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Cuando abre la puerta es tan cortés como poco
imponente: mediano, tirando a bajo, anteojos comunes de marco negro,
cabello en desorden con algunas canas, peinado hacia atrás a lo Gramsci,
sonrisa tanguera. Mientras subimos le comento el delirio de espejos que
complica las imágenes en el vestíbulo, y dice algo sobre el constructor de
ese edificio de Marcelo T. de Alvear y Ayacucho, donde trabaja. Cuando se
sienta y, después de servir el té, empieza a rememorar el pasado, se
transforma. Ricardo Emilio Piglia Renzi nació en Adrogué en
1940. La familia de su madre llevaba más de una generación en la ciudad:
"Era la menor de diez hijos. Mis abuelos se habían instalado hacía décadas
y la familia había ido comprando todas las casas de la manzana: hasta que
se convirtió en una especie de cuadra tomada". Piglia padre, en cambio,
venía de una familia de ferrocarrileros: llegó del campo y consiguió
trabajo en la estación local. Tranquilizado por la regularidad del sueldo
británico, se casó.
Para 1977 ya hacia una década que Ricardo Piglia
vivía en Buenos Aires y había publicado dos libros de cuentos (La
invasión y Nombre falso). Ese año comenzó a escribir lentamente
una novela, sin saber hacia dónde iba. En principio iba a ser el rescate
de un hombre del XIX, Enrique Osorio. Después le agregó el epistolario
entre un tío historiador y su sobrino, Emilio Renzi. Sumó a la mezcla a un
censor de cartas y a un polaco, Tardewski, que conversa durante más de
cien páginas con Renzi, en Concordia. Así llegó al núcleo de la novela un
hipotético encuentro entre Hitler y Kafka. "En una primera versión no
hablaban más de quince páginas. Después empezó a crecer. Si leés con
cuidado, te das cuenta de que ni Tardowski ni yo sabíamos todavía cómo iba
a ser el cruce entre Kafka y Hitler."
En su primera edición, Respiración
artificial, publicada por Pomaire en 1980, tuvo inmediata repercusión
en el ambiente literario. Hubo una segunda en 1985. Las ventas sostenidas
de ambas, y la aparición de una tercera edición en Sudamericana (1988),
demostraron haste qué punto se había convertido Piglia en alguien a quien
«hay que leer». Su siguiente novela demoró una docena de
años en llegar. Se llamó La ciudad ausente (1992). Así como en
Respiración artifical había cartas, aquí había cuentos, generados
por una máquina inventada para sustituir a una mujer amada y muerta. La
presencia de subtextos similares no está del todo ausente en la tercera
novela, que Piglia está terminando actualmente. "Estoy
terminando en la segunda versión. Tiene una estructura más limpia, menos
compleja que las otras dos. Renzi tiene una pequeña crisis, se encierra en
una casa de Adrogué y se produce una historia con una mina que vive
enfrente. Algunas sub-historias hay, porque Renzi se lleva su diario
íntimo y se pone a leerlo. Lo copa la idea de leer su vida, de funcionar
como una especie de detective que mira esos cuadernos para ver si puede
encontrar la razón de lo que está pasando. La mina lo empieza a cargar:
que se deje de joder con eso, y él se da cuenta de que está siempre en lo
mismo." Se llama Blanco nocturno por algo que tiene
que ver con la guerra de Las Malvinas. "En unos diarios ingleses me enteré
de que tenían unos visores infrarrojos que les permitian ver en la
oscuridad. De ahí salió el título."
