|
|
|
Enfoques Críticos Una Carta de Amor por Jorge Albistur
Fue un lector francés, Paul Hazard, quien señaló que el "Quijote" no contiene ninguna referencia directa a los grandes hechos históricos de España en el siglo XVII. Los españoles, quizá un tanto confundidos porque la novela refleja el espíritu de la hispanidad, no se han detenido lo bastante en este curioso aspecto: la gran novela española —esa que constituye un acontecimiento literario "sin antecedentes ni consecuencias"— parece ignorar la actualidad que entonces se vivía. Nada dice, por ejemplo, de la derrota de la Invencible, y ni siquiera menciona a la muerte de Felipe II. La amenaza del Gran Turco está sí presente, pero más bien en relatos de ficción —como aquella historia intercalada del cautivo— y don Quijote se ocupa de este enemigo sólo en una situación ridícula y desde la cama: cuando, visitado por el cura y el barbero en el primer capítulo de la Segunda Parte, opina que bastarán unos pocos caballeros andantes —y quizá uno solo— para terminar con la mayor armada que conoció el Mediterráneo. Este es el "arbitrio”, o consejo, que don Quijote quiere ofrecer al rey, y con él —dice Cervantes— el hidalgo aparentemente sano se despeñó, desde la alta cumbre de su locura, hasta el profundo abismo de su simplicidad. Con todo esto, y pese a una notoria prescindencia con respecto a los hechos sobresalientes, el "Quijote” puede ser tomado como un ejemplo de novela histórica. Lo es hasta tal punto, que a través de él sabemos cuáles eran los platos en la mesa diaria de un hidalgo pobre, o en qué forma entretenían sus noches los arrieros en las ventas, o bien cuántos libros imprimía una casa editora de Barcelona por aquellos tiempos, o qué impresión y tantos años— se enfrentaba al mar. Es que Cervantes no tuvo entre sus propósitos el de registrar los hechos relevantes de la España contemporánea, pero hizo historia, como casi cualquier otro novelista: escribió esa intrahistoria que solicitaban al narrador los escritores del 98, y que consiste en una historia de las costumbres y de los seres anónimos —más bien que los protagonistas— porque son ellos los que al fin y al cabo señalan el rumbo de la vida colectiva. Cervantes, en fin, leyó la "España palimpsesto" de que hablara Unamuno. No resultará disparatado, en consecuencia, recoger un reflejo de la historia de Esparta a través de un olvidado pasaje del "Quijote": aquel, del capítulo Lll de la Segunda Parte, donde se transcribe el texto de una carta de Teresa Panza a su marido, convertido ya en gobernador. La carta, dicho sea de paso, no la ha escrito Teresa de su propia mano, sino que ha debido dictarla, porque ella no sabe siquiera dibujar una o redonda, y no es poca cosa que — habienso dido dicha en voz alta— sea ésta una de las más memorables cartas de amor de la literatura española. Es que el amor es cosa muy íntima y sin palabra cuando lo sienten seres jóvenes y solitarios —enamorados de la proyección de sus propias imágenes— pero puede muy bien ser locuaz y comunicativo cuando aman los seres maduros y estabilizados afectivamente en el matrimonio. Cuando ellos se expresan —es claro— el amor se descubre mirando un poco allá de la superficie: de pronto las palabras dicen también en este caso más de lo aparente, aunque los lejos de lo sugerido resulten menos poéticos que las quejas del amor a solas. Porque si algo queda claro es que Teresa dicta su carta con el más regocijado estado de espíritu que pueda imaginarse. Llanto y jubilo de una Cascajo No llama la atención que, a este fragmento, la crítica mayor del "Quijote" le haya concedido poca atención. En realidad, de los grandes sectores de la novela, el más olvidado es el que tiene que ver con la familia de Sancho. Después de todo, el propio Cervantes trabajó al parecer a la ligera en lo que tiene que ver con los Panza: el conocido asunto de la incertidumbre de los nombres dados a Teresa aparece como prueba irrefutable de este descuido, y ni siquiera se sabe bien si Teresa se llamaba así, o bien de alguna otra manera, desde que el autor le cambia el bautismo a lo largo de la obra, quizá por liso y llano olvido. Sea como fuere, la carta de Teresa Panza —al parecer Cascajo de soltera— se transcribe en aquellos tramos del "Quijote" que lo convierten casi en una novela epistolar mucho antes que aparezca este género, con el romanticismo. El Quijote está en casa de los duques y Sancho en la ínsula, así que van y vienen cartas entre