Antojos de tía Másicas
Jorge Ángel Hernández Pérez

Cuando tía Másicas y yo salimos de paseo, ella me dice:

—No te preocupes por mí: no me antojaré de nada.

Los antojos de tía Másicas gozan de amplia fama en toda la familia, desde que era muy pero muy pequeñita. Si la dejaban en la cuna, se antojaba de pasar para el corral. Después de estar en el corral unos minutos, lloraba para que la llevaran al coche y, no bien había pasado un breve rato, gritaba para que la tuvieran en los brazos. El abuelo Roberto y la abuela Guillermina se entretenían cumpliendo sus antojos. Abrir la nevera, encender a un tiempo el radio y la televisión, jugar con las luces al apaga-enciende, hacer castillos de platos y de tazas, esconder la cucharilla en la sopa y la sopa en el cesto de la ropa sucia. Cualquier antojo era cumplido al punto mientras la tía Másicas crecía.

Una mañana se antojó de ir a la escuela. Quería aprender el sentido de las letras y los números. Los abuelos buscaron enseguida un uniforme, unos zapatos negros, cintas y hebillas para el pelo y una mochila escolar para llenarla con lápices, cuadernos, sacapuntas.

—El sacapuntas rojo, por si el lápiz azul se antoja de una punta nueva; el amarillo, para el lápiz verde; y el azul, para si al cielo le da por hacer sus lápices con un par de nubes —explicó la pequeña tía Másicas a aquellos protestones que se asombraron al verla con tantos sacapuntas.

En los paseos, tía Másicas me dice, bajito, en el oido:

—¿No te gustaría vivir en un edificio tan grande como ese?

Con un gesto, le respondo que sí, mirando a aquella construcción como un panal enorme. Ella afirma, como si fuese a regalármelo, y continúa en su paseo, llevándome siempre de su mano.

—¿Y en una casa como esta, con dos pisos, garajes, jardines con estatuas y hasta una piscina que seguro esconden en el patio del fondo? —me pregunta después con la seguridad de un dueño de muchas viviendas de tal tipo.

También mi gesto afirmativo le responde, aunque esta vez los ojos me brillan al imaginarme correr por los jardines de estatuas, confundirme con ellas, disfrazarme de mármol y lanzarme de golpe a la piscina. Mi sonrisa, mis deseos y mis ánimos se reflejan tan claros en su rostro que entiendo de repente por qué en la familia se asegura que soy el espejo de tía Másicas. Ella, después de disfrutar mi entusiasmo unos minutos, asiente, como si también se dispusiese a empaquetarme semejante mansión en un regalo.

—No irás a negarme que más te gustaría una casita así —dice de pronto, señalando una pequeña construcción, toda de blanco, con ventanas azules y tejas de barro radiante por la lluvia.

Afirmo, desde luego, mientras ella se queda pensativa, llamando en su memoria sus tiempos de pequeña.

—Una vez me antojé de una casa como esta —me cuenta. —Había crecido y no quería seguir atolondrándome con los consejos, horarios y regaños de toda la familia. Además, conocí a un jovencito que me fascinó porque, según me reveló, era amigo de un buen camaroncito que cumplía sus deseos. Quiero rosas abiertas y encarnadas, le decía, y él iba a ver al camarón, se lo pedía, y al poco rato se sentaba en el parque, con un ramo de rosas que jugaban a hacer competencias de colores con el sol, y a esperar porque yo consiguiera salir a algún mandado.

A veces, tía Másicas describe el parquecito, a veces narra los trucos que usó para escaparse; y en otras, describe los tipos de arcoiris que venían a los ojos del muchacho que esperaba, no importa cuánto tiempo. Pero, lo que nunca ha dejado de contarme es cómo hicieron para que los

ramos de flores llegaran a su casa sin que nadie pudiera señalarla: le colocaban una tarjeta que decía:

A la agraciada señorita

Másicas,

de un fiel admirador

Esta señorita Másicas era una tía solterona, de un carácter que mejor no describirlo, a quien, por suerte, debía sólo el nombre. Como a ella no le agradaban esos ramos misteriosos, menos si eran de flores silvestres, buscadas de quién sabe qué agrestes campiñas, tía Másicas se ofrecía para cargar con el sacrificio de guardarlos.

