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Explicación falsa de la
ausencia
a Susy y Néstor Sánchez Este cuento pertenece al libro Tratos inútiles (Editorial Legasa) que próximamente estará en ¡as librerías. Es el quinto libro de este notable escritor argentino. Obras anteriores: Poemas libres (1972) - Riesgos nocturnos (cuentos, 1977) - Bajo palabra (cuentos, 1980) - Tinta roja (novela, 1981). Los primeros colores que pude recordar fueron el azul —que tanto extraño— y el violeta, seguramente, porque fue el último que compartí con ella. De noche, a eso de las cuatro de la madrugada, y con el asco que suele provocar el exceso de ginebras solitarias, esos fueron los colores que pude reconstruir desde esta oscuridad inmodificable. Cuando era chico, lejos de la metrópoli que me ha hecho suyo y muy cerca del perfil de absurdos y maltratados terraplenes, por donde aún hoy habita una raquítica y falsa vía de ferrocarril, para distracción de los turistas que nada supieron de mí, el azul y el violeta, muy atrás, tuvieron que ver con alguna lágrima derramada prematuramente por esta mujer que ya no está. Será porque hay cosas que se repiten, hacia atrás y hacia adelante se repiten, contra nuestra propia voluntad; se condensan y se instalan, con ciertos rasgos prepotentes, será por eso, y ya no queda otro remedio que esperarlas, cada tanto, con la sola defensa que tenemos: saber, con certeza, que año tras año volverán codiciando de nosotros un golpe mortal, un tajo profundo que nos haga arrepentir de haber creído que siempre se puede volver a empezar. Azul y violeta, dije, y no es lo que quiero contar. He mentido como me mintieron. Estoy falseando la historia con el único pretexto de poder invocar a Matilde, tan amada y lejana, definitivamente incorporada a estos dos colores que ya no puedo ver. Desde el 17 de octubre su perfil ya no se dibuja sobre la pared que testimonia la gira de Sarah Bernhardt por el Farrewell Tour American (1905-1906). Desde ese día, insisto, tercer domingo de octubre, día de la madre y de la lealtad peronista, las sábanas de mi cama sólo han podido retener algunos olores de ella, todos insustituibles; alguna mancha pálida, prueba de una noche de amor hasta el hijo que no hicimos, hasta el jadeo exuberante que ya no tendremos ninguno de los dos, quiero decir, esa mañana Matilde amada y extrañada dijo hasta aquí doy, no puedo más, el aire está viciado quiso decir, aunque ya no sé si lo dijo o esta oscuridad me hace inventar los diálogos, ya no importa, ni a ella le interesa que en las despedidas crueles se produzca mucha literatura, uno se anime a la creación sin darse cuenta; le ponga música a las palabras que jamás volveremos a repetir, insisto, Matilde no dijo nada o murmuró: basta, no me encierres, no reproches, no hay marcha atrás, qué carajo gritó Matilde y nos dejó a ambos con la boca abierta. Creyendo, hasta último momento, que nada había sido en vano; que mi esfuerzo, por ejemplo, de elegir el violeta para despertaría un día antes y cambiarle el día, realmente, era un gran paso; que mis pequeñas caricias recorriéndole el cuerpo, y el llanto de él, bajo el dintel de la puerta, le indicarían que dejaba mucho si dejaba; que al carajo con tanta historia de querer refugiarse en el rincón adolescente que le ofrecía una arrebatadora carta, esa excusa, cuento y cuento que nada tiene que ver con nosotros dos, para dejar en realidad lo único vivo y amado por Matilde, aunque él siga llorando y desde la otra punta del mundo se quiera detener la historia, hacerla retroceder, mandarla atrás como si nada; hacer añicos lo que hemos ganado juntos en este país de perdedores, de altivos sobrevivientes, de corajudos miedosos. No soy claro y lo reconozco. También sé,al margen de cualquier