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Un cuento para Elio |
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Angélica tenía muchos, pero muchos años, tantos, que un día
caminando por el parque se puso a contar las hojas de los árboles que veía
a su alrededor, y se dio cuenta de que faltaban hojas en ellos para completar ese montón de años que llevaba
encima. Ella nunca había
sido consciente de la ruma de
años que cargaba a cuestas, hasta que conoció a un muchacho que
tenía tan poquitos, pero tan poquitos años que cuando Angélica
contaba las hojas de esos árboles que veía en el parque, notó que
sobraban muchas, pero muchas hojas en ellos cuando los relacionaba con la
edad de su amigo; de aquel amigo que conoció, por causalidades de la
vida. En efecto, cuando Angélica
lo encontró en su camino, ella, ni siquiera, pensaba visitar ese sitio
donde lo vio por primera vez. Ese
lugar apareció en su vida por pura causalidad, ya que ella quería
visitar otro sitio y no ése, sólo que el tiempo disponible no alcanzaba
para completar su anhelo de conocer el lugar que ella realmente deseaba. Angélica era mujer muy atractiva, demasiado atractiva para su
edad, la cual no representaba, porque a pesar de la ruma de años que
llevaba a cuestas, se veía más
joven de lo que realmente era. Añadido a eso, era una mujer culta, con
muchas ganas de vivir, activa y con un gran sentido del humor.
Cuando su esposo murió, y sus tres hijas se casaron, ella se quedó
muy sola en su casa, por ello, decidió irse a vivir a un hogar privado para gente mayor. Nunca dijo en voz alta
que era un hogar para ancianos, porque ella en sí, no se consideraba una
anciana. Ese mismo espíritu tan joven que tenía, le impidió conseguir,
en ese hogar, la compañía que tanto necesitaba para no sentirse tan sola
como lo estaba después de la muerte de su esposo.
Angélica empezó a viajar por tierras lejanas y
cercanas y fue en uno de esos viajes que conoció al joven que era un montón
de hojas de árboles menor que ella. Angélica notó cuando Elio
-así supo, después, que se llamaba - subió al bus donde ella se
encontraba sentada sola, como lo
estuvo en ese hogar de
ancianos, a pesar de estar siempre rodeada de personas de todas las
clases. Ella lo miró, pero no lo vio.
No lo vio, no porque su presencia pasara desapercibida para ella,
sino porque ella no quería seguir fijándose en nadie que la abstrajera
de la vida solitaria que durante tanto tiempo ya, resignada, había
decidido aceptar. Ella no
quería seguir coleccionado personas en su lista envejecida,
de tantos años que había vivido, porque al final siempre pasaba lo
mismo: los nombres de esas personas empezaban a ser tachados, o como ella
decía: -
Los cambiaba tanto de escalafón, los bajaba y los subía tanto de mis
escalones que un día decidí no incluir a nadie más. Elio saludó cortésmente con unos – buenos días – y una
reverencia muy sutil que denotaba, sin mucho observarlo, los modales finos
de un hogar bien llevado. El
tour comenzó la ruta programada, y cada vez que Angélica
se quería sacar una foto como recuerdo de aquel lugar causal que le tocó
conocer, Elio se le acercaba
y le decía con todo respeto: -
¿Quiere que le tome yo la foto, señora?
Angélica
aceptaba, no sin antes apreciar la gentileza de aquel joven quien con toda
naturalidad se ofrecía a sacarle las fotos.
Así, pasó todo el tour.
Elio hablaba, no con ella, sino con otro pasajero del bus, de
muchas cosas que a Angélica le resultaron interesantes. Ella se decía mientras escuchaba: -
¡Qué extraño que un muchacho tan joven hable de cosas tan interesantes! El
tour terminó unas horas más tardes. El
joven Elio le pidió
intercambiar direcciones y teléfonos, se despidió con un beso de cortesía
en la mejilla y le dijo: -
Cuando regrese a su ciudad
tendrá noticias mías, espero que nos escribamos. Cuando
Angélica regresó a su hogar donde vivía con los otros ancianos,
a su soledad de siempre, encontró una carta de Elio.
