La Vereda de Enfrente

cuento de Bernardo Verbitsky

—Se siente lejano pero claro el tintinear del oro. Y los piratas ávidos de botín se acomodan el parche sobre el ojo, se reajustan la pata de palo. ¡Oro! —dijo Grandi.

—Piratas, pero famélicos, filibusteros en desgracia, desharrapados y muertos de hambre —acotó Núñez, imitándole el estilo.

—¿Por qué no se dejan de decir macanas? En todo caso los piratas están del otro lado de la puerta —intervino áspero aunque en voz baja Elijovich.

En el momento mismo que la nombraba, se entreabrió lentamente chirriando con un quejido agudo y medroso. Pero nadie apareció. No era una puerta de hierro sino una muy vulgar, de madera, con la pintura descascarada en la parte inferior y a partir de un metro del suelo cuatro vidrios detrás de los cuales comunes cortinas de casa de familia restaban importancia al letrerito en negro que decía ‘Administración” al que hacía mucho se le había despintado el acento en la O. En ese pequeño jolcito embaldosado esperábamos, hundidos tres de nosotros en un viejo sillón de cuero con los almohadones desinflados en los que uno creía tocar el suelo con el traste, al sentarse. Espinosa ocupaba una silla y yo la otra.

—La expectativa aumenta —aún comentó Grandi al que la mirada severa de Elijovich reprobó.

Y en realidad, ¿qué tenía de divertida esta antesala humillante? En casa esperaba mi mujer los pesos mugrientos que yo pudiera traer —el oro al que aludía Grandi— para preparar algo de comer para el chico y también para nosotros. Salió por fin el esmirriado Máximo a quien todos llamábamos Mínimo.

—Mu ... chachos, so ... lo hay esto, lo sien ... to, pero la culpa no es mía. Tartamudeaba un poco al arrancar. Nos habíamos puesto de pie, con asombro. Cuando él vio nuestra reacción puso en mis manos el dinero y se refugió detrás de la puerta, escuchándose el ruido ele la llave. Era tan apocado como nosotros que a pesar de su temor y nuestra rabia no pensamos ni intentamos romper un vidrio o cosa así. Diez pesos para cinco personas, diez pesos en billetes de a uno, nuevitos para mayor burla.

—¿Los acaban de fabricar? —no pudo dejar de comentar Grandi.

Dividimos, y volví a la redacción. Al lado de mi mesa encontré a Sarcone que metía la mano en uno y otro bolsillo evidentemente buscando fósforos para encender medio cigarrillo que tenía en la boca. Se los alargué.

—¿Conseguiste algo, pibe? —hablaba, encendía y chupeteaba el pucho que sostenía con dos dedos de la misma mano que retenía mi cajita. Sarcone me llevaba una cabeza, diez años, y unos treinta kilos. Como siempre, andaba con el sombrero puesto.

—Un capital. Dos pesos.

