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Elena y el mes de octubre Cuento de Alicia Jurado DOS síntomas revelaron a Elena una alarmante anormalidad en su vida, hasta entonces apacible y sin preocupaciones graves. El primero fue empezar a advertir la repetición de sus ademanes, notar con un vago fastidio la identidad de los pequeños actos reiterados día a día: el modo de extender la pasta sobre el cepillo de dientes, de colgar la toalla de baño sobre su percha, de sacudir el cisne antes de empolvarse la cara. Era inútil cambiar de vestido, ensayar un peinado nuevo. Resultaba imposible levantar de otro modo la persiana, correr la cortina en sentido inverso, combatir con innovaciones las minuciosas rutinas que comenzaban a abandonar su índole mecánica y apenas consciente para volverse palpables e irritantes. A cada momento se percataba de un gesto familiar y lo vivía fatigosamente, abrumada por su insistencia. Después apareció el segundo síntoma, más llevadero pero no menos inquietante: Elena empezó a percibir su propio cuerpo con una intensidad desusada. Lo sentía vivir y era aquélla una sensación grata y un poco turbadora: sentía la posición de sus músculos, su tensión o su relajamiento, el placer de desperezarse estirando hasta la punta de los pies y de aflojarse luego como una cosa inerte. Se quedaba mirando, no su imagen total en el espejo, sino los fragmentos que se le presentaban de pronto ante los ojos: la piel lisa de una pantorrilla, la curva del antebrazo o un trozo de cadera ceñida por la falda. No admiraba su cuerpo; no era con coquetería ni complacencia que examinaba un pie desnudo o palpaba un mechón de pelo entre dos dedos; era con asombro, con una especie de desasosiego en el que se mezclaban la angustia y la alegría. Sentía el placer de moverse, se estremecía con la leve cosquilla que le hacían sus propios cabellos sobre la nunca al echar la cabeza hacia atrás; el agua de la ducha era un regalo, como si su piel tuviese sed y la bebiese. Me contó todo esto una tarde, con lujo de detalles, mientras tomábamos el té juntas en su casa (Elena, con una apariencia ingenua y hasta infantil, tenía una capacidad increíble para percibir matices en materia psicológica. Ella y no yo, debió escribir esta historia). —¿Qué me pasará? —me preguntó, mientras devoraba el segundo pedazo de torta con visible fruición—. ¿Estaré por enfermarme? —Estás a punto de serle infiel a tu marido —contesté —. Los síntomas son clarísimos. Necesitas un cambio. Para que sea un cambio inofensivo, yo te aconsejaría que hicieran un viaje. —¿Estás loca, un viaje? ¡Si todavía no hemos terminado de amueblar el departamento! ¡Si todavía estamos comiendo en la mesa que nos prestó mamá y tenemos que comprar una nueva y las sillas, sin contar la alfombra del dormitorio y las cortinas del comedor! Me quedé pensando, buscando afanosamente el modo de impedir la catástrofe que se cernía sobre el pobre Alfredo. Llevaban t inco años de casados, plazo ya peligrosísimo de por sí; no tenían hijos, Elena sentía el peso de la rutina y ahora, para colmo, empezaba a tener conciencia de su cuerpo. Era preciso hacer algo. Por fin, tuve una idea que me pareció feliz. —La semana próxima me iré a la estancia por unos días —dije—. ¿Por qué no vienes conmigo y cambias un poco de aire? Creo que te hará bien. Podrás hacer ejercicio, salir a caballo, trabajar en el jardín: mil cosas. Estaremos solas, sin los chicos. ¿Qué te parece? Elena aceptó encantada. Alfredo no puso obstáculos. A los pocos días llegábamos juntas al campo.