La leyó sin mucha emoción porque ya
estaba acostumbrada, por tantos siglos que había vivido, de que un
joven de la edad de Elio no perdía el tiempo haciendo amistad con una
persona, cuya edad era infinita, y de allí, que las hojas de los
árboles seguían sin alcanzar para contar sus años. Angélica respondió la carta, inmediatamente, porque siempre
le molestó que la gente no contestara sus
misivas a tiempo. Elio,
también, respondió a la carta de Angélica
de inmediato, con la misma amabilidad con la cual le había tomado las
fotos durante el tour. Angélica se alegraba de aquella gentileza de aquel
joven porque, realmente, agradecía
el poco tiempo que, al principio, Elio
sacaba de su trabajo para escribirle a ella. Por
medio de las cartas y conversaciones telefónicas, que también se añadieron
a su amistad con él, Angélica
descubrió que Elio no sólo
sabía de la música moderna de su época, sino también de aquella que sólo
la generación de Angélica
conocía. Elio, a pesar de
su corta edad, sabía muchas cosas que sólo los contemporáneos de Angélica
conocían, y esas personas ya no existían de tantos siglos que habían
transcurrido, y los ancianos que vivían en el mismo hogar de Angélica
estaban, espiritualmente, más muertos que la propia muerte. Con
Elio, Angélica llegó
a hablar de un sin fin de temas de los que ella no podía hablar con
nadie, no porque fueran secretos, ni porque no hubiera personas cerca de
ella con quien hacerlo, sino porque todas los seres que la rodeaban vivían
su propio mundo, sin notar que la única cosa que realmente hacía feliz a
Angélica era
conversar. Así
pasó casi un año, y Angélica
hablaba casi a diario por teléfono con aquel joven.
Los otros viejos que vivían en el hogar donde Angélica
habitaba le decían: -
No te acostumbres a hablar con ese joven, no vaya a ser que cuando
deje de hacerlo, lo empieces a extrañar. Angélica
no hacía caso de esas recomendaciones, y más bien, sentía que los otros
ancianos envidiaban la suerte que ella tenía de conocer a alguien como
Elio. Ella disfrutaba muchísimo de la amistad con el joven.
La camaradería con Elio
crecía cada día más, de una forma tan natural y tan espontánea que
ambos mostraban alegría al hacerlo. Un
buen día, Angélica
empezó a notar que se estaba creando, en su ser, una dependencia
hacía aquel joven, y esto la alarmó un poco.
Angélica empezó a ansiar la llegada de las horas para
compartir sus inquietudes con aquel joven que empezaba a formar parte de
su vida. Cuando ella no podía
hablar con el joven Elio, sentía como un dolor en su pecho porque extrañaba
su conversación. Sin
embargo, no le dio mucha importancia porque ella interpretaba que ese
dolor se debía a su necesidad de compartir sus cosas con alguien que
realmente la quería escuchar, porque a pesar de ser tan vieja, ella
estaba llena de energías, de alegría y ansiaba tanto contar las cosas
que había vivido y seguía viviendo. Angélica
siguió con su rutina de siempre, pero empezó a notar que se despertaba a
media noche llorando, que cuando leía algo emotivo lloraba, que cuando
sus nietos e hijas la visitaban y la abrazaban con efusividad lloraba; y
se dio cuenta, también, de que en su pecho se empezaba a formar un dolor
ya olvidado por ella porque comenzaba a extrañar a aquel joven más de lo
normal, o de lo que en sus parámetros de persona adulta, y ya muy mayor,
se pudiera aceptar como normal. Cuando ella se dio cuenta de ello, pensó
que se trataba de uno de esos amores etéreos que le pasaba a cualquiera,
en cualquier momento. Un
día, Angélica
caminaba cerca de una piscina y evocó al joven Elio
y cuando regresó a su casa y vio su cuerpo reflejado en el espejo, se dio
cuenta de que sus senos se hinchaban con el sólo recuerdo de aquel joven. Cayó en cuenta de que su cuerpo se transformaba al evocar a aquel
mozo, notó que sus glándulas empezaban, otra vez, a funcionar como lo
habían hecho cuando ella era tan joven, y de eso hacía tantos, pero
tantos años, que también lo había olvidado.