—¿Me das uno? Mañana te lo devuelvo. Mientras con una mano yo recuperaba los fósforos, metía la otro en el bolsillo y seguramente intimidado por su tono le di la mitad del dinero conseguido. Enseguida advertí la insensatez de mi automático movimiento, obediente al apremio de su voz algo ronca. En los segundos que tardé en salir de mi aturdimiento, se había ido. Estuve esperando varias horas para conseguir esa miseria que debía llevar realmente para que en mi casa comieran, y le di la mitad a ese tipo que no era mi amigo, que ni siquiera pertenecía a la redacción pues conseguía avisos, una categoría económica más próspera que la de todos nosotros. Esos meses últimos habían sido deprimentes pero nunca había sentido yo tanta desesperación, agravada por la conciencia de mi absurda debilidad. Lo mejor era llevar cuanto antes ese único peso, que mi mujer ya se arreglará por el momento, y luego yo vería. Era el problema de todos los días. Gómez, que no me negaba cuando tenía, estaba revelando, pero ya en la calle pensé en llamarlo por teléfono a su laboratorio, una piezucha en un recoveco del pasquín. No se me ocurrió hacerlo desde mi escritorio pero lo intentaría desde el café de la esquina. Y al entrar lo primero que veo, Sarcone espléndidamente instalado en una mesa junto a una ventana, ante un vaso de vermú recién empezado, leyendo un diario que no era el nuestro, y entre el índice y el dedo medio de la mano izquierda uno de los cigarros cortos y baratos, un Santos de veinte, que a menudo fumaba. A sus pies el lustrador sacaba brillo a sus zapatos Ese era mi peso: un vermú, un diario, un cigarro, una lustrada. Tenía que morir yo o matarlo a él. Hice saltar su mesa de una patada, y luego descargué un tremendo sillazo sobre cabeza siempre cubierta por el sombrero. Pero sólo con la imaginación mientras palpaba en el bolsillo hasta encontrar el otro billete. Sólo atiné a escapar, más loco que cuerdo. Si me hubieran arrancado un brazo no habría sufrido tanto, pues lo peor era sentirse culpable de quitar a los míos lo indispensable para que ese tipo ... Dios mío, ¿es posible que esto no haya sucedido ayer? He conservado durante 34 años el gusto amargo con que abandoné el Café diciéndome que idiotas como yo no merecían vivir, corrido por esa estampa de inconsciencia grosera que yo contribuí a montar con ese peso que, no necesito decirlo, nunca me devolvió, aunque nos encontramos más de una vez después de esta escena para mí en tantos sentidos desgarradora y que para él, ahora lo comprendo, nunca existió. Yo tenía 23 años, mi mujer 20, el chico uno y medio.

Sarcone no saldría de este Café en cuya vereda estoy ahora sino que regresaría como una alucinación de aquel recuerdo que se me volcó encima como una catarata. Pero Sarcone, tan cambiado que ni lo reconocí cuando llegó, estaba allí dentro. Estas reuniones habían comenzado hacía un mes y medio al encontrarme con Malanca en la Caja de Jubilaciones a donde fui para apurar un reajuste. Me jubilé hace dos años —lo mismo tengo que trabajar— casi sin querer, por consejo del Presidente de la Caja, que era amigo, a quien fui a ver por el expediente de otro que vivía en Santa Fe. ¿Y usted? Dicen que Alsogaray anda queriendo subir el límite de edad a 60 años. ¿No está en condiciones? A los 53 yo tenía acreditados 35 años de servicios, pues empecé a los 18, y con aquella cuña todo fue rápido. Con Malanca, el incansable evocador de un Buenos Aires que se fue, convinimos encontrarnos todos los viernes en un café a la vuelta. Pero ese “a la vuelta” es enfrente del edificio de Crítica, no del todo sino oblicuamente. Algunos de los que llegaban a la tardecita trabajaron allí hasta que el famoso diario se cerró hace irnos años, y esperaban que se reabriera, pues quedaron debiéndoles, a algunos bastante. Periódicos rumores aseguraban que “esta vez” la reaparición era un hecho pues en el negocio estaba metido un ministro, un figurón o algún aventurero que tenía el apoyo del gobierno de tumo, indispensable para poner en marcha la máquina herrumbrada que tan ágilmente hacía funcionar Natalio Botana. Mientras aguardaba la salida de Sarcone, me distraía el espectáculo de la calle, la gente. Los demás realmente parecían espiar desde allí el momento en que esas puertas clausuradas por carteles que les habían pegado encima —había una entrada por la otra calle— iban a dejarles paso hacia sus puestos y el cobro de las lejanas quincenas impagas. Yo empecé allí, y me fui y retorné varias veces —la última ocupaba una mesa cerca de esa ventana del tercer piso—, pero me marché definitivamente cuando don Natalio se mató en un accidente de automóvil volviendo de Jujuy y, aunque parezca extraño, no he pasado en diecisiete años por ese sector de la Avenida de Mayo. No tengo inconveniente en decir que las pocas veces que anduve cerca, lo evité, sin poder explicarme el motivo y sin pretender tampoco averiguarlo. Al verlo después de tanto tiempo no me acordaba de la etapa en que dejé, para no volver, ese edificio sino de cuando entré, al terminar el bachillerato con una carta de mi profesor, Giusti, para Botana, que al recibirme llevaba un revólver al cinto. Fue poco después de la revolución de Uriburu que en buena parte se cocinó allí.