Olvidé decir que era primavera. No es un detalle superfluo. El mes de octubre en el campo tiene un verdor insolente, casi un desafío trae una invasión de rosas y de lilas, a cuyo perfume se añade el de las glicinas tardías y las madreselvas tempranas. Brotan los árboles, el pasto, las malezas; una inmensa frescura desborda por todas partes oliendo a savia y emborrachando como el amor. Yo miraba a Elena de reojo, preocupada; había olvidado la primavera y me reprochaba mi torpeza. Aquel afrodisíaco universal se esparcía por el aire v entraba con cada inspiración en los pulmones, pero ella no parecía notarlo; contenta, caminaba por el parque parloteando y regocijándose con la belleza de las cosas. Me preguntaba uno a uno los nombres de las plantas florecidas, como un chico juicioso que quiere aprender bien la lección. Yo la miraba con cierta ternura, en el aire claro de la tarde que se doraba dulcemente: su rostro aniñado, su cabello rubio recogido con una cinta azul, su charla incesante. Transcurrieron dos días en medio de una paz. total. No hacía bastante calor para meternos en la pileta, pero tomábamos baños de sol sobre el césped y salíamos a caballo por un campo lleno de florecitas muy pequeñas, amarillas, rosadas y celestes. De noche dormíamos en la misma habitación, porque Elena tenía miedo de estar sola; a oscuras y desde la cama contigua, me hacía confidencias hasta que la vencía el sueño. —El excelente Alfredo, según se reveló, no era un hombre romántico. ¡Hola vieja!, parecía ser lo único que le dictaba su imaginación al encontrarse con su mujer, de vuelta del trabajo. Le aplicaba un beso distraído en la mejilla y se dirigía a la mesa donde lo esperaba el diario de la tarde. A los pocos minutos de lectura, levantaba la vista para preguntar qué había de comer. Elena tenía veintiséis años. Había sido una muchacha alegre, coqueta y cortejada; me detallaba en sus expansiones nocturnas toda la serie de sus enamorados prenupciales, de los cuales uno en particular, que escribía versos, le arrancaba suspiros de añoranza. Tenía los ojos azules y una voz magnífica; le decía cosas hermosísimas. Yo resolví mentalmente conversar con Alfredo en cuanto regresásemos a Buenos Aires; me era simpático, un muchacho trabajador, serio, honestísimo, de buen corazón. Su ceguera me exasperaba. Al tercer día, poco después de almorzar, estábamos sentadas en silencio bajo la sombra de los grandes ligustros. Ella leía una mala novela de autor norteamericano, para entretenerse; yo una novela, sin duda peor, de autor nacional, para hacer una nota bibliográfica. Su rostro reflejaba la concentración; el mío, la desdicha. De pronto, se puso de pie y se desperezó con un hondo suspiro. —¡Qué rosas! —murmuró. En efecto, la brisa traía de la enredadera un perfume intenso, tibio, casi empalagoso. —Pensar —añadió como para sí— que nunca más podré tener el amor. Nunca. Los pensamientos de Elena lomaban un rumbo alarmante. Me apresuré a desviarlos. —¡Cómo te has quemado! —comenté, dando por no oídas las palabras anteriores. Se miró los brazos y suspiró de nuevo. Se quedó mirándolos largo rato, haciendo girar las muñecas, separando y juntando los dedos. Luego volvió bruscamente la cabeza y se puso a contemplar atentamente su hombro izquierdo, que la blusa dejaba en descubierto. Lo tocó, lo acarició tiernamente, el ceño fruncido. —¿Te duele? —No, no —dijo, extrañada, como volviendo de muy lejos. Buscó con los ojos la silla plegadiza, se sentó, retomó el libro. Fue en ese momento, creo, cuando oímos el motor de un automóvil que se acercaba por el camino, detrás de la casa. Levanté la