Un cuento para Elio
Nila Mendoza de Hopkins

 Angélica tenía muchos, pero muchos años, tantos, que un día caminando por el parque se puso a contar las hojas de los árboles que veía a su alrededor, y se dio cuenta de que faltaban hojas  en ellos para completar ese montón de años que llevaba encima.  Ella nunca había sido consciente de la ruma  de  años que cargaba a cuestas, hasta que conoció a un muchacho que tenía tan poquitos, pero tan poquitos años que cuando   Angélica contaba las hojas de esos árboles que veía en el parque, notó que sobraban muchas, pero muchas hojas en ellos cuando los relacionaba con la edad de su amigo; de aquel amigo que conoció, por causalidades de la vida.  En efecto, cuando Angélica lo encontró en su camino, ella, ni siquiera, pensaba visitar ese sitio donde lo vio por primera vez.  Ese lugar apareció en su vida por pura causalidad, ya que ella quería visitar otro sitio y no ése, sólo que el tiempo disponible no alcanzaba para completar su anhelo de conocer el lugar que ella realmente deseaba. 

 Angélica era mujer muy atractiva, demasiado atractiva para su edad, la cual no representaba, porque a pesar de la ruma de años que llevaba a cuestas,  se veía más joven de lo que realmente era. Añadido a eso, era una mujer culta, con muchas ganas de vivir, activa y con un gran sentido del humor.  Cuando su esposo murió, y sus tres hijas se casaron, ella se quedó muy sola en su casa, por ello, decidió irse a vivir  a un hogar privado para gente mayor. Nunca dijo en voz alta que era un hogar para ancianos, porque ella en sí, no se consideraba una anciana. Ese mismo espíritu tan joven que tenía, le impidió conseguir, en ese hogar, la compañía que tanto necesitaba para no sentirse tan sola como lo estaba después de la muerte de su esposo.    Angélica empezó a viajar por tierras lejanas y cercanas y fue en uno de esos viajes que conoció al joven que era un montón de hojas de árboles menor que ella. 

 Angélica notó cuando  Elio -así supo, después, que se llamaba - subió al bus donde ella se encontraba sentada sola, como  lo estuvo  en ese hogar de ancianos, a pesar de estar siempre rodeada de personas de todas las clases.  Ella lo miró, pero no lo vio.  No lo vio, no porque su presencia pasara desapercibida para ella, sino porque ella no quería seguir fijándose en nadie que la abstrajera de la vida solitaria que durante tanto tiempo ya, resignada, había decidido aceptar.  Ella no quería seguir coleccionado personas en su lista  envejecida, de tantos años que había vivido, porque al final siempre pasaba lo mismo: los nombres de esas personas empezaban a ser tachados, o como ella decía:

- Los cambiaba tanto de escalafón, los bajaba y los subía tanto de mis escalones que un día decidí no incluir a nadie más. 

 Elio saludó cortésmente con unos – buenos días – y una reverencia muy sutil que denotaba, sin mucho observarlo, los modales finos de un hogar bien llevado.  

El tour comenzó la ruta programada, y cada vez que   Angélica se quería sacar una foto como recuerdo de aquel lugar causal que le tocó conocer,  Elio se le acercaba y le decía con todo respeto:

- ¿Quiere que le tome yo la foto, señora? 

Angélica aceptaba, no sin antes apreciar la gentileza de aquel joven quien con toda naturalidad se ofrecía a sacarle las fotos.  Así, pasó todo el tour.   Elio hablaba, no con ella, sino con otro pasajero del bus, de muchas cosas que a   Angélica le resultaron interesantes.  Ella se decía mientras escuchaba:  

- ¡Qué extraño que un muchacho tan joven hable de cosas tan  interesantes! 

El tour terminó unas horas más tardes.  El joven  Elio le pidió intercambiar direcciones y teléfonos, se despidió con un beso de cortesía en la mejilla y le dijo:

- Cuando regrese a su  ciudad tendrá noticias mías, espero que nos escribamos. 

Cuando  Angélica regresó a su hogar donde vivía con los otros ancianos, a su soledad de siempre, encontró una carta de Elio.  La leyó sin mucha emoción porque ya  estaba acostumbrada, por tantos siglos que había vivido, de que un joven de la edad de  Elio no perdía el tiempo haciendo amistad con una  persona, cuya edad era infinita, y de allí, que las hojas de los árboles seguían sin alcanzar para contar sus años. 