estos compañeros inseparables a quienes el azar —y el genio perverso de aristocráticos anfitriones— han separado. Don Quijote no escribe a su casa: prueba de hasta dónde la sobrina y el ama mal podrían colmar su sed de afecto. Sancho, en cambio, envía noticias del gobierno a su familia, y hasta algunos obsequios: una tela riquísima que le regalado la duquesa y que viene a agregarse a la sarta de corales que esta dama enviara también a Teresa. Todo esto es hasta demasiado para rendir a una pobre mujer: aquella que no creía en don Quijote, ni en la ínsula, ni en su hija casada con un caballerote, necesitaba bastante menos que esto para volverse loca de ilusiones. Ella, que lloró amargamente cuando el marido se fue por segunda vez, escribe ahora una carta alborozada y desbordante de fe. Pero esta carta de amor, cada vez que refleja algún destello de la realidad, es también un documento para conocer cómo se vivía —y sobre todo se duraba penosamente— en la España de Cervantes. La carta, en fin, es la novela histórica del desánimo y la crisis de un país agotado. Un pintor de mala mano Conviene ir poco a poco, porque la carta es tan extensa que resulta imposible transcribirla aquí por entero. Ya se sabe que los Panza eran gente de no guardarse nada para sí, de modo que Teresa empieza por comunicar su júbilo. El de Sanchica, la hija, ha sido quizá todavía mayor, porque la gobernadora informa —apenas al comienzo de su envío— que a la muchacha "se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro contento". Porque en esta carta del amor maduro —dicho sea de paso— la enamorada no sólo de sí misma: habla, más bien, de su mundo, ya que todo el mundo en torno es un fruto y una construcción del amor. Dice, pues, que ni el cura y el barbero, como tampoco el bachiller y el sacristán, creen una palabra de esta historia de Sancho a cargo de una ínsula, y la tienen —como cosa relacionada con don Quijote— por asunto de embeleco y encantamiento. Pero ella mira la sarta de corales y la tela de lujo y se ríe feliz en sus bellos sueño. Proyecta, además, ir a la corte, donde habrá de honrar a su marido andando en coche: y es cosa que no precisa explicación alguna —por humanísima— esa especie de obsesión por verse reclinada entre almohadones, mientras el coche avanza, y ella observa desde su descanso, y hasta con alguna impertinencia, a los pobres que andan a pie enjuto por las aceras de la ciudad. A la duquesa, que es quien ha hecho posible que se realice este espejismo, le envía Teresa —como alta prueba de reconocimiento — unas bellotas de las más grandes que se cosechan en la aldea: no seria posible hallar, entre los terrones, un presente más espléndido para retribuir aquel de los corales. Se diría que ya aquí, la carta del amor y el júbilo empieza a ensombrecerse. Pero todavía con cierto desapego cuenta Teresa Panza alguna cosa interesante que ha ocurrido en el pueblo: "Las nuevas de este lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de mala mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle el Consejo pintar las armas de su majestad sobre las puertas del Ayuntamiento, pidió dos ducados, diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo de los cuales no pintó nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas; volvió el dinero y, con todo eso, se casó a titulo de buen oficial; verdad es que ya ha dejado el pincel y ha tomado el azada, y va al campo como gentilhombre." Quizá no sea una exageración decir que —en un sentido moderno y profundo— este solo párrafo encierra más historia de España que algún tomo de Lafuente. Porque ese personaje, al cual Cervantes olvida después por completo, es todo un símbolo de la más íntegra disponibilidad y el mayor desamparo. Al parecer, este desocupado mintió un oficio, pues prometió pintar y al fin no supo cómo hacerlo. Como de alguna manera tenía que vivir, además, terminó por irse al campo, aunque quizá le haya parecido cosa un tanto humillante para su hidalguía española, así que tomó el azada como gentilhombre. Y el forastero terminó por sentar reales, y se casó en aquella aldea, quizá cansado de seguir andando por los caminos de una España donde todo el mundo parece estar buscando algo, sin que se sepa bien qué. Caminan don Quijote y Sancho, pero caminan también el cura, y el bachiller, y los mercaderes toledanos, y los galeotes evadidos, y los cuadrilleros de la Santa Hermandad, y Roque Ginart con sus bandidos: todo el mundo vaga en esta