Ella miraba su piel y sus cabellos y ambos estaban brillantes por
el deseo de hacer el amor con aquel muchacho. Cuando Angélica descubrió esa locura de ella, se prometió
que nadie, absolutamente nadie sabría de ello, pero que sobre todo, se lo
escondería al joven Elio
porque lo que más temía ella era perder su amistad. A
pesar de todas las promesas que Angélica
se hizo para con ella misma, sentía que ella engañaba a aquel joven,
porque mientras él la veía como su amiga, ella lo veía como un hombre;
mientras él le enviaba besos de amigo, ella cerraba los ojos y sentía
que los recibía como una mujer. Cuando
el joven Elio le enviaba abrazos, ella deseaba que esos abrazos fueran
ciertos y no se quedaran en el papel
Así, Angélica
empezó a “enfermarse” porque ella no estaba acostumbrada ni a ocultar
sus sentimientos, ni a engañar a nadie.
Sobre todo, le dolía hasta lo más íntimo de su ser engañar a
aquel joven que había sido tan especial con ella. Un
día, Angélica decidió
enfrentar sus temores, le contó todo al joven y le pidió que la
perdonara por defraudarlo de la manera como lo había hecho. Cuando Angélica
le contaba esto al joven Elio, lloró como hacía años no lo hacía
porque estaba segura de que hasta allí iba a llegar la compañía, y
sobre todo, la amistad tan espontánea de Elio. La
vergüenza tan grande que Angélica
sentía mientras le narraba todo eso a Elio, no era comparada con nada que
ella supiera que existiera, ni siquiera con su edad, porque aquello era más
infinito que sus propios años: era, sinceramente, inmensurable. Sin
embargo, para sorpresa y tranquilidad de Angélica,
Elio se mostró compasivo y
comprensivo ante la confesión oída, y Angélica
se prometió y le prometió que más nunca hablaría de eso. Pasaron
varios días, y el dolor que seguía experimentado Angélica, ante lo que
no podía ser, se fue apoderando más y más de su corazón.
Éste se hacía trizas mientras el tiempo pasaba, y lo peor era que
no se podía culpar a nadie de haber herido el alma de aquella mujer de
tantos años, porque ella solita lo había hecho.
La
angustia de Angélica fue creciendo hasta que tuvo que hablar con una amiga psicóloga porque
ella no sabía cómo enfrentar sola ese dolor. Angélica pensaba que a
esas alturas de su vida cuando ya iba de regreso, cuando ya había
hasta escrito su testamento, eso no le podía estar pasando a ella. Le contó todo a la psicóloga, y para asombro de Angélica,
aquélla le dijo que ese problema era más común de lo que ella se
imaginaba entre personas de su edad, pero que la gente lo ocultaba por las
mismas razones que Angélica quiso ocultar el de ella: por vergüenza. El
día menos esperado, al joven Elio
lo cambiaron de trabajo y ya no disponía de una oficina privada para
poder conversar con libertad con Angélica.
Elio, apenas si le pudo decir rápidamente - demasiado rápido -
sintió Angélica, que
ya no podían hablar como antes por su nueva posición en una oficina
compartida con tantas personas y controlada no sé por qué sistemas.
Elio, por su nueva vida, y según él, estaba siempre corriendo; y Angélica
perdió a su interlocutor tan querido y tan interesante. Angélica pensó que ella había invadido el espacio psicológico
y emocional de aquel joven y supuso que hasta su ausencia en el teléfono,
podría ser una excusa de él
para no seguir perdiendo su tiempo con ella. La
entristecía que los ancianos que la habían advertido pudieran tener razón,
y le daba aún más tristeza cuando contemplaba aquellos seres marchitos
con los cuales compartía su existencia. Angélica se llenaba de vergüenza de sólo pensar el poco tacto que tuvo al invadir la privacidad de aquel mozo. Se arrepintió una y mil veces de haber sido débil, de no haber tenido la voluntad de hierro que siempre la caracterizó para mantener en secreto todo su embrollo sentimental. Temiendo hacerle daño al joven, pensando que esa situación no era justa para él, le escribió un mensajito donde le decía: -
Adiós, amigo, adiós, fue, es y seguirá siendo lindo ser tu amiga, pero
creo que en esta existencia, a
mí, se me acabó el tiempo. Eso
lo hizo Angélica para indicarle a su joven amigo que ella lo dejaba libre
porque no quería enloquecerlo con su locura, porque no quería que la
situación se tornara insostenible para él.