 Angélica respondió la carta, inmediatamente, porque siempre le molestó que la gente no contestara  sus misivas a tiempo.   Elio, también, respondió a la carta de   Angélica de inmediato, con la misma amabilidad con la cual le había tomado las fotos durante el tour.    Angélica se alegraba de aquella gentileza de aquel joven porque, realmente,  agradecía el poco tiempo que, al principio,    Elio sacaba de su trabajo para escribirle a ella. 

Por medio de las cartas y conversaciones telefónicas, que también se añadieron a su amistad con él,   Angélica descubrió que  Elio no sólo sabía de la música moderna de su época, sino también de aquella que sólo la generación de   Angélica conocía.   Elio, a pesar de su corta edad, sabía muchas cosas que sólo los contemporáneos de   Angélica conocían, y esas personas ya no existían de tantos siglos que habían transcurrido, y los ancianos que vivían en el mismo hogar de   Angélica estaban, espiritualmente, más muertos que la propia muerte.   

Con Elio,   Angélica llegó a hablar de un sin fin de temas de los que ella no podía hablar con nadie, no porque fueran secretos, ni porque no hubiera personas cerca de ella con quien hacerlo, sino porque todas los seres que la rodeaban vivían su propio mundo, sin notar que la única cosa que realmente hacía feliz a   Angélica era conversar. 

Así pasó casi un año, y   Angélica hablaba casi a diario por teléfono con aquel joven.  Los otros viejos que vivían en el hogar donde   Angélica habitaba le decían:

- No te acostumbres a hablar con ese joven, no vaya a ser que cuando  deje de hacerlo, lo empieces a extrañar. 

Angélica no hacía caso de esas recomendaciones, y más bien, sentía que los otros ancianos envidiaban la suerte que ella tenía de conocer a alguien como Elio.  Ella disfrutaba muchísimo de la amistad con el joven.    La camaradería con  Elio crecía cada día más, de una forma tan natural y tan espontánea que ambos mostraban alegría al hacerlo. 

Un buen día,   Angélica  empezó a notar que se estaba creando, en su ser, una dependencia hacía aquel joven, y esto la alarmó un poco.    Angélica empezó a ansiar la llegada de las horas para compartir sus inquietudes con aquel joven que empezaba a formar parte de su vida.  Cuando ella no podía hablar con el joven Elio, sentía como un dolor en su pecho porque extrañaba su conversación.  Sin embargo, no le dio mucha importancia porque ella interpretaba que ese dolor se debía a su necesidad de compartir sus cosas con alguien que realmente la quería escuchar, porque a pesar de ser tan vieja, ella estaba llena de energías, de alegría y ansiaba tanto contar las cosas que había vivido y seguía viviendo. 

Angélica siguió con su rutina de siempre, pero empezó a notar que se despertaba a media noche llorando, que cuando leía algo emotivo lloraba, que cuando sus nietos e hijas la visitaban y la abrazaban con efusividad lloraba; y se dio cuenta, también, de que en su pecho se empezaba a formar un dolor ya olvidado por ella porque comenzaba a extrañar a aquel joven más de lo normal, o de lo que en sus parámetros de persona adulta, y ya muy mayor, se pudiera aceptar como normal. Cuando ella se dio cuenta de ello, pensó que se trataba de uno de esos amores etéreos que le pasaba a cualquiera, en cualquier momento.  

Un día,   Angélica caminaba cerca de una piscina y evocó al joven  Elio y cuando regresó a su casa y vio su cuerpo reflejado en el espejo, se dio cuenta de que sus senos se hinchaban con el sólo recuerdo de aquel joven.  Cayó en cuenta de que su cuerpo se transformaba al evocar a  aquel mozo, notó que sus glándulas empezaban, otra vez, a funcionar como lo habían hecho cuando ella era tan joven, y de eso hacía tantos, pero tantos años, que también lo había olvidado.  Ella miraba su piel y sus cabellos y ambos estaban brillantes por el deseo de hacer el amor con  aquel muchacho. Cuando   Angélica descubrió esa locura de ella, se prometió que nadie, absolutamente nadie sabría de ello, pero que sobre todo, se lo escondería al joven  Elio porque lo que más temía ella era perder su amistad. 

