Gloria!... Pero a la vez... ¡terrible responsabilidad! no hay una sola acción, ni el movimiento de un músculo, que no deba ser digno del Fuego que lleva. Y este fuego se apaga, si el hombre del poeta, traiciona al poeta. Por eso, su vida, entra en la Gran Vía de la Vida, cuyas reglas se confunden con las del santo. Vida de poeta es vida de santo. Los poetas saben terriblemente como los santos, los infinitos tormentos de la aridez, del rapto de su don, cuando se ha faltado a él. Saben de la penitencia en el desierto, de las grandes sequías del alma, de las silenciosas lágrimas, y del velatorio de criaturas muertas por su culpa, cadáveres amados, que la crítica fría desmenuza. -o0o- De mi libro “POEMA”, pienso que es un libro en que naturaleza humana y Fuego luchan como siempre, y que lo que hay de vida en él es un relámpago... Muerto sería, si no estuviera bajo él, alentando, una llamita que lo mueve, y que, oculta bajo el pudor del frío, lo salva. Me refiero al sentimiento de la piedad por las cosas. Los niños de un día en sus cunas, son más fuertes que ellas. Las cosas, inocentes, — sin cunas, — tienen una vida más tierna, porque es más indefensa. Cuando hacía mi libro pensaba que el poder de las cosas era terrible, y que de las torturas, distracciones, olvido, desprecios de los hombres, no se defendían por un delicado amor. Digo del águila que se aleja, porque “sus pensamientos de cerca matarían”. Y digo, que si el misterio no se queda siempre con nosotros, es porque “se avergüenza de ser olvidado”. En verdad, las cosas son fuertes y delicadas porque son de Dios, y no hace falta pensar en la energía del átomo para darme la razón. —Más adelante supe que no se defendían por humildad, y que nos daban una gran lección de Silencio. — Que el Silencio de las cosas es humildad, y que este silencio es el mismo que deja en libertad al hombre. Y tomé sobre mí la responsabilidad de defender esta causa; la de ser la abogada de las cosas, la de hacerles justicia. Mostrar a los hombres libres, su belleza; desarrollar plástica y sensiblemente las imágenes que nos dan, haciéndolo de un modo tal que los hombres se asombraran de ellas: entonces, creyendo leer mis poemas, las cosas serían amadas, y así habría ganado la gran causa de las cosas injustamente olvidadas. Nace el libro de este amor y esta soledad. Y después de él, comienza un ser fundido como Peer Gynt, una agonía, una muerte. Vivo esa muerte con confianza. Pienso en Goethe: “iMuere y transfórmate!” Y en Rilke: “La creación es dolorosa como el crecimiento de un niño”. Como si mi vida fuera el templo de un acontecimiento más grande que el amor a las cosas, empieza mi alma a ser quemada por uno más fuerte que es el amor por las criaturas humanas. Poderoso es este Fuego, pero los matices de la Caridad introducen dulces hierbas en él. Canta en mí la voz de acero y espada de otra justicia más grande que es la causa del hombre. Aquel sentimiento de injusticia porque las cosas inofensivas no son amadas, aquella infancia, comienza a destruirse misteriosamente, porque algo más universal reclama su voz. Esta voz no es una llama deslumbradora sino un fuego lento, profundo; muy hondo. Entran espinas y zarzas en este fuego, ramas, puñales, pero afuera se ve una luz parecida al agua y a la serenidad. Este fuego sube de metales de acero de la visión de una fuerza implacable como en una tormenta. Descubro el mundo interior de los hombres, y lentamente el propio, y descubro a Dios. Pero decir este amor por los seres humanos, me llevará toda la vida. Y, tal vez tenga que callar, porque sea indecible. |
por
Orfila
Bardesio
Publicado, originalmente, en: Alfar Año XXIX Núm. 89, Montevideo, 1951
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
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Orfila Bardesio en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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