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Miguel de Unamuno en Letras Uruguay Un solitario Quijote en la malherida España por Enrique Alonso Fernández Inédita, al 11 de julio de 2026, en la web. Escaneada por el editor para Letras Uruguay
El 31 de diciembre de 1936, un poeta que acaso hizo filosofía, un humanista preocupado por “el hombre concreto de carne y hueso”,
que no vacila en despreciar la lógica estricta cuando se trata de rescatar la Vida, muere en la casa rectoral de Salamanca. Don Miguel de Unamuno fue Siempre un personaje extraño, un hombre del que nunca cabria esperar la tranquila placidez de lo habitual o la mediocridad complaciente. Su papel fue el de un infatigable agitador de conciencias, que no buscaba la simpatía fácil de los espíritus conciliadores. Tenía en sus manos verdades ardientes, inquietantes, incómodas, con las que provocaba el escozor de las conciencias y turbaba, irremediablemente, la molicie destructora que había hecho presa en los rincones más hondos de España. “Cuando más tarde fui a Salamanca — recuerda María de Maetzume atreví a preguntarle: ¿Por qué hace Usted eso, don Miguel?” Y el vasco insólito le contestó: “Cuando me presento en público, llevo en los bolsillos un puñado de sal cáustica y la arrojo sobre la muchedumbre’’. Claro que esas verdades le quemaban tas «nanos, pero España tenía la oportunidad de experimentar el poder de su propio pensamiento, de descubrir la mentira de su modorra. Su meta era arrancar al pueblo español de su Indolencia, salvarlo de la muerte, de esa muerte realmente terrible e inadvertida, que hace prefca de una raza cuando olvida hacer un alto en el camino y deja de examinar su intimidad. Un ansia insaciable de vida Hijo de Bilbao, donde nació el 29 de setiembre de 1864, se traslada dieciséis años más tarde a Madrid, doctorándose en Filosofía y Letras por 1884. Accede luego a la Cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca y en 1894 comienza su fecundo período de escritor. De su pluma brotarán obras fundamentales: Vida de Don Quijote y Sancho, Soledad, Del Sentimiento trágico de la Vida, La Agonía del Cristianismo, La Dignidad Humana, Paz en la Guerra y muchas otras. Desde 1901 a 1914 fue Rector de Salamanca. Ya instalado en la rectoría de la vieja sede del saber hispánico, comienza el reinado del joven Alfonso XIII, sembrado de dificultades aliviadas, momentáneamente, por la prosperidad derivada de la primera guerra mundial. Miguel Primo de Rivera, con el consentimiento del Rey y el apoyo del Ejército, protagonizó su dictadura nefasta en 1923, prolongada durante 7 oprobiosos años tan plenos en obras públicas como vacíos en soluciones sociales. . La oposición tenaz de Unamuno, el escalofrío de vergüenza con que hería al dictador, le valieron el destierro en 1924, en ocasión de una carta que publicara un periódico de Buenos Aires. Sólo retornaría con el acceso del General Berenguer al poder, a la España de la que huía Alfonso XIII y se aprestaba a presidir don Niceto Alcalá Zamora. Aunque escéptico y hasta contradictorio, sería diputado por Salamanca bajo el imperio de la Constitución del 31. Conocía extensamente el pensamiento europeo y había recibido la influencia de pensadores notables, aunque de escasa resonancia colectiva en el momento, como Dilthey, Brentano y especialmente el Kierkegaard de “El Concepto de Angustia” y “O Esto o lo Otro. Lo español, para don Miguel, puede rescatarse a través de su propia esencia o a través de lo europeo. En una primera etapa defendería la recuperación de la raíz hispánica por su injerto en lo europeo, para luego, en la madurez de su pensamiento, retornar a lo español, en contraposición a Ortega y Gasset. El centro de sus preocupaciones, el leitmotiv de su meditación, es el problema de la vida que exige y clama por más vida: el problema del tiempo que se remonta a lo permanente y el del ser uno mismo a despecho de todas las presiones. Por eso, en “El Secreto de la Vida” de 1906 escribe: "Y el secreto de la vida humana, el general, el secreto raíz de que todos los demás brotan, es el ansia de más vida, es el furioso e insaciable anhelo de ser todo lo demás sin dejar de ser nosotros mismos, de adueñarnos del universo entero sin que el universo se adueñe de nosotros y nos absorba...” En el núcleo de su existencia —y en el de le existencia colectiva— tropieza con la necesidad más fundamental, la de una trascendencia imperativa e irrenunciable —“...no quiero morirme del todo...—’’ que no puede resolver en los estrechos cánones religiosos establecidos. Para alcanzar la plenitud, don Miguel de Unamuno propone que a la simple existencia, a ese transcurrir miserable en que las personas se vuelven cosas, se le añada una pasión devoradora: “Procura vivir —aconseja en Vida de Don Quijote y Sancho— en continuo vértigo pasional, dominado por una pasión cualquiera. Sólo loe apasionados llevan a cabo obras verdaderamente duraderas y fecundas”. A la España asténica, Unamuno quería oponer la España pasional; a la silenciosa —de esos silencios vacíos—, la de bulliciosa inquietud, por inconformista viva. Su tarea la definió Antonio Machado con estos versos con que le saludara: “A un pueble de arrieros, lechuzos y tahúres y logreros dicta lecciones de Caballería. Y el alma desalmada de su raza, que bajo el golpe de su férrea maza aún duerme, puede que despierte un día" Los mutilados En julio de 1936, en Marruecos, se sublevaba Francisco Franco con el apoyo de la Falange Española. La República comenzaba su agonía. Eran días de tragedia. El General José Millan Astray que como Teniente Coronel comandara la Legión Extranjera en Marruecos— hablaba en la Universidad de Salamanca. Era el autor del temible grito del Ejército Falangista español: “Muera la inteligencia!, viva la muerte!” Desde el fondo de la sala partió como un eco^ el alarido irracional del general. Una voz repetía su tras*3 predilecta: “Viva la muerte!” Unamuno aguardó que Millán concluyera y puesto de pie señaló: “Acabo de oir el necrófilo e insensato grito. “Viva la muerte!”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay( actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios not nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se múltiplacan los mutilados a su alrededor”. “En ese momento —refiere Hugh Thomas en “La Guerra Civil Española”— Millán Astray no se pudo detener por más tiempo y gritó: “¡Abajo la Inteligencia! ¡Viva la muerte!”, clamoreado por los falangistas. Pero Unamuno continuó: Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. “Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.” Efectivamente, los mutilados vencieron. Había llegado para España el día de la Bestia. |
por Enrique Alonso Fernández
Publicado, originalmente, en: La Semana de "El Día" - Año 1 - N° 51, Montevideo, sábado 29 de diciembre de 1979 pdf.
La Semana de "El Día" fue una publicación del Departamento de Investigaciones y Estudios del Diario EL DIA
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
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Miguel de Unamuno en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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