novela, donde —como quería Machado— se hace camino al andar. La España de Cervantes es, más bien que un mundo en movimiento, un mundo a la deriva. Ni gota de vinagre Los que se quedan en los pueblos, según parece, se incendian allí en sórdidas pasiones. Teresa proporciona, a renglón seguido y en esta misma carta, esta otra información para la ficcionalizada intrahistoria de la España cervantina: "El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona, con intención de hacerse clérigo; súpolo Mingullla, la nieta de Mingo Sllvato, y hale puesto demanda de casamiento; malas lenguas quieren decir que ha estado encienta de él, pero él lo niega a pie juntillas. Claro está que ya no profeta, sino ni siquiera clérigo, se puede ser en la tierra propia. Y quién sabe qué sucedió de veras entre una vecinita agraciada y este joven de vocación tempestuosa. Lo cierto es que el pueblo de la Mancha donde vivieron don Quijote y Sancho era sin duda un infierno grande, según se desprende de lo que sigue: "Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este pueblo", dice Teresa, y la crisis ya es, ahora, algo en que parece haberse empeñado hasta la propia naturaleza. No es raro que todos quieran irse de este pueblo fantasma, como lo desea la misma Teresa, que pronto estará en la corte. Entretanto, comenta: "Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres mozas de este pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no faltará quien la tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas." Ellas, como se ve, también decidieron hacer camino al andar, y quién sabe cuál será su destino. Tal vez regresen a la asfixia, como Sancho —y él alegre— cuando pierda el gobierno, y don Quijote cuando vuelva en sí y sólo le quede dejarse morir. Teresa piensa, por ahora, que el destino de su hija es algo mucho más seguro que el de aquellas tres muchachas que acaso serán tres Maritornes para algún arriero sudoroso. porque dice a continuación: "Sanchlca hace puntas de randas; gana cada día ocho marevedís horros, que los va echando en una alcancía para ayudar a su ajuar; pero ahora que es hija de un gobernador, tú le darás la dote sin que ella la trabaje." Felizmente, Sancho no se enteró del contenido de esta carta, porque ella llegó a la Ínsula cuando el gobernador ya la había abandonado, convencido de qué el gobierno no era cosa para él. De haber conocido las nuevas que le daba Teresa, quién sabe cómo hubiese imaginado a Sanchica —ahora ya sin dote, además de sin marido conde o caballero— y si no la hubiese entrevisto alzada por algún soldado de paso, y ambulante ella también por los caminos del mundo. La crisis, en fin, viene desde el fondo de la tierra y se descarga desde el firmamento, pues Teresa completa sus informaciones con el resignado fatalismo que encierran estas frases: "La fuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas". Pero, como no queriendo mirar en la profundidad de este derrumbe. Cervantes termina la carta dejándose llevar por su poderosa fuerza humorística. Se diría que hasta sustituye un poco a su personaje, pues le hace dictar esta cómica despedida: "Espero respuesta de ésta y la resolución de ir a la corte; y con esto, Dios te me guarde más años que a mí, o tantos, porque no querría dejarte sin mí en este mundo". Y la carta del amor maduro se firma, por fin, con la más sencilla expresión imaginable de la entrega total: "Tu mujer". Después de todo, y en broma, Cervantes le ha hecho decir a Teresa el último extremo posible del amor maduro, que es el de la muerte al mismo tiempo. Porque ninguno, en la pareja del amor maduro, sabría qué hacer de sí mismo sin el otro. |
por Jorge Albistur
Publicado, originalmente, en: La Semana de "El Día" - Montevideo, del 22 al 28 de marzo de 1986 - Año 7 - N° 361
La Semana de "El Día" fue una publicación del Departamento de Investigaciones y Estudios del Diario EL DIA
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
Inédita, al 25 de julio de 2026, en internet. Escaneada por su editor para Letras Uruguay
Ver, además:
Jorge Albistur en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
Email: echinope@gmail.com
X: https://twitter.com/echinope
facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce
instagram: https://www.instagram.com/cechinope/
Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/
|
Ir a índice de crónica |
![]() |
Ir a índice de Jorge Albistur |
Ir a página inicio |
![]() |
Ir a índice de autores |
![]() |