Finalmente, las conversaciones telefónicas y las misivas que
tanto necesitaba Angélica y que la llenaron infinitamente, y que la
colmaron de mucha vida no se produjeron más. Angélica,
contradictoriamente con lo que su mente le decía, se dejaba llevar por su
corazón y se sentó por muchos días frente a su teléfono, esperanzada
en oír algún día el timbre
del teléfono que le mostrara que el joven Elio
estaba ahí, pero éste no volvió a repicar más, al menos para ella.
Angélica
decidió regresar a su mundo solitario, por un tiempo, hasta que
pasara aquella tormenta porque ella, en lo más hondo de su corazón, no
quería perder a aquel amigo que era tan especial para ella, con quien había
compartido tantas cosas hermosas. Ella quería que si el joven Elio alguna vez regresaba a
ella, se sintiera
libre como al principio, y deseaba que si eso pasaba, ya su tempestad
interior se hubiera apagado por completo.
Se prometió a si misma que si el joven Elio
volvía, estaría alerta para
no permitir que la tormenta
que llevaba en ese momento en su ser, se
repitiera. Deseaba comenzar
desde el principio, sin que hubieran presiones para el joven Elio, porque
aunque él le dijo que no era así, en el fondo de su corazón, ella
presentía que Elio se había alejado por su culpa, por haberle hecho unas
confesiones de amor que nunca debió hacer, ya que ellos eran amigos, y
ella tenía la responsabilidad de respetar eso. Antes
de “soltar” al joven Elio, Angélica agarró el papel donde
acostumbraba a escribir los nombres de las personas que fueron importantes
para ella, y por encima de todos ellos escribió el nombre completo del
joven. Lo escribió de primero porque ése había sido el nombre más
importante que ella había escrito en esa lista. Se fue a la orilla del lago donde ella vivía y
lanzó el papel. Cuando tiró ese papel, las corrientes del lago se lo llevaban al
medio, lo más lejos de la orilla, y lo regresaban de nuevo a ésta. Otras
veces, el papel se iba lago adentro y volvía a regresar a la orilla, pero
nunca se hundió. Los nombres de la
lista se iban borrando poco a poco, pero el del joven Elio
no desaparecía. Algunas
veces se atenuaba, pero otras veces se marcaba más.
Todos los que caminaban por la orilla de aquel lago, o paseaban en
lancha, y hasta los pescadores que pescaban lago adentro, notaron la
presencia de aquel papel que no podía ser hundido por las olas de aquel
lago tan impetuoso, y se empezó a tejer una leyenda alrededor de él.
Cada
quien comenzó a hacer conjeturas con respecto a aquel papel.
Algunos decían que ésa era
la página de un diario personal que
había sido lanzado al lago por una mujer que había sufrido, o disfrutado
- ¿quién lo sabía? - mucho
por el amor de ese joven que se llamaba Elio, y que la hoja del diario había
logrado desprenderse porque, seguramente, el joven también amaba a la
mujer, y con ello, le quería indicar a ella que si se hubieran conocido
en otros tiempos y en otras circunstancias, él la hubiera amado tanto
como ella lo amó a él. Otros
decían que no era así, que lo que pasaba era que el nombre de ese joven
llamado Elio no se borraba
del papel porque ese nombre estaba labrado en el corazón de la mujer que
había lanzado el diario al lago y
mientras ese nombre estuviera gravado en ese corazón, el nombre del joven
no podía desaparecer. Sin
embargo, los más jóvenes, a los que todavía no se les había marchitado
el alma, decían que el nombre del joven Elio
no se borraría jamás, pasara lo que pasara, porque con eso él le quería
demostrar a la dama que lo había amado tanto, que por sobre todas las
cosas del mundo, su amistad había prevalecido con el tiempo.
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Nila Mendoza de Hopkins
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