cabeza, sorprendida. —¿Es un auto, verdad? —Parece que sí. —Quién podrá venir? —No tengo la menor idea. El ruido se avecinó. Oí golpear una puerta; en seguida, una voz masculina a la que respondía la voz aguda de la cocinera. Me puse de pie. Se acercaba a grandes pasos un hombre vestido con pantalón azul y una campera clara. —¡Hola! —exclamó desde lejos. -Vine a darte una sorpresa. Me dijo el almacenero del pueblo que estabas en la estancia. —¡Horacio! —grité a mi vez y corrí a abrazarlo. Era uno de mis primos hermanos, el preferido. Hacía tiempo que no nos veíamos. —,.Qué haces por aquí? —Venimos a comprar caballos a “Los Paraísos”. Queda como a dos leguas de acá, ¿no? Cuando supe que estabas vine a visitarte. Se acercó a saludar a Elena, que era amiga de su mujer y a quien conocía mucho. —Hasta pensé —agregó sonriendo— que nos podríamos quedar esta noche en la estancia, si no hay inconveniente. —Por supuesto —contesté y, súbitamente inquieta por ese repetido plural:— ¿Has venido con alguien? —Vine con un amigo mío, el que va a comprar los caballos. Carlitos Ruíz Galíndez. No sé si lo conoces. Ahí viene. Yo no recordaba haberlo visto. Era alto y delgado, muy buen mozo, con el pelo claro y los ojos oscuros. Vestía impecables breches y botas y una remera amarilla que le sentaba admirablemente. Saludó con una sonrisa contagiosa; contesté con una vaga bienvenida y me volví para presentárselo a Elena. Entonces la vi y una horrible premonición me estremeció: se había transformado como por arte de magia. Los ojos opacos estaban llenos de animación, el rostro entero sonreía, una tensión perceptible contraía todos sus músculos. —Mucho gusto —dijo. Fue suficiente. Bastó el modo en que enderezó la espalda, para que yo me dirigiera a dar, con un aire sombrío, orden de alojar a los nuevos huéspedes. Cuando volví, los recién llegados tomaban un refresco preparado por Elena. Esa extraña solicitud, tan desusada en ella, confirmó mi alarma. Su desgano se había evaporado por completo y reía, balanceándose graciosamente sobre la silla; ahora tenía, según noté, los dos hombros descubiertos. Como el sol estaba alto todavía, decidieron postergar su viaje a “Los Paraísos” hasta después del té y Horacio, que había manejado muchas horas, se fue a dormir una siesta. Yo entré a la cocina para preparar una torta, porque no quise despertar a la cocinera que descansaba ya. Cuando volví al jardín, veinte minutos después, estaba desierto. Retomé, suspirando, mi novela. Los vi llegar por el camino de eucaliptos, enfrascados en su conversación, a las cinco y media de la tarde. Elena, sonrosada, los ojos brillantes, parecía iluminada por dentro; en la mirada que me dirigió había, o yo creí percibir, un destello de culpa. —;Es muy tarde? —preguntó ingenuamente. Sabía de memoria que el té se tomaba a las cinco. —Le fui a mostrar el monte a Cariños; ¡le gustan tanto los árboles! Mandé despertar a Horacio y servir el té. Elena se presentó con un par de aros desconocidos, una complicada estructura de argollas doradas; presa de pánico, me puse a conversar sobre política. No tuve éxito. Elena no sentía el menor interés por la política; se había propuesto hablar de sí misma, de sus gustos, de su sensibilidad, de sus reacciones ante diversos estímulos. Hice una incursión en la historia, tema desconocido para ella, y me atrincheré por fin en la literatura; no tuve éxito. Sólo conseguí la atención, más o menos cortés, de los hombres; Elena se desesperaba. En la primera oportunidad interrumpió para expresar su opinión sobre el amor y yo supe, con la certeza de un general experimentado, que mi