Desde que nació hasta los diez años, Ricardo fue
un feliz hijo único. Cuando llegó su hermano Carlos, el padre, ya
peronista, había pasado del ferrocarril al comercio, y lo envió a un
colegio de curas. "Me mandan al frente a hacer la experiencia de ascenso:
voy al colegio de las familias bien de Lomas y Adrogué. Para mí es una
revolución cultural, porque salgo del potrero. Era un poco la idea de mi
madre, sacarme de la calle." La relación con la literatura
es estimulada por Piglia padre él fue quien no sólo empezó a citarle de
memoria sino también a leerle el Martín Fierro. En parte gracias al
padre pasó de las historietas a los libros: pumas, la colección Robin
Hood, la colección Tor. También fue su padre quien lo sacó del colegio de
curas, cuando Perón chocó con la Iglesia. Allí se amplió el espectro de
amigos, noviecitas y lecturas. La familia ya se había
asentado en Mar del Plata definitivamente, mientras Ricardo se trasladaba
a La Plata primero, y después a Buenos Aires. El hermano Carlos, a quien
dedicó su cuento "Mi amigo", y a quien estará dedicada Blanco
nocturno, todavía vive allí: tiene una inmobiliaria cerca del puerto.
La madre custodió durante un tiempo las decenas de cuadernos que conforman
el Diario de Piglia. El padre enfermó y murió en 1990. "Tenía un cáncer.
Yo volví de Estados Unidos y pude estar con él, por suerte. Aunque fue una
experiencia fuerte, ese mes final." En ese momento Piglia decidió
quedarse. Desde entonces vive en Buenos Aires.
Más que un estudio, el sitio donde estamos es un
amplio departamento vivido, con rastros de años: una biblioteca de
estantes metálicos, algunos cuadros y objetos dispersos, una mecedora de
rafia, más de una mesa, una cocina amplia. Todo empastado por la luz media
gris de las ventanas. Un pasillo conduce al baño, y a otra pieza, con más
libros y la computadora. En el dormitorio hay una gran caja de cartón que
contiene el famoso Diario, más algunos cuadernos sueltos cuyas tapas de
hule negro están pegadas por el tiempo. "Ahora tenemos una
casa en Malabia y Gorriti, porque Beba quería tener unas plantas. Es una
casa chorizo, con un patio al fondo. Para mí eso es el campo. Si fuera por
mí, me movería sólo por acá. Acá están los cines, las librerias, los
restaurantes." Beba es Beba Eguia, pareja de Piglia. Antes
de Beba vivió doce años con Josefina "la China" Ludmer, rigurosa ensayista
literaria. En un momento se abre la puerta y Beba pasa como un ventarrón,
saluda, intercambia unas palabras en código con Piglia ("Nos vemos allá,
¿no?", "Sí, sí, después vemos"), y se va. "Beba lee mucho, es traductora.
Parte de lo que nos une es la literatura. Hace diez años que estamos
juntos", murmura Piglia. Eso es todo lo que está dispuesto a decir acerca
de su vida privada actual. A Piglia le gusta empezar la
mañana con un café fuerte, "un saque de concentración". Desde siempre le
gustó ir a los bares, conversar con los amigos. "Durante años fui a La
Opera. Me gustaba mucho porque me hacía recordar los restaurantes de
los hoteles de pueblo. Los ventanales, el mozo que venía de lejos. Después
lo cambiaron. En esta zona voy al bar de la librería Losada, o a una pizzería
bar, el Babieca, que también tiene la virtud de ser
grande." Durante décadas escribió en una pequeña Lettera,
siempre la misma. Temió el salto a la computadora, pero lo asimiló rápido:
"En realidad se parece más que la máquina a escribir a mano." El diario lo
escribe con lapicera, en una letra que, según muestra, es horrible. Por la
mañana desenchufa el teléfono y tiene cinco o seis horas libres, sin
compromisos, en las que trabaja. A las cinco o las seis de la tarde sale,
ve amigos, y se va a Palermo en la noche.
El año pasado Piglia elaboró el texto de una
ópera con música de Gerardo Gandini, a partir de La ciudad ausente.
"El eje fue la potencia de la música de Gerardo. Hice dos cosas. Concentré
todo en la historia melodramática central de la novela, un poco perdida en
el libro: el tipo que hace un pacto con Russo porque no puede soportar la
muerte de la mina, para que construya una máquina que la eternice, sin
imaginar que él va a morir y ella va a quedar prisionera. En ese núcleo se
sostiene la estructura dramática. Después, en vez de poner las
micronovelas escribí tres micro óperas nuevas, que no están en el libro. No
digo que escribí poesía, sería presuntuoso. Escribí una prosa que pudiera
ser cantada. Y trabajamos todo lado a lado con Gandini."