—¿Por qué no vamos a sentarnos al Alameda? —propuso Núñez como lo hacía todos los viernes. Pero agregó esta vez: —Allí festejaríamos mejor el cobro de la retroactividad del amigo Libonatti, que tan noblemente nos invita.

La Alameda era el Café que estaba al lado de Crítica y veíamos muy próximas sus mesas en la otra vereda, pero nadie parecía tener interés en el traslado.

—Sarcone ¿no salió todavía? —pregunté a Malanca.

—Dijo que iba a hablar por teléfono.

Aunque Malanca me ratificaba la realidad del encuentro, me levanté para comprobar si estaba o todo era disparate imaginado. Lo descubrí de espaldas, en el mostrador, pues aunque allí había teléfono público Sarcone usaba el del Café. Volví a mi lugar.

—Allí está. No lo había reconocido cuando se acercó y saludó. Ahora sí, desde la puerta, aunque lo veía de atrás. Ha cambiado mucho.

—Está hemipléjico —me aclaró González.

—¿Hemipléjico?

—Tuvo un derrame y quedó con medio cuerpo paralizado, pero pudo levantarse y anda lo más pancho por el centro. Algo se le nota pero él no afloja, sale todos los días y todavía se las rebusca.

En realidad cuando se acercaba, tal vez porque inconscientemente me recordaba a alguien, reparé en él, y me pareció que caminaba raro, como podría avanzar un biombo desplegado en tres hojas unidas en ángulos diedros por una bisagra. Como había hecho un saludo general antes de meterse en el Café, pregunté quién era.

—Sarcone, ¿no te acordás? —dijo González.

—¿Sarcone?

Bastó su nombre para desencadenar aquellos recuerdos.

—Yo tampoco lo reconocía —comentó Colombo, y después, mientras limpiaba reflexivamente sus anteojos con una gamuza, me dijo: —Hoy me encontré con aquel tipo que estaba en la Administración, aquel flaco, con una cicatriz. Pero se me olvidó el apellido. —¿En la Administración? No sé a quién te referís.

—Pero hombre, aquel narigudo de mal genio. Tengo el nombre en la punta de la lengua, pero no ...

Apareció Sarcone. Al caminar rengueaba, moviéndose un poco de costado como si realmente la mitad viva arrastrara la mitad adormecida de su cuerpo. A pesar de que la ropa le quedaba holgada y la cara estaba trabajada por los años —hacía como diez que no lo veía— era él, evidentemente. Se sentó cerca de mí y al no prestarme atención me permitió observarlo y sin embargo cuanto más lo miraba más excluyentemente veía la escena lejana que tanto me perturbó. Lo estaba pasando por la lidiadora de mis recuerdos. Finalmente no pude contenerme:

—¿No te acordás de mí?

Giró su cabeza y yo realmente escarbé con la mirada esa cara descolorida, inmóvil, pero en la que no se notaba asimetría alguna que permitiera individualizar el lado paralizado.

—La verdad, no te ubico.

Hablaba con cierto esfuerzo como puede hacerlo alguien muy fatigado, pero tampoco en la voz se le notaba nada llamativamente anormal. Iba a explicarle: trabajamos juntos en La ... Pero desistí. Y a Sarcone le importaba más el pedido que hacía al mozo. Él era un implacable recuerdo mío, pero yo no era ni un vestigio en su mente. ¥ cuando Núñez volvió a proponer que mudáramos nuestra tertulia, miré hacia allá. No necesito cruzar para estar en el Alameda. Me vi en aquella mesa, allí me sentaba y allá sigo y estoy. Tuve que parpadear para borrar esa imagen. Pero me bastó ese segundo de fantaseo para sentirme inundado del sabor de los años de la larga lucha de la República Española tal como se sentía entonces en nuestra Avenida de Mayo, más hispánica que nunca. Increíble. Fontdevila había muerto. Paco Madrid, buenísimo Paco, muerto. Ve-negas, maravilloso amigo, maravillosa persona, maravilloso español, muerto. Y antes don Ángel Osorio, imponente Embajador que también sabía reír y cantar. Hasta Cimorra, fuerte como un toro de lidia, pero buenazo, muerto estúpidamente pues por su mismo vigor abusó desaprensivamente de no sé qué droga que tomaba por una gripe o un dolor de muelas, algo tan poco grave como eso.