heroica batalla en favor de Alfredo iba a ser una derrota. Si alguna brizna de duda me quedaba al respecto, fue totalmente destruida esa noche. Elena apareció en el comedor vestida de blanco, con falda amplia y escote considerable; lucia un peinado diferente, el cabello recogido hacia un costado con mucha gracia y lleno de inesperados reflejos metálicos. Un chal de seda, verde vivo, revelaba o cubría su espalda. Había nuevo cambio de aros, de collar y de pulsera; su escasa estatura se veía aumentada con sandalias de tacón alto. Entregué, mentalmente, las banderas al enemigo. Yo no tenia culpa alguna, pensé. La había traído aquí para salvarla y el destino me jugaba esta mala pasada. Horacio, ciego y sordo como de costumbre, me recordaba aquella vez que jugábamos a los piratas en casa de su madre y le rompimos el jarrón de Sevres, mientras Elena y Carlitos ponían discos en el otro extremo de la habitación. —¡Qué noche divina! —gritó Elena, asomándose a la puerta—. ¿Por qué no salimos afuera a oír la música? —Me parece que está muy fría —objeté. —Te va a hacer mal. — ¡Pero no, si no hace frío! Yo no siento frío ninguno. Y salió al patio, seguida por Carlitos. Yo estaba segura de que no sentía frío. Me volví a Horacio. —Este muchacho, ¿es casado o soltero? —pregunté. —Es soltero. ¿No sabías? —¿Qué clase de persona es? —Muy buen tipo. Es muy amigo mío. Tipo macanudo —contestó Horacio, con su imprecisión habitual—. ¿Y te acuerdas de la vez que nos disfrazamos de fantasma para asustar a la gobernanta francesa de Sofía y la pobre vieja salió corriendo a gritos por las escaleras? —Si, me acuerdo —contesté, resignada.
Nos acostamos muy tarde esa noche. Elena se demoró un poco fuera y llegó a la cama después que yo. El pródigo fluir de sus confidencias parecía haber cesado de golpe; se sentía incómoda. Por fin preguntó, estirándose bajo las sábanas con una suerte de suspiro ahogado: —Qué simpático es Carlitos, ¿no te parece? —Muy simpático. —¿Viste que tiene un hoyuelo en el mentón? ¿No te encanta? Admití no ser insensible a los hoyuelos en los mentones masculinos. —¡Y siempre tan bien vestido! Esta última frivolidad va me sacó de mis casillas. —¡Elena!—dije ásperamente. ¿Cuándo vas a dejar de hacer papelones con ese tipo? Menos mal que se van mañana. —Es que no sé si se van mañana —la voz de Elena era la de una chica atrapada en falta—; ellos querían quedarse un día más, ya que mañana es domingo. Yo le dije... es decir, les dije... si no tienes inconveniente.. . La frase quedó en suspenso, con un anhelo pueril. —Está bien —contesté—. Como tú quieras. Hasta mañana. Y sin pronunciar otra palabra, me dormí. El domingo nos levantamos tarde y nos reunimos junto a la pileta. Era una mañana perfecta, en la que cada hoja brillaba con un destello propio y el cielo tenía ese azul que hace amar la vida. Debajo de una canilla mal cerrada, en el minúsculo pozo formado por el agua al gotear, picoteaba afanosamente un hornero. Elena, enfundada en su mejor traje de baño, reía en la pileta con Carlitos, profiriendo gritos agudos. Horacio, tendido sobre una colchoneta, tenía los ojos más cerrados que nunca. —Yo quiero que me enseñes a nadar —dijo Elena, mostrando un desprecio por el agua fría que me hubiera asombrado en otras circunstancias—. A nadar bien; nunca me enseñaron bien. Observé que se tuteaban ya; me pregunté cuándo habrían comenzado. Carlitos, desplegando una sonrisa con hermosos dientes, asumió su nueva condición de instructor pasándole un brazo por la cintura. La clase de natación transcurrió en la forma prevista: con muchos terrores fingidos y numerosos