Tiempo tormentoso
Enrique Novick

Estoy encerrado dentro de una celda muy singular. El techo tiene poros invisibles que dejan filtrar la luz de poderosos focos de mercurio. Su reja es de un acrílico duro como el diamante. Más bien parece querer disimular su cometido. Si no conociera de sobra a mis captores, casi diría que intentan resguardarme. Lo cierto es que da exactamente lo mismo estar dentro que fuera de ella. Presos y opresores vivimos encerrados en una fortaleza de acero y concreto cincuenta metros bajo la superficie de la tierra. Por otra parte, eso es lo único que tenemos en común. ¡Dios mío¡ ¿Cómo es qué me encuentro sumergido hasta el cuello en esta aventura absurda? Hasta hace pocos días, yo era un simple mortal al que sólo podía someter la luz de un semáforo; acaso el rigor de un chaparrón inesperado. Entonces sabía muy bien que uso darle a un paraguas.

 

Eso era antes de que se transformase en un objeto anacrónico, digno de languidecer bajo el polvo de un museo. Dentro del ambiente aséptico que regula con sabia precisión mamá computadora, no caben mayores alternativas. En otros tiempos, los alguaciles solían anunciarme alegremente la proximidad de la lluvia.

 

Extraño aquel olor a tierra húmeda; un dulzón aroma a flores del paraíso al caer de la tarde. Sin piedad, ellos cambiaron mis alguaciles por un barómetro, pero éste no vuela; ni siquiera tiene gracia. Reconozco que la agencia de colocaciones me lo previno más de una vez, con el celo y la obstinación de Werther, mi gato, en trance de sembrar sus cavilaciones nocturnas por los techos:

 

-El salario a cobrar por sus servicios de mozo, será muy superior al corriente. Eso sí, sus empleadores exigen una condición por demás severa: nada de lo que oiga o vea deberá trascender el ámbito de su trabajo. Su consigna es clara: conservar la boca bien cerrada todo el tiempo previo y posterior a su contrato. Sólo deberá abrirla para comer...

 

-¡Vaya forma tan poco elegante de promover una relación laboral!- dije, reaccionando de viva voz -Le condicionan a uno en sus posibilidades fisiológicas, reconocidas por el Pacto de San José de Costa Rica, y la XIII Convención Gastro Ecuménica de Uganda; con la tan reveladora apostilla de su acuerdo final: «Volentí non fit injuria» (No se causa daño a quien consiente) Lo cual no obsta para que me impidan bostezar, como una opción alternativa y responsable, eructar ante situaciones difíciles de digerir, silbar e! coro de los esclavos hebreos del Nabuco: última manifestación consciente del inconsciente colectivo.

 

Sin embargo, no persistí en esa actitud negativa por mucho tiempo. La paga más que tentadora y esa condición tan poco usual, concluyeron por excitar mí curiosidad, por aventar mis dudas metafísicas hasta un límite razonable que no se extendía, ¡oh, casualidad! más allá de las fronteras de Costa Rica y Uganda, lo confieso sin rubor. Se trataba de servir a un grupo de científicos abocados a la realización de un proyecto súper secreto del cual, por extraña paradoja, hablaba todo el mundo; la bomba de neutrones. Para mí, un perfecto lego en la materia, todas las bombas eran ¡guales: una abstracción intolerable; mataban lo mismo. De pronto, el recuerdo de un pasatiempo infantil ya lejano, se puso a canturrear en mi memoria, con la gracia inefable de un rondó de Mozart:

 

-Decime un número-me oigo plantear un enigma tipo Esfinge de Tebas, dispuesto como ella a devorar a mi interlocutor al menor titubeo.

 

-¿Qué número? -contesta el otro, presumiblemente desde el planeta Marte.

 

-Cualesquiera, tonto... El primero que se te ocurra.

 

-Y bien... ¡Cinco!

 

-Seis ¡Te gané! -replico yo, montado en la cresta de una euforia terráqueo-local. El premio a mi travesura solía consistir en un paquete de caramelos cuyo número, conforme a una práctica preestablecida, se ajustaba acorde con la diferencia ocasional resultante entre ambas cifras. Pero el juego siniestro en el que hoy me veo envuelto, muy a pesar mío, no formula pregunta alguna.

 

Por lo que tampoco admite respuestas. Sus guarismos se traducen peligrosamente en otras unidades de valor menos convencionales: megatones. Sus bravos participantes son, en este caso, estadistas, políticos, hombres de ciencia, comunicadores sociales: la misma escoria de siempre en diferentes y coloreados envases. Antes que liberar la conciencia universal del hombre, prefiere hacerlo con sus neutrones mediante una fisión nuclear. ¡Cuánto más dulce y más humano hubiese sido arrojar caramelos y globos sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero la historia no la escriben los niños ni los poetas.