Lo nombré y alguien dijo:

—Si Clemente no hubiera muerto, a Mariano seguro que lo mataba. O Mariano no se encenagaba como lo ha hecho. Eso, si vive Cimorra nunca se hubiera atrevido, y habría sido imposible verlo en la Oficina de Prensa de Franco. El recuerdo de Fontdevila venía unido a una anécdota. González la contó:

—Ustedes se acuerdan, cuando desapareció un pantógrafo de la sección de dibujantes de La Mañana. Ripoll que se tomaba tan en serio su trabajo de cronista de policía al estilo yanqui y se las daba de detective científico, hizo una investigación y descubrió realmente que lo robó Zapettini. Se empeñó en probarlo y Zapettini que la sacó barata porque la empresa se conformó con despedirlo, quedó sin trabajo. Yo estaba sentado allá enfrente cuando se lo contaron a Fontdevila que escuchó calmoso y dijo después con su voz de bajo y en su cerrado español: y a ese hijo de la gran puta —no decía hijo de o hijo de una sino hijo de la— ¿no se le ha ocurrido investigar aún quién fue su padre?

—Cuando empezó la guerra española yo tenía veinticinco años —me escuché a mí mismo.

Me sentí idiota. ¿Quién iba a comprender que yo quería decir que estaba asombrado que justamente hoy me estuviesen llegando jirones de mi propia vida? No es fácil individualizar un año de otro, pero aquí se definían épocas, unas de miseria, otras de fervor. Y como para corregir la impresión que pudo causar mi referencia intempestiva —no lo era, ya que habíamos nombrado a republicanos españoles compañeros nuestros— se me ocurrió seguir: —El 18 de julio de 1936 a eso del mediodía llegó a Noticias Gráficas un cable anunciando un levantamiento en Marruecos. No se nombraba a Franco sino a Sanjurjo. Las dos semanas últimas venían cargadas de violencia, y presentimientos, y de pronto el estallido, el comienzo oscuro de algo incierto pero que se intuía grave. El especialista en España era Pablo Suero, pero venía más tarde. Estaba casi lista la cuarta edición, que debía estar en la calle a las 3 de la tarde, y Oscar Lanata, el secretario, me dijo: ¿se anima? Tenemos que salir con algo, aparte de los telegramas. Me animé, aunque era muy nuevo en el diario. Pero en la "quinta” se levantó, pues ya Suero había entregado una nota extensa. Tendría curiosidad por leer lo que escribí aquel día.

Sí. Y durante tres años vivimos pendientes de las alternativas de esa lucha, que después olvidamos, o que tal vez creíamos que continuaba en alguna otra parte. Ahora, a tanta distancia, cuando ya ni la propia fe de entonces se recuerda, uno se entera que la nueva generación se interesa por lo que tanto nos conmovió y hasta un ejercicio primario de cine como Morir en Madrid le parece bueno porque les trae un eco de lo que no conocieron. España es nuestro gran imán, antes, ahora y siempre, y bastaría que allá caiga Franco para que aquí todo salte en ... Comprendí que me había distraído por unos minutos cuando oí que al lado mío Malanca informaba que se modificarían ciertos artículos de la ley que disminuían ahora nuestra jubilación. Colombo a su vez me decía:

—Te enteraste que murió aquel fotógrafo, no me acuerdo cómo se llamaba, uno chiquito sin dientes, hace años que fuimos al velorio de la madre, un cuadro de pobreza, algo espantosamente triste. ¡Roque! No, Roque, no. Tengo presente las arruguitas que se le formaban cuando se reía. Se llamaba ...

—¿Estás seguro de que yo lo conocía?

—Creo que sí. ¿No fuimos juntos aquella noche a ese barrio, allá por ... Volví a mirar a Sarcone, aunque me había propuesto olvidarlo. Estaba comiendo un sandwich y, con la boca llena, algo decía del “82 por ciento”, frase allí muy repetida pues era lo que nos tocaba del sueldo de los que estaban en actividad. Tenía un pedacito de miga en la barbilla. Y entonces lo reconocí totalmente, más que en los rasgos, en cierto aire de invencible indiferencia por todo lo que no fuera el logro de sus cercanas metas, pues su única conciencia de existir la alcanzaba en la satisfacción inmediata de sus pequeñas apetencias, un chop que le refresca la garganta, un cigarrillo, afirmación de vida superior a la enfermedad, a toda inquietud. ¿Aún le tenía rencor? Admiración, más bien.