contactos innecesarios. Cansada y feliz, Elena se fue a cambiar para el almuerzo; llegó vestida con un short blanco y una blusa improvisada con un pañuelo de seda, precariamente sostenido. Mientras comíamos, expuso su concepto sobre la femineidad, la virilidad, los papeles que debían jugar el hombre y la mujer en sus relaciones sentimentales recíprocas, los celos, la fidelidad y el matrimonio. De estos juicios se desprendía, sin lugar a dudas, que la femineidad ideal estaba encarnada en ella, Elena; que Carlitos se aproximaba bastante al hombre perfecto; que ella era una mujer capaz de intensas pasiones y que sus ideas acerca de la moral sexual eran hedonistas y paganas. Horacio, hombre distraído pero de ninguna manera bobo, acabó por comprender que algo raro sucedía. —¡Cómo ha cambiado Elena! —me comentó, en un momento en que quedamos solos—. Antes no opinaba nunca y ahora habla hasta por los codos. ¡Si la oyera Alfredo, la bronca que le daría! —Alfredo tiene la culpa de que Elena haga esto. Todas las tardes dice ¡Hola vieja! y pregunta que hay de comer. Y lee el diario. Horacio me miró perplejo. —¿Y eso qué tiene de malo? Sin contestar y valiéndome de ese procedimiento de enunciar la conclusión sin revelar las premisas, que se ha dado en llamar lógica femenina, dije: —Tienes que llevártelo cuanto antes. Mañana a primera hora, a más tardar. Horacio, a pesar de ser hombre, comprendió. —Es un buen tipo, che; pero claro... En vista de que nada podía evitar, dormí la siesta. La tarde fue tibia y serenísima; las calandrias abrían sus plumas orladas de blanco, las torca/as se arrullaban invisibles. La tierra olía a tréboles nuevos y a pasto recién cortado. Carlitos y Elena habían desaparecido. Regresaron al anochecer, diciendo que habían ido a ver la puesta del sol del otro lado de los eucaliptos. No noté ningún cambio en la voz ni en los ademanes de Carlitos, pero Elena parecía menos locuaz que de costumbre; se quedaba a ratos pensativa, ajena a la conversación, como si se sumergiera en un mundo propio que no era del todo reconfortante. Después de la efervescencia anterior, esa languidez me lanzaba a las peores conjeturas. A la noche, sin embargo, se reanimó. Hizo su entrada en el comedor envuelta en pliegues estampados con rosas, una rosa asomada al escote como un adolescente furtivo. La acompañaba un aura de perfume francés, inseparable como un cuerpo astral. Habló, entre otros temas afines, sobre el amor platónico. Yo la observaba con gran interés; habiendo desechado por inútiles mis preocupaciones sobre el porvenir de Alfredo. La inquietud había cedido el lugar a la experimentación: formulaba mentalmente mi hipótesis, realizaba la experiencia mediante una pregunta oportuna y observaba cómo se cumplía, matemáticamente, la reacción esperada. Era muy entretenido. A los postres, sin embargo, la diversión disminuyó; me empezó a invadir de golpe la piedad. Pensé en Alfredo, en el diario, en sus breves y periódicas llamaradas de pasión seguidas de un sueño profundo; pensé en el ansia de vida que agitaba a la mujercita emperifollada que tenía delante, feliz como una adolescente porque había un hombre que reparaba en ella; pensé en su frustración, en sus desilusiones, en su pueril despliegue de encantos como el escaparate de una tienda, en la inseguridad inconsciente que la llevaba a hacer de sí misma una apología apenas disfrazada. Pensé en la miseria del ser humano, inerme, absurdo, reducido a estas boberías para acaparar la atención de otro ser humano quele hiciera olvidar, por unos por unos instantes, la ausencia de Dios. Elena, sin sospechar siquiera los