A pesar de todas las promesas que   Angélica se hizo para con ella misma, sentía que ella engañaba a aquel joven, porque mientras él la veía como su amiga, ella lo veía como un hombre; mientras él le enviaba besos de amigo, ella cerraba los ojos y sentía que los recibía como una mujer.  Cuando el joven  Elio le enviaba abrazos, ella deseaba que esos abrazos fueran ciertos y no se quedaran en el papel  Así,   Angélica empezó a “enfermarse” porque ella no estaba acostumbrada ni a ocultar sus sentimientos, ni a engañar a nadie.  Sobre todo, le dolía hasta lo más íntimo de su ser engañar a aquel joven que había sido tan especial con ella. 

Un día,   Angélica decidió enfrentar sus temores, le contó todo al joven y le pidió que la perdonara por defraudarlo de la manera como lo había hecho. Cuando   Angélica le contaba esto al joven Elio, lloró como hacía años no lo hacía porque estaba segura de que hasta allí iba a llegar la compañía, y sobre todo, la amistad tan espontánea de Elio.  La vergüenza tan grande que   Angélica sentía mientras le narraba todo eso a Elio, no era comparada con nada que ella supiera que existiera, ni siquiera con su edad, porque aquello era más infinito que sus propios años: era, sinceramente, inmensurable. Sin embargo, para sorpresa y tranquilidad de   Angélica,  Elio se mostró compasivo y comprensivo ante la confesión oída, y   Angélica se prometió y le prometió que más nunca hablaría de eso.

Pasaron varios días, y el dolor que seguía experimentado Angélica, ante lo que no podía ser, se fue apoderando más y más de su corazón.  Éste se hacía trizas mientras el tiempo pasaba, y lo peor era que no se podía culpar a nadie de haber herido el alma de aquella mujer de tantos años, porque ella solita lo había hecho.  

La angustia de Angélica fue creciendo hasta que tuvo que hablar con una amiga psicóloga porque ella no sabía cómo enfrentar sola ese dolor. Angélica pensaba que a esas alturas de su vida cuando ya iba de regreso, cuando ya  había hasta escrito su testamento, eso no le podía estar pasando a ella.  Le contó todo a la psicóloga, y para asombro de Angélica, aquélla le dijo que ese problema era más común de lo que ella se imaginaba entre personas de su edad, pero que la gente lo ocultaba por las mismas razones que   Angélica quiso ocultar el de ella: por vergüenza.   

El día menos esperado, al joven  Elio lo cambiaron de trabajo y ya no disponía de una oficina privada para poder conversar con libertad con   Angélica.  Elio, apenas si le pudo decir rápidamente - demasiado rápido - sintió   Angélica, que ya no podían hablar como antes por su nueva posición en una oficina compartida con tantas personas y controlada no sé por qué sistemas.  Elio, por su nueva vida, y según él, estaba siempre corriendo; y   Angélica perdió  a su interlocutor tan querido y tan interesante. 

 Angélica pensó que ella había invadido el espacio psicológico y emocional de aquel joven y supuso que hasta su ausencia en el teléfono,  podría ser una excusa de él para no seguir perdiendo su tiempo con ella.  La entristecía que los ancianos que la habían advertido pudieran tener razón, y le daba aún más tristeza cuando contemplaba aquellos seres marchitos con los cuales compartía su existencia. 

Angélica se llenaba de vergüenza de sólo pensar el poco tacto que tuvo al invadir la privacidad de aquel mozo.  Se arrepintió una y mil veces de haber sido débil, de no haber tenido la voluntad de hierro que siempre la caracterizó para mantener en secreto todo su embrollo sentimental.  

Temiendo hacerle daño al joven, pensando que esa situación no era justa para él, le escribió un mensajito donde le decía: 

 - Adiós, amigo, adiós, fue, es y seguirá siendo lindo ser tu amiga, pero creo que en esta existencia,  a mí, se me acabó el tiempo.

Eso lo hizo Angélica para indicarle a su joven amigo que ella lo dejaba libre porque no quería enloquecerlo con su locura, porque no quería que la situación se tornara insostenible para él.   

 Finalmente, las conversaciones telefónicas y las misivas que tanto necesitaba Angélica y que la llenaron infinitamente, y que la  colmaron de mucha vida no se produjeron más. Angélica, contradictoriamente con lo que su mente le decía, se dejaba llevar por su corazón y  se sentó por muchos días frente a su teléfono, esperanzada en  oír algún día el timbre  del teléfono que  le mostrara que el joven  Elio estaba ahí, pero éste no volvió a repicar más, al menos para ella.   

