El pueblo de las rosas blancas
Nila Mendoza

Dedicatoria: A Selma Di Lisio, la fiel y gran amiga, que conocí en mis andanzas por el mundo.

Había una vez un pueblito muy pobre donde vivían muy pocos habitantes.  Las casas que existían eran chozas de tablas desechas,  envejecidas por el sol y la humedad.  Aquéllas no tenían el color característico de la madera bien cuidada, sino que parecían más bien pedazos de tablas abandonadas en cualquier parte, y que las personas de ese pueblo recogían para hacer sus casas.  Éstas estaban a muchos metros de distancia entre ellas, y para cualquier extraño que llegara al pueblo, era difícil saber cuántas había, sólo se sabía que había muy pocas.

 

Todas las casas tenían jardines muy hermosos que contrastaban con la fealdad de aquéllas.  En los jardines había, única y exclusivamente, rosas blancas, sin que nadie supiera a qué obedecía esa característica.

 

En ese pueblito vivían dos hermanas que se llamaban Sol y Luna.  Sol era blanca, alta y con el cabello color miel.  Su hermana, Luna, también era blanca y alta, pero su cabello era negro como la noche.   Ambas eran muy hermosas y muy unidas, y casi siempre se les veía juntas caminando por las calles de aquel pueblito tan solitario.

 

En la entrada de la casa de Sol y su hermana Luna había una pérgola hecha de la misma madera con la cual estaban construidas las casas del pueblo, pero desde la parte superior de ésta colgaban rosales de color blanco.  Si uno se detenía a detallar, bien,  la disposición de aquellas rosas, parecían velos bordados de novias, que éstas lucían orgullosamente en sus cabelleras.  Las hojas de estos rosales también eran más verdes y brillantes que las hojas de las otras rosas que había en el pueblo.

 

Un día, llegaron dos hombres,  muy elegantes, quienes bajaron de un carruaje halado por caballos que eran, quizás, más elegantes que los mismos caballeros.   Estos lucían la vestimenta clásica de los nobles de los cuentos y tenían los mismos ademanes que tiene la nobleza en las historias de hadas.

 

Aquellos dos hombres, que parecían unos príncipes, caminaron las calles de tierra de aquel pueblo y contemplaban extrañados los rosales blancos.  Fruncían el entrecejo interrogantes, quizás se hacían la misma pregunta que todos:

 

- ¿Por qué sería que los rosales eran blancos y no de otro color?

 

En el momento cuando los dos caballeros caminaban por las calles solitarias de aquel pueblo, cuyos rosales eran únicos en el mundo, pasaron frente a ellos las hermanas Sol y Luna.  Los caballeros saludaron con una reverencia digna de un noble y siguieron su camino, no sin antes  fijarse en la hermosura de aquellas dos jóvenes.

 

Pasaron varios días, y los dos hombres iban haciendo amistad con los lugareños del pueblo.  En las tardes, se reunían con los habitantes de aquel pueblito.  Nunca se supo de qué hablaban, pero lo hacían largamente.

 

Sol y Luna empezaron a hacerse amigas íntimas de aquellos señores hasta que se enamoraron.  Luna era muy cautelosa con aquel romance, mientras que Sol se entregó por completo a uno de los caballeros desconocidos.

 

Sol se embarazó de su amado.  Cuando el hombre supo que Sol esperaba un hijo, dijo que debía regresar a su ciudad para pedir la autorización de sus padres para casarse con ella, ya que siendo noble de cuna, debía tener el consentimiento de éstos.  El otro caballero, el enamorado de Luna, se quedó; tampoco dijo por qué él no necesitaba pedir autorización para casarse con Luna, a pesar de que, también, era noble.

 

Cuando el enamorado de Sol se marchó,  ella,  Luna y todos los habitantes del pueblo lloraron.  Sol lloraba por su soledad,  Luna y los demás porque presentían que aquel caballero no iba a regresar jamás.

 

El caballero que estaba enamorado de Sol, salió raudo y veloz; se internó en el bosque como huyendo despavorido de la situación que debía enfrentar.  A mitad del camino, un rayo de luz que venía de alguna parte del bosque lo detuvo.  Asustado preguntó:

 

-¿Qué pasa?

 

De pronto, de la luz brillante, salió un Mago con una majestad digna de un ser superior y único, y le dijo:

 

-¿Huyes,  verdad?  ¡Qué poco noble eres!

 

Luego, levantando su capa de  Mago, agregó:

 

-¡Quedarás atrapado en unas redes de telas de arañas, hasta que de tus labios salga la palabra: hijo!

 

Diciendo esto, se marchó, y el caballero quedó colgando en una jaula de telas de arañas en el medio del bosque.  Su cara se fue transformando y llegó a convertirse en  un ser muy feo.  La gente que pasaba por allí, no sabía que era el mismo hombre que había prometido a Sol regresar con la autorización para casarse con ella.  Se asustaban al verlo por su fealdad.  Todos corrían tan despavoridos de él, como  lo hizo él ante su responsabilidad.

 

Pasaron varios meses, y el caballero seguía encerrado en la jaula colgando de un árbol.  Nadie sabía de qué se alimentaba, pero seguía allí: cada vez más feo.

 

El hombre empezó a desesperarse y comenzó a gritar:

 

- ¡Hijo!  ¡Hijo!

 

Sin embargo, no se producía ningún cambio: seguía encerrado en la jaula, y se hacía cada vez más horrible.

 

 

Pasaron los meses y los rosales blancos del pueblo se empezaron a marchitar hasta que se secaron.  Sol tuvo un hijo precioso.  La cara del bebé recordaba el rostro de aquel noble tan elegante que la había abandonado, pero ya todos daban por sentado que ese caballero no iba a regresar.  Luna, por su parte, se había casado con su enamorado.  Después de cinco años, ya nadie recordaba al monstruo que colgaba del árbol en medio del bosque.

 

Un día, el hijo de Sol se escapó de su casa, y se fue al bosque donde estaba su padre.  Cuando llegó cerca de la jaula, vio a aquel hombre horrible que se desmoronaba con el tiempo.  Se paró  frente a ella y observó al monstruo.  En ese momento, éste se volteó  y mirando al niño, exclamó:

 

- ¡Hijo!  ¡Hijo!  ¿Eres tú?

 

El niño, que no sabía lo que pasaba, metió  el dedito índice de su mano derecha entre las telas de arañas de la jaula, y la fue abriendo lentamente.  El monstruo salió de su jaula.  Abrazando al niño, lloró.  A medida que iba llorando, su rostro volvió a adquirir la hermosura y la elegancia que tenía cuando abandonó a Sol.  En ese momento, se apareció el mismo Mago que lo había encerrado en la jaula.  El Mago, levantando de nuevo su capa, le dijo:

 

- Sólo necesitabas decir la palabra “hijo” desde el fondo de tu corazón.

 

El Mago volvió a desaparecer.  El hombre regresó al pueblo con su hijo.  La noticia del regreso del caballero corrió como pólvora entre los habitantes del pueblo.  La alegría era unánime.  A medida que la gente reía, los rosales empezaron a retoñar.  A los días, el pueblo estaba, otra vez, lleno de rosas blancas. Todo el mundo supo la respuesta a su pregunta del porqué de aquellas  rosas únicas: éstas representaban la felicidad de aquel pueblito pobre, que sólo necesitaba de su alegría para ser feliz.

 

Nunca se supo si Sol y el caballero se casaron, pero suponemos que así fue, para que todos estemos contentos.

Nila Mendoza de Hopkins

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