Releyendo

El Fatalismo del Indio

por Jorge Albistur

Llama la atención que Donald L. Shaw, autor de un buen libro sobre la narrativa latinoamericana en los últimos artos, se pregunte si Rulfo explora algo intrínsecamente mexicano, o la angustia del hombre moderno. Porque la única respuesta a una interrogante de este tipo, nacida de simplificaciones demasiado frecuentes en la critica de Estados Unidos, es que Rulfo expresa las dos cosas: su realidad regional y la situación del hombre en cualquier parte. Crear alguna antítesis entre estos dos polos, como si señalaran términos inconciliables, seria algo muy falso, pues cualquier literatura regional que valga la pena refiere al destino humano en general, así como —a la inversa— nada que tenga alcance universal puede crearse sin una cierta dosis de color local.

A Donald Shaw le ha confundido, acaso, la fuerza de lo regional en los cuentos de Rulfo, que, sin embargo, jamás cae en lo pintoresco a secas. En "Talpa", uno de los relatos de "El llano en llamas", presenta aquel viaje hacia la curación milagrosa ante la imagen de una Virgen, en el cual se empeña Tanilo. El hombre es llevado por la esposa, que se entiende con su propio hermano. Los tres se arrastran en una peregrinación interminable: una especie de marcha hacia la tierra prometida, que aquí termina con la muerte de Tanilo.

Claro está que deslumbra aquí lo "Intrínsecamente mexicano" de que habla Donald Shaw. Todo lo que tiene que ver con el culto supersticioso a la Virgen de Talpa, transformada en casi pura fuente de milagros, apenas podría explicarse fuera de un medio donde el cristianismo tuvo que transar con formas indígenas de la adoración. El sermón del cura, cuya voz se inserta sin introducción alguna en el relato organizado desde la primera persona, muestra claramente los restos del viejo culto mariano en esta fe edificada sobre el pensamiento mágico. Porque quien narra —el hermano del moribundo— lleva al enfermo de prisa, para llegar a la Virgen "antes que se le acabaran los milagros". Y casi sólo en México — aunque también, notoriamente, en algunas zonas de España— resulta concebible la procesión en si, ancha como un río, y esa vecindad del culto con claras formas del masoquismo. Sólo que el camino real de Talpa está permanentemente envuelto en un polvo blanco que borra todos los contornos y sube hasta el cielo: como si el escritor quisiese huir de lo descriptivo, transformando el paisaje en sólo una metáfora de la desolación interior de los hombres.

Casi sólo en México, en fin, el narrador puede contar que se acostaba sobre la tierra caliente. "Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo. se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño". Y entonces ocurría el adulterio. Ante un pasaje como éste, naturalmente, es fácil entender que Cedomil Goic ubique a Rulfo en lo que llama generación de 1942, aquella que integran también Arguedas, Roa y Ciro Alegría, y que reanuda los vínculos con las viejas formas del telurismo.

Pero muy relativamente se halla aquí el centro de la narrativa de Rulfo. El mismo cuento "Talpa" desenvuelve, esencialmente, la Investigación de una culpa. El narrador y ese protagonista silencioso, que es la mujer adúltera y ahora arrepentida, saben que no habrá paz para ellos. Y, como para subrayar mediante una situación objetiva este estado de espíritu, el narrador anuncia que —como antes hacia Talpa— volverán a caminar, en una marcha que es huir de algo a lo que es Inútil escapar: "Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte; que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando". Acaso, habría que ver aquí, en este arrastrarse acosados por el pensamiento propio, no tanto una situación shakesperlana como ese fatalismo que es, según Luís Alberto Sánchez, el aspecto indio en el alma de Rulfo y sus personajes.

En este mundo narrativo, comenta Donald Shaw, "se sigue expiando una culpa que no se sabe cuál es". Aquí, sin embargo, la culpa es bien precisa y nítida. No le falta razón, con todo, a Shaw, si se piensa en el otro personaje del cuento. Porque Tanilo paga alguna misteriosa deuda con esas llagas de las cuales sale una goma espesa y amarilla. Su enfermedad, tan necesitada del milagro, tiene algo de la milenaria peste bíblica: es el castigo, y sin que se sepa por qué.

 

por Jorge Albistur

 

Publicado, originalmente, en: La Semana de "El Día" - Nº 54, Montevideo, sábado 19 de enero de 1980 pdf.

La Semana de "El Día" fue una publicación del Departamento de Investigaciones y Estudios del Diario EL DIA

Gentileza de  Biblioteca Nacional de Uruguay

Inédita, al 17 de agosto del 2025, en internet. Escaneada por el editor de Letras Uruguay

 

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