Las horas sin tiempo
cuento de Alfredo Daniel Yitullo

“. .. y las horas que crecen

a la derecha de los relojes

deben alargarse por la pereza,

ya que son las que más

seguramente llevan a la muerte ..."
Alejo Carpentier

Las tres de la madrugada. Ahora ha comenzado. Reconoce sobradamente los síntomas; no en vano transcurrió el tiempo, un inmemoriable pretérito de angustias y sumisiones a las que se acostumbró, o mejor, lo acostumbraron.

¿Cuántas horas, días, años; cuánto tiempo ha demorado ese quietismo en su trabajo lento y eficaz?

La madrugada lo sorprende solo, tal vez triste, pero aún vivo. Siente aquietarse todo su cuerpo y se aletarga su imaginación vencida de realidad ante el último esfuerzo por satisfacer su propia existencia.

De pie, en medio de su habitación, se dispone a vestirse para salir. La pesadez de su cuerpo no lo invita a gastar las pocas fuerzas que le quedan. ¿Qué necesita ocultar bajo sus ropas si no le han dejado nada por fuera o por dentro?

Comienza a caminar, lentamente. El frío de la madrugada le hiela el cuerpo y le hace más difícil articular sus movimientos.

Las cuatro de la madrugada. Ya recorrió algunas cuadras vacías sin detenerse por miedo a no poder continuar luego. Nadie lo sigue. Nadie lo ve. Camina lentamente, arrastrando el paso pesado de sus pies. La calle vacía lo mira pasar indiferente y le devuelve el saludo de algún piojoso que se saca el sombrero mugriento, asomando su cara indiferente entre los harapos que le sirven de cama.

Las cinco de la madrugada. Ahora ha comenzado a acelerarse el proceso. Siente el pecho endurecido; ya no responde al movimiento de su respiración pero tampoco necesita de ella. Tal vez así no se le escape el alma si aún le queda. Ese endurecimiento cruel y lento lo abraza con la frialdad de la piedra. Pesadamente se arrastra, extenuado, agobiado por el peso de la carga de granito que se apodera de su exterior porque el interior hace años que se vació de tiempo.

Las seis de la madrugada. Logró alcanzar la plaza. El pasto húmedo le pinta de verde los pies blancos y el rocío se acomoda en las primeras grietas que alcanzaron sus tobillos. La plaza está vacía y quieta. Solitaria, lo acompaña hasta el final. Junto a un pedestal vacío detiene su cuerpo claro y rígido. Lentamente se sienta en el piso, apoya su espalda desnuda contra el pedestal, recoge sus piernas y acoda en ellas los brazos para sostener en sus manos la cabeza que el tiempo no ha logrado vaciar; no aún y tal vez nunca. Y se duerme, con los ojos ateridos a lo largo de toda una vida.

Las siete de la mañana. Octubre florece en la plaza. A nadie le extraña la estatua caída a los pies de su pedestal porque nadie tiene tiempo de observar más allá de su prisa. Sólo el viejo que ha venido a tirarle maíz a las palomas repara en ella y siente frío. Pero el sol de Octubre calienta el césped, los bancos, las piedras, porque no alcanza a reconfortar la carne endurecida de penas de la gente.

Y a Octubre le seguirá el verano, y el invierno que tal vez se detenga hasta que algún escultor enderece esa figura endurecida, para sentarla en el pedestal vacío a esperar que se herrumbre y se desgrane de tiempo.

 

cuento de Alfredo Daniel Yitullo Buenos Aires, setiembre de 1983

Alfredo Daniel Vitullo nació en 1956. Esta es la primera vez que publica. Nos contó que hace unos diez años que escribe, pero siempre se mantuvo ajeno al simpático y desconcertante mundo literario. Este cuento llegó por correo, no conocíamos a su autor, nos gustó el clima que crea la narración; lo invitamos a una reunión, charlamos un poco. Y acá está publicado.
 

Publicado, originalmente, en: El Molino de Pimienta. Cabaret Literario   Núm. 3 Abril-mayo-junio 1984

El Molino de Pimienta. Cabaret Literario Fechas de publicación: mediados de 1983 – noviembre de 1986 Quilmes, Buenos Aires

Gentileza de Ahira. Archivo Histórico de Revistas Argentinas que es un proyecto que agrupa a investigadores de letras, historia y ciencias de la comunicación,

que estudia la historia de las revistas argentinas en el siglo veinte.                   

 

Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce   

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