altibajos de mi caridad, bebía ////////////// Pasa a pag 36 un licor dulce mientras elaboraba en voz alta sus propias filosofías. Horacio, que era dormilón, se despidió temprano. —¡Con esta luna! —clamó Elena, como si se tratase de una ofensa personal. Horacio no se dejó seducir por la luna y dijo que a la mañana tendrían que salir al alba. Lo miró — o me pareció que lo miraba— a Carlitos con una expresión significativa, que éste no dio señas de percibir. A pedido de Elena, nos sentamos en un banco del jardín, a gozar de la dulce noche luminosa. Yo me sentía incómoda; dudaba entre la complicidad de irme a leer a mi cuarto o la indiscreción de quedarme con ellos. El olor de las rosas era aún más penetrante que el perfume francés, ya apaciguado; era, además, omnipresente, y colaboraban con él unos jazmines del país que se destacaban sobre la tapia, cada uno nítido y separado. —Los jazmines, con su blancura pequeña —dije, recordando a García Lorca. La pareja que se perdía en las sombras del banco no recordaba a García Lorca. No sé si se hallaba en condiciones de recordar a nadie. Estaba muda, transida de primavera, flotando en el olor de la noche y el claro canto de los grillos y la luz que se filtraba por las hojas dibujando monedas pálidas sobre la tierra. Parecían retener hasta el aliento. Suspiré. Sentí, de pronto, una intensa necesidad de estar sola. —¿Y si saliéramos a caminar un poco por el monte? —dijo Elena. —Yo no. Me duele la cabeza y me voy a tomar una aspirina y a meterme en la cama. Vayan ustedes, si quieren. El monte con luna es una maravilla. Me levanté y me despedí de Carlitos, sabiendo que no lo vería a la mañana siguiente. Desde el corredor de la casa los vi alejarse por la calle de eucaliptos, un bulto oscuro entre lechosas claridades. No me dolía la cabeza; reprochándome de vez en cuando mi mentira, me acosté y me puse a leer la novela de autor nacional, para castigarme. De la otra cama llegó un murmullo ininteligible. Salté de la mía y me acerqué. —¿Pero qué te pasa, Elenita, por Dios? ¡Contesta! Levanté delicadamente el embozo de la sábana y descubrí una nuca sacudida por los sollozos. Me senté al borde de su cama y le toqué un brazo. Decidí ir directamente al asunto. —¿Qué hiciste? —No... no... no puedo —fue la única respuesta que conseguí. Me volví más directa aún. —¿Lo hiciste, entonces? —Sí. .. es decir no. . es decir si... Recordé las virtudes terapéuticas de la confesión, que tanto prestigio han dado a la iglesia católica y a los psicoanalistas. —Sí o no, mujer. No llores así. No es para tanto. —¡Si... pero fue horrible! Yo no sabía. ¡Es... es un degenerado. ..! —¿Qué demonios te hizo? —No me hizo nada; me... me... —¿Te hizo daño? —No... me... me dijo... Y los sollozos redoblaron bajo la almohada. Resolví armarme de paciencia. —¿Te dijo algo que te dolió? ¿Alguna cosa hiriente? ¿Te dijo que no quería verte más? ¿Tiene otra mujer? Todas mis conjeturas eran recibidas con el mismo hipo histérico, acompañado por sacudidas de cabeza. —Cuéntame, Elena. Te hará bien. ¿No te habrás enamorado, por Dios, con esa velocidad? —No... es decir sí, yo creía... pero ahora no... desde que dijo... —¿Pero qué miércoles te dijo? Explícate. —Unas cosas tan horribles. .. no te puedes imaginar... unas palabras tan.. . tan... groseras. .. —¿A propósito de qué? —De... de nada.. así, porque sí... antes de... y mientras me... —¿Groseras? ¿Cuáles? —No puedo —gimió Elena—; me da vergüenza... De pronto algo se aclaró en mi cerebro, hasta entonces a oscuras. —¿Algo de índole sexual, quieres decir? Elena asintió tragando saliva. —¿Relacionado con lo que