Ya andaría por los 70. Como si Sarcone también le hubiese traído recuerdos, a Núñez se le ocurrió comparar los sueldos de los jóvenes que escriben en esas nuevas publicaciones que sobre el modelo de Time han contribuido a cambiar la fisonomía de nuestro periodismo, y lo que ganábamos en nuestra lejana iniciación profesional.

—Hoy tenemos una generación de niños prodigios —el pibe Rojas sonrió, pues también aludía a él— que a los veinte años tienen una madurez sorprendente y retribución de ejecutivos.

—También entre nosotros hubo muchachos precoces, pero en los sueldos por supuesto, no hay comparación. Pero no basta decir: lo que ganábamos. Te faltó agregar, y no cobrábamos.

Se relataron anécdotas. Malanca decía: corríamos la liebre. Y Núñez, que cambiaba liebre por coneja, contó una de Espinosa, compañero en el diario en el que coincidí con Sarcone. Una noche que regresó sin dinero a su casa, simuló acostado en la oscuridad que extraía dinero del pantalón colgado en una silla y, sin encender, hizo crugir en las manos un papel que dejó en la mesa de, luz, haciéndole creer a la mujer que había cobrado un vale, con lo cual podía irse a la mañana siguiente tranquilo.

—¿Cómo tranquilo? —interrogó González.

—Tranquilo es un decir, pero dejándola confiada... que era lo único que le dejaba.

—No le veo la gracia. Linda responsabilidad de marido. Es para no creerlo.

—Lo contaba él mismo. Ella tendría sus propios padres cerca, ya no me acuerdo. Pero es inútil que te indignes. Así andábamos en esa cueva, corriendo tras un peso.

—Tras un peso —comentó risueño Rojitas— ¿y qué se puede hacer con un peso?

—Ahora, nada, y con diez tampoco, pero entonces ... Después de la revolución: de setiembre, y en 1931, un año de crisis terrible, un peso alcanzaba para dar cada día de comer a mi familia. Lo difícil era conseguirlo —explicó Malanca.

Rojas sonreía incrédulo.

—En 1931 —terció González— yo tenía 19 años y cuando mi vieja me alargaba un mango, me daba la gran fiesta. Ahora vas a ver. El tranvía desde Floresta era ida y vuelta veinte centavos. El diario diez, y un café quince, ya son cuarenta y cinco. Fumaba de veinte pero ese día me daba el gusto y eran “Particulares” de 35, con lo que ya son ochenta. Como alguna moneda suelta me quedaba en el bolsillo, aún me alcanzaba para un café con leche —eran treinta incluyendo cinco de propina— o hasta me daba el lujo de cenar al volver, en un fondín de la Calle Fray Cayetano, sobre la vía del tren —todavía está— donde por treinta centavos te daban un bife con papas fritas.

—¡Qué locura!

—Dicen que cien de hoy son uno de antes. Saquen la cuenta: uno de antes eran 250 ó 300 de hoy.

—Y si tenía cigarrillos, esa tarde podía ir al Select Lavalle a ver una película y a escuchar a Julio de Caro que con su violín corneta y el piano de su hermano Francisco estaban revolucionando el tango.

—Siento olor a quemado —dijo Rojas que observó su propio saco.

—Y no hay que ir tan lejos. La buseca en el Robino —rememoró Malanca— una buseca que adelantaba el calor de enero en pleno agosto; en las noches más crudas de la calle Corrientes, el verano estaba a una cuadra del invierno porque te corrías allí nomás hasta Montevideo y Sarmiento y ya no necesitabas sobretodo. Tras la buseca, un postre de nueces o provolone, ése era el menú de la cantina, todo por cincuenta centavos.

