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El pueblo de las rosas blancas |
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Dedicatoria: A Selma Di Lisio, la fiel y gran amiga, que conocí en mis andanzas por el mundo. |
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Había
una vez un pueblito muy pobre donde vivían muy pocos habitantes.
Las casas que existían eran chozas de tablas desechas,
envejecidas por el sol y la humedad.
Aquéllas no tenían el color característico de la madera bien
cuidada, sino que parecían más bien pedazos de tablas abandonadas en
cualquier parte, y que las personas de ese pueblo recogían para hacer sus
casas. Éstas estaban a
muchos metros de distancia entre ellas, y para cualquier extraño que
llegara al pueblo, era difícil saber cuántas había, sólo se sabía que
había muy pocas. Todas
las casas tenían jardines muy hermosos que contrastaban con la fealdad de
aquéllas. En los jardines
había, única y exclusivamente, rosas blancas, sin que nadie supiera a qué
obedecía esa característica. En
ese pueblito vivían dos hermanas que se llamaban Sol y Luna.
Sol era blanca, alta y con el cabello color miel.
Su hermana, Luna, también era blanca y alta, pero su cabello era
negro como la noche. Ambas
eran muy hermosas y muy unidas, y casi siempre se les veía juntas
caminando por las calles de aquel pueblito tan solitario. En
la entrada de la casa de Sol y su hermana Luna había una pérgola hecha
de la misma madera con la cual estaban construidas las casas del pueblo,
pero desde la parte superior de ésta colgaban rosales de color blanco.
Si uno se detenía a detallar, bien,
la disposición de aquellas rosas, parecían velos bordados de
novias, que éstas lucían orgullosamente en sus cabelleras.
Las hojas de estos rosales también eran más verdes y brillantes
que las hojas de las otras rosas que había en el pueblo. Un
día, llegaron dos hombres, muy
elegantes, quienes bajaron de un carruaje halado por caballos que eran,
quizás, más elegantes que los mismos caballeros.
Estos lucían la vestimenta clásica de los nobles de los cuentos y
tenían los mismos ademanes que tiene la nobleza en las historias de
hadas. Aquellos dos hombres, que parecían unos príncipes, caminaron las calles de tierra de aquel pueblo y contemplaban extrañados los rosales blancos. Fruncían el entrecejo interrogantes, quizás se hacían la misma pregunta que todos:
-
¿Por qué sería que los rosales eran blancos y no de otro color? En
el momento cuando los dos caballeros caminaban por las calles solitarias
de aquel pueblo, cuyos rosales eran únicos en el mundo, pasaron frente a
ellos las hermanas Sol y Luna. Los
caballeros saludaron con una reverencia digna de un noble y siguieron su
camino, no sin antes fijarse en la hermosura de aquellas dos jóvenes. Pasaron
varios días, y los dos hombres iban haciendo amistad con los lugareños
del pueblo. En las tardes, se reunían con los habitantes de aquel
pueblito. Nunca se supo de qué
hablaban, pero lo hacían largamente. Sol
y Luna empezaron a hacerse amigas íntimas de aquellos señores hasta que
se enamoraron. Luna era muy
cautelosa con aquel romance, mientras que Sol se entregó por completo a
uno de los caballeros desconocidos. Sol
se embarazó de su amado. Cuando
el hombre supo que Sol esperaba un hijo, dijo que debía regresar a su
ciudad para pedir la autorización de sus padres para casarse con ella, ya
que siendo noble de cuna, debía tener el consentimiento de éstos.
El otro caballero, el enamorado de Luna, se quedó; tampoco dijo
por qué él no necesitaba pedir autorización para casarse con Luna, a
pesar de que, también, era noble. Cuando
el enamorado de Sol se marchó, ella,
Luna y todos los habitantes del pueblo lloraron.
Sol lloraba por su soledad, Luna
y los demás porque presentían que aquel caballero no iba a regresar jamás. El
caballero que estaba enamorado de Sol, salió raudo y veloz; se internó
en el bosque como huyendo despavorido de la situación que debía
enfrentar. A mitad del
camino, un rayo de luz que venía de alguna parte del bosque lo detuvo.
Asustado preguntó:
-¿Qué
pasa? De
pronto, de la luz brillante, salió un Mago con una majestad digna de un
ser superior y único, y le dijo:
-¿Huyes,
verdad? ¡Qué poco
noble eres!
Luego,
levantando su capa de Mago,
agregó:
-¡Quedarás
atrapado en unas redes de telas de arañas, hasta que de tus labios salga
la palabra: hijo! Diciendo
esto, se marchó, y el caballero quedó colgando en una jaula de telas de
arañas en el medio del bosque. Su
cara se fue transformando y llegó a convertirse en un
ser muy feo. La gente que
pasaba por allí, no sabía que era el mismo hombre que había prometido a
Sol regresar con la autorización para casarse con ella.
Se asustaban al verlo por su fealdad.
Todos corrían tan despavoridos de él, como lo
hizo él ante su responsabilidad. Pasaron
varios meses, y el caballero seguía encerrado en la jaula colgando de un
árbol. Nadie sabía de qué se alimentaba, pero seguía allí: cada
vez más feo.
El
hombre empezó a desesperarse y comenzó a gritar:
-
¡Hijo! ¡Hijo!
Sin
embargo, no se producía ningún cambio: seguía encerrado en la jaula, y
se hacía cada vez más horrible. Pasaron
los meses y los rosales blancos del pueblo se empezaron a marchitar hasta
que se secaron. Sol tuvo un
hijo precioso. La cara del
bebé recordaba el rostro de aquel noble tan elegante que la había
abandonado, pero ya todos daban por sentado que ese caballero no iba a
regresar. Luna, por su parte,
se había casado con su enamorado. Después de cinco años, ya nadie recordaba al monstruo que
colgaba del árbol en medio del bosque. Un
día, el hijo de Sol se escapó de su casa, y se fue al bosque donde
estaba su padre. Cuando llegó cerca de la jaula, vio a aquel hombre horrible
que se desmoronaba con el tiempo. Se
paró frente a ella y observó
al monstruo. En ese momento,
éste se volteó y mirando al
niño, exclamó:
-
¡Hijo! ¡Hijo! ¿Eres tú? El
niño, que no sabía lo que pasaba, metió
el dedito índice de su mano derecha entre las telas de arañas de
la jaula, y la fue abriendo lentamente.
El monstruo salió de su jaula.
Abrazando al niño, lloró. A
medida que iba llorando, su rostro volvió a adquirir la hermosura y la
elegancia que tenía cuando abandonó a Sol.
En ese momento, se apareció el mismo Mago que lo había encerrado
en la jaula. El Mago,
levantando de nuevo su capa, le dijo:
-
Sólo necesitabas decir la palabra “hijo” desde el fondo de tu
corazón. El
Mago volvió a desaparecer. El
hombre regresó al pueblo con su hijo.
La noticia del regreso del caballero corrió como pólvora entre
los habitantes del pueblo. La
alegría era unánime. A
medida que la gente reía, los rosales empezaron a retoñar. A los días, el pueblo estaba, otra vez, lleno de rosas
blancas. Todo el mundo supo la respuesta a su pregunta del porqué de
aquellas rosas únicas: éstas
representaban la felicidad de aquel pueblito pobre, que sólo necesitaba
de su alegría para ser feliz. Nunca se supo si Sol y el caballero se casaron, pero suponemos que así fue, para que todos estemos contentos. |
Nila Mendoza de Hopkins
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