sucedía? —¡Si! Y no solo eso; pretendía además que yo ... Un nuevo acceso de llanto interrumpió la confesión. —Que tú le hablaras en la misma forma ¿no? —¿Cómo adivinaste? Hice un esfuerzo verdaderamente heroico para retener la risa. La imagen que acababa de presentárseme del atildado y ceremonioso Carlitos, con su remera amarilla y su hoyuelo, murmurando obscenidades en medio del monte, no tenía precio. Invoqué mis mejores sentimientos y conseguí sobreponerme. —A algunos les da por ahí. No pienses más; no vale la pena. Elena disminuyó el llanto y se incorporó. —A ti... ¿a ti te gustaría? — ¡Pero cómo me va a gustar! ¡Me daría ganas de patearlo! Tanteó en busca de un pañuelo debajo cíe la almohada y se sonó ruidosamente las narices. —¿Es un degenerado, verdad? —Tanto como degenerado, tal vez no; pero es un animal. Tienes que olvidarte de este asunto. De pronto, Elena estalló en nuevos sollozos. —Dios mío, ¿qué he hecho? ¿Qué dirá Alfredo cuando lo sepa? —¿Y por qué tiene que enterarse Alfredo, criatura? —Porque yo le tengo que contar. Nunca le he ocultado nada. ¡Yo tengo que confesarle todo o nunca podré volver a mirarlo a la cara! —Se arrojó dramáticamente sobre la cama. —¡Aunque me odie y me desprecie para siempre! Y redoblaron los hipos y gemidos. Yo la tomé por los hombros y la zamarreé un poco. Alcé la voz. —¡Eso sí que no! ¡De ninguna manera le vas a decir media palabra de lo que pasó a tu marido! ¿O crees que tienes derecho de amargarle la vida al pobre para quedar en paz con tu bendita conciencia? ¿Nunca le ocultaste nada? Pues esto se lo ocultarás y lo mirarás a la cara todas las veces que sea necesario, hasta que te acostumbres. ¿Vas a arruinar tu matrimonio por una aventurita de tres al cuarto, como una idiota? ¡Si necesitas absoluciones te buscas un cura! La sorpresa le cortó el llanto. —¿Te parece? —Por supuesto que me parece—. Mi voz se dulcificó. —Y ahora te calmas y dejas de pensar en toda esta estupidez. Ya pasó; duérmete. Mañana no quedarán ni rastros. Elena obedeció como una niña cansada. Su respiración se fue tranquilizando poco a poco. La luna derramaba flor el piso de baldosas su luz delicada, que parecía contener una infusión de jazmines. Me metí otra vez en mi cama. —No ha pasado nada, Elena. Acuérdate. No ha pasado absolutamente nada. Se oyó un suspiro trémulo. —Está bien —respondió dócilmente, murmurando apenas—. No ha pasado nada. Las inspiraciones se hicieron más lentas, perdieron su temblor nervioso. —Me rompió el vestido nuevo. Debajo del brazo. —Tu vestido se rompió pasando un alambrado; se enganchó en el alambre de púas, ¿entiendes? Saliste al campo para ver mejor la luna. Y estabas conmigo; acuérdate. —Eso es. En el alambre de púas—. La voz era un susurro indistinto. —Y estabas conmigo, Elena. Un último suspiro, muy débil, salió de la almohada. La luz. de jazmines disueltos avanzaba por el cuarto, borrando las huellas del día; un hilo de voz tocó, por última vez. la claridad flagrante. —Estaba contigo. |
Cuento de
Alicia Jurado
Publicado, originalmente, en: Ficción. Revista-Libro Bimestral Núm. 26 julio - agosto de 1960
Ficción se editó entre 1956 y 1971 - Lugar de edición: Ciudad de Buenos Aires
Link del texto: https://ahira.com.ar/ejemplares/ficcion-no-26/
Gentileza de Ahira. Archivo Histórico de Revistas Argentinas que es un proyecto que agrupa a investigadores de letras, historia y ciencias de la comunicación,
que estudia la historia de las revistas argentinas en el siglo veinte.
Ver, además:
Alicia Jurado en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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