Y no era en el año treinta, sino en mil nueve cuarenta, cuarenta y dos, hasta el cuarenta y cinco, creo. —Yo no había nacido —observó Rojas. —Bueno, viejo, ustedes los jóvenes nacen en el año que se les da la gana —irritado Malanca le movía las manos frente a la cara, que se echó atrás. Terminó por reír con los demás ante su salida. Malanca me lleva unos seis años. Ahora me doy cuenta que cuando lo conocí tendría cuarenta y uno y sin embargo ya era para todos un veterano y era evidente que él mismo se complacía en el papel de viejo porteño cuando lo consultaban sobre la caña . de durazno de algunos boliches o la gripe del 18 que él y otros combatieron y derrotaron con ginebra y grapa. —Y ¿el Gildo? —seguía Malanca que retomaba la exposición normal de sus recuerdos.

—A ver si la terminan —pude decir deseando atajar esa nueva oleada evocativa “de un Buenos Aires que se fue”. Me resultaba insoportable la forma que daban a su rememoración, como esos tipos que hablan de su lejana juventud, cuando yo era muchacho, y frases de esas. Ellos al recordar parecen tener una sensación de distancia. Nombran el Gildo abierto toda la noche en Rivadavia y Azcuénaga y lo sitúan en un remoto pasado y a mí nada podrá demostrarme que eso no ocurrió ayer, anoche estuve en el Gildo, y mi cena costó un peso veinte, una buseca, dos chorizos y una porción amarilla de polenta que se había estado friendo en la misma asadera en la entrada, casi en la calle. Fue ayer, pero mi hígado hoy no aguanta fritos, fue anoche y después volví en el tranvía 2 y ya ni tranvías quedan en Buenos Aires desde hace varios años. Fue anoche y tenía veinte años y hoy cincuenta y siete. Al tranvía 2 que avanzaba a bandazos y recorría íntegramente !a Calle Rivadavia de una punta a otra de la ciudad como si fuera un barco, sube por Plaza Once aquel diarero bajo y medio jorobado que anuncia cantando, Critiquita, Razoncita. Treinta y siete años. Entre un recuerdo tan nítido y este instante, toda una vida, toda la vida, toda mi vida.

—Yo también siento olor a quemado —dijo Malanca mirándose los codos, y sacudiéndose la ceniza—. ¿No huelen a quemado?

—Mientras ustedes rememoran el Buenos Aires de antes, déjenme admirar a estas niñitas de hoy —dijo Libonatti.

Malanca objetó las minifaldas, mientras por un momento prestaba atención al desfile de mujeres.

—Pero éstas ¿qué son? ¿Chicas? ¿Mujeres? Petisas, cortonas, regordetas, casi sin pollera, mostrando un revoltijo de patas y muslos. Ya sabemos que este es el país de la carne.

—¿Qué tiene de malo? —opinó el viejo La-carrere—. No importa lo que son, porque de un modo u otro son mujeres, y eso es generosidad, mostrar todo, entregar todo, no ocultar nada.

—La verdad es que nacimos a destiempo, nosotros.

—Vos, habrás nacido a destiempo. Antes también había pirovo. Y ahora conocemos esto, digno de la época que tiene el honor de ser la nuestra. Estas caderas anchas —indicó alzando la barbilla— me gustan más que la Corrientes angosta, adonde algunos siguen viviendo. Nunca me hubiera perdonado perderme esta exhibición de juventud.

—De no llegarlo a ver, ni te hubieras enterado y de nada tendrías que perdonarte.

—¿Por qué no miran en lugar de decir pavadas? —invitó Libonatti ante ese punto muerto a que llegaba la discusión—. ¿Qué les parece esto? —se refería a una figura en pantalones, algo así como un piyama densamente floreado que combinaba azul, verde y fucsia en tintas muy vivas. La masa doble de las nalgas ajustadamente envasadas marcaba un brusco ensanche en comparación con la cintura y parecía pesarle hasta dar a su paso el ritmo de un orangután.

—Ahora las mujeres salen a la calle en calzoncillos largos —rezongó Malanca. Lacarrere pareció dispuesto a contestarle nuevamente y todos hicieron un alto para escucharlo, con evidente interés, pero él demoró la respuesta; luego cruzó sus flacas piernas —una pantorrilla delgada y blancuzca de viejo asomaba entre la media caída y la botamanga— y tomándose la mandíbula huesuda habló como si fuera a terminar inapelablemente la discusión. Pero pareció cambiar de idea, su ímpetu amainó, y con una voz que nada tenía de polémica dijo con inesperada suavidad:

—¡Qué lindo era culear!

