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"Mario Benedetti", por Hugo Alfaro. Ediciones Trilce. Montevideo. 1986 222 Págs.
Un buen libro a dos voces por Jorge Albistur
Este libro es el resultado de muchas horas de grabación y, de alguna manera, constituye más cabalmente una conversación que un reportaje, pues tiene de aquélla la espontaneidad, la fluencia natural de lo que no está estructurado ni necesariamente sujeto aúna rígida planificación. Como la amigable charla habría de desembocar, finalmente, en un libro testimonial —y de ello eran conscientes tanto Benedetti como Alfaro— habrá de estimarse el todo, sin embargo, como algo organizado según cierto método, y esto dejando aparte además la inevitable reelaboración del lenguaje coloquial. El método es un aparente andar a la deriva —y vale la pena señalarlo porque "método" significa "camino"— pero corresponde reconocer la habilidad de reporteado y reportero para deslizar, aún en los trozos más gárrulos, lo que importa. El reporteado tiene mucho que decir, pero el reportero es también brillante: tanto, que hasta se convierte —de a ratos— en el protagonista del libro dedicado a la semblanza de otro. Los centros de la referida y aparente divagación serían los siguientes: pan-tallazos biográficos, impresiones sobre países conocidos en la experiencia del exilio —sobre todo Cuba y España— y opiniones sobre asuntos literarios. En lo biográfico —o autobiográfico— no sólo queda esbozada la vida de Benedetti por él mismo, sino que además hay algunos retratos excelentes, o figuras que existen más en estas referencias, y hasta seria deseable que Benedetti se hubiese extendido más en estas referencias: la personalidad de Raumsol, por ejemplo, es un enigma atractivo y se sospecha una espesa complejidad en ese hombre que prohibía leer a Dostoievski y Tolstoi —en evidente homenaje a ellos, si bien se mira— y a quien Benedetti considera un farsante. En lo que tiene que ver con los paises extranjeros, el reporteado mira el mundo sin apartar los ojos, sin embargo, de la comarca. Donde esto parece menos evidente es en una larga reflexión sobre la sociedad cubana, en la cual Alfaro acepta el papel de fiscal. Se sorprende allí de pronto, sin embargo, una observación como la que sigue: "Aquí, en el Uruguay, los lugares de trabajo son sitios ajenos, que se abandonan a la disparada en cuanto termina el turno; en Cuba son hormigueros de intercambio, discusión y comunicación.” Benedetti concluye con esta reivindicación de las discrepancias —dicho sea de paso— una exposición sobre el periodismo cubano como "vía muerta o anémica para expresar la opinión pública". Sean cuales fueren los reparos de Benedetti, el triunfo de la revolución cubana fue la divisoria de aguas en la vida del escritor —como advierte Alfaro— y en consecuencia marcó rumbos definitivos también a su obra. Lo esencial de este libro está, precisamente, en las consideraciones sobre literatura, y puede asegurarse que el material es aprovechable aun para quienes no se interesen en especial en lo que ha escrito Benedetti. Sus comentarios valen como testimonio de toda una época: la todavía pautada por el predominio de la generación del 45, la de "Marcha" y la que vio desvanecerse — cada vez más irremediablemente— el Uruguay de las vacas gordas. Mucho ha cambiado desde entonces: ya no es fácilmente imaginable, por ejemplo, un concurso de sonetos sobre don Quijote, acontecimiento que fue para Benedetti el espaldarazo literario, como tampoco son imaginables las polémicas aquí evocadas —entre Rodríguez Monegal y Roberto Ibáñez, entre Sarandy Cabrera y Ricardo Paseyro, entre Paseyro y Emir—, una serie de escaramuzas libradas mientras, como lo dijo uno de estos mismos polemistas, el país crujía por todas partes. Invalorables son los juicios de Benedetti sobre sí mismo. Piensa, entre otras cosas, que "El país de la cola de paja" es un libro envejecido. No cree demasiado en su obra teatral, aunque se anima a defender el drama "Pedro y el capitán". Admite que nunca supo pintar a un obrero creíble, y dice sinceramente: "Nunca tuve esa elación vital con el medio obrero." "Hay pieles en las que parece que no puedo entrar”, agrega, y se acepta como el escritor de la clase media uruguaya. Con envidiable tino autocrítico comenta su actuación en la campaña política de 1971, confesando que nunca pudo improvisar: "Escribía lo que iba a decir, y luego lo decía con desaliento, sospechando que la gente no entendía y se aburría, y que no se iba de puro corteses. Yo mismo me decía mientras hablaba: ¿Qué estoy haciendo aquí? No hice la transferencia del periodista al orador; como orador, leía artículos periodísticos.” Sobre el periodismo y la literatura también reflexiona Benedetti con gran lucidez, y comenta así los consabidos contagios; "La única vacuna contra ese riesgo es empezar por eliminar esos latiguillos y lugares comunes desde el mismo ejercicio del periodismo." También Alfaro aventura sus juicios literarios, y nada despreciables. Caracteriza muy bien al "acomodaticio montevideano" que pinta Benedetti en la primera época: un hombre que no cuestiona y "se frustra porque se adapta”. Encuentra "grietas de retórica discursiva" en "Gracias por el fuego" y resueltamente no cree en los personajes de "Pedro y el capitán”, porque no siente verdaderos sus respectivos lenguajes. En todos los aspectos el reportaje se convierte en un buen libro a dos voces. |
Publicado, originalmente, en: La Semana de "El Día" - Montevideo, del 13 al 19 de diciembre de 1986 - Año 7 - N° 396
La Semana de "El Día" fue una publicación del Departamento de Investigaciones y Estudios del Diario EL DIA
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
Ver, además:
Mario Benedetti en Letras Uruguay
Jorge Albistur en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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