Angélica  decidió regresar a su mundo solitario, por un tiempo, hasta que pasara aquella tormenta porque ella, en lo más hondo de su corazón, no quería perder a aquel amigo que era tan especial para ella, con quien había compartido tantas cosas hermosas.  Ella quería que si el joven  Elio alguna vez regresaba a  ella,  se sintiera libre como al principio, y deseaba que si eso pasaba, ya su tempestad interior se hubiera apagado por completo.  Se prometió a si misma que si el joven  Elio volvía, estaría  alerta para no  permitir que la tormenta que llevaba en ese momento en su ser,  se repitiera.  Deseaba comenzar desde el principio, sin que hubieran presiones para el joven Elio, porque aunque él le dijo que no era así, en el fondo de su corazón, ella presentía que  Elio se había alejado por su culpa, por haberle hecho unas confesiones de amor que nunca debió hacer, ya que ellos eran amigos, y ella tenía la responsabilidad de respetar eso.  

Antes de “soltar” al joven Elio, Angélica agarró el papel donde acostumbraba a escribir los nombres de las personas que fueron importantes para ella, y por encima de todos ellos escribió el nombre completo del joven. Lo escribió de primero porque ése había sido el nombre más importante que ella había escrito en esa lista. 

 Se fue a la orilla del lago donde ella vivía y lanzó el papel. Cuando tiró ese papel, las corrientes del lago se lo llevaban  al medio, lo más lejos de la orilla, y lo regresaban de nuevo a ésta.  Otras veces, el papel se iba lago adentro y volvía a regresar a la orilla, pero nunca se hundió. Los nombres de la lista se iban borrando poco a poco, pero el del joven  Elio no desaparecía.  Algunas veces se atenuaba, pero otras veces se marcaba más.  Todos los que caminaban por la orilla de aquel lago, o paseaban en lancha, y hasta los pescadores que pescaban lago adentro, notaron la presencia de aquel papel que no podía ser hundido por las olas de aquel lago tan impetuoso, y se empezó a tejer una leyenda alrededor de él.   

Cada quien comenzó a hacer conjeturas con respecto a aquel  papel.  Algunos decían que ésa era la página de un diario personal  que había sido lanzado al lago por una mujer que había sufrido, o disfrutado - ¿quién lo sabía? -  mucho por el amor de ese joven que se llamaba Elio, y que la hoja del diario había logrado desprenderse porque, seguramente, el joven también amaba a la mujer, y con ello, le quería indicar a ella que si se hubieran conocido en otros tiempos y en otras circunstancias, él la hubiera amado tanto como ella lo amó a él. 

Otros decían que no era así, que lo que pasaba era que el nombre de ese joven llamado  Elio no se borraba del papel porque ese nombre estaba labrado en el corazón de la mujer que había lanzado el diario al lago  y mientras ese nombre estuviera gravado en ese corazón, el nombre del joven  no podía desaparecer.  Sin embargo, los más jóvenes, a los que todavía no se les había marchitado el alma, decían que el nombre del joven  Elio no se borraría jamás, pasara lo que pasara, porque con eso él le quería demostrar a la dama que lo había amado tanto, que por sobre todas las cosas del mundo, su amistad había prevalecido con el tiempo.    

Otros decían haber escuchado que la mujer que tenía tantos años que casi no los podía contar, le había pedido al joven  Elio que cuando él tuviera la misma edad que ella tenía cuando ellos se conocieron, y él tuviera un hijo con la edad que él tenía cuando la conoció a ella, le entregara un cuento que había sido escrito por ella, para Elio, y que ese relato se llamaba “Un Cuento para Elio”.  La mujer en cuestión puso dos condiciones para que eso sucediera: primero, que esa narración fuera sólo entregada al hijo que el joven  Elio estuviera seguro de que comprendería la situación vivida por ella, por lo tanto,  Elio debería ser lo suficientemente inteligente para seleccionar a cuál de sus hijos pasárselo. Segundo, no contarle nunca a nadie, ni siquiera a su novia, o esposa, o compañera, o amigos íntimos el drama vivido por la dama que tenía más años que las hojas de los árboles que ella veía mientras lo evocaba.  La leyenda dice que si el Joven  Elio no cumple lo pedido, la lista se hundirá en el lago para siempre, y su nombre será borrado del corazón de la señora. 

Nila Mendoza de Hopkins

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