Lo dijo con tan profunda convicción y con tan resignada melancolía que aunque largaron la carcajada luego quedaron tan pensativos como Lacarrere, pues anticiparon en su propio futuro ese pasado tan nostálgicamente rememorado. Lacarrere seguía abstraído con una vaga sonrisa que hacía en ese momento bondadosa la expresión de su chupada cara de pintoresco pillastre y fogueado buscavidas.

—Siento olor a género quemado y hasta a carne quemada —volvió a decir Malanca. —Serán los lomitos que fríen allá dentro —comentó Núñez mientras revisaba su propia ropa.

—¡Qué barbaridad! —gritó González—. Es a éste que se le quema la manga.

Y vació un vaso de agua sobre el saco de Sarcone, que había arrimado el brazo a un cenicero y un cigarrillo propagó un círculo rojo que ardía lentamente y sin llama por arriba del codo. Sarcone comprendió, por fin, y se levantó trastabillando un poco. Lo ayudaron a quitarse el saco. También la camisa estaba agujereada y chamuscada, y advirtieron la llaga de la quemadura. Insensible de ese lado no había sido advertido por el dolor.

—Esto tiene que verlo un médico, vamos, te acompaño a la Asistencia, en un taxi llegamos en un momento —dispuso Malanca.

Pararon uno. A Sarcone le colgaba el saco, sólo puesto en un brazo, y González que le sostenía la manga quemada también subió con ellos.

Todos nos quedamos apabullados, con más ganas de irnos que de comentarlo.

—La verdad es que no debiera andar por la calle, como está —opinó Libonatti.

—Vaya a saber por qué no se queda quieto. Obligaciones familiares, cada uno sabe sus cosas —dijo Lacarrere.

—Esto pasa porque no me escuchan: en La Alameda se está mucho mejor.

Núñez era terco, pero esta vez le agradecí que nos diera un tema de conversación. Sólo de conversación, porque conmigo que no cuente, cruzar de una vereda a la otra sería como desandar 35 años, llegar a una vida anterior, y no se puede y me parece que tampoco se quiere, vivir dos veces. Libonatti llamó al mozo, y en ese momento un hombre bien trajeado y bien peinado, con un clavel rojo en el ojal, saludó a todos afablemente y se detuvo a su lado, conversando de pie con él que seguía sentado, durante unos minutos. Cuando se despidió, se acercó al mozo, que debió ir a buscar cambio para los cinco mil pesos con que le pagó Libonatti.

—¿Quién es ese tipo? —me preguntó Colombo, mientras limpiaba sus anteojos con una gamuza amarillenta—. Hace varios días que pasa y saluda, le contesto y no me acuerdo cómo se llama. Trabajamos juntos en un diario ¿pero en cuál?

—No lo conozco.

Con los anteojos en la mano, había detenido el movimiento circular de la gamuza sobre los cristales. En su expresión se veía el esfuerzo por recordar, la mirada inmóvil como si observase infinidad de caras sin cuerpo y sin dueño que colgaran a su alrededor.

—Me voy, es tarde —estaba muy cansado, sólo porque deseaba irme antes que los demás encontré fuerzas para levantarme—. Hasta el viernes a todos —dije, vacilando, porque mentalmente me estaba prometiendo que a esta tertulia no volvería más.

 

cuento de Bernardo Verbitsky

 

Publicado, originalmente, en la revista Macedonio. Literatura – Teatro – Cine – Artes Año ll Nº 6 / 7  Invierno 1970  

La revista Macedonio. Literatura – Teatro – Cine – Artes apareció en Buenos Aires, entre 1968 y 1972

Gentileza de Ahira. Archivo Histórico de Revistas Argentinas es un proyecto que agrupa a investigadores de letras, historia y ciencias de la comunicación,

que estudia la historia de las revistas argentinas en el siglo veinte.

Link del texto: https://ahira.com.ar/ejemplares/macedonio-no-6-7/

 

Ver, además:

 

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