oficio literario, que no corresponde que lo sea. No es cuestión de hacer trampas, pero cada cosa tiene su secreto, su delicado encanto que, para multiplicar su efecto, para crecer en la mentira, debe ser contado oportunamente. La llegada de él a casa, por ejemplo. Si yo al menos hubiese intuido que él podría llegar a tener algo que ver con una eventual partida de Matilde, jamás se me hubiese ocurrido traerlo a vivir con nosotros. Además, aunque hoy deba reconocer que entre ellos se concretó una relación extraña, muchas veces clandestina e insultante para conmigo, nunca se me cruzó por la cabeza que sus méritos fuesen tales como para disputarme a Matilde. Algún amigo que hoy no puedo recordar me alertó, bastante convencido, de los riesgos de los tres en la misma casa. A decir verdad, me pareció estúpido su recelo. Y lo digo yo, que para eso tengo un olfato enfermizo, imprudente. Hasta me animaría a decir que es inductor de traiciones. Sin embargo hoy, desde esta dolorosa e inmerecida oscuridad, reconozco su razón. Pero ya es tarde. Yo estoy como estoy y el perfil de Matilde sobre la Bernhardt no aparece, los olores se diluyen, día a día, y mis piernas se han debilitado porque ya no cabalgan aferradas a ese cuerpo perfecto que con el solo roce del mío temblaba, se estremecía, sacudiéndose, y pedía y pedía, porque así nos amamos y el giorgito de todas las mañanas se apagó, quiero decir, me cago en dios y en las estupideces que distraen a Matilde y hacen que no vuelva, aunque yo hoy guarde, como su nombre, el azul y el violeta para ella y me sobresalte cuando el ascensor infame activa el automático en el quinto piso y él corre hasta la puerta y es un fraude; no es ella, nunca será, y ojalá vuelva se me ocurre decir y él queda llorando una vez más bajo el dintel de la puerta del dormitorio y no se anima a entrar porque también le duele la ausencia. Siguió llorando. La última vez que miré el reloj, al décimo día de la partida de Matilde, eran las cuatro menos diez de la madrugada. Apagué el velador, pité ligeramente un cigarrillo que no pude terminar y me dispuse a repasar y recordar mi vida con ella. El ascensor chirrió al frenar en el quinto piso. Junto a mi sobresalto, el de él, que volvió a correr hasta la puerta y, unos segundos después, lloró como nunca. Un llanto tan agudo que me hizo gritarle y rogarle que no llorara más, que ella jamás volvería a estar con nosotros. Hubo un anuncio de dolor desconocido, entre mi frente y mis testículos. La sensación fue rápida. Giré, dos vueltas, contuve la respiración y apoyé la espalda contra la pared. Así, el dolor helado y zumbón retrocedió. Pero era demasiado tarde. En fracción de segundos Macedonio había hundido sus afiladas uñas en mis ojos, vaciándolos justo cuando el dolor desconocido volvía a juntar mi frente y mis testículos. El día que recibí mis primeras visitas en el hospital, mi hermana me contó que la madre de Matilde había encontrado al gato muerto, acurrucado junto a la puerta, y que a su lado, hecho trizas, inexplicablemente, estaba el cuadro de Sarah Bernhardt. Ahora debo volver al color azul —que tanto extraño— y al violeta, lo sé, porque fue el último que compartí con ella. |
cuento de Jorge Manzur
Publicado, originalmente, en: El Molino de Pimienta. Cabaret Literario Núm. 3 Abril-mayo-junio 1984
El Molino de Pimienta. Cabaret Literario Fechas de publicación: mediados de 1983 – noviembre de 1986 Quilmes, Buenos Aires
Gentileza de Ahira. Archivo Histórico de Revistas Argentinas que es un proyecto que agrupa a investigadores de letras, historia y ciencias de la comunicación,
que estudia la historia de las revistas argentinas en el siglo veinte.
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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