Las dos largas tardes del reportaje lo llevaron
a pensar en los ciclos de su vida. Enumera los cinco años de facultad en
La Plata, la década de trabajo en las editoriales porteñas (hasta el 76),
los cursos como visiting professor en Estados Unidos (del 77 al
90), "y del 90 para acá, el cine." Porque en ese período filmó cinco
guiones. El primero para Héctor Babenco. "Me llamó y me dijo que quería
que trabajáramos juntos sobre Prisión perpetua. El también había
vivido en Mar del Plata, y lo fascinaba el personaje de Ratliff, un yanqui
extraño que fue fundamental para mi formación, en los dos años que viví
allí. Fuimos juntos al hotel Hermitage, y fue divertido, porque lo
recordábamos maravilloso y era terrible. Parecíamos dos viejos gays: cada
uno en su pieza y juntándonos para conversar. La historia quedó al fin en
dos bloques: como si fueran dos películas de una hora. Se llama Foolish
Heart. Después hizo una adaptación del "Diario para un
cuento" de Cortázar, "para una mujer checoslovaca, que la va a filmar en
castellano en Buenos Aires". Trabajó luego con El astillero de
Onetti, para David Lipzyc. "Como Onetti exigía aprobar el guión, lo que me
gustó fue escribirlo para él: lo leyó y le gustó". Después adaptó "El
impostor" de Silvina Ocampo para María Luisa Bemberg. "Pero ella murió y
me alejé de ese proyecto." Y ahora ha escrito un original, "La sonámbula",
que será la ópera prima de "un pibe muy talentoso, Fernando Spiner, y
sucede en Buenos Aires en el año 2010, durante los festejos del Segundo
Centenario". El último proyecto es un film policial
producido por Adrián Suar: Comodines es su título tentativo. Allí Piglia
se limitó a hacer el papel de "asesor argumental" exclusivamente. En los
créditos figuraría como argumentista, junta a Gustavo Belatti y Mario
Segade, mientras que el guión en sí lo firmarían los dos últimos. Es una
historia policial, negra, con asuntos de drogas, ambientada en la época
actual. Ninguna de esas películas ha sido comenzada. Por
una parte a Piglia le gustaría ver en imágenes lo que escribió. Pero, por
otra, piensa: "En realidad, como laburo sería fantástico que a uno lo
contrataran como guionista y las películas nunca se hicieran".
En el 55, el clima se puso espeso para don
Piglia en Adrogué. Bruscamente decidió mudarse a Mar del Plata, "levantar
campamento". "Detrás había una historia política, una cosa de rencores y
odios barriales. Así que se fue a la aventura. Cuando llegó a Mar del
Plata en seguida consiguió trabajo en seguros. Pero para mí fue un
desparramo absoluto. Perdí parte de la familia, amigos, primos que eran
como hermanos." En Mar del Plata pronto haría sin embargo un nuevo grupo
de amigos, se conectaría con la gente del Cine Club, conocería a Ratliff,
descubriría el mar. Pero los primeros días fueron
terribles. Fue entonces cuando empezó a escribir. "Me
acuerdo de estar en la casa desmantelada. No habían encontrado lugar para
mí en el colegio, para empezar en marzo, y me puse contentísimo. Pensaba
volver solo a Adrogué, irme a vivir a la casa de mi tía Elisa. Ahí empecé
a escribir el Diario, y ya no dejé de hacerlo. Ahora pienso empezar a
seleccionarlo. No creo que se salve más del cinco por ciento. Pero siempre
juego con la idea de un libro póstumo. Y con la teoría de que todo lo que
escribí lo escribí para poder publicar después ese Diario." Luego de una
pausa, mira por la ventana y agrega: "Será que cuando lo empecé no tenía
vida ninguna, ni le daba la menor importancia". Y es difícil decir si está
hablando con el entrevistador o consigo mismo.
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