 

En cuanta ocasión me tocaba servir la mesa, aquellos hombres acostumbraban contemplarme como a un ser de otra galaxia, guardando prudente silencio. ¡Qué tortura debió significar para ellos, de ordinario tan locuaces, no poder hablar aunque más no fuese del tiempo! ¡Ni una mísera nubecilla asomaba por el compacto horizonte de granito! ¡Ni una sola grieta quebraba el impecable estuco de las paredes, exaltando el valor de la vida en una flor, en un grano de polen!

 

En cierta oportunidad, el exceso de bebida les hizo confundir mi figura con la más

Familiar y apreciada de un robot, así que no tuvieron reparo alguno en superar su bendita trauma del silencio congelado en el tiempo.

 

-¡Hemos salvado los tesoros de la cultura! -dijo uno de ellos.

 

-¡Los monumentos de la civilización! –enfatizó otro. Agregando exultante- La bomba de neutrones sólo tendrá efecto sobre los habitantes de una ciudad. Sus paredes permanecerán intactas.

 

También sus estatuas, sus museos. ¡Todo lo que el arte y la ciencia aportaron en tantos siglos, quedará preservado de la destrucción!

 

Lo que me sucedió en ese instante, hoy es materia de especulaciones. No puedo alegar en mi descargo, que desconociera los rumores y trascendidos periodísticos sobre ese maldito asunto de la bomba. Incluso antes de comenzar a trabajar en su laboratorio. Pero una cosa es asistir al hecho consumado, desde las páginas de un diario, y otra muy diferente tener delante a los victimarios en potencia, haciendo una romántica relación antes de cometer el crimen. Evaluando graciosamente los litros de sangre a derramar como un margen calculado, como una simple referencia estadística. Volverla a su condición de fórmula matemática, reducirla a un microfilm, ubicarla en una bóveda subterránea, compendiarla en un informe de pocos folios que nadie lee ni a nadie importa. Lo siento por la agencia. Más aún; estoy dispuesto a asumir toda !a responsabilidad por lo ocurrido. Tengo plena conciencia de que mi voz, en principio, se alzó tímidamente y a borbotones, cual crema de afeitar en aerosol; para concluir en un crescendo tumultuoso:

 

-Señores: entiendo que pretendan salvar los testimonios de la cultura. Nadie en su sano juicio, puede objetar lo encomiable de ese propósito. Pero, si todos debemos perecer para que ello ocurra, ¿quién finalmente los disfrutará? Si es preciso sacrificara un solo hombre para que otros gocen de tal privilegio, ¿cuál es entonces el sentido de la obra de arte resguardada, del artista que la produjo, del resto de la humanidad que asiste indiferente al holocausto? Ya no encontraremos sentido ni siquiera en la palabra sentido. Darwin será un mito que flota en el vacío semejante a un tótem: solitario e irremediablemente obsoleto. Temo que volveremos a trepar a los árboles como nuestros ancestros, si es que logra sobrevivir alguno...

 

No me dejaron continuar. Con cuerdas y cadenas se abalanzaron sobre mí. Para saber si ocultaba un micrófono bajo mis ropas, me despojaron de ellas. Con sofisticados aparatos fue examinado mi cerebro y se tomaron fotografías de mis sueños. Por lo que pude saber, el equipo de sicólogos a cuyo cargo está su interpretación definitiva, sospecha que mi actitud corresponde a una perversión polimorfa y congénita. ¡Benditos sean Piaget, que liberó de culpa a mis padres, y aquel espermatozoide que me dio origen: independiente, selectivo, con toda su carga de expectativas a cuestas! Pero esta vez, creo haberlos burlado. En uno de esos sueños me encuentro de pie, radio en mano, sobre un campo yermo. El cielo está totalmente despejado, sin embargo, llueve copiosamente. El agua parece brotar de un surtidor misterioso. Veo pasar a mi gato. De sus bigotes cuelgan diminutas gotas de lluvia. Cuentas de un rosario que él sacude con fervor de penitente. Le oigo suspirar desolado por la ausencia de techos errátiles, de cornisas encantadas donde abrevar sus viejas cuitas de volatinero. Como aún no se inventó la fotografía de sueños sonora, faltó a mis captores una banda de sonido por demás ilustrativa. Ellos no pudieron escucharla; en cambio yo sí. Aún la siento estrujar suavemente mi corazón. Se trataba del blue «Stormy weather»; Tiempo tormentoso. Me parece estar oyendo a la cantante entonar por el radio con su voz profunda de «mezzo», aquella estrofa que dice así;

 

«Todo lo que hago es elevar una oración:

 que pueda yo caminar bajo el sol una vez más..»

Enrique Novick

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