—Si me antojaba de un poema, el muchacho buscaba al camarón y el camarón le decía: Piensa bien y busca en tu imaginación, que allí he colocado el poema que tu Másicas desea. Y era verdad, hallaba el poema que estaba deseando. Pero me antojé de una casa como esa, sin pensarlo bien, un día en que pudimos escaparnos más allá del parque, y él, pobre mensajero que mal se hospedaba en un cuartico alquilado, fue a ver al camarón. ¿No ves que apenas vivo en el borde de una piedra?, le contestó, algo enojado por la petición. ¿No ha exagerado tu Másicas con sus antojos? ¿Le parecen poco las flores, los poemas, la eficacia de los trucos que emplea para verte, los colores diversos que he llevado a tus ojos? Como él seguía fiel a mi antojo, dispuesto a concedérmelo, discutió con su amigo el camarón de manera que, sin darse cuenta, se acaloraron demasiado. Mi última palabra es ¡NO!; no tendrás una casa como esa, cortó la discusión el camarón y regresó, sin despedirse, al río. Ojalá te pesquen, le gritó, malhumorado, el joven y, como era de esperar, se cumplió su deseo. Así perdí mis flores, mis poemas, y hasta el antojo de una casa. Así, también, avergoncé a aquel muchacho de tal forma que mejor no contar cómo todo se hizo papelillos.

Tía Másicas se entristece delante de mis ojos; no le importa llorar si, de pronto, la tristeza es muy fuerte. Yo la dejo, porque sé que, aunque no lo diga, su antojo es justamente ese. Ella advierte por fin el instante en que no puedo más, cuando estoy a punto de sacar mis lágrimas, y cambia el tono, y continúa conmigo su paseo. El tema de las casas queda atrás, no lo menciona de nuevo ni aún cuando adivino que, al detenerse delante de un cuartico pequeño, de tablas gastadas por el tiempo y cansados horcones, le gustaría decir:

—O mejor un cuartico como este, de espléndida pobreza, al que tan bien le sientan el olor de las flores silvestres y el rumor de los poemas en las noches de estrellas fugitivas.

Pero no dice nada; solamente lo mira, lo contempla como, según ella misma, se quedan las personas ante “La Jungla”, el cuadro del pintor Wifredo Lam. Yo finjo entretenerme en otras cosas, imaginando su frase, escuchando, entre los ruidos del barrio, sus palabras secretas. Tía Másicas, por fin, se antoja de comprarme un helado y de dejarme sola ante el barquillo. No importa que me embarre, que no acierte a poner justo al centro de mi boca esa flor esponjosa de la que tanto disfruto ni que el líquido viscoso recorra mi mandíbula para posarse después sobre mi ropa como si fuesen pajarillos pintados al azar. Ella se antoja; aunque después en la casa la reprendan, la culpen del lamentable estado en que regresa su sobrina, melancólica y sucia, la pobre, dirán de mí, como si no fuera bastante su desgracia, como si no fuera imprescindible respetar sus horarios (que, dicho sea con justicia, no he pedido). Soy completamente feliz, y no lo entienden; no saben leer en mi rostro como ella. Por eso resuelven el asunto abrumando a tía Másicas con sus reproches y a mí con su pesada lástima.

Por fin, cuando el paseo concluye, tía Másicas me dice:

—No te preocupes por mí; nunca van a dejar de regañarme.

Y, mientras las caras ofuscadas anuncian los reproches, ella me dice al oído, bien bajito:

—Busca el último antojo del paseo.

Yo pido hablar, para que todos comprendan que es verdad que tía Másicas y yo nos entendemos; o dominar mis manos, para poder escribirlo. Pero sé que no puedo antojarme de esas cosas, porque hace tiempo, cuando ella crecía y crecía en sus antojos, alguien pescó el camarón de los deseos.

Jorge Ángel Hernández Pérez:

Antojos de tía Másicas,

Ediciones Capiro, Colección Pintacuentos, Santa Clara, Cuba - 2002

ISBN: 959-265-031-4

